Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.
Mostrando entradas con la etiqueta Infancia. Mostrar todas las entradas
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martes, 25 de diciembre de 2018

Ero cras.



Natividad,
Guido da Siena (1270)

De mi infancia, secreta, casi hermética, conservo la afición del santoral. En plena época posconciliar jamás advirtió nadie en ella un signo de vocación religiosa. Acertaban. He leído con fruición, por puro gusto literario, las más variopintas hagiografías, por sus protagonistas o por sus autores, de una o mil páginas, ilustradas o tiradas en ciclostil, del siglo IV o del siglo XX, polémicas o anónimas, medievales o barrocas o posmodernas, ay. Aun siendo tal vez una preferencia excéntrica, en su fondo brotaba de una fascinación todavía más radical: el catálogo desnudo de los nombres que han forjado martirios, confesiones o fundaciones. 

martes, 24 de julio de 2018

Rut y Medea.

Versión de Theotokos de Vladimir,
Andrei Rublov (1405)

Como saben bien mis pacientes lectores, siempre he sentido una juvenil inclinación, como una inacabable tentación hermética, por el psicoanálisis. Dado que he querido excavar insensato, entre las paredes de estas entradas, las celdas de un monasterio familiar, he acogido con hospitalidad y gratitud algunos libros de Massimo Recalcati (1959), sea sobre la relación entre el padre y el hijo, sea sobre la que mantienen el alumno y el maestro. Por ello, en un día de asueto madrileño, ante el escaparate de mi librería adolescente, qué maravilla del azar haberme topado con Las manos de la madre (Barcelona, 2018).

martes, 24 de abril de 2018

Heidi en 4D.



Mediodía sobre los Alpes,
Giovanni Segantini (1891)


Aunque a mi amigo pedagogo, que sobrelleva con paciencia mis arrebatos ácratas, solían mortificarle mis públicas y desafiantes profesiones de educado ateísmo innovador, jamás he podido dejar de considerar la escuela posmoderna como la más sutil, descabellada y represiva de nuestras instituciones sociales. Por eso, la considero un mal tan necesario como todavía indispensable para seguir preparándose hacia el espantoso mundo que asoma ya por el horizonte. 

martes, 3 de abril de 2018

Romance de la petitona.



Virgen niña en éxtasis,
Francisco de Zurbarán (1630)


A mi hija pequeña le cosquillea el alma preguntarme de tanto en tanto el motivo de la forma castellana, con aféresis y metátesis, de su nombre. Con sonrisa tímida e iluminada, como sólo en la infancia se atiende el relato de una gesta mil veces repetidas, escucha siempre complacida la misma respuesta. 

martes, 9 de enero de 2018

Tiempo de J. R. J.



En el principio,
Paul Klee (1916)

En enero de 1941 Juan Ramón Jiménez, arrebatado, extático, daba comienzo a Tiempo y Espacio, un díptico poético desigual e inalcanzable bajo la advocación de Heráclito. En la lucidez alucinada de su recién exilio, Juan Ramón entregaba su voz a una escritura total, como el sumo sacerdote de una palabra poseída y dislocada. Se lanzaba a remontar el curso de un origen nuclear, biográfico y literario, sinfín. En el altar lejano de la perdida Colina de los Chopos ardía imaginaria la celebración de una nueva y antigua teogonía.

viernes, 14 de julio de 2017

Los amigos de la infancia.



Les Bergers d'Arcadie,
Nicolas Poussin (1628-1630)

Por más que fantasee con el reaccionarismo, mis raíces imaginarias brotan de una negación fundacional: el tiempo de la escuela. Jamás he añorado el espacio mítico del hogar materno del que me hubiera arrancado el período de escolarización obligatoria. En los últimos años de bachillerato resistí, asumiendo que aquel era un tránsito -castrador- hacia la (dudosa) libertad diurna. Tal vez por ello me haya negado obstinadamente a adoptar una profesión que me obligue a estar encerrado en un despacho o en un edificio durante una jornada de sol a sol. ¿Qué importancia puede llegar a tener el dinero y el prestigio a quien no ha dejado de desear sino residir en las estrellas? Puedo darme sólo ahora cuenta de que he llegado a construir mi pobre monasterio, apartado e ignorado, en la luminosidad de una incierta peregrinación, llena de noches y de abismos, guiada entre la niebla de los astros.

viernes, 7 de abril de 2017

Viernes de Dolores.



El Calvario de El Escorial,
Roger van der Weyden (c. 1460)

El sentido asturbritánico de las costumbres obligaba en mi familia paterna a celebrar el santo de mi abuela el Viernes de Dolores y el de mí tía el Sábado de Gloria. En nuestro sano juicio nadie ponía en cuestión que la Iglesia pudiese mover las celebraciones litúrgicas a una fecha fija del calendario. A la pulsión jurídica y racional de los experimentos romanos mi familia no oponía ningún sentimentalismo piadoso, del que siempre desconfiaba, sino el decoro de la buena educación que requiere, con la facilidad que proporciona la práctica continua, renovar cada acto a su debido tiempo. Como era el uno día de abstinencia y el otro de silencio litúrgico, bastaba una felicitación que aplazase a cualquier otro encuentro la excusa de celebrar ambas onomásticas.

martes, 12 de enero de 2016

La gallina turuleca.



La gallina ciega,
Francisco de Goya (1789)

Quizás como un guiño melancólico un Rey Mago ha dejado de propina a mi vailet cisterciense un cd con las canciones de los payasos de la tele. Escéptico, he sido arrastrado a la voz de Miliki, tan punzante en la memoria de toda mi generación, por el sorprendente entusiasmo de mis hijos. Todo un hit impensado.

martes, 3 de noviembre de 2015

El abrazo de Esaú.


