Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.
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viernes, 5 de julio de 2019

Quando di morte mi conven trar vita.



Memory,
René Magritte (1948)

A punto de cumplir las trescientas entradas, este blog empieza a celebrar la preparación de su Pascua. Siete años después de su creación, cierra con la habitual entrada recapituladora de este curso su vida virtual. A la vuelta quedará tan sólo por consumar la memoria de su itinerario en un triduo de despedida.

martes, 25 de diciembre de 2018

Ero cras.



Natividad,
Guido da Siena (1270)

De mi infancia, secreta, casi hermética, conservo la afición del santoral. En plena época posconciliar jamás advirtió nadie en ella un signo de vocación religiosa. Acertaban. He leído con fruición, por puro gusto literario, las más variopintas hagiografías, por sus protagonistas o por sus autores, de una o mil páginas, ilustradas o tiradas en ciclostil, del siglo IV o del siglo XX, polémicas o anónimas, medievales o barrocas o posmodernas, ay. Aun siendo tal vez una preferencia excéntrica, en su fondo brotaba de una fascinación todavía más radical: el catálogo desnudo de los nombres que han forjado martirios, confesiones o fundaciones. 

martes, 24 de julio de 2018

Rut y Medea.

Versión de Theotokos de Vladimir,
Andrei Rublov (1405)

Como saben bien mis pacientes lectores, siempre he sentido una juvenil inclinación, como una inacabable tentación hermética, por el psicoanálisis. Dado que he querido excavar insensato, entre las paredes de estas entradas, las celdas de un monasterio familiar, he acogido con hospitalidad y gratitud algunos libros de Massimo Recalcati (1959), sea sobre la relación entre el padre y el hijo, sea sobre la que mantienen el alumno y el maestro. Por ello, en un día de asueto madrileño, ante el escaparate de mi librería adolescente, qué maravilla del azar haberme topado con Las manos de la madre (Barcelona, 2018).

martes, 10 de julio de 2018

Abraham y Ulises.



Abraham y los tres ángeles.
Jan Victors (1640)


Cualquier profesor de crítica literaria ha recurrido alguna vez sin pudor al relato de un fugitivo Erich Auerbach (1892-1957) en Estambul componiendo de memoria, sin bibliotecas que pudiera consultar, su obra maestra, Mímesis. La representación de la realidad en la literatura occidental. Publicada por primera vez en alemán en 1946, hubo de esperar a la aparición de su traducción inglesa en Princeton University Pres en 1953, aunque ya había conocida una edición en español en 1951, para convertirse en el libro empíreo que ni el postestructuralismo ni los estudios culturales han conseguido erradicar de la memoria académica.

martes, 24 de abril de 2018

Heidi en 4D.



Mediodía sobre los Alpes,
Giovanni Segantini (1891)


Aunque a mi amigo pedagogo, que sobrelleva con paciencia mis arrebatos ácratas, solían mortificarle mis públicas y desafiantes profesiones de educado ateísmo innovador, jamás he podido dejar de considerar la escuela posmoderna como la más sutil, descabellada y represiva de nuestras instituciones sociales. Por eso, la considero un mal tan necesario como todavía indispensable para seguir preparándose hacia el espantoso mundo que asoma ya por el horizonte. 

martes, 3 de abril de 2018

Romance de la petitona.



Virgen niña en éxtasis,
Francisco de Zurbarán (1630)


A mi hija pequeña le cosquillea el alma preguntarme de tanto en tanto el motivo de la forma castellana, con aféresis y metátesis, de su nombre. Con sonrisa tímida e iluminada, como sólo en la infancia se atiende el relato de una gesta mil veces repetidas, escucha siempre complacida la misma respuesta. 

martes, 18 de abril de 2017

Sócrates, Telémaco y... Proteo.



Jantipa mojando a Sócrates,
Reyer von Blommandale (c. 1655)

Hace un par de años reseñé en esta página un libro de Massimo Recalcati (1959) sobre la figura del hijo tras la muerte de Dios y del padre. ¿Desaparecía con ellos la posibilidad de sentido de la autoridad y también de la creación? Planteaba al final de aquella entrada si sería posible que Telémaco, huérfano, pudiera acabar desposando a Rut, la viuda moabita. En busca de ese posible encuentro he leído el libro posterior del psicoanalista italiano, La hora de clase. Por una erótica de la enseñanza (Barcelona, 2016) y he vuelto a topar con una respuesta ambivalente. Si se quiere entenderla, cabe embarcarse en la nueva aventura de Telémaco que no sale ahora tras los pasos míticos de su padre Odiseo sino tras las huellas históricas de Sócrates, su maestro por venir.

martes, 10 de enero de 2017

Los sueños de san José.



