Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.
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viernes, 12 de abril de 2019

Mário Quintana al trasluz.



La ventana,
Lucio Muñoz (1963)


Apenas estaba saboreando la última página de Intenta olvidarme (Madrid, 2018) de Mário Quintana (1906-1994) cuando José Luis García Martín publicaba una reseña sobre esta antología poética prologada, seleccionada y editada en versión bilingüe por Enrique García-Máiquez. Exacto e irritante como es su personaje, García Martín se me había adelantado a citar aquellos poemas concretos que más me gustaban y hasta aquellas versiones de García-Máiquez a las que podían oponerse algunos reparos. Confieso a media voz que tal grado de coincidencia llegó a asustarme.

martes, 23 de enero de 2018

El desasosiego gris, entre Fernando Pessoa y Josep Pla.



Nostalgia del infinito,
Giorgio di Chirico (1917)


Hace unos meses mi heterónimo callejeó sin descanso entre las cuestas de Lisboa. Bajo el cielo deslumbrado del Tajo, recién estrenado el otoño, alcanzó ese estado de semiconciencia alerta que permite abstraerse de las ráfagas turísticas. De perfil, casi pudo notar la ingravidez del aire, a la deriva por Terreiro do Paço. Asomado al río, soñaba que se cansaba del cansancio de leer, de pagar arruinado las cuentas de su escritura.

martes, 16 de agosto de 2016

Las piedras celestes de Daniel Faria.



Eve bretonne ou mélancolie,
Paul Sérusier (1891)

Hace un mes, como por casualidad, asistí en un antiguo monasterio semiderruido a una sorprendente velada en que, tan ignorante, se me revelaba, por mediación de uno de sus amigos de estudios, José Rui Teixeira, la poesía de Daniel Faria (1971-1999), presentada y confirmada en España como una de las voces más singulares y relevantes de la reciente poesía portuguesa por medio de antologías como, por ejemplo, El arte de la pobreza (2011), de José Ángel Cilleruelo. Por fortuna, las tres obras mayores de Faria, que son inseparables de su entrada en el Monasterio de Singeverga, han comenzado a ser publicadas en castellano por Sígueme, en su primera apuesta editorial por el género de la poesía. En 2014 apareció Explicación de los árboles y de otros animales (1998). En 2015, Hombres que son como lugares mal situados (1998). Próximamente verá la luz el póstumo volumen De los líquidos (2000).

martes, 9 de agosto de 2016

Los dáimones tatuados de Ricardo Gil Soeiro.



Angelus Novus,
Paul Klee (1920)

Hace un par de años reseñaba en este espacio los dos primeros volúmenes poéticos de la Tetralogía palimpséstica que mi desconocido amigo Ricardo Gil Soeiro había publicado entre 2012 y 2013 con los títulos de Da vida das Marionetas y Bartlebys reunidos. Como una amistad literaria, por definición, está tejida de la materia del olvido, la ausencia de sus noticias me aseguraba que un proyecto poético tan ambicioso no sólo se culminaría, sino que habría de volver a encontrarlo ya terminado. A fin de cuentas, una lección de la poesía moderna consiste en que no hay más lector que el que llega, hipócrita y semejante, demasiado tarde. Me encuentro así por fin con otro volumen que recoge la tetralogía al completo, con los dos libros que faltaban entonces, Comércio com Fantasmas (2014) y Anjos Necessários (2015), bajo el título general de Palimpsesto (Oporto, 2016).

martes, 28 de mayo de 2013

Soeiro y Bartleby escriben sus silencios.



Bartleby, the Scrivener (2009),
Helena Pérez García


Concluía hace unos meses que la amistad es otra forma de escritura. Podría decirse que en lo dicho se esconde lo que queda por decir. La tarea del amigo es quedar a la escucha, incierta, de lo que pudiera no llegar. Así, en tan breve lapso de tiempo, tras Da vida das marionetas, Ricardo Gil Soeiro publicará en breve Bartlebys reunidos (Oporto, 2013), la segunda parte de lo que su autor califica como la tetralogía de una poética palimpséstica, con la que ahora pretende explorar una “ética de la impotencia”.

