Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.
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viernes, 14 de septiembre de 2018

Eclesiolatría.



Bonifacio VIII proclama el Jubileo de 1300,
Giotto (1300)

En las conversaciones esporádicas que mi heterónimo mantiene con Daniel Capó se consuelan mutuamente de la velocidad desencadenada de los acontecimientos actuales. Melancólico, Capó observa que el orden liberal de la posguerra mundial se ha colapsado y que su sistema de equilibrios, incluidos los culturales, está en derribo por la acción confluente de fuerzas revolucionarias que podrían entenderse casi en un sentido apocalíptico.

viernes, 4 de mayo de 2018

Amadís lo Blanc.



The Love Song,
Edward Burn-Jones (1868-1877)

Hace veinticinco años bajaba a media tarde entre puestos de libros por una feria todavía sin globos ni carpas de partidos políticos, sin hileras de colegiales trotando entre una compacta romería cultural. Me preguntaba si mi futuro inmediato habría de desembocar en aquel puerto de mar al que la ciudad no ha dejado nunca del todo de dar la espalda. Me equivocaba.

viernes, 7 de abril de 2017

Viernes de Dolores.



El Calvario de El Escorial,
Roger van der Weyden (c. 1460)

El sentido asturbritánico de las costumbres obligaba en mi familia paterna a celebrar el santo de mi abuela el Viernes de Dolores y el de mí tía el Sábado de Gloria. En nuestro sano juicio nadie ponía en cuestión que la Iglesia pudiese mover las celebraciones litúrgicas a una fecha fija del calendario. A la pulsión jurídica y racional de los experimentos romanos mi familia no oponía ningún sentimentalismo piadoso, del que siempre desconfiaba, sino el decoro de la buena educación que requiere, con la facilidad que proporciona la práctica continua, renovar cada acto a su debido tiempo. Como era el uno día de abstinencia y el otro de silencio litúrgico, bastaba una felicitación que aplazase a cualquier otro encuentro la excusa de celebrar ambas onomásticas.

martes, 21 de marzo de 2017

Las sandalias del Bautista.



San Juan Bautista,
Jacopo del Sellaio (1485)

“… qui autem post me venturus est fortior me est, cuius non sum dignus calceamenta portare…” (Mt. 3, 11).

A N. P., en Poblet

Durante años me apliqué, con pasión, a la meditación discursiva y con imágenes. He creído siempre que en el principio no hubo silencio. Tengo la paradójica certeza de que el silencio fue creado por la Palabra que ordenó el caos de ruidos en que se extendía la nada primordial, haciendo posible aquella escucha que, en el intervalo que formó la primera respiración, llama a Ser. Con la ayuda de los Padres del Desierto, jamás he acabado de comprender esa serena ansiedad que confunde combatir las distracciones que suelen atormentar las imaginaciones inquietas y reflexivas con vaciar la mente de pensamientos. La contemplación dichosa, que opera íntimamente fuera de nuestras fuerzas, trasciende toda quietud.

martes, 2 de agosto de 2016

El cisma de Aviñón.



La Vierge de Miséricorde,
Enguerrand Quarton (1452)

El siglo XIV es apasionante.  De una riqueza de matices sorprendente, está atravesado por una herida profunda que ha dejado su huella indeleble en la imaginación de Europa. Francesco Petrarca modeló en su poesía la sentimentalidad europea de los siglos clásicos. Giovanni Bocaccio o Geoffrey Chaucer trazaron la narrativa de un mundo humanista a punto de emerger, escindido entre una razón que se eclipsaba y una fe luminosa que creía redescubrir la realidad clásica. Es el siglo de los nombres de Guillermo de Ockam y de la apasionada defensa de Collucio Salutati, para quien los studia humanitatis estaban estrechamente vinculados con los studia divinitatis. En la revisión del espíritu y la letra, no obstante, la salida del “oscuro” medievo hubo de atravesar el apocalipsis de la peste. ¿Hay algún origen sin su caída?

martes, 7 de julio de 2015

Rogier van der Weyden, cartujo.