El sueño de san José,
Georges de La Tour (1640)

Haec autem eo cogitante, ecce angelus Domini in somnis apparuit ei dicens…(Mt. 1, 20)

Con el P. Manuel Matos, S. J., comencé a aprender a leer la Biblia durante aquellos cortos retiros cuaresmales de fin de semana universitario. Posconciliar, el suyo seguía siendo el método ignaciano en un grado de pureza del que sensatamente debería haberme protegido. Con tres charlas de media hora tenía tiempo para lanzarme solo al pinar a meditar cuatro horas durante las que daba rienda suelta ante las Escrituras a mis fantasías, deseos y pánicos juveniles. Después el P. Matos intentaba sujetarlos con los tres binarios y los tres tiempos para hacer elección

A trompicones se forjó así, a contracorriente y en el fuego abrasador de la realidad, mi vocación de peregrino. Tan carente de maestros como buena parte de mi generación (a cambio de haber sufrido innumerables tutores, directores, jefes…), uno empieza a perdonar los olvidos de las figuras paternas cuando descubre lo difícil que será que tus hijos te perdonen, con sus errores, los que uno, dolorosos, suele perdonarse a la ligera. Estas líneas no son, pues, el recuerdo de un olvido, sino, liberador, su olvido.

martes, 6 de diciembre de 2016

En la memoria de un güelfo desterrado (I).



Dante in Exile,
Frederic Leighton (c. 1864)


Al tercer año, cumplidos 750 del nacimiento de Dante, he concluido la trilogía güelfa de mi heterónimo con la publicación de sus Memorias de un güelfo desterrado. Tras un viaje al ultramundo de la alta cultura caída en XXI Güelfos, seguido de un vagabundeo sobre ciertos lugares literarios y exegéticos cuya salida exploraba Teología güelfa frente a la tentación apocalíptica que asalta a las humanidades actuales, este último volumen persigue el nexo que no he dejado de buscar, peregrino por doquier, entre el siglo XIII y el XXI. Es una satisfacción, pese a mi carácter arisco, que mi heterónimo haya viajado hasta Sevilla para presentarlo junto a la editorial Vitela entre amistades que se han tejido primero con la materia de los sueños y ahora de las vigilias, es decir, de la verdad de la literatura.

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martes, 6 de septiembre de 2016

El espectro de Jorge Semprún.



"A cada uno lo suyo"
Verja de entrada al campo de Büchenwald

A mi hija mayor, ya en la adolescencia, he conseguido inocularle definitivamente durante este verano el virus lector, o al menos así quisiera creerlo. Por tradición familiar, empezó disfrutando de El hombre que fue Jueves (1908) de Chesterton. Desde mediada la novela ya sabía qué iba a pasar al final, pero no paraba de reír mientras comprobaba que sus sospechas se iban cumpliendo. Como está ingenuamente fascinada con el derecho y la historia (y que Ángel Ruiz, en nombre de FOC, me perdone), leyó después Matar un ruiseñor (1960) de Harper Lee. Puestos ya a desenmascararme como un reaccionario muy, muy tibio y sospechoso, devoró El guardián en el centeno (1951) de J. D. Salinger. O quizás no sea tan reaccionario: tal vez -me consuelo equivocadamente- haya sido una lección práctica de que, tras el Paraíso, sólo nos espera una prolongada Caída.

martes, 12 de enero de 2016

La gallina turuleca.



La gallina ciega,
Francisco de Goya (1789)

Quizás como un guiño melancólico un Rey Mago ha dejado de propina a mi vailet cisterciense un cd con las canciones de los payasos de la tele. Escéptico, he sido arrastrado a la voz de Miliki, tan punzante en la memoria de toda mi generación, por el sorprendente entusiasmo de mis hijos. Todo un hit impensado.

martes, 17 de marzo de 2015

Frozen Propp.




Como en tantas niñas de su edad, mi petitona ha sucumbido a la pasión por Frozen (2013). Hasta ha encontrado el cd con las canciones de la película en la biblioteca municipal y hemos pasado una temporada al borde del agotamiento auditivo con el tema de “Suéltalo”. Entre ella y yo ya es prácticamente un mot-de-clef hablar de los lobos que persiguen a Ana y a Kristof, mientras aullamos a la una con los ojos desorbitados “auuuuuuu”. Su hermana, la pubilla, participa todavía de esa fantasía, en el lindero de la adolescencia. Quisiera creer que les admira la capacidad de sacrificio fraterno mediante “el acto de amor verdadero”.

martes, 16 de diciembre de 2014

Telémaco y Rut.