La reconciliación de Esaú y Jacob,
Peter Paul Rubens (1624)

La pérdida de un hermano abre un vacío que no es sólo psicológico o moral sino metafísico. Perder a los padres nos enfrenta, desnudos, a nuestra fragilidad existencial. Del dolor de un hijo que muere he visto a la gente protegerse para no enloquecer de pena impotente. Con la desaparición de un hermano se siente uno amputado del otro de sí mismo.

martes, 17 de marzo de 2015

Frozen Propp.




Como en tantas niñas de su edad, mi petitona ha sucumbido a la pasión por Frozen (2013). Hasta ha encontrado el cd con las canciones de la película en la biblioteca municipal y hemos pasado una temporada al borde del agotamiento auditivo con el tema de “Suéltalo”. Entre ella y yo ya es prácticamente un mot-de-clef hablar de los lobos que persiguen a Ana y a Kristof, mientras aullamos a la una con los ojos desorbitados “auuuuuuu”. Su hermana, la pubilla, participa todavía de esa fantasía, en el lindero de la adolescencia. Quisiera creer que les admira la capacidad de sacrificio fraterno mediante “el acto de amor verdadero”.

martes, 6 de enero de 2015

Mi héroe Coco.





Una de las grandes lloreras de mi vida ocurrió las Navidades en que un compañero de clase me reveló el secreto de los Reyes Magos. De natural fantasioso, nunca he logrado superarlo del todo. No sólo esperaba el día 6 de enero con una emoción excitada, que desembocaba en preguntas incisivas a mi padre sobre qué le habían dicho los Reyes, sino que me entusiasmaba el horizonte de una vida adulta en que les ofrecería una copita de jerez mientras ponían regalos a quienes –oh sorpresa− serían mis hijos.

martes, 16 de diciembre de 2014

Telémaco y Rut.



Verano (Rut y Booz),
Nicolás Poussin (1660-1664)

Con un título tan sugerente como El complejo de Telémaco el psicoanalista italiano Massimo Recalcati (1959) ha escrito un ensayo estupendo sobre la relación entre padres e hijos tras el ocaso del progenitor. Confieso de entrada que del psicoanálisis me atrae su capacidad de imaginar terapéuticamente nuestras vidas a través de mitos y símbolos. Y el de Telémaco es muy efectivo, como posible respuesta en el siglo XXI a las figuras edípicas y narcisistas del hijo que han caracterizado el siglo XX, desde Sigmund Freud a Gilles Deleuze y Félix Guattari.

martes, 9 de diciembre de 2014

Star Wars, la escatología filial.



El Juicio Final,
Tabla Central (1467-1471),
Hans Memling 

Hace unos meses mis cuatro hijos vieron el Episodio V de La guerra de las galaxias. Estaban pendientes de que se la pusiese desde hacía tiempo, pues querían entender por qué Buzz Lightyear, nuestro héroe favorito de Toy Story (¡Hasta el infinito, y más allá!), se asomaba desde el montacargas echando la mano hacia Zurg. Mientras el juguete villano se precipitaba al vacío, Buzz gritaba “¡papá!”.

martes, 4 de noviembre de 2014

La sombra de Anquises.




Tobit curado por su hijo,
Rembrandt (1636)

Cuando era pequeño mi padre solía mostrarme, en tono jocoso, esos platillos de cerámica corriente con la leyenda de que a los siete años un padre, a ojos de su hijo, lo sabe todo, a los catorce un poco menos, a los veinticinco casi nada, a los treinta quizás el hijo le pida consejo y a los cuarenta y cinco quién tuviera padre. Es una de esas lecciones de memento mori tan llanas y tan punzantes que marcaron mi adolescencia y juventud hasta que la vi cumplida en la incipiente madurez.

En cuanto tuve familia propia, mi padre debió de sentir que ya podía la muerte vencerlo. A la noche siguiente de nacer su primer nieto varón dejó de resistir a las sombras de su agonía. Guardo ese dolor, inagotable, como la mejor herencia que pueda transmitir a mis hijos: vida tras la muerte. Abrazar a un hijo recién nacido cuando tu padre acaba de morir es una lección de desolada purificación: ser simultáneamente padre e hijo por la carne, en el espíritu. Suceder sucediéndose.

Sobre todas las diferencias que mantenía con mi padre −políticas, sociales y religiosas− emergía un rasgo de su personalidad que no he visto nunca en nadie más con tanta intensidad adjetiva: una decencia “feroz”, suicida, siempre dispuesta a perjudicar su propio interés antes que a consentir en lo más mínimo, hasta por omisión, en lo que creía su deber. Era una decencia trágica, regida por una hybris que le llevó a ser injusto –para su remordimiento− en ocasiones decisivas, pero de una integridad inalterable, ejemplar.

Le arruinaron su carrera profesional; sus amigos lo abandonaron; pero llegó a alegrarse, para no tener que traicionarse, de ser un simple médico de familia en un barrio suburbial en que, haciendo los avisos domiciliarios, llegó a subir hasta treinta pisos en un día. Sus pacientes, tan alejados ideológicamente de él, lo querían los más y los menos sólo lo respetaban. Sus enemigos profesionales llegaron a admirarlo por su seriedad excéntrica

Ya jubilado, una de sus pacientes le lanzó flores desde una ventana mientras lo aclamaba. Lo contaba avergonzadamente divertido. He sido también testigo de cómo un cincuentón se le acercó, él ya próximo a los ochenta, para agradecerle cómo había cuidado de su madre durante toda su última enfermedad. Tras charlar con él cinco minutos interesándose por su familia, me dijo: “Chato, la verdad es que ya no me acuerdo de su madre, debe de hacer veinte años, pero ha sido tan atento…”. La suya era la honradez cotidiana del hombre sin nombre.