Tríptico de los Siete Sacramentos,
Rogier Van der Weyden (1445-1450)

Hace unos meses acudí a ver la fantástica exposición sobre Rogier van der Weyden (1400-1464) en el Museo del Prado. Me planté a primera hora para poder ver los cuadros sin tropezarme con esos grupos que, como galeones a la deriva, cruzan los museos de un extremo a otro para detenerse a oír las explicaciones divulgativas de sus guías delante sólo de determinadas obras. Por suerte, antes de que comenzaran a navegar por las salas, pude demorarme en la contemplación de El Calvario (1454), la joya de la exposición situada estratégicamente al final del itinerario. Llegué allí, sin embargo, con la mirada atrapada por el Tríptico de los Siete Sacramentos (1445-1450).

martes, 31 de marzo de 2015

Oficios de tinieblas y de esperanza.



El entierro de Cristo,
Dirk Bouts (1450)

Como preparación cuaresmal, he estado escuchando piezas polifónicas que rememoran la casi completamente perdida liturgia del Oficio de Tinieblas que debería celebrarse desde el Jueves Santo hasta el Sábado Santo. Además de salmos y responsorios, desempeñan en él un papel fundamental las lectiones de las Lamentaciones de Jeremías, cuyas primera, segunda y cuarta elegías son, en realidad, oraciones fúnebres.

martes, 24 de marzo de 2015

Las lágrimas de Don Duardos.



La tempestad,
Giorgione (1505)

De joven fui desolado amador. La castidad del amor cortés no suele ser virtud, sino un modo de practicar, lujuriosamente, la ascesis de una soberbia solitaria. “Sorrow is knowledge”, sentenciaba Lord Byron al principio de Manfred. Peregrinando entre las sombras de los afectos, se alcanza después, en el mejor de los casos, con dolor y con suerte, un conocimiento más alto, el arrepentimiento de haber(se) hecho sufrir.

martes, 4 de marzo de 2014

Eloísa en Claraval.






En el Infierno, ante tantos sufrimientos como se le presentan, Dante sólo se desmaya una vez, tras oír la historia de Francesca y Paolo: “io venni men cosí com’io morisse. / E caddi come corpo morto cade” (Inf. V, 141-142). Como se ha solido repetir, el genio de Dante es capaz de convertir una sórdida historia de adulterio en una filigrana metaliteraria que fascinó a los prerrafaelitas. Los dos cuñados ejecutan, en un instante, la lectura perfecta del pasaje de Lanzarote que están compartiendo en soledad. El amor cortés rara vez ha alcanzado tanta intensidad en la realidad del arte.

En sentido opuesto, en el arte de la vida, los amores desgraciados de Eloísa (1101-1164) y Abelardo (1079-1142), ausentes en la Divina Comedia, contribuyeron poderosamente a forjar la poesía trovadoresca y el ciclo caballeresco de Chrétien de Troyes. Paradojas de la literatura, al narrador francés también le influyó la espiritualidad cisterciense de S. Bernardo, el adversario más temible del maestro de lógica, cuya condena logró en el Concilio de Sens (1141). En defensa de su antiguo amante, Eloísa, abadesa de Paráclito, tuvo el arrojo de tildar al abad de Claraval, que la admiraba por su saber y por su piedad, de "falso apóstol".

En un libro imprescindible, Heloïse et Abelard (1938), con la atroz precisión quirúrgica que poseen los franceses para el análisis psicológico de los sentimientos amorosos, Étienne Gilson sentenciaba que “en el orden humano, la grandeza de Eloísa es absoluta”. En el orden divino, su monstruosidad podría absolverla de igual manera que debería condenar, a su pesar, al tumefacto Abelardo.

Más que una heroína feminista, Eloísa es una terrorista del amor. Su correspondencia con Abelardo refleja una violenta y disciplinada fidelidad que apabulla a su antiguo amante. Dejando a un lado las dudas suscitadas sobre el grado de autenticidad de estas cartas, la lógica de sus acciones es tan implacable como perturbadora su lucidez intelectual. Que reflejen inexactamente o no a su autora, tanto da. Francesca y Paolo resuelven sus dudas ante Lanzarote y Ginebra. Eloísa convierte el juego de la dialéctica de Abelardo en un arma real de autosacrificio.