Verano (Rut y Booz),
Nicolás Poussin (1660-1664)

Con un título tan sugerente como El complejo de Telémaco el psicoanalista italiano Massimo Recalcati (1959) ha escrito un ensayo estupendo sobre la relación entre padres e hijos tras el ocaso del progenitor. Confieso de entrada que del psicoanálisis me atrae su capacidad de imaginar terapéuticamente nuestras vidas a través de mitos y símbolos. Y el de Telémaco es muy efectivo, como posible respuesta en el siglo XXI a las figuras edípicas y narcisistas del hijo que han caracterizado el siglo XX, desde Sigmund Freud a Gilles Deleuze y Félix Guattari.

martes, 9 de diciembre de 2014

Star Wars, la escatología filial.



El Juicio Final,
Tabla Central (1467-1471),
Hans Memling 

Hace unos meses mis cuatro hijos vieron el Episodio V de La guerra de las galaxias. Estaban pendientes de que se la pusiese desde hacía tiempo, pues querían entender por qué Buzz Lightyear, nuestro héroe favorito de Toy Story (¡Hasta el infinito, y más allá!), se asomaba desde el montacargas echando la mano hacia Zurg. Mientras el juguete villano se precipitaba al vacío, Buzz gritaba “¡papá!”.

martes, 4 de noviembre de 2014

La sombra de Anquises.




Tobit curado por su hijo,
Rembrandt (1636)

Cuando era pequeño mi padre solía mostrarme, en tono jocoso, esos platillos de cerámica corriente con la leyenda de que a los siete años un padre, a ojos de su hijo, lo sabe todo, a los catorce un poco menos, a los veinticinco casi nada, a los treinta quizás el hijo le pida consejo y a los cuarenta y cinco quién tuviera padre. Es una de esas lecciones de memento mori tan llanas y tan punzantes que marcaron mi adolescencia y juventud hasta que la vi cumplida en la incipiente madurez.

En cuanto tuve familia propia, mi padre debió de sentir que ya podía la muerte vencerlo. A la noche siguiente de nacer su primer nieto varón dejó de resistir a las sombras de su agonía. Guardo ese dolor, inagotable, como la mejor herencia que pueda transmitir a mis hijos: vida tras la muerte. Abrazar a un hijo recién nacido cuando tu padre acaba de morir es una lección de desolada purificación: ser simultáneamente padre e hijo por la carne, en el espíritu. Suceder sucediéndose.

Sobre todas las diferencias que mantenía con mi padre −políticas, sociales y religiosas− emergía un rasgo de su personalidad que no he visto nunca en nadie más con tanta intensidad adjetiva: una decencia “feroz”, suicida, siempre dispuesta a perjudicar su propio interés antes que a consentir en lo más mínimo, hasta por omisión, en lo que creía su deber. Era una decencia trágica, regida por una hybris que le llevó a ser injusto –para su remordimiento− en ocasiones decisivas, pero de una integridad inalterable, ejemplar.

Le arruinaron su carrera profesional; sus amigos lo abandonaron; pero llegó a alegrarse, para no tener que traicionarse, de ser un simple médico de familia en un barrio suburbial en que, haciendo los avisos domiciliarios, llegó a subir hasta treinta pisos en un día. Sus pacientes, tan alejados ideológicamente de él, lo querían los más y los menos sólo lo respetaban. Sus enemigos profesionales llegaron a admirarlo por su seriedad excéntrica

Ya jubilado, una de sus pacientes le lanzó flores desde una ventana mientras lo aclamaba. Lo contaba avergonzadamente divertido. He sido también testigo de cómo un cincuentón se le acercó, él ya próximo a los ochenta, para agradecerle cómo había cuidado de su madre durante toda su última enfermedad. Tras charlar con él cinco minutos interesándose por su familia, me dijo: “Chato, la verdad es que ya no me acuerdo de su madre, debe de hacer veinte años, pero ha sido tan atento…”. La suya era la honradez cotidiana del hombre sin nombre.

En sus últimos años, decidió votar a los carlistas. Quizás rememoraba a su añorado hermano en los años de la Guerra pasados entre Pamplona y Sevilla. El presente le resultaba un vodevil. Hasta Aznar no le parecía serio: “Este hombre, ¿no se corta el pelo?”. Si hubiese visto la actualidad…. Imagino que mi trayectoria profesional le recordaba tanto la suya que, doliéndole, le obligaba a confirmarse en el desprecio del mundo, contemptus mundi. Como José María Pemán, cuando José María Gironella le preguntó sobre si creía en Dios, mi padre podría haber contestado también: “Creo en Dios… y en casi nada más”. Pemán, en lo alto, consumido en sus últimos años; mi padre, vaciado y exhausto, siempre menudo y vivaz.