En sus últimos años, decidió votar a los carlistas. Quizás rememoraba a su añorado hermano en los años de la Guerra pasados entre Pamplona y Sevilla. El presente le resultaba un vodevil. Hasta Aznar no le parecía serio: “Este hombre, ¿no se corta el pelo?”. Si hubiese visto la actualidad…. Imagino que mi trayectoria profesional le recordaba tanto la suya que, doliéndole, le obligaba a confirmarse en el desprecio del mundo, contemptus mundi. Como José María Pemán, cuando José María Gironella le preguntó sobre si creía en Dios, mi padre podría haber contestado también: “Creo en Dios… y en casi nada más”. Pemán, en lo alto, consumido en sus últimos años; mi padre, vaciado y exhausto, siempre menudo y vivaz.

Para mí, amigo Pemán, que estaba muy alejado de todo esto, el carlismo ha sido un descubrimiento arrebatador. Estas gentes son los auténticos guerrilleros de la Independencia o incluso de Viriato. Me decía Mola, hace unos días, que el requeté como individuo o como colectividad es un tipo que después de luchar como un león, al terminar la operación con la victoria y cumplimiento del objetivo propuesto, se marcha masivamente a sus casas a ver a la familia y a hablar con la novia. En estricta concepción militar, los carlistas desertan magníficamente en masa, después de cada victoria; para volver a los pocos días, con las vitaminas morales recuperadas. En estricto reglamentismo castrense, después de cada victoria habría que fusilarlos a todos” (José María Pemán, “En Pamplona con el General Cabanellas, Mis almuerzos con gente importante).

Así nos ha ido, papá.

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Pero ¡qué alegría volver a oírte entre estas líneas que te invocan en noviembre! Puedo escucharte como Eneas a Anquises: "¡Al fin has llegado! ¿Esa piedad tuya que tu padre anhelaba ha podido vencer el duro camino?" (Eneida VI, vv. 687-688). Las lágrimas piadosas son la esperanza cierta, silenciosa, de que el libro de la vida se abrirá de par en par, con nuestro deseo grabado en sus nombres: "Tobit se echó al cuello de su hijo y gritó entre lágrimas: «Te veo, hijo, luz de mis ojos»" (Tob. 11,13).

martes, 2 de septiembre de 2014

Anacoreta ácrata.




Interior de la Catedral de Amiens,
Foto de Donna di Cavalcanti (2014)



En una reunión de voluntariado cristiano hace muchos años, la responsable, completamente fanatizada por un discurso prefabricado de amor y revolución, a sueldo de ICADE, mirándome con furia seca, me espetó en público como un anatema, como una orden de expulsión: “¡Eres un anarquista!”.

Desde que tengo uso de razón he creído que la autoridad tiene origen divino. Debe de ser por ello que jamás he podido sujetarme por mucho tiempo a las autoridades de este mundo. Mi reino no debe de ser suyo. Desde mis tiempos escolares a los de mis hijos, me he visto obligado a enfrentarme con toda suerte de maestros, sacerdotes, catedráticos y monjas. He procurado no devolver jamás mal por mal, sin ni siquiera desobedecer intencionadamente. Me he limitado a constatar y a defender como principio sagrado que el efecto no es la causa: que alguien tenga autoridad no quiere decir que sea necesariamente la autoridad. A consecuencia de mi inhabilidad, he experimentado la proliferación del silencio a mi alrededor, de los murmullos (¿o murmuraciones?) en las periferias de mis relaciones sociales.

Y ahora que tengo hijos el autoritarismo escolar me pilla viejo y cansado, pero igual de guerrero. Frente a padres histéricos y maleducados, muchos responsables pedagógicos, maleducados e histéricos, han desarrollado, para contenerlos junto a a sus (reducidas) proles, grotescas y perversas técnicas de manipulación. Tienen como fin lograr que se comporten como ellos han decidido (bueno, prefiere que se diga "investigado"). Antes era por sus "santos cojones" -actualmente la palabra es de género epiceno-; ahora porque sus interlocutores no se dan cuenta de qué les conviene. Ante ese paisaje de bárbara tecnología, un monje güelfo debe acabar ejerciendo de samurai pobre y proscrito, contra su propia voluntad.

Durante los últimos tres años hemos intentado proteger a mi hijo mayor –todo una pieza, por otra parte− de la cacería pedagógica de una maestra lunática y del sinuoso director que sonríe tanto y que dialoga tanto que está encantado de tener siempre la razón. Mi hijo al final desquiciadamente –y sus padres, al borde del frenesí- nos hemos obcecado en no dársela.

¿En nombre de qué valor esa pedagogía actual, arbitraria, liberalmente represiva y técnicamente descabellada, fracasada sin paliativos, que sólo sabe de protocolos y de competencias, puede pedir a unos padres que participen en el despiece emocional e intelectual de su hijo? ¿Es necesario reconstruirlo en función de unos vomitivos criterios que garantizan a un grupo de mediocres vividores tener un sueldo decente y aplanar cualquier atisbo de individualidad moral y estética?  ¿Es transtorno no entender la fantasía chamánica de que las palabras "diálogo" y "paz" no suprimen los conflictos por el mero hecho enunciarlas campanudamente? 

Han destruido a conciencia el concepto de autoridad en los últimos cuarenta años y quieren restituirlo a los únicos efectos de poder controlar las consecuencias de su propia ineptitud. Reclaman la adhesión a una jerga que les permite mantener sus equilibrios laborales. Mientras, los buenos profesionales han sido desplazados y descolocados. Sobreviven como pueden a esa inmundicia moral que, manteniéndolos en un estado de tensión continuo, impide cuestionar un sistema aberrante que combate el fracaso escolar con tasas de eficiencia y no con alfabetización.