Peter Abelard
and His Pupil Eloise

Edmund Blair Leighton
En la Historia Calamitatum Abelardo, que doblaba la edad a Eloísa, apenas una quinceañera cuando la conoció, cuenta cómo, siendo su profesor, la sedujo, incluyendo golpes, la dejó embarazada, la raptó, la obligó a casarse en secreto contra su voluntad, para a continuación despacharla, también contra su voluntad, a un monasterio y así poder seguir desarrollando su vocación filosófica. Todo una enorme y terrible, por no decir criminal, equivocación. Eloísa lo aceptó todo, sin embargo, embargada por un amor que no se extinguió jamás, ni tras la castración de su amante. Le obedeció en todo con una fiereza que rozaba la perfección, hasta en su vida monástica, que la atormentaba con escrúpulos de hipocresía religiosa. El narcisismo sadomasoquista de Abelardo no fue capaz de soportar, pero tampoco de renunciar, a semejante pasión que era puro volcán en actividad.

Sería apresurado considerar a Eloísa una mujer sumisamente enamorada, capaz de transgredir cualquier ley por seguir a su amante. Era él quien jugaba a todas las barajas, haciéndole también trampas a ella. En Piedra de sol (1957), Octavio Paz decía “«déjame ser tu puta», son palabras / de Eloísa, mas él cedió a las leyes, / la tomó por esposa, y como premio / lo castraron después”. Mais non, Eloísa habría preferido ser la “puta” de Abelardo en lugar de haber aceptado su propuesta, cínica, de casarse secretamente con él, para sortear una situación moral, social y familiar que se le escapó de las manos. El condicional compuesto, tan en desuso hoy en día, es fundamental para entender su entrada en el convento. Go to the nunnery!, ordenó este cobarde y despiadado Hamlet bretón.

En Espacio (1954) Juan Ramón Jiménez acertaba más que Paz al hablar de Abelardo, pero no del todo sobre la naturaleza, como siempre juanramoniana, de la pasión de ella: “¿Por qué, Pedro Abelardo vano, la mandaste al convento y tú te fuiste con los monjes plebeyos, si ella era el centro de tu vida, su vida, de la vida, y hubiera sido igual contigo ya capado que antes, si era el ideal?". Eloísa no era el ideal, sino el brillo abrumador de la realidad en su más tersa tensión.

Insisto en que Étienne Gilson da claves tan aterradoras como para tomárselas más en serio que las apelaciones a la inocencia del deseo o del ideal. La pureza de Eloísa es completamente letrada. Según el historiador francés, Eloísa en su vida se arrepintió sólo de haberse casado con Abelardo. ¿Por egoísmo? Al contrario creyó haber pecado contra él. En el oxímoron “era culpable, pero era inocente” se juega su salvación. Desarrollando el magisterio de su amante, se convenció de que había faltado a las exigencias del «amor puro» tal como Cicerón lo exponía en De amicitia y a la doctrina moral de la intención que el propio Abelardo habría expuesto en el Scito te ipsum.

El argumento de Eloísa era claro: si lo hubiese amado con toda pureza, no habría aceptado su proposición de casarse con él. Habría sido su “concubina”, mientras él podría seguir dedicado con plenitud a la filosofía, tal como se concebía esta dedicación en la época para un clérigo. Toda su vida posterior debía ser, pues, un acto de expiación, pues no importaba la bondad del acto sino la rectitud de la intención. El monasterio realizaba performativamente, por su hipocresía religiosa, el castigo de su amor desventurado. Que Abelardo fuese un canalla impotente era, a su juicio enamorado, absolutamente imposible y quizás hasta una brutal injusticia.

