Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.

martes, 21 de julio de 2015

La melancolía anglófila de Ignacio Peyró.



The Fighting Temeraire,
John W. Turner (1838)

Como de costumbre, llego tarde a los elogios; en este caso, del formidable libro Pompa y circunstancia (Madrid, 2014) de Ignacio Peyró (1980). Valga como excusa, excéntrica, que, nada más salir publicado, ojeé su primera página y supe que, de tan bien escrito, me iba a doler por razones autobiográficas que no vienen ahora al caso. Por ello, he retrasado esta lectura y he calificado aposta sus páginas de formidables. Sinónimo coloquial de magnífico, las dos primeras acepciones de este adjetivo lo definen también como muy temible, que infunde asombro y miedo, y como excesivamente grande en su línea.

Subtitulado “Diccionario sentimental de la cultura inglesa”, una lectura straight del erudito libro de Peyró, lleno de matices y sugerencias, puede aprovecharse de su carácter de enciclopedia personal “que busca aportar una cierta idea de lo inglés” y, más aún, que no oculta que ha procurado entonar “un elogio de Inglaterra y una reivindicación de lo mejor de su herencia” que califica en las primeras páginas como una poética de la libertad.

La organización del libro favorece claramente una lectura de este tipo: variada, amena, refinada, distantemente apasionada. Remitiendo unas a otras, sus entradas giran fundamentalmente sobre política, sociedad, gastronomía o arquitectura –aspectos todos ellos entrelazados por la idea, tan británica, de las good manners− con un estilo firme y hasta uniforme. Los lectores pueden perderse así por unos pasadizos que van construyendo como teselas de un mosaico constelaciones imaginarias de sentido hasta en cada una de sus letras alfabéticas. Cojamos, por ejemplo, entradas de la C: casas de campo, Carlos de Inglaterra, caza del zorro, cercados, césped, Chequers…; cabinas de teléfono, casas georgianas, clubes, clase, Churchill… Y avistándolas, ligeramente elevada, Cambridge.

¿Qué unifica estas entradas, pues? ¿Sólo una disposición genérica? ¿Un tono y una entonación? Si este libro se puede disfrutar además como auténtica literatura se debe también a que la nostalgia que lo atraviesa y que Inglaterra refleja con grandeza y simplicidad funda un modo de estar en el mundo. Me atrevería a decir que, bajo esas líneas admiradas y admirables, late la conciencia de una generación española conservadora que se asoma a la madurez perpleja y también expectante sobre su papel en este cambio de época y sobre la relación que debe mantener con su pasado. Quizás ello contribuya  a explicar secretamente el gran éxito del que ha disfrutado este libro.

El relevo generacional, tan bloqueado, está a las puertas, pero es incierto que quede algo que gestionar que nos vincule, realmente, con aquellas dos décadas finales del siglo XX en que se forjó la educación sentimental, no por ocultada menos potente, de los hijos de una clase media profesional que se ha evaporado. Peyró lo deja caer al comenzar. Acogiéndose a las palabras de Barzini, sostiene con orgullo que su generación se formó en la convicción indiscutida de que lo inglés era lo mejor: “Así fue. Y poco importa que tal convicción resulte falsa o cierta, razonable o fantasiosa; importa que aquella fuera –a buen seguro- la última generación que lo creyó”.

Agarrándome a esta clave, he leído de un tirón las más de mil páginas de este volumen. Como si se tratara de una gran novela anti(pos)moderna. En ella no asistimos a una búsqueda del tiempo perdido sino que, en realidad, lo que anida en su interior es un deseo insaciable que se nutre del vacío fundacional de nuestra identidad. A propósito de Edmund Burke, Peyró subraya que “quizás a los conservadores les va bien un grado de melancolía”. Hegeliano, implacable, antitético, Alexander Kojève habría descrito, como su causa, que “la única cosa que sobrepasa lo real dado es el Deseo mismo. Siendo la revelación de un vacío, siendo la presencia de la ausencia de una realidad, el Deseo es otra cosa que la cosa deseada, otra cosa que una cosa…”.

Por ello, no son las ausencias reales de este u otro personaje, ni la delectación casi hiperestésica por las mermeladas o por las camisas de seda de Savile Row, ni el número de páginas que parecen reflejar la bulimia intelectual de un excéntrico gentleman, lo que convierte este libro en imprescindible. Es su compulsión por tejer un universo imaginario que sólo en las palabras halla cobijo y realidad. Conserva con pasión intacta un mito que, en el Continente, se forjó con el nombre de Mitteleuropa. Entre Waterloo y la Gran Guerra, «el siglo inglés», a ojos de Peyró, se construye sobre el sueño y la realidad del Imperio Británico: el mediodía de la cultura occidental, libre e industriosa, entre dos guerras civiles.

The Hay Wain,
John Constable (1821)
Que la anglofilia de Peyró sea imperial no equivale a que sea colonial. Basta leer la entrada “Imperio”, quién sabe si casualmente justo en la mitad del volumen, para advertir que los motivos temáticos que recurren en él (el gentleman, las public schools, los modales, el realismo político, el comercio…) quieren anudarse en un elogio paradójico, que es a la vez elegía y égloga, de unas Islas perdidas en medio del mar que brillaron, entre nieblas, entre los siglos XVIII y XX: “Colonia, protectorado, mandato: para justificar su presencia en el mundo, los británicos emplearon no poca inventiva, con la mejor capacidad para el ingenio de la transacción política”.

Asesor político él mismo, tengo para mí que a Peyró le gustaría asemejarse a Walter Bagehot, cuyas observaciones “se pueden resumir en un principio: equilibrio. Todavía hoy, es una de esas palabras clave con las que definimos lo inglés”. Deslumbrado, nuestro autor asiste al resplandor de un ocaso que se ha consumido (y que se ha transformado), con deferente autoconciencia, más allá de su escritura. Mi anglofilia recusante, entre monasterios arrasados y conciencias y cuerpos desgarrados, guarda también el recuerdo de esa alegre desesperación tan británica que no se aferra al pasado sino que lo rehace, perdido, en cada palabra que, conversando, requiere una irrealizable dicción perfecta.

“Esa juventud conservadora, en fin, partía de la ilusión de que era posible vivir con un ideal caballeresco aunque no hubiera dinero para pagarlo, habida cuenta de que sus vocaciones más habituales –la historia del arte, las lenguas muertas, el periodismo chismoso, las librerías de viejo, el ejército o el sacerdocio− siempre han resultado menos rentables que los odios del conservador: el estrellato cinematográfico, la programación informática o los saberes bastardos de la sociología. Con todo su amor a las cosas del campo, el joven conservador hubiera juzgado muy negativamente los movimientos neohippies en pro del pan horneado en casa: él sólo hubiera deseado que no cerraran las panaderías buenas y de toda la vida, que no hubiera desaparecido la manera vieja y honesta de hacer pan. Es una diferencia de temperamento radical. Por otra parte, su amor por la vida en el campo puede resumirse en una pasión por las country houses pobladas de Canalettos más que en matarse a caminar por riscos y collados”.

Como a un young fogey, imagino a Peyró enfundado en un aquascutum paseando, irreal, por los andenes de St. Pancras. Sin mirar atrás, allí me despedí de Londres.


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