Tras visitar a psicopedagogos y a psiquiatras hemos sacado en claro que somos muy tradicionales (forma sutil de llamarnos autoritarios) y de que nuestro hijo, cuando está angustiado, puede llegar a mostrarse agresivo. Ningún diagnóstico ha concluido la necesidad de tratamiento. Cuando pedimos explicaciones sobre la política de castigos o sobre la equidad y la proporcionalidad de las prácticas disciplinares, nos dicen que siguen los valores -¡puajjj!- del Evangelio y que los desafíos del niño se deben a que nos resistimos a colaborar y que somos nosotros quienes nos debemos confesar abiertamente -sin esas reticencias que manifestamos- delante de esas siniestras agencias para las que la normalidad consiste en la anulación de cualquier atisbo de actitud reactiva, es decir, crítica.

El director de la escuela, un pelele con pretensiones, me ha llegado amenazar con hacer uso de informes particulares que le habrían hecho llegar instituciones oficiales. Cuando le he exigido que me los enseñase, ha gritado que estaba desacreditando a todo el mundo y que no podía aceptar que le llamase mentiroso. Sus putrefactas paridas consistían en unas supuestas notas personales de unas presuntas conversaciones telefónicas. No me extraña que ese sujeto, tan simpático y tan posmoderno, dude de la verdad o de la falsedad; sólo hay interpretaciones. Nunca tiene problemas con nadie; son los demás los que, incomprensiblemente, tienen problemas con él. ¿Por eso acostumbras a ir con la camisa por fuera de los pantalones? Quédate, macho, con tu prosa de alcantarilla y con la prepotencia servil de quienes dirigen tu patronal, al servicio de los intereses convergentes de los democristianos. ¿Dónde vivirías mejor? Cuídate, ya apenas quedan monjas ni frailes... Tal vez te estés entrenando para nuevos retos, ¿para cuando la propiedad pase a manos de la Fundación por extinción de la Congregación...?

Mis hijos no volverán a pisar una escuela cristiana en Cataluña. Las familias numerosas somos nada. Una minoría marginada hasta en la pastoral familiar. Una reliquia fanática y conservadora de la época premoderna. ¿En qué nos ayudan, si no descubrimos vocación alguna a ningún movimiento? Con condescendencia a la que no sabemos corresponder con una adhesión de “serena germanor”. 

Pienso ahora de nuevo en la santa indignación de san Bernardo en 1140 ante la ética y la teología de las intenciones del sórdido Pedro Abelardo. Lo siento, Bernardo: Abelardo ha ganado la partida de revancha, aunque tan irascible y soberbio como entonces. Queda retirarse entretanto a un eremitorio, al amparo de las periferias, públicas y laicas, que tanto le gustan al papa Francisco. Es paradójicamente defensa fidei.

Los ritos que, siguiendo el ciclo del año, se realizan en el oficio divino, son signos de las más altas realidades, contienen los más grandes sacramentos y toda la majestad de los celestiales ministerios. Han sido instituidos para gloria del jefe de la Iglesia, el Señor Jesucristo, por unos hombres que han comprendido toda la sublimidad de los misterios de su Encarnación, Nacimiento, Pasión, Resurrección y Ascensión, y que han sabido proclamarla con la palabra, las letras y los ritos… Pero celebrarlos y no comprenderlos es como hablar sin saber lo que se dice. Ahora bien, el apóstol san Pablo aconseja a quien tenga el don de hablar, que ore para que obtenga la interpretación de lo que dice. Entre los carismas espirituales con que el Espíritu Santo enriquece a su Iglesia, debemos cultivar con amor el de comprender lo que decimos en la oración y en la salmodia: no es nada menos que una manera de profetizar” (Ruperto de Deutz, De divinis officiis).


Levantamos los ojos al cielo, en el interior de la catedral de Amiens. Espacio puro de la eternidad, el crucifijo emerge lateralmente. Yo quisiera ser, con mi mujer, arco ojival.


martes, 1 de abril de 2014

Mi hija "petitona".



Virgen niña durmiendo,
Francisco de Zurbarán (1630-1635)

Andamos enfurruñados mi hija pequeña y yo, pues su arrebatadora sonrisa no logra desfruncirme el ceño estos últimos días. Se ha empeñado en no aprender las letras m, n, l y p en el colegio. En casa se niega también a reconocerlas, por más que insistamos a su lado con los dibujos de refuerzo coloreables que la maestra nos proporciona (“poma”, ¿es una p o una m?). Cuando parece que ya las ha aprendido, a continuación se hace la olvidadiza. Me desespero y ella se pone de morros porque me lo tomo tan a pecho.

Según su madre, la petitona ha aprendido a la primera el camino directo al corazón de su padre, bastante escarpado. Suelo responder que nuestra hija se orienta por los latidos del suyo. Como a sus hermanos, casi he tirado la toalla de enseñarles otra cosa que no sea la batalla corporal: guerras de cosquillas sin cuartel, abrazos de oso, carreras que me dejan sin resuello, collejas con gritos de júbilo… Luego me quejo retóricamente sobre cuántas veces les he dicho que no bajen las escaleras alborotando al perro del primer piso. Echando la cabeza atrás, mientras no puede contener la risa, mi hija responde: “Muuuuuchas”.

He dicho que "casi" he renunciado a poder ayudarles en las tareas escolares para no aplicarme como una bofetada el refrán de "en casa del herrero, cuchillo de palo". Mientras que a mi hija mayor le ha salido una vena teatral que admiro (y que temo), me mortifican las dificultades de mi hija pequeña. Por más igualdad de género que se predique, nuestras hijas deben ser conscientes de que, si a los niños se les valora la inteligencia, a las chicas se les exige de entrada que la demuestren. 