“Eres tú, tú, el único objeto de mis sufrimientos, el único que puedes consolarlos. Único objeto de mi tristeza, no eres sino tú quien puede devolverme la alegría o aliviarme. Tú eres el único a quien esto le sea un deber apremiante; pues todos tus deseos los he cumplido ciegamente, hasta el punto que, no pudiendo oponerte la menor resistencia, he tenido el valor, por una sola palabra tuya, de perderme a mí misma. He hecho todavía más: ¡extraña cosa!, mi amor se ha vuelto delirio; lo que era el único objeto de sus ardores lo ha sacrificado sin esperanza de recobrarlo jamás; por una orden tuya he tomado, con otro hábito, otro corazón, a fin de mostrarte que tú eras el solo dueño de mi corazón tanto como de mi cuerpo. Jamás, Dios me es testigo, he buscado en ti sino a ti mismo; solo tú, no tus bienes, he amado. No he pensado ni en los vínculos del matrimonio, ni en la dote, ni en mis placeres o en mis deseos personales. A los tuyos, tú lo sabes, me he entregado para satisfacerlos. Aunque el nombre de esposa parezca más sagrado y más fuerte, habría preferido para mí el de amiga, o incluso, sin intención de escandalizarte, aquel de concubina o de puta; considerando que cuanto más me humillase por ti, más ganaría títulos antes tus hermosas gracias y menos perjudicaría el glorioso esplendor de tu genio”.

Por las ironías del destino literario, las Epistolae duarum amantium que se atribuyen actualmente a Eloísa y Abelardo fueron antologadas, como ejercicios retóricos, por el bibliotecario de Claraval en 1471. Dantesco como soy, aún bernardiano, rindo homenaje, no al vano Abelardo, sino a esa flecha abrasada de amor que firmaba Eloísa.


martes, 1 de octubre de 2013

El Papado y el katéjon.



 Il Giudizio Universale (c. 1431),
Beato Angelico.


Leonardo Castellani (1899-1981) dedicó páginas apasionadas advirtiendo contra el poder del Anticristo en El Apocalipsis de San Juan (1963). Castellani describe con viveza y, quizás, con aterrorizada admiración el poder del Príncipe de este mundo que habría sido creado “probablemente” para gobernar la tierra. Al pecar no habría perdido este don, ya que, según explica el singular jesuita argentino, los ángeles están en su naturaleza íntima calcados al fin para el que han sido destinados. 

¿Se habrá reservado Satanás, el dios del mundo, Sumo Sacerdote de la iniquidad, en un reverso tan infernal como inmanente, usurpar la triple función sacerdotal, profética y real? Lo cierto es que sólo Nuestro Señor Jesucristo logrará vencerlo definitivamente por el poder de su Nombre. Sobre la destrucción apocalíptica se instaurará la Jerusalén celeste.

Vivimos en una época milenarista. Entre no pocos católicos se ha extendido la idea de que estamos ya viviendo el fin de los tiempos. Si se me permite el esquematismo, distinguiría entre una relectura (anti)metafísica y una perspectiva político-teológica. En un caso se teologiza de nuevo la reconciliación hegeliana del Espíritu que coincidiría con el colapso de la historia. En el otro, se analiza con desazón la acelerada descomposición del sistema de principios que han caracterizado la tradición judeocristiana de Europa, como, por ejemplo, la monogamia, la sacralidad de la vida, la procreación natural o la soberanía y la jerarquía religiosa.

Proliferan profecías -en forma de mensajes y revelaciones privadas- sobre la realización actual de los acontecimientos que anunciaron el Antiguo y el Nuevo Testamento. En efecto, desde la época de los primeros cristianos, se ha solido leer en los sucesos contemporáneos una  advertencia de que la Segunda Venida está muy próxima. No extraña, por ello, que se atribuyan actualmente a los zarpazos del Anticristo los escándalos sexuales y económicos en que se ha visto envuelta la Iglesia. Aún así, no debe olvidarse tampoco que, como ha advertido el Papa Francisco, la Iglesia no es simplemente una ONG. Según el beato John Henry Newman (1801-1890), el Anticristo bien podría ser también un filántropo, cuyo humanitarismo podría convertirse en el enemigo más peligroso de la religión.

