Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.

martes, 6 de febrero de 2018

Antonio Machado, apócrifo.



Máscaras,
Maruja Mallo (1942)

¿Qué indujo en la entrada anterior, dedicada a medias a Fernando Pessoa, a olvidar uno de los motivos centrales –casi vertebral- de mi (in)cierta autoría? Al fin y al cabo, como en un bucle a menudo aludido y jamás cumplido, Cavalcanti y yo sostenemos la heteronimia mutua que mantiene la voz –la escritura- de este blog. Atentos a una semiótica de la escucha, cada uno de estos pequeños y a veces crípticos ensayos llevan casi siete años redoblando el eco de nuestra biografía.

He tanteado respuestas o, simplemente, me he esforzado por preservar, seguramente por defecto, ese secreto que no guarda sino una ausencia o una abstención. Quizás sea lo oculto de la ocultación lo decisivo, por insignificante, en una personalidad. Quiero decir que, apenas relevante, el secreto de su identidad se sustrae a cualquier afirmación. Más que indecible -o ilegible- estará, en el mejor de los casos, expurgado del Libro de la Vida. Suprimido por purificado, y no al revés, brillará celeste sin sombras en el silencio pronunciado de la eternidad. En esta tensión escatológica su garabato actual -la fatiga de su estado decaído- podría llegar a cobrar el vigor que Dios le habrá infundido en su principio con la Palabra de su aliento.

Entre literaria y teológica, no cabe duda de que tal heteronimia diverge de la filiación que une a Ricardo Reis con Fernando Pessoa. Y sin embargo compartimos rasgos de una genética simbolista, bajo la forma de una melancolía sebastinista en unos que se hace claravalense en otros para protegerse, y no para desencadenar hasta sus íntimos extremos nihilistas, la infernal lucidez de Arthur Rimbaud. Como decía, con Cavalcanti somos heterónimos el uno del otro. Cavalcanti, posmoderno, se materializa en el holograma anarcorreaccionario proyectado por mis fantasías estéticas. Je n’est pas un autre. Un autre, c’est moi.

Por el tipo de escritura que practicamos podéis también creer que llevo tiempo sospechando que, freudianos, hemos cumplido la exigencia castradora de la Ley del Padre, huyendo de la espesa figura caudal de Antonio Machado (1875-1939). Cuando leo sus poemas más conocidos, me asaltan los gorgoritos golpe a golpe de Joan Manuel Serrat en interminables tardes de veranos familiares. Es oír su apellido y asaltarme también, con sabor a tierra reseca, el sintagma que atormentó mi adolescencia: “cárdenas roquedas”. Acabé de justificar mi animadversión por el liberalismo visigótico y pegajoso de nuestros institucionistas, que tan bien, a la contra, encarnaba su descuidado aliño indumentario, en un extravagante y genialoide curso de literatura española del siglo XX que Andrés Amorós dedicó monográficamente a los que él consideraba sus tres autores canónicos, por este orden: Carlos Arniches, Pedro Muñoz Seca y Antonio Machado. Palabra en el tiempo.

Releo veinticinco años después las sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de Juan de Mairena y descubro por el profesor apócrifo de Antonio Machado los pliegues de la reservada admiración que, no obstante, he sentido siempre por su escritura. Tanta más es mi admiración cuanto más me voy dando cuenta de qué he deseado siempre defenderme. La “esencial heterogeneidad del ser” tal vez sea su intuición más afinada.

El realismo español, a menudo tan satisfecho de su tomismo de aldehuela, ha solido confundir con arrogancia la realidad con su referencia. Con su bizarro naturalismo, que acostumbra a difuminar, amoral, la distinción con el orden sobrenatural, los nombres sirven para confirmar a machamartillo un estado de cosas que se quiere hacer pasar por intemporal. Desconfía, pues, de la capacidad de nombrar(se), que no construir(se), la realidad. Como Machado, quien quiera objetar habrá tenido que refugiarse en profesar la retórica y, tanto en cuanto, la dialéctica.

Por ello, todo lo que no sea autoría “real” nuestro vocabulario lo reduce al ámbito o de lo desconocido (anonimia) o de lo falso y de lo fingido o fabuloso (seudónimo, apócrifo e incluso heterónimo), es decir, de lo torticero y malintencionado, todo lo cual encuentra expresión en esas repugnantes locuciones del tipo "hay que dar la carita" o "¿es que tienes algo que ocultar?". A lo más es aceptable por ser propio del fingimiento que se atribuye metonímicamente a las actividades artísticas en su conjunto. El apócrifo Mairena o su maestro Abel Martín serían no sólo falsos autores sino también profesores dudosos en cuanto al contenido de su enseñanza. Hasta de un modo autoirónico por parte del propio Machado, con un oblicuo guiño al dialogismo platónico, cabría preguntarse hasta qué punto también lo sería la transmisión de su sabiduría.

A diferencia de Reis y de Martín, Cavalcanti emerje de la propia sustancia literaria de mi historia personal, anodina y anónima, condensada en una lectura apasionada y gramatical, escandida, de los metros escondidos de otro tiempo oscuro e informe. Cavalcanti rehúye la tautología, porque se sabe esencialmente heterogéneo. No está en sí mismo su origen sino la posibilidad de su destino. Avanzo hacia atrás, deshaciéndome. ¿Quién soy yo? Él.