Para mí, amigo Pemán, que estaba muy alejado de todo esto, el carlismo ha sido un descubrimiento arrebatador. Estas gentes son los auténticos guerrilleros de la Independencia o incluso de Viriato. Me decía Mola, hace unos días, que el requeté como individuo o como colectividad es un tipo que después de luchar como un león, al terminar la operación con la victoria y cumplimiento del objetivo propuesto, se marcha masivamente a sus casas a ver a la familia y a hablar con la novia. En estricta concepción militar, los carlistas desertan magníficamente en masa, después de cada victoria; para volver a los pocos días, con las vitaminas morales recuperadas. En estricto reglamentismo castrense, después de cada victoria habría que fusilarlos a todos” (José María Pemán, “En Pamplona con el General Cabanellas, Mis almuerzos con gente importante).

Así nos ha ido, papá.

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Pero ¡qué alegría volver a oírte entre estas líneas que te invocan en noviembre! Puedo escucharte como Eneas a Anquises: "¡Al fin has llegado! ¿Esa piedad tuya que tu padre anhelaba ha podido vencer el duro camino?" (Eneida VI, vv. 687-688). Las lágrimas piadosas son la esperanza cierta, silenciosa, de que el libro de la vida se abrirá de par en par, con nuestro deseo grabado en sus nombres: "Tobit se echó al cuello de su hijo y gritó entre lágrimas: «Te veo, hijo, luz de mis ojos»" (Tob. 11,13).

martes, 11 de febrero de 2014

Mi pequeño monasterio.



Cristo abrazando a San Bernardo,
Francisco Ribalta (1624-1627)

Según Jean Leclercq, el escolástico sería un dialéctico inmerso en la vida ciudadana; el monje, un gramático que anhela la ciudad celeste. Fronteriza, mi dialéctica procura ser escatológica: busca la verdad más allá de la probabilidad en la que, a tientas, humanamente, nos vemos obligados a movernos.

Por indicación de mi amigo germanófilo, me encontraba estos días leyendo El complejo antirromano, de von Balthasar. Como güelfo bernardiano, acostumbrado a las derrotas, me ha impresionado mucho una reflexión que sale al paso en la primera parte, como quien no quiera la cosa: “Al parecer lo bíblica y cristianamente importante es romper la desobediencia irrespetuosa de Adán y Eva con una obediencia intransigente, y lo secundario que el hombre estalle a gritos o se quede afónico y se retuerza como Elías, agotado en el camino; como Jeremías, que se encrespa; como Jesús en el monte de los Olivos. No parece importar mucho que la aquiescencia, en vez de espontánea y natural, arranque de un interior desgarrado, hecho de flaqueza, al cabo de las fuerzas, sin aliento, cuando todo incita a un «no»”. Pondré unos pocos ejemplos cotidianos, adelgazados al esqueleto.

A partir del segundo embarazo, mi mujer y yo nos acostumbramos a que en la primera visita de seguimiento en el sistema público de salud las ginecólogas le preguntasen con naturalidad si era promiscua y/o drogadicta, por el bien de bebé. Como parte del mismo protocolo rutinario, con contenida indignación la amonestaban por nuestras irresponsables prácticas reproductivas. Por defecto, se le preguntaba también si deseaba continuar con el embarazo. Sólo respiraban aliviadas tras la primera ecografía, al comprobar que la evolución del feto era “normal”. He visto a mi mujer descompuesta, insinuar tan sólo una queja, y observar la más absoluta indiferencia. El protocolo. Salíamos mutuamente humillados.


Esa humillación se volvía nada al sentir la emoción de ver nacer hijos de partos naturales decididos por mi mujer y garantizados por una atención sanitaria pública inmejorable. Ha podido recogerlos, temblando, mientras salían de sus entrañas para darles, entre lágrimas de sufrimiento y alegría, la bienvenida al mundo en su regazo. He ido comprendiendo cada vez mejor las palabras del evangelio de Juan: “La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, no se acuerda del apuro por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre” (Jn 16, 22). Niño o niña, cuando los ha depositado en mis brazos, exhausta, he sabido que profesaba ante ella de nuevo un voto escatológico, un sacramento.

Con el cuarto hijo su colegio contempla la posibilidad de subvencionarle la escolaridad, aunque no sus múltiples extras ni otras exacciones solidarias. Entre ochocientas familias, éramos la primera que en años tenía derecho a esta disposición. Insistimos. No ser pobres no quiere decir vivir desahogados. El gerente nos reconvino que, en realidad, no era problema de la escuela que tuviéramos tantos hijos. Soportamos impacientes un discurso implícito sobre la paternidad responsable. De un cristianismo progresista cristalino. El Director Titular −majadero de manual− displicentemente nos instó a rellenar una solicitud. La redacté con placer de retórica administrativa: “Es merced que esperamos recibir de su generosidad”. La concedió, aunque parece que se sintió ofendido. "¡Qué valientes!" es la expresión más animosa que podemos recibir cuando sólo cuidamos de cuatro.