En cualquier caso, no se crea que esta percepción de la inminencia del juicio se observa en determinados grupos sólo con espanto. Ellos cuentan con la esperanza de que, siendo fieles, formarán parte del resto escogido que no padecerá la crueldad exterminadora de la que avisa el Apocalipsis. Personalmente, no acabo de entender su contento ante los horrores y las persecuciones que habremos de soportar contemplando cómo la apostasía se adueña del mundo. 

En un periodo cósmicamente penitencial, el Cuerpo Místico de Cristo volverá a ser crucificado. La oración de Getsemaní y el Salmo 22 deberían ser meditados sin cesar. Más si cabe, si algunos no descartan que hasta la Abominación de la Desolación podría surgir de la misma entraña de la Iglesia. Usurpando la Sede de Pedro, el Anticristo se vería libre para cumplir así el signo apocalíptico de la supresión de cualquier culto religioso, incluso el más excelso: el Sacrificio Eucarístico. Al margen de gestos, palabras y gustos de uno u otro Papa, a mí esta posibilidad me parece una monstruosa herejía que confunde el lugar con el ministerio apostólico.

Por su admirable prudencia y por el rigor de su inteligencia y de su fe, aconsejo la lectura de los Cuatro Sermones (Madrid, 2010) de Newman que, siendo anglicano, dedicó al Anticristo en el Adviento de 1835. Me inspiro en él para atreverme, quizás excesivamente, a formular una intuición güelfa de quien ya ha vivido suficiente como para recordar que hace ahora seiscientos años hubo no dos sino hasta tres Papas, durante la etapa del Cisma de Occidente. ¿Hace falta que estetice y que diga dos de sus nombres? Benedicto XIII y Juan XXIII. 

Para evitar paralelismos históricos, que no son sino un modo de tejer la ficción de la verdad (cien años separan la resolución del Concilio de Constanza de las tesis de Wittemberg), creo que sigue siendo clave el texto de san Pablo en 2 Te 3-7: “Porque el misterio de la iniquidad está ya en acción; sólo falta que el que lo detiene ahora, desaparezca de en medio”. La apostasía general que permitirá manifestarse a su tiempo (kairós) al hijo de la perdición (amartía) es un misterio de iniquidad (anomía, falta de ley) que está retenida (katéjon, lo que retiene). 

San Agustín, como san Ambrosio y san Jerónimo, identificaron el katéjon con el Imperio Romano. Ante su imponente realidad los sentimientos de todos ellos eran ambiguos. Por un lado, era el cuarto monstruo, el más terrible y destructor, de la visión del profeta Daniel. Las terribles persecuciones contra los cristianos daban testimonio de su ferocidad. Por otra parte, con su ordenamiento social y jurídico, sobre todo a partir de la adopción del Cristianismo como la religión oficial en el siglo IV, era también una garantía de paz ante las fuerzas caóticas (anómicas) que extendían las invasiones bárbaras. Como asume el cardenal Newman, quizás el Imperio Romano, como su lengua, no haya muerto nunca del todo, perviviendo hasta la actualidad en su dimensión jurídico-política.

El katéjon, pues, sería en sentido negativo un obstáculo para el advenimiento del Reinado de Dios, pero también, positivamente, el principio que impide momentáneamente la terrible victoria definitiva, aunque parcial, del Anticristo, durante el periodo simbólico de tres años y medio.

Lo que detiene su llegada, el katéjon, era, según san Justino, la Iglesia. Aquí es donde entra mi intuición güelfa, pues la existencia de ella se funda sobre la roca del Papado. Sin el reconocimiento del primado, su santidad es incompleta, por más que no deje de ser a la vez compleja, asediada por la iniquidad. Su autoridad es de origen divino y, por ello, indestructible: “Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella” (Mt 16, 18). Infierno e Imperio mantienen una inquietante semejanza fónica. 