La visión lírica corriente de la mujer como amante y/o esposa, además quizás del tabú del incesto, explica que sean raros los grandes poetas -por ejemplo, en español- que hayan dedicado poemas a sus hijas. José Martí, Miguel Hernández –en la estela descomunal de Lope de Vega- o Leopoldo Panero –ay− se los dedicaron a sus hijos varones. Gabriela Mistral, con tonos desgarradores, se lo escribió al hijo que deseó. Mario Benedetti, al que, de haber tenido, se habría cuidado de decir adiós. A Enrique García-Máiquez fue dolerle “saber que siempre / tendré conmigo al mío” y llegarle primero una niña (¿Será que, en ocasiones creyentes, la palabra poética conserva todo su poder impetratorio, canto y oración?). 

Tal vez el poema más conocido de un padre a su hija, en nuestra lengua, sean las Palabras para Julia de José Agustín Goytisolo. Sus tercetos eneasilábicos permanecen intactos, rejuveneciendo con calidez la agnóstica confianza colectiva de fondo, ingenua si no fuera por esos maravillosos versos que dicen que “por lo demás no hay elección / y este mundo tal como es / será todo tu patrimonio”. Ciertamente, tampoco podría yo darles algo más a mis hijos.

Me quedo, sin embargo, con un poema de Vicente Huidobro. Aun inquieto, quisiera sobreponerle el deseo tradicional de que, cuando muera, mis hijas cumplan el deber piadoso de cerrar mis ojos. Lo hagan o no, puedan o no -me aterra pensar qué favores a nuestra "dignidad" estará tramando el Estado-, mi alma llevará impresos todos sus rostros hacia la eternidad del amor que espero vislumbrar.


                                            Hija
                   
                    “Tengo tu rostro entre las manos
                     oh aire dulce retrato de aire
                     anillo del mundo y del pasado
                     tu rostro de silencio
                     rostro de lámpara tierna
                     con qué facilidad te formas en mis ojos
                     como vuelves alegrando la negrura.

                     Miseria del recuerdo
                     en el umbral del frío la selva se hace sueño
                     se desprenden las hojas
                     se mueren las miradas gota a gota.”


Gadea, hija, venga; la p con la a, pa. Otra vez. ¿Qué pone aquí? Pa-pá.

martes, 18 de febrero de 2014

Joaquim Vancells, ¿modernista?



Febrer (1891),
Joaquim Vancells


Con sorna, mi abuelo solía decir que, por línea materna, me había correspondido en herencia “estar tocat de l’art”. A partir de la locución catalana “estar tocat del bolet”, observaba en mi comportamiento síntomas de haber ingerido en exceso sustancias alucinógenas como poemas, sonatas o cuadros. El diagnóstico tenía una base genética en el pintor Joaquim Vancells i Vieta (1866-1942), artista burgués y católico; un catalán de la vieja escuela extinguida.

Me he pasado una mañana en la Biblioteca de Cataluña hojeando los catálogos de sus últimas retrospectivas, una del año 1987 y otra de 2002. Pintor más que notable, fue amigo de escritores como Joan Maragall o Santiago Rusiñol, de músicos como Enrique Granados –que le dedicó la Tercera danza española− y de pintores como Ramon Casas. Todos ellos frecuentaban la tertulia de su taller a finales del siglo XIX.

Iniciado en el modernismo, se dio a conocer públicamente, junto con Alexandre de Riquer y otros jóvenes, en la Sala Parès de Barcelona en 1891. Uno de sus cuadros más reconocidos, Febrer, también de 1891, propiedad actualmente del MNAC, sintetiza muy bien la estética que le animaba en su primera etapa. En ella, según Jordi A. Carbonell, “adaptaría en su pintura el naturalismo gris, de corte urbano, del modernismo al paisajismo catalán de raíz vayrediana y, en definitiva, barbinzoniana. Describía el mundo rural y de montaña con un espíritu objetivista, pero en nada falto de poesía”.

Dinamizador cultural en Tarrasa, fundó con los hermanos Llimona, Enric Galwey, Dionís Baixeras y otros el Cercle Artístic de Sant Lluc (1893) a través del que se proponían crear un arte de fondo cristiano sin renunciar a las exigencias modernas. Mn. Torras i Bages, que acababa de publicar La tradició catalana (1892) y de participar en la formulación de las Bases de Manresa, fue nombrado consiliario. ¿Es posible imaginar aquel catalanismo capaz de entronizar en sus exposiciones un Sagrat Cor pintado en comandita por Llimona y Vancells y de evitar cualquier desnudo femenino? El modernista Rusiñol y los Quatre Gats debieron sentirse horrorizados ante aquella vuelta de tuerca bienpensante, no sólo estética y religiosa sino también política.

Riquer dio a conocer a su amigo Vancells el prerrafaelismo y el paisajismo inglés de la escuela de Turner. A causa de esta anglofilia, al egarense le costó aceptar el significado del impresionismo. Como miembro del Jurat de Recompenses de la V Exposició de Belles Arts de Barcelona cometió un error del que, honestamente, se arrepentiría públicamente después. Logró que se desechase la compra de cuadros de los mejores impresionistas franceses. Cuando se quiso reparar el desaguisado, era ya demasiado tarde.

Los ecos de esta polémica así como la incomprensión de su evolución pictórica, cada vez más inclinada hacia el realismo a medida que avanzaban las dos primeras décadas del nuevo siglo, le obligaron a una suerte de esquizofrenia creadora. De un lado, por razones económicas, repetía una y otra vez, a precio pactado, los paisajes que le habían dado renombre en el circuito comercial (“països pel burgès” solía definirlos). Por otra parte, continuaba su trayectoria personal que tan bien definiera en un libro de los años 50 su sobrino, también pintor, Rafael Benet.