Conocemos la hiel de la calumnia. Para salvar el monasterio, hay que estar dispuesto a decir: “Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos” (Jn 18, 8). Mi mujer hasta logró sacarme del Pretorio sin un rasguño físico, mientras que en el Sanedrín -hasta Pilatos y Herodes solos tienen más escrúpulos morales- se pusieron a debatir si les convenía combinar el chantaje con la coacción. En este caso, como cantó Pere Gimferrer, "Si pierdo la memoria, qué pureza".

Afónicos, agotados, encrespados, desgarrados, flacos, sin aliento, aún se nos ha dejado fuerzas para no decir «no». En un monasterio familiar “mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros” (2 Cor. 4, 11-12). Cada día, levantando los brazos al cielo. ¡Cuántas familias así!

Mi amigo germanófilo, que también tiene su monasterio, anda desanimado últimamente, por razones diversas que comparto y que com-padezco. Entre sus amigos, pedía a Cavalcanti que, intercediendo por él, leyese en espíritu un sermón de san Bernardo sobre el Cantar de los Cantares. Tomándomelo muy a pecho, me he apresurado a cumplir su voluntad, abriendo el sermón 72.

"Aspirará el día y respirará la noche. Noche es el diablo, noche es el ángel de Satanás, aunque se disfrace de mensajero de la luz. Noche es también el Anticristo, a quien el Señor destruirá con el aliento de su boca y lo aniquilará con el esplendor de su venida. ¿Acaso no es el Señor ese día? Día radiante de luz y de brisa; disipa las tinieblas con el soplo de su boca y a la luz de su llegada desbaratará los fantasmas".

Consolémonos obrando, orando, en la espera de aquel día en que "los que están en la noche aún entenebrecerán más, y los que ven verán mejor". Entretanto suframos en el parto de nuestra vocación, monástica e intelectual. Será que algo podremos enseñar, porque algo, aunque sea de noche y a oscuras, hemos logrado aprender alegremente.


martes, 4 de febrero de 2014

Alucinando en colores.





Tras haber leído la fotocopia que encabeza esta entrada y que mi hija pequeña acaba de traer del cole, me precipito al teclado a purificarme. ¿De qué? De aceptar que tengo que callar muchas más veces de las que quisiera ante los horrores pedagógicos que padecen nuestros hijos. Ver prostituida y casi extinguida en nuestro sistema educativo -en el concertado, en extremos pavorosos- la tradición humanística en la que me formé y a la que debo llegar a ser el que voy siendo, me indigna. Hay motivos circunstanciales coincidentes que avivan este pequeño incendio.

En una librería religiosa asisto en paralelo a una conferencia de un distinguido pedagogo. Su exposición resulta temible por lo brillante. La idea de que un estado "relacional" debe abrirse paso como alternativa al actual modelo en crisis de estado de bienestar es atrayente en la teoría. Que lo público no debe confundirse con lo estatal, que la sociedad civil debe tener protagonismo en el desarrollo económico o que el adelgazamiento del estado exige nuevas formas de garantizar la justicia y la igualdad de oportunidades que actualmente siguen en retroceso, sostienen el eje de una exposición que reclama, más allá de las disensiones, el carácter articulador de las comunidades, entendidas como personas de personas.

¿Una vuelta al humanismo? Es preciso deshacerse de su forma clásica que es un lastre para el futuro. Una de las causas de que no se pueda seguir avanzando consiste en la resistencia a los métodos de innovación docente que están anticipando este cambio de paradigma. ¿Para qué citar a las escuelas de negocios, cuando pasan por allí profesores de filosofía o de literatura?

Tras citar con unción a Emmanuel Mounier y al Papa Francisco, el conferenciante da por finiquitado con ironía el modelo de pensador de Rodin (?) y de ¡Dante!, que representarían a quienes suponen que pueden seguir encerrados en sí mismos, en lugar de abrirse a las posibilidades liberadoras de pensar en red, en busca de soluciones "holísticas" a problemas complejos... Para combatir la ignorancia propone un pensar dialogal, descentrado y deconstructivo (citando como autoridad a ¡Ferran Adrià!).