Podrá morar el Anticristo en el lugar santo, pero jamás podrá penetrar en el misterio íntimo de la Iglesia que es el del Cuerpo de Cristo Resucitado. Pedro traicionó a su Señor, dudó ante los judaizantes, pero jamás le ha sido retirada la promesa. Una y otra vez ha sido confirmada a lo largo de la historia. El obispo de Roma custodia las llaves del Reino que, en el Espíritu, le ha confiado la Iglesia universal. Siervo de los siervos, la potestad del Papado -real, activa, operante- es pneumática.

Podrá –ha podido, puede- la Iglesia prostituirse, pero la fidelidad petrina está íntimamente ligada a la economía de la salvación. El Hijo del Hombre reinará congregando a sus elegidos de los cuatro vientos desde un extremo del cielo hasta el otro extremo. Este es el ministerio de Pedro: mantener a los elegidos atentos a la parusía.

La asamblea santa, a quienes Jesús ha prometido su compañía hasta la consumación de los siglos (Mt 28, 20) y a la que, por tanto, ni siquiera el Anticristo podrá exterminar, seguirá fundada sobre la piedra de una autoridad mística que la pérdida de cualquier forma de poder cuestionará de manera terrible sin lograr, empero, vencerla. Como su Salvador, la Iglesia será crucificada al final de los tiempos. Sin embargo, vaciada, será exaltada por la manifestación plena de la Resurrección de su Señor que vendrá con poder para juzgar el mundo.

En primer lugar, ¿por qué Roma no ha sido destruida todavía? ¿Por qué razón los bárbaros no la aniquilaron? Babilonia sucumbió bajo la mano del vengador enviado contra ella; Roma, no. ¿Por qué razón? Puesto que si ha habido algo que difiriese la venganza destinada a Roma, podría ser que dicho obstáculo actuase todavía y retuviese la mano levantada de la cólera divina hasta que venga el fin. La causa de esta inesperada prórroga parece ser simplemente la siguiente: cuando los bárbaros cayeron sobre Roma, Dios tenía un pueblo en esa ciudad. Babilonia era una mera prisión de la Iglesia; Roma la había recibido como huésped. La Iglesia moraba en Roma, y mientras sus hijos sufrían en la ciudad pagana a manos de los bárbaros, al mismo tiempo ellos fueron la vida y la sal de la ciudad de sus padecimientos” (J. H. Newman, Sermón “La ciudad del Anticristo”).


Creo firmemente que la santidad de la Iglesia, pura gracia, se sustraerá a la apostasía. En el tiempo que permanezca en el sepulcro, las palabras del Redentor mantendrán el sentido auténtico de su esperanza: “Apacienta mis ovejas”.



martes, 26 de febrero de 2013

Ausiàs March o el cuerpo-poema.





De un tiempo a esta parte parecía haber olvidado que los contemporáneos de este blog vivieron hace siete u ocho siglos y que siguen viviendo, en realidad, olímpicamente, en el reino en que la palabra se alea en el yunque de la desesperación poética. Simbolizada por Dante y Cavalcanti, con ella no me refiero a la desesperación de una vida –la del poeta− expresada a través de poemas, sino que procuro contemplar la desesperación del poema, en cualquier arte, por decir la vida –más allá del poeta− chispeando a cada martillazo verbal.

Pensando sobre por qué la palabra sincera, que quizás sólo puede ser la del poeta, consuela y hasta exalta tanto, por más que constate y hasta finja la soledad de nuestra condición humana, de improviso me ha venido escuchar a Raimon cantando “Veles e vents” de Ausiàs March (1397-1459). Y así, cada vez que oigo su voz poética, por una de esas motivaciones arbitrarias de la sensibilidad, siempre se me activa en los labios un verso del mallorquín Ramon Llull (1232-1315): “Vull morir en pèlag de amor” (“Quiero morir en piélago de amor”).

Lo foll por Cristo quería decir, ciertamente, una cosa muy distinta del foll valenciano que, con sus versos, montaba escenarios fúnebres donde amar fuera ausentarse del mundo. Sus damas, esquivas, se escapan de los abrazos torpes, apasionados, del deleite verbal. Atrayéndole hacia su verdad, sin permitirle el galardón de la posesión trascendente de la plenitud física, consumen el deseo que mueven en la respiración jadeante del poema. 