Garbes amb la ciutat al fons (1920)
Sus cuadros de garberas muestran un mundo rural ambiguamente estetizado. Consciente de que la ciudad, con sus chimeneas textiles, producía sus riquezas, aquella satisfecha burguesía conservadora no se conformaba con que fuese un enclave civilizado. De algún modo vago, percibía en ella una amenaza de la luminosidad de su amado Vallès. Los jardines domésticos, íntimos, les aseguraban un consuelo ucrónico.

Me maravilla la mirada de Vancells. No es una mirada genial; es una mirada atenta. El detalle no le interesa tanto como captar el ambiente que lo matiza hasta hacerlo imprescindible. El jardín de su casa, los bosques que la rodeaban, fueron el refugio de su pintura. Ni el aire, ni la luz, ni sus nieblas son extraordinarios. Es el gesto de su dibujo, el instante, siempre derrotado, de su nostalgia, el que traza, en la ausencia de figuras humanas, la intensidad de una belleza tan inmediata que hasta se escapa a la contemplación. Es el suyo un realismo metafísico, fruto de una aurea mediocritas burguesa. Marc Molins explicaba así su última etapa:

“La relación entre espacios dibujados y espacios en blanco también es significativa: sugiere formas que no dibuja, intensificando ligeramente las sombras de las partes planas. Define por contraste. Es un tipo de dibujo que me atrevería a calificar de moderno: decir el máximo con un mínimo de recursos. Y ya no se trata de representar la realidad sino de significarla, señalar el mundo y ya está”.

Tras presidir su última comida de Navidad gravemente enfermo, el tío Vancells se retiró al lecho. Viendo que el médico preparaba una inyección, se dirigió a sus hijos: “No és el doctor el que vull. Vull el Viàtic!”. Tocado del arte, significó su pequeño mundo. I prou!


martes, 11 de febrero de 2014

Mi pequeño monasterio.



Cristo abrazando a San Bernardo,
Francisco Ribalta (1624-1627)

Según Jean Leclercq, el escolástico sería un dialéctico inmerso en la vida ciudadana; el monje, un gramático que anhela la ciudad celeste. Fronteriza, mi dialéctica procura ser escatológica: busca la verdad más allá de la probabilidad en la que, a tientas, humanamente, nos vemos obligados a movernos.

Por indicación de mi amigo germanófilo, me encontraba estos días leyendo El complejo antirromano, de von Balthasar. Como güelfo bernardiano, acostumbrado a las derrotas, me ha impresionado mucho una reflexión que sale al paso en la primera parte, como quien no quiera la cosa: “Al parecer lo bíblica y cristianamente importante es romper la desobediencia irrespetuosa de Adán y Eva con una obediencia intransigente, y lo secundario que el hombre estalle a gritos o se quede afónico y se retuerza como Elías, agotado en el camino; como Jeremías, que se encrespa; como Jesús en el monte de los Olivos. No parece importar mucho que la aquiescencia, en vez de espontánea y natural, arranque de un interior desgarrado, hecho de flaqueza, al cabo de las fuerzas, sin aliento, cuando todo incita a un «no»”. Pondré unos pocos ejemplos cotidianos, adelgazados al esqueleto.

A partir del segundo embarazo, mi mujer y yo nos acostumbramos a que en la primera visita de seguimiento en el sistema público de salud las ginecólogas le preguntasen con naturalidad si era promiscua y/o drogadicta, por el bien de bebé. Como parte del mismo protocolo rutinario, con contenida indignación la amonestaban por nuestras irresponsables prácticas reproductivas. Por defecto, se le preguntaba también si deseaba continuar con el embarazo. Sólo respiraban aliviadas tras la primera ecografía, al comprobar que la evolución del feto era “normal”. He visto a mi mujer descompuesta, insinuar tan sólo una queja, y observar la más absoluta indiferencia. El protocolo. Salíamos mutuamente humillados.


Esa humillación se volvía nada al sentir la emoción de ver nacer hijos de partos naturales decididos por mi mujer y garantizados por una atención sanitaria pública inmejorable. Ha podido recogerlos, temblando, mientras salían de sus entrañas para darles, entre lágrimas de sufrimiento y alegría, la bienvenida al mundo en su regazo. He ido comprendiendo cada vez mejor las palabras del evangelio de Juan: “La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, no se acuerda del apuro por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre” (Jn 16, 22). Niño o niña, cuando los ha depositado en mis brazos, exhausta, he sabido que profesaba ante ella de nuevo un voto escatológico, un sacramento.

Con el cuarto hijo su colegio contempla la posibilidad de subvencionarle la escolaridad, aunque no sus múltiples extras ni otras exacciones solidarias. Entre ochocientas familias, éramos la primera que en años tenía derecho a esta disposición. Insistimos. No ser pobres no quiere decir vivir desahogados. El gerente nos reconvino que, en realidad, no era problema de la escuela que tuviéramos tantos hijos. Soportamos impacientes un discurso implícito sobre la paternidad responsable. De un cristianismo progresista cristalino. El Director Titular −majadero de manual− displicentemente nos instó a rellenar una solicitud. La redacté con placer de retórica administrativa: “Es merced que esperamos recibir de su generosidad”. La concedió, aunque parece que se sintió ofendido. "¡Qué valientes!" es la expresión más animosa que podemos recibir cuando sólo cuidamos de cuatro.

Conocemos la hiel de la calumnia. Para salvar el monasterio, hay que estar dispuesto a decir: “Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos” (Jn 18, 8). Mi mujer hasta logró sacarme del Pretorio sin un rasguño físico, mientras que en el Sanedrín -hasta Pilatos y Herodes solos tienen más escrúpulos morales- se pusieron a debatir si les convenía combinar el chantaje con la coacción. En este caso, como cantó Pere Gimferrer, "Si pierdo la memoria, qué pureza".