Se desprende de sus palabras que los humanistas, anclados en el pasado, mantenemos contra toda evidencia la idea reaccionaria de que un maestro es alguien que se arroga el derecho de creer que puede enseñar algo a un alumno. Contra los criterios tradicionales (???), los modos de participación no deben enquistarse en la asistencia a clase y al seguimiento de clases magistrales. Al contrario, hay que generar dinámicas innovadoras y creativas que impulsen al alumnado a buscar sus propias soluciones, aprovechando los medios que proporcionan los múltiples dispositivos electrónicos, al tiempo que evitando los riesgos de despersonalización.

Después de esta inmersión -ya digo que temible por lo estimulante-, regreso a casa donde me encuentro con el Manifest de la Diada de la Pau que preside estas líneas. Mis hijos están siendo instruidos en tales "valores" en una escuela cristiana (sic) que debería poner en práctica con competencia y calidad el pensamiento en red. De todos los puntos el que más me ha impactado comienza diciendo: "Volem gaudir amb pau del color violat". Y termina: "Volem un món violat on tothom pugui cercar la saviesa sense limitacions ni pors". "Queremos un mundo violeta (¿violado también?) donde todo el mundo pueda buscar la sabiduría (¿cuála, tia Pascuala?) sin limitaciones ni miedos (¿a las leyes?)". ¿No se dan cuenta sus redactores de las anfibologías? Si fuera una anécdota el "arco iris" de la paz...

Aunque redactado en catalán, ninguna evidencia en contra impide generalizar -que no totalizar- y advertir la infecta cursilería y la hipocresía moral, cuando no el oportunismo (de tots els colors), con que se está degradando ética y estéticamente a nuestra infancia y adolescencia. No fue Sócrates sino Protágoras quien corrompió a la juventud ateniense. A sabiendas de la injusticia, el primero bebió dignamente la cicuta. Al segundo, también a sabiendas, seguro que le premiaron por sus innovadores métodos docentes.

Dante pensativo (1864),
Jerónimo Suñol
Con especial hincapié romántico, incluso academicista, la tradición iconográfica tiende a presentar a Dante refugiándose en los libros de filosofía y en los clásicos latinos. Aun así, la Commedia es una de las obras dialogales más grandes que existen. Todos sus cantos están atravesados por un entusiasmo verbal en que pasado, presente y futuro tejen narrativamente la identidad del protagonista con la de su época. Dialogando acompañado de Virgilio y Beatriz con sus contemporáneos actuales y precedentes, Dante sigue descentrando y deconstruyendo los tópicos que sus lectores hemos ido acumulando como novedades teológicas, políticas y éticas.

Irredento, acudo al Paraíso, a los primeros versos del canto XIX. La traducción efectúa una curiosa transformación. Donde el original dice "inchiostro" (tinta), el traductor Abilio Echevarría dice "maestro". En español la rima sugiera que el maestro demuestra nuestro concepto. En italiano, con la tinta (incostro) se oye hablar nuestro pico (rostro). La boca del maestro es la tinta de su escritura. Llegando al sexto cielo, pues, donde viven los príncipes sabios y justos, Dante se admira de que el Águila, símbolo del imperio y de la justicia, hable así pluralmente en singular:

"E quel che mi convien rintrar testeso,
non portó voce mai, né scrisse incostro,
né fu per fantasia già mai compreso;
ch'io vidi es anche udi' parlar lo rostro,
e sonar ne la voce e "io" e "mio",
quand'era nel concetto "noi" e "nostro"".

(Par. XIX, 6-11)


Hoy en día Dante puede ser ridiculizado con desparpajo. No obstante, cuando escribió estos versos ya llevaba viviendo muchos años en el exilio. Como conjuro, en homenaje suyo, recitaré ante mis hijos un romance viejo.


martes, 31 de diciembre de 2013

Bernardo de Claraval, padre de Dante.



San Bernardo de Claraval,
Fra Angelico (1440)

Tuve una profesora de filosofía, acérrimamente heideggeriana y antitomista, que se lamentaba seriamente de que yo no hubiese nacido en el siglo XII para poder ser secretario de san Bernardo de Claraval (1090-1153). Excepto un amigo íntimo, completamente ateo, todos mis compañeros tomaron su ocurrencia como una boutade. Todavía no sabía que un hermano de Bernardo comparte el nombre de pila de Cavalcanti. Casado y con dos hijas, le costó seguir su llamada. A veces me pregunto si mi mujer y yo no hemos fundado también, a nuestra manera, un monasterio. Guido, c’est moi.