Si en el primer libro refulgían imágenes teatrales, cinematográficas o plásticas de esa inquietante figura, semihumana y semidivina, casi inerte, que es la marioneta, en esta nueva entrega se perfila, sobre todo a través de escritores y filósofos, un retrato, casi cubista, de Bartleby (1856), el protagonista del relato homónimo de Herman Melville.

Si la modernidad había asistido fascinada al nacimiento de Don Juan –el de Tirso de Molina y el de Lorenzo da Ponte−, que, abrasado, se disemina entre tantas conquistas, Soeiro parece proponer como modelo mítico de nuestro mundo crepuscular la abstención de los Bartlebys –I would prefer not to− que pueblan y que atormentan, explícitamente o no, los escritorios de Kafka y Blanchot, de Walser y Deleuze o de Hofmannsthal y Rimbaud. El crepúsculo del ser proyecta un teatro de sombras que el poeta persigue ante la mirada interrogante de sus –hipócritas- lectores, sus semejantes.

Si alguna figura encarna, con aterradora precisión, los rasgos de Bartleby a lo largo de los intrigantes e intensos poemas de Soeiro es Fernando Pessoa. Presencia fantasmal, acechante, como la del padre de Hamlet, el poeta se enfrenta a ella con una serie de inteligentes dispositivos que, al tiempo que bucean en las posibilidades de sus magmáticas personalidades poéticas, intentan disiparlas en la niebla atlántica de los encabalgamientos y de los versos «erróneamente» escandidos.

Según Lacan, el padre no muere nunca, aunque el deseo sólo pueda operar sobre su ausencia. El poeta sabe que, tras cada Bartleby, asoma, extinto, la sonrisa desvanecida de los heterónimos pessoanos. Como uno más de ellos, reconoce en el espejo de la escritura su imagen de Telémaco, funámbulo sobre el vacío en erupción. Viaja, por ello, sin desmayo entre los márgenes de la cultura europea en busca de las preguntas más tersas, a fin de conjurar el peso latente de una paternidad imposible. Angustia y cansancio apenas velan la vigilia alucinada, que no desiste de reconocer en la letra impotente el espíritu eclipsado de cada acto de lectura.

Soeiro es consciente de que el nihilismo posmoderno, si quiere evitar la impostura y la banalidad del chisporroteo elegante, no tiene otra salida que tantear los oscuros pasadizos subterráneos que lo unen con el modernismo centroeuropeo. Bajo la advocación anglosajona de Melville, visita los pasajes de un lenguaje que remiten a la explosiva iluminación de lo que desaparece en él. Los ejemplos de la literatura más corrosivamente alemana y de la filosofía francesa más perversa dejan sus rastros en los silencios dialogados de estos poemas, sin que extrañe que, entre los escritores en lengua española, el homenaje contundente a Vila-Matas se recueste sobre el recuerdo de Borges.

Intento explicarme. Si los clásicos acogían la palabra como el don que creaba el espacio compartido de la memoria, a nosotros posmodernos nos sorprende y nos deslumbra el olvido en los intersticios de sus ecos. En Ovidio, Leandro puede arrojarse al mar de las palabras como gesto supremo de desesperación amorosa. Para Hermann Broch, en cambio, el éxtasis de la muerte salvará del fuego los versos de Virgilio. Derrida, forense de Ítaca, clasificaría unos y otras en el reflujo de un océano vacío. En el bucle metapoético que refleja su propio libro (“Uma noite com Bartleby, 2010”), Soeiro constata desesperado esta ausencia constitutiva -¿tal vez bíblica?- de sus versos: “Naufragios son todo lo que tengo: / indicios rumbo a lo desconocido. / Las palabras son palabras, / yo soy casi yo”.

De hecho, estos treinta poemas, “en forma de nota a pie de un texto invisible”, son el relato de un viaje circular cuyas jornadas no yacen sino que se evaporan bajo los signos trazados en cada una de sus páginas. El poeta interroga su identidad a través de la angustia perpleja –diría «neutra», en un sentido blanchotiano− por la realidad de lo otro.