Estas dos creencias a que aludíamos -sigue hablando Mairena- son tan radicalmente antagónicas que no admiten, a mi juicio, conciliación ni compromiso pragmático; de su choque saldrán siempre negaciones y blasfemias, como chispas entre pedernal y eslabón. La concepción del alma humana como entelequia, como mónada cerrada y autosuficiente, ese fruto maduro y tardío de la sofística griega, y la fe solipsista que la acompaña, se encontrarán un día en pugna con la terrible revelación del Cristo: «El alma del hombre no es una entelequia, porque su fin, su telos, no está en sí misma. Su origen, tampoco». Como mónada filial y fraterna se nos muestra en intuición compleja el yo cristiano, incapaz de bastarse a sí mismo, de encerrarse en sí mismo, rico de alteridad absoluta; como revelación muy honda de la incurable «otredad de lo uno», o, según expresión de mi maestro, «de la esencial heterogeneidad del ser». Pero dejemos esto para tratarlo más largamente en otra ocasión”.

(Antonio Machado, Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo)


Apócrifo, nunca Cavalcanti.


martes, 23 de enero de 2018

El desasosiego gris, entre Fernando Pessoa y Josep Pla.



Nostalgia del infinito,
Giorgio di Chirico (1917)


Hace unos meses mi heterónimo callejeó sin descanso entre las cuestas de Lisboa. Bajo el cielo deslumbrado del Tajo, recién estrenado el otoño, alcanzó ese estado de semiconciencia alerta que permite abstraerse de las ráfagas turísticas. De perfil, casi pudo notar la ingravidez del aire, a la deriva por Terreiro do Paço. Asomado al río, soñaba que se cansaba del cansancio de leer, de pagar arruinado las cuentas de su escritura.

martes, 9 de enero de 2018

Tiempo de J. R. J.



En el principio,
Paul Klee (1916)

En enero de 1941 Juan Ramón Jiménez, arrebatado, extático, daba comienzo a Tiempo y Espacio, un díptico poético desigual e inalcanzable bajo la advocación de Heráclito. En la lucidez alucinada de su recién exilio, Juan Ramón entregaba su voz a una escritura total, como el sumo sacerdote de una palabra poseída y dislocada. Se lanzaba a remontar el curso de un origen nuclear, biográfico y literario, sinfín. En el altar lejano de la perdida Colina de los Chopos ardía imaginaria la celebración de una nueva y antigua teogonía.

viernes, 29 de diciembre de 2017

En la cripta de Barbazul con Primo Levi (y II).



L'incendie de Rome,
Hubert Robert (1785)


Mientras descendía los peldaños minúsculos de la cripta de su Barbazul universitario en la entrada anterior, mi heterónimo se iba preguntando por qué George Steiner, que tantas páginas ha dedicado a la poesía de Paul Celan como situada “al norte del futuro”, apenas ha mencionado sino muy puntualmente los relatos de los sobrevivientes de los campos de exterminio.

martes, 19 de diciembre de 2017

En la cripta de Barbazul tras Béla Bartók (I)



El cementerio judío,
Jacob Isaackszon van Ruisdael (1657)

Quienes se aventuren por la selva de estas líneas tal vez se sientan defraudados, porque en pos de Béla Bartók (1881-1945) no me detendré apenas en El castillo de Barbazul (1911), la singular ópera en un acto que, con apenas treinta años, compuso sin poder estrenar de inmediato y cuyo éxito completo se retrasó casi otros treinta años. Me estremece pensar que, inspirándose en el cuento de Charles Perrault y con el libreto de su amigo Béla Balázs, el compositor húngaro, en su precoz juventud, fue capaz de descubrir, mediante las pinceladas exactas de sus duetos, el desposorio íntimo de la desilusión más apasionada. En el inicio de mi pospuesta senectud Barbazul y Judit me entregan ahora las llaves de otras cámaras, feas, pobres y débiles, acaso redimidas, que recorro con entusiasta extenuación.

viernes, 8 de diciembre de 2017

La religión de Thomas Browne.



El alquimista,
David Teniers el Viejo (1640)

Hace unos meses Ander Mayora me sugería la lectura de Religio medici (1642) del médico inglés Thomas Browne (1605-1682). He ido retrasándola -mejor dicho, sincopándola- por diversas razones íntimas. Como hemos acabado la octava en la memoria de los mártires ingleses, ha llegado el momento de que me enfrente a una obra rara, en toda la amplitud del término. De algún modo secreto, como si sus páginas presumiesen las consecuencias de su alquímica melancolía, percibo en ellas un pórtico flemático a las tensiones revolucionarias de las guerras de religión de la época. ¿Son capaces, todavía, de atraer la acusación de papistas como de ser incluidas en el Índice?

martes, 28 de noviembre de 2017

Epílogo del Anticristo, según Joseph Roth.



La predicazione dell'Anticristo,
Luca Signorelli (1499-1502)

... Todas las intimaciones escatológicas sobre el Apocalipsis que han sacudido con inusitada fuerza la conciencia europea desde el seísmo revolucionario de 1789 con sus réplicas aumentadas en las sucesivas revoluciones y guerras mundiales de los dos últimos siglos, encuentran un extraño eco, a mi parecer, en El Anticristo (1934), una obra menor y fallida, a la que sería injusto olvidar, del autor austriaco Joseph Roth (1894-1939).