De aquellos tiempos universitarios me quedan ciertas reticencias antineoescolásticas. Si santo Tomás de Aquino no hubiese sido un místico de la inteligencia, que cierto catolicismo siga justificando a piñón fijo la philosophia perennis daría la razón a la exégesis liberal al clamar contra su ontologización del mensaje cristiano. Benedicto XVI, teólogo consciente del poder ordenador del Logos, más agustiniano que tomista, se ha remontado a las palabras de san Bernardo para asegurar que “también nosotros debemos reconocer que el hombre busca mejor y encuentra más fácilmente a Dios «con la oración que con la discusión»". Por experiencia se aprende que la razón sin la contemplación suele acabar, paradójicamente, en callejones posmodernos.

Quisiera creer que la Divina Comedia, tan armónica, tan algebraica, descubre la plenitud en esas humildes y portentosas verdades claravalenses. En el cuarto cielo o cielo del sol Dante situaba a los sabios, filósofos y teólogos, como santo Tomás. En el Empíreo residen María, los ángeles y los bienaventurados como san Bernardo.

Virgilio y Estacio, la antigüedad clásica, guiaron a Dante a través del Infierno y del Purgatorio, hasta que sola Beatriz, amor gozoso de la luz, lo conduce hasta el Paraíso. Allí, feliz y hermosa, debe retirarse en lo más alto para que el padre Bernardo, en la trinidad apoteósica de los cantos finales, pueda introducir al Poeta en la comunión contemplativa de Dios. Si santo Tomás había resuelto problemas epistemológicos que inquietaban el alma de Dante, san Bernardo, sonriendo, le indica con una sola mirada dónde alcanzar ¡por fin! la ciencia del amor.

Étienne Gilson, que dedicó páginas luminosas al tomismo de Dante, descartaba la influencia directa de la obra del abad de Claraval sobre la literatura medieval. Que el autor de la Divina Comedia se acogiese a su compañía en el éxtasis final de su viaje no sería entonces más que un homenaje a uno de los grandes maestros de la vía mística. Conociendo al toscano, sin embargo me resisto a creer que la figura del autor de De consideratione funcionase sólo como un símbolo con que alegorizar la contemplación del misterio de la Trinidad y de la Encarnación.

Con santa malicia, Dom Leclercq consideraba a Dante “víctima de la «leyenda mariana», a la que le da un nuevo impulso” poniendo en boca de Bernardo “una de las más bellas plegarias que se han escrito a Santa María”. Pero, como observaba también, Dante había descubierto en el abad un maestro bajo cuya autoridad oponerse a los excesos dialécticos de la escolástica.

¿Será descabellado pensar que Bernardo pudiera ser para Dante la imagen de un maestro en el arte de la escritura y en el de la política? En uno y otro campo, el cisterciense sobresalió y fracasó con una grandeza que el exiliado florentino debió de admirar devotamente.

Mirado con frialdad, Bernardo es un santo que asusta. Antes que teólogo fue poeta. Dominó los recursos expresivos de la lengua literaria y los amplió y matizó con un exceso de sobriedad cordial que ejemplifica los límites de la libertad entre la creación y la retórica. Como político, su capacidad de seducción fue tan poderosa como su torrencial habilidad para equivocarse, siempre con una integridad inquietante. Así, a propósito de su papel en la predicación de la segunda Cruzada, es legítimo también preguntarse como Thomas Merton “si Bernardo no era más él mismo en Vézelay que en Claraval”.

Marrullero con Abelardo, profético ante Eugenio III, S. Bernardo resplandece ciertamente como el último Padre de la Iglesia, inspirando Oriente, espirando Occidente. Sus Sermones sobre el Cantar de los Cantares deberían ser lectura obligada antes de emprender cualquier reflexión cristológica. Su respiración es tan intensa, tan gótica, que Dante hubo de homenajearlo con la perfección técnica de un genio parejo: los tercetos exactos de una oración. El abismo del Ser resuena en sus rimas, consustancialmente humanas y divinas.

Vergine madre, figlia del tuo figlio,
umile e alta piú che creatura,
termine fisso d’etterno consiglio,
tu se’ colei che l’umana natura
nobilitasti sí, che’l suo fattore
non disdegnó di farsi sua fattura.
Nel ventro tuo si raccese l’amore,
per lo cui caldo ne l’etterna pace
cosí è germinato questo fiore”. 

Hijo también de su hijo, Bernardo formó en Dante, por amor de su obra, la eterna rosa de su hábito blanco. La paz del Paraíso ilumina su diálogo.


martes, 27 de noviembre de 2012

Calvin & Hobbes. Contra la escuela. Por el maestro.






Confieso que, entre las actividades diarias, leo siempre una tira de Calvin & Hobbes para poder mirar el mundo con cierta benevolencia escéptica. Los personajes de un niño hiperactivo de seis años, egoísta, liante y metafísico, y de su tigre de peluche, coqueto, estupefacto y astuto, creados por Bill Watterson en 1985, son los héroes ácratas de mi primera juventud.