Los pronombres “yo” y “tú” se entrelazan a la búsqueda de un reflejo que, de un modo inquietante, va emergiendo en los blancos –en las cursivas- que el poema intenta condensar. Trazando las huellas de lo invisible, las formas se desdoblan recortando las esquirlas del sentido. El poema se convierte así en un espacio impotente donde indagar el residuo creador de una negatividad que late en las sílabas que organizan constelaciones, apenas entrevistas, de sombras significativas.

Leyendo estos poemas, repito, he tenido la sensación de estar a punto de atisbar, por las esquinas de Lisboa, al oficinista Bartleby (tú, yo, el otro) brillando en los ojos sebastianistas de Pessoa, la persona que habrá de volver, perdida, de la batalla de una escritura ausente, por venir. ¿Acaso, todavía, en el juego de hacer versos?

Todavía, no me rindo:
sé bien de quién es la culpa
y, así, apunto el dedo acusador.
A mis plegarias hace oídos sordos
el triste arte de las palabras e injusto
se me figura este castigo.
Lo que yo quería era mares de terciopelo,
susurrando desamores perfectos;
no estas sobras desmedidas,
incesantemente repitiendo
acordes desiguales –trampa de rima pobre.
Mas no hay manera de mitigar
este mal que padezco.
¿Sufrir? Sufra quien lee”. 

Escribiendo tras los versos silencios susurrados, Soeiro testimonia, sin esperanza, la certeza de unas palabras oscurecidas. Quien sepa leerlas, permanecerá a la escucha de lo que no puede llegar.

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Post Scriptum:


Recibo unas generosas líneas de Ricardo G. Soeiro que, habiendo leído esta pequeña reseña, con elegancia me hace notar que “trata-se, creio, de uma negatividade que, paradoxalmente, pode ser terreno fértil para a afirmação da criação, para o triunfo do gesto; enfim, para a plenitude da palavra”. Me doy cuenta de que mi lectura ha sido demasiado nietzscheana, destacando sobre todo el momento reactivo de la creación en lugar de la plenitud creativa que la palabra guarda incluso en la negación. 

Me siento así responsable de matizar mi argumento. No creo descubrir en los poemas individuales de estos Bartlebys tanto heterónimos “del” poeta como la conciencia de que éste se “heteronomiza” al tomar la palabra poética¿Qué más puedo añadir? Que el poeta siempre tiene razón ante el crítico felizmente impotente.


martes, 12 de febrero de 2013

Las marionetas de Soeiro.



Le Duo (Le Mannequins de la Tour Rosel)
Giorgio de Chirico  (1915)


Ricardo Gil Soeiro (1981), poeta portugués y amigo desconocido, despierta en el mosaico de mis recuerdos literarios asociaciones onomásticas que la lectura de Da vida das marionetas (Lisboa, 2012), su último libro de poesía, no ha hecho más que confirmarme. Si un nombre es una célula que se multiplica en innumerables mundos, todos siempre sincrónicos, sus poemas atraen las posibilidades paralelas que Leibniz aseguraba, feliz, a sus mónadas.

Deambulando por los intersticios de las palabras como el halo de un pensamiento de Bernardo Soares, Ricardo parece haber aprendido, aunque se rebele, la lección de Álvaro de Campos: “Vivir es pertenecer a otro. Morir es pertenecer a otro. Vivir y morir son la misma cosa”. La sintaxis de la poesía siempre condensa el lenguaje del ultramundo, ilegible. Desesperada paradoja, Ricardo la afronta, como su tocayo Reis, con dignidad clásica. Allí donde la simetría y el orden se expresaban en latín, ahora recorren las múltiples lenguas de una Europa evaporada: una imagen fantasmal que atrapa al poeta en la tela de araña de enredados códigos. ¡Celebremos sus funerales en paisajes desolados de lluvia inanimada!