Tengo para mí que Ausiàs March no se evadía de la realidad ni sublimaba el amor carnal oponiéndolo esquemáticamente al amor espiritual. Con la distancia que la escritura funda, el poeta trazaba la muerte del espacio biográfico para así explorar mejor, a través de la retórica y de las convenciones poéticas de su época, la consistencia imaginaria de la dama. Amarla es asumir el límite último de la muerte: alcanzarla es perderla; perderla es saberse alcanzado, inexorablemente, por la nada.

A juicio de la crítica. amor y muerte configuran los dos ciclos centrales de la poesía marquiana. Creo que el caballero de Gandía, agotado ante el monumental edificio de la poesía trovadoresca, se revuelve contra el cancionero petrarquesco, en vida y en muerte de Laura, lanzándose a tumba abierta sobre la contradicción irresoluble que los poetas florentinos del siglo XIII vivieron en llaga textual. 

Laura (an. 1463)
La Beatriz de Dante se le presenta en todas las pastoras de Cavalcanti. En ellas encuentra la sombra de la muerte, vivida con una intensidad salvaje para la sensibilidad italiana. La sensualidad del valenciano es terriblemente ascética, no por privación sino por depuración. Es por eso que, en su poesía “religiosa”, llegará a tomar conciencia brutal de la escindida identidad, irrecuperable y persistente, de una muerte que es, en el fondo, el aliento trágico del amor.

Mucho se ha hablado de la singularidad estilística de March. Joan Fuster consideraba, paradójicamente, que el estricto valor poético de la oscura palabra marquiana procedía de que “la violencia sintáctica, el desprecio de cualquier molicie musical, la incapacidad de articular la frase en un fluir amistoso, le dan una configuración arisca y enrarecida”. Un poco a la manera de Gabriel Ferrater, hay que reconocer que, cuando March habla de deleite, está revolcándose por la arena levantina, mirando, deslumbrado, el mar afilado de las palabras. Su acto amoroso es un acto verbal. 

Mientras Cavalcanti, en el límpido alambique de su inteligencia, extrae las notas de algoritmos métricos, el valenciano golpea con la fiereza del herrero la materialidad de la lengua. “Veles i vents” es, en este sentido, casi un contraejemplo de “Donna mi prega”: dos formas distintas de copular. Las puras correspondencias y rimas internas del stilnovista se truecan en asperezas silábicas. A la rigurosa argumentación escolástica se le oponen imágenes de la cotidianeidad y antítesis tópicas que, como los vientos del deseo, nacen del choque frontal entre sílabas y pronombres.


“Yo tem la mort per no sser vos absent,
per que Amor per mort es anullats;
mas yo no creu que mon voler sobrats
pusqua esser per tal departiment.
Yo so gelos de vostr'escas voler,
que, yo morint, no meta mi 'n oblit;
sol est penssar me tol del mon delit
—car nos vivint, no creu se pusqua fer−”

“A la muerte temo, que de vos me separa,
y porque Amor por muerte es anulado;
mas no creo que mi querer, superado
pueda ser por tal separación.
Me temo que vuestro escaso amor
me abandone al olvido, apenas yo muera;
tan sólo este pensamiento aturde mi placer
-pues no creo que tal suceda mientras viva−”


Deleite y olvido (delit y oblit) riman como los amantes en el lecho, en el abrazo fugaz que hace exclamar al poeta “Yo soy aquel más extremo amador / tras aquel a quien Dios la vida quita”. La lucidez paroxística del sentimiento teje, así, la identidad del poeta que se sabe más allá de la vida a través del Amor. Por ello puede jactarse de que “su poder en acto se mostrará / y mis dichos con hechos probaré”.

El hábito que se ciñó Ausiàs March, cuyo rostro sólo nos es conocido por sus versos, es el grito ronco, terrible, de la verdad del cuerpo que se hace poema.