Reconozco que tal confesión testimonia mi escaso compromiso revolucionario, pero situarse irónicamente bajo el favor del reformador de Ginebra y del atormentado  filósofo inglés protege, sin acritud, de los tópicos políticos al uso. El más pernicioso: el de la bondad educativa de nuestras escuelas.

Recuerdo que, al abandonar el colegio para ir a la universidad, sentí como si hubiese cumplido una condena de trece años y pudiese estrenar la libertad. Era un niño disciplinado y aplicado, pero sospechoso de leer, en lugar de tebeos y revistas porno, a gente tan disparatada como Turgueniev, Dostoievski o Flaubert.

Calvin tiene que vérselas con la Srta. Carcoma, su maestra, y el Sr. Escupitajo, director de la escuela. Nosotros nos las veíamos con el Hno. Sapo, de ruindad canónica, y con el Hno. Jabalí, director tarzánico. Si con un zarpazo no entrabas en razón, con un rugido asumías que en la selva la ley también era natural y positiva. Brutal, sí, pero también muy instructiva. La edad te lo hace entender.

Con los años uno se casa y tiene hijos y los hijos llegan a una escuela nueva, en teoría liberada de los tics franquistas de aquella ansiada pedagogía de la transición. La escuela de ahora educa en valores (como dice un amigo perplejo: los valores en la Bolsa, en el Evangelio Cristo; pero las escuelas cristianas siempre han sabido que no hay que exagerar). Así que (quien lo probó lo sabe), si antes te pasabas de listo, te podía caer una bofetada que te sacase de la mesa. Ahora le explican al niño: “¿No te das cuenta? Todos te queremos”.

En una sociedad malcriada e irresponsable, los padres energuménicos no toleran la más mínima contrariedad de sus niños tumefactos afectiva e intelectualmente. La escuela reacciona a la defensiva, con un argumentario victimista más o menos eficaz. Antes, unos padres llamados por la escuela eran informados del comportamiento de sus hijos. Hoy en día, enfrentados a la maestra o el maestro y a una psicopedagoga, nada más que se terminan las presentaciones, son interrogados sobre sus costumbres domésticas.

La palabra clave, en el ámbito educativo, es diálogo. Es el ábrete sésamo que debería resolver todos los problemas. En una ocasión, una maestra me miró con ojos desconfiados cuando quise razonar que el diálogo debe acabar en un acuerdo entre dos partes, pero cuando la relación entre ambas no es equilibrada, no hay diálogo sino una petición que la parte más poderosa puede conceder o no y según qué condiciones. La escuela quiere recuperar la autoridad, pero sin pagar el precio de su autoritaria buena conciencia.

Por todo ello, como en la viñeta que encabeza este post, sigo teniendo la misma sensación –y creo descubrirla en mi hijo también calvinista- que la de Calvin cuando sale a la pizarra para mostrar un objeto y expresar sus sentimientos. Mirando a sus compañeros y a nosotros lectores, nos suelta con candor, con furia, con irritación:

"Para la clase de hoy he traído un avión de juguete. 
Es muy normal, supongo, pero me gusta llevarlo encima.
¡Es para recordarme que, en cuanto ahorre un poco de dinero, compraré un billete y me iré tan lejos de vosotros, estúpidos, que alucinaréis!
(Ante el director). No es una “actitud”. ¡Es un hecho!"

En aquella escuela de sapos, jabalíes, orangutanes y cocodrilos, encontré, sin embargo, al único maestro que Dios me ha concedido en la vida. Le llamaban garbancete, porque no superaba el metro y medio de estatura. Calvo, sin cuello, con las extremidades pegadas al tronco, casi sin poder separarlas, aquel fraile diminuto, que había sido corneta de un tercio requeté durante la Guerra Civil, amaba con pasión las lenguas clásicas y su cultura. 

Flemático, irónico, intransigente, me inoculó la pasión del saber humanista sin una sola prédica, sólo enseñándome a escandir los versos de Virgilio. Su fe, discreta y sin fisuras, la proclamaba con ansiedad a través de una anécdota que repetía constantemente, entre nuestras chanzas malhumoradas: no quería asirse a las sábanas en la agonía como aquel que gritaba: “Señor, ¡estas manos están vacías!”.

Siempre fue consciente de que estaba ahorrando para irme bien lejos de todos ellos, incluso de él. De haber llegado a leer este post, habría vuelto a decir lo que, en una ocasión, le espetó al director enfrente de mí: “¡Deje al chico que se explique!”. ¿Cómo explicar a una escuela lo que, en último término, excede método, enseñanza, aprendizaje? Ser uno mismo es querer ser múltiple.