Pudiera parecer la de Soeiro una forma de ser posmoderno, y sin duda lo es, pero en ella late una resurrección –quizás, mejor, una reviviscencia- que, perdida su condición trascendente, conserva del momento estético su potencia alucinada. Su teatro de marionetas se monta entre bambalinas, donde el yo del poeta se transforma, en el movimiento inverso de Pinocho, en múltiples muñecos de madera. El protagonista poético encarna la temible pregunta que atenaza la mutilada humanidad de la marioneta, siempre al acecho en la oscuridad de la función a punto de comenzar o en el baúl cerrado tras el telón caído.

Convocados a la luz de torrenciales antorchas, comparecen en este poemario citas siniestras de Rilke, el obsesivo acorde de Stravinsky o las soledades distantes de Chirico. Los poemas giran compulsivamente en torno a los grandes temas del modernismo, a los autores de la alta cultura, tal como pueden ser leídos en este inicio del siglo XXI en el cine y el teatro de marionetas, de Takeshi Kitano a Juliette Prillard. La sacralidad perdida que el siglo XX profanó se revisita con el pavor destronado con que Frankenstein podría perseguir a Mary Shelley por los claustros de su imaginación.

Como un Kierkegaard a la intemperie, Soeiro maneja unos hilos que se despliegan en un escenario de repeticiones, entendidas a la manera de John D. Caputo, para quien el concepto kierkegaardiano consistiría en “tener el coraje para el flujo”. El sonido hueco de los títeres se mueve en la libertad de la muerte sin que la palabra poética apenas puede conjurarla: los poderes de Orfeo siguen intactos, pero mudos. Las sombras siguen hechizadas el sonido del silencio, la afónica melodía del crepúsculo.

De los maniquíes de Bruno Schulz a las piezas museísticas de los filmes de los Quay Brothers, asistimos a una dialéctica modernista, con la esperanza en suspenso: qué somos si las palabras sólo (se) dicen, acaso, su destino vacío. En la penumbra de lo neutro, amargamente, se lamenta la voz maniquí de una de las máscaras del poeta: “De todo me llamarán: / falso simulacro, criatura / inverosímil; e incluso por mera / sombra engañadora me tomarán. / Soy apenas lo que soy”.

Dos versos soberbios de Gil Vicente, dramaturgo exiliado en la lengua del siglo XVI, me vienen ahora a la memoria: “No ser querido y amar / es gran passión”. El amor de no ser queridas mueve los juegos pronominales (yo y tú) de las marionetas de Soeiro. La obsesiva insistencia en el “eu” de los primeros quince poemas prepara, en los otros quince, una reflexión metapoética en torno a la existencia incierta que teje el diálogo con el tú del lector, figuración soñada entre los saltos de los versos. Siempre amenazado por una muerte presentida, el poema, de entre los signos, engendra un espacio de fulguraciones que el ritmo perpetúa: “Cuando, olvidado, regreses de las estrellas /más tardías, reconocerás, en fin, que habré / sido siempre yo la fiel morada que buscabas. / Entonces y sólo entonces, perduraré yo, mortal e / imperfecto, en el rastro de ceniza que dejes”.

Para Soeiro, morir es absurdo, una belleza despilfarrada. La voz en forma de poema que acoge el rumor de los naufragios lectores intenta salvar las dovelas dispersas del sentido. Disiento: lo que es absurdo es no morir; nos resistimos tanto, con intensa melancolía, al olvido porque deseamos que la herida de ser no deje nunca de cicatrizar.

“Las cosas no se mueven: solo el mar indescifrable 
es real, casi perfecto en el desamparo que nos trae.
Están incompletas: es propio de las cosas
ser estrellas imperfectas.
Buscan la palabra que les falta,
carecen de un fulgor exacto.
Es por eso que siempre se escribe con retraso.
En las palabras siempre es un poco demasiado tarde.
Apenas se escribe lo que el tiempo consiente.
Se ama la amargura de jamás encontrarse en paz”.


Leyendo los poemas de Soeiro he tenido la extraña sensación de haber visitado los espejos repetidos de mis recuerdos, que siempre se escriben con retraso. La amistad es otra forma de escritura. Él lo sabe.