Afónicos, agotados, encrespados, desgarrados, flacos, sin aliento, aún se nos ha dejado fuerzas para no decir «no». En un monasterio familiar “mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros” (2 Cor. 4, 11-12). Cada día, levantando los brazos al cielo. ¡Cuántas familias así!

Mi amigo germanófilo, que también tiene su monasterio, anda desanimado últimamente, por razones diversas que comparto y que com-padezco. Entre sus amigos, pedía a Cavalcanti que, intercediendo por él, leyese en espíritu un sermón de san Bernardo sobre el Cantar de los Cantares. Tomándomelo muy a pecho, me he apresurado a cumplir su voluntad, abriendo el sermón 72.

"Aspirará el día y respirará la noche. Noche es el diablo, noche es el ángel de Satanás, aunque se disfrace de mensajero de la luz. Noche es también el Anticristo, a quien el Señor destruirá con el aliento de su boca y lo aniquilará con el esplendor de su venida. ¿Acaso no es el Señor ese día? Día radiante de luz y de brisa; disipa las tinieblas con el soplo de su boca y a la luz de su llegada desbaratará los fantasmas".

Consolémonos obrando, orando, en la espera de aquel día en que "los que están en la noche aún entenebrecerán más, y los que ven verán mejor". Entretanto suframos en el parto de nuestra vocación, monástica e intelectual. Será que algo podremos enseñar, porque algo, aunque sea de noche y a oscuras, hemos logrado aprender alegremente.


martes, 4 de febrero de 2014

Alucinando en colores.





Tras haber leído la fotocopia que encabeza esta entrada y que mi hija pequeña acaba de traer del cole, me precipito al teclado a purificarme. ¿De qué? De aceptar que tengo que callar muchas más veces de las que quisiera ante los horrores pedagógicos que padecen nuestros hijos. Ver prostituida y casi extinguida en nuestro sistema educativo -en el concertado, en extremos pavorosos- la tradición humanística en la que me formé y a la que debo llegar a ser el que voy siendo, me indigna. Hay motivos circunstanciales coincidentes que avivan este pequeño incendio.

En una librería religiosa asisto en paralelo a una conferencia de un distinguido pedagogo. Su exposición resulta temible por lo brillante. La idea de que un estado "relacional" debe abrirse paso como alternativa al actual modelo en crisis de estado de bienestar es atrayente en la teoría. Que lo público no debe confundirse con lo estatal, que la sociedad civil debe tener protagonismo en el desarrollo económico o que el adelgazamiento del estado exige nuevas formas de garantizar la justicia y la igualdad de oportunidades que actualmente siguen en retroceso, sostienen el eje de una exposición que reclama, más allá de las disensiones, el carácter articulador de las comunidades, entendidas como personas de personas.

¿Una vuelta al humanismo? Es preciso deshacerse de su forma clásica que es un lastre para el futuro. Una de las causas de que no se pueda seguir avanzando consiste en la resistencia a los métodos de innovación docente que están anticipando este cambio de paradigma. ¿Para qué citar a las escuelas de negocios, cuando pasan por allí profesores de filosofía o de literatura?

Tras citar con unción a Emmanuel Mounier y al Papa Francisco, el conferenciante da por finiquitado con ironía el modelo de pensador de Rodin (?) y de ¡Dante!, que representarían a quienes suponen que pueden seguir encerrados en sí mismos, en lugar de abrirse a las posibilidades liberadoras de pensar en red, en busca de soluciones "holísticas" a problemas complejos... Para combatir la ignorancia propone un pensar dialogal, descentrado y deconstructivo (citando como autoridad a ¡Ferran Adrià!).

Se desprende de sus palabras que los humanistas, anclados en el pasado, mantenemos contra toda evidencia la idea reaccionaria de que un maestro es alguien que se arroga el derecho de creer que puede enseñar algo a un alumno. Contra los criterios tradicionales (???), los modos de participación no deben enquistarse en la asistencia a clase y al seguimiento de clases magistrales. Al contrario, hay que generar dinámicas innovadoras y creativas que impulsen al alumnado a buscar sus propias soluciones, aprovechando los medios que proporcionan los múltiples dispositivos electrónicos, al tiempo que evitando los riesgos de despersonalización.

Después de esta inmersión -ya digo que temible por lo estimulante-, regreso a casa donde me encuentro con el Manifest de la Diada de la Pau que preside estas líneas. Mis hijos están siendo instruidos en tales "valores" en una escuela cristiana (sic) que debería poner en práctica con competencia y calidad el pensamiento en red. De todos los puntos el que más me ha impactado comienza diciendo: "Volem gaudir amb pau del color violat". Y termina: "Volem un món violat on tothom pugui cercar la saviesa sense limitacions ni pors". "Queremos un mundo violeta (¿violado también?) donde todo el mundo pueda buscar la sabiduría (¿cuála, tia Pascuala?) sin limitaciones ni miedos (¿a las leyes?)". ¿No se dan cuenta sus redactores de las anfibologías? Si fuera una anécdota el "arco iris" de la paz...

Aunque redactado en catalán, ninguna evidencia en contra impide generalizar -que no totalizar- y advertir la infecta cursilería y la hipocresía moral, cuando no el oportunismo (de tots els colors), con que se está degradando ética y estéticamente a nuestra infancia y adolescencia. No fue Sócrates sino Protágoras quien corrompió a la juventud ateniense. A sabiendas de la injusticia, el primero bebió dignamente la cicuta. Al segundo, también a sabiendas, seguro que le premiaron por sus innovadores métodos docentes.

Dante pensativo (1864),
Jerónimo Suñol
Con especial hincapié romántico, incluso academicista, la tradición iconográfica tiende a presentar a Dante refugiándose en los libros de filosofía y en los clásicos latinos. Aun así, la Commedia es una de las obras dialogales más grandes que existen. Todos sus cantos están atravesados por un entusiasmo verbal en que pasado, presente y futuro tejen narrativamente la identidad del protagonista con la de su época. Dialogando acompañado de Virgilio y Beatriz con sus contemporáneos actuales y precedentes, Dante sigue descentrando y deconstruyendo los tópicos que sus lectores hemos ido acumulando como novedades teológicas, políticas y éticas.

Irredento, acudo al Paraíso, a los primeros versos del canto XIX. La traducción efectúa una curiosa transformación. Donde el original dice "inchiostro" (tinta), el traductor Abilio Echevarría dice "maestro". En español la rima sugiera que el maestro demuestra nuestro concepto. En italiano, con la tinta (incostro) se oye hablar nuestro pico (rostro). La boca del maestro es la tinta de su escritura. Llegando al sexto cielo, pues, donde viven los príncipes sabios y justos, Dante se admira de que el Águila, símbolo del imperio y de la justicia, hable así pluralmente en singular:

"E quel che mi convien rintrar testeso,
non portó voce mai, né scrisse incostro,
né fu per fantasia già mai compreso;
ch'io vidi es anche udi' parlar lo rostro,
e sonar ne la voce e "io" e "mio",
quand'era nel concetto "noi" e "nostro"".

(Par. XIX, 6-11)


Hoy en día Dante puede ser ridiculizado con desparpajo. No obstante, cuando escribió estos versos ya llevaba viviendo muchos años en el exilio. Como conjuro, en homenaje suyo, recitaré ante mis hijos un romance viejo.


martes, 29 de octubre de 2013

Resido en las estrellas.



Autorretrato (1843-1845),
Gustave Courbet

Recuerdo de niño ver a mi madre leyendo, y releyendo, Fortunata y Jacinta (1887), de Benito Pérez Galdós, en una edición de la Editorial Hernando en cuya portada una pareja paseaba bajo los soportales de la Plaza Mayor de Madrid. Aunque como tantas familias en la España de dos canales vi con mis padres la serie protagonizada por Ana Belén y Maribel Martín, a mi madre le seguía fascinando por encima de cualquier imagen visual el sabor madrileño de los diálogos galdosianos. En la letra, el espíritu.

En los eternos veranos de mi niñez caminábamos a menudo por el Madrid de los Austria. Cuando atravesábamos la calle de Pontejos, me indicaba que en aquellas mercerías había comenzado el negocio de los Santa Cruz. Pasando por el Arco de Cuchilleros traía a la memoria las idas y venidas del correveidile de Estupiñá. En la Cava Baja se lamentaba de la estupidez de Juanito Santa Cruz y compadecía, a la par, a Fortunata y a Jacinta. Y siempre reía con las conversaciones entre Doña Lupe la de los pavos y su criada Papitos, cuya frase “Si no blinco, me divide” era la forma humorística de enfrentar los sinsabores de enajenados como Maxi Rubín que nunca faltan en nuestras vidas cotidianas. Parada obligatoria de nuestras caminatas era el Palacio de Santa Cruz –“el Ministerio” en argot familiar-. En aquel momento, literatura y memoria personal fundían en un instante la intimidad compartida de secretos que no se necesitan ni comunicar ni guardar. Simplemente, eran, son.

Aquel Madrid galdosiano que, como un submundo imaginario, emergía del empedrado real de nuestro Madrid setentero, no era la ilusión de ingenuos lectores realistas: un “efecto de realidad”, como, con inquieta condescendencia, lo definía Roland Barthes. Los signos no suplantaban ni imponían una identificación mayor o menor con aquellas callejas o con aquellos seres imaginarios que parecían resucitar en un tabernero o en un dependiente atisbado tras unos cristales. Aquellos signos eran nuestra vida. Más que inscripciones de nuestro deseo, tejían el cuerpo de nuestra conciencia. Pronuncio –paladeo− “Calle Nuncio” y se me agolpa, al instante, en la memoria un universo simultáneo de personas reales y ficticias que forman un escorzo de mi identidad. Posiblemente proustianos, somos lo que imaginamos. El recuerdo, en cambio, imagina nuestra carencia.

Hasta los veintipocos años no me atreví a enfrentarme directamente con Fortunata y Jacinta. De aquella lectura brilla, opaco, el personaje de Maximiliano Rubín. Tanto ha dicho la crítica de él -que si un Quijote en escorzo farsesco (“Yo sé quién soy”), que si un anticipo crístico de Nazarín- que se me ha quedado grabado a fuego en la memoria el último párrafo de la novela. Mientras los amigos se lo llevan engañado al psiquiátrico de Leganés, alcanzan a oírle hablar consigo mismo haciendo muecas y visajes:

“¡Si se creerán estos tontos que me engañan! Esto es Leganés. Lo acepto, lo acepto y me callo, en prueba de la absoluta sumisión de mi voluntad a lo que el mundo quiera hacer de mí. No encerrarán entre murallas mi pensamiento. Resido en las estrellas. Pongan al llamado Maximiliano Rubín en un palacio o en un muladar… ¡lo mismo da!”.

No sabes cómo te entiendo, Maxi. Aunque quisiera hacerte compañía, sin embargo no podría residir en las estrellas. Entre el Leganés castizo y el añorado Claraval, que las ironías del laicismo revolucionario convirtieron en una prisión, la Grande Chartreuse permanecerá siempre -¿en mi imaginación?- más cerca del cielo que las murallas con que se podría rodear el pensamiento de un güelfo peninsular. Más allá de los Pirineos.