Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.
Mostrando entradas con la etiqueta Sátira. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sátira. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de octubre de 2017

Contra escuelas cristianas.



La Sagrada Familia y la educación de la Virgen,
Lucas Cranach el Viejo (1510-1514)

Lo siento mucho, Señor Ministro; mis escuelas han sido instituidas para dar a conocer a Jesucristo y el libro que Vd. me propone ¡ni lo nombra siquiera!” (Vble. Jean Marie de La Mennais a Monsieur de Salvady, Ministro de Educación de Francia, 1833).


Temo que esta entrada, polémica, será malentendida. Empezaré, pues, con una provocativa captación de benevolencia para despeñarme por el torturado sendero de la sátira. Pedagogos y delegados episcopales, leedme en los labios, porque emplearé esa palabra que no tenéis reparo en utilizar cuando creéis ser “inclusivos”: fui vuestro ¡C-L-I-E-N-T-E! y terminé muy descontento del servicio que estáis encantados de ofreceros.

martes, 19 de abril de 2016

Javier Gomá, dermoesteta.



Parody of Raphael's School of Athens,
Joshua Reynolds (1750-51)

Aunque confieso no haber leído la Tetralogía de la Ejemplaridad de Javier Gomá (1965), sólo por el título no he podido resistir la tentación de adquirir su último volumen Filosofía mundana (Barcelona, 2016). Aunque casi todos los “microensayos” que lo componen habían sido recogidos previamente en Todo a mil (2012) y Razón: portería (2014),

martes, 12 de abril de 2016

Con(tra) la educación.



The Country School,
Winslow Homer (1871)

Puede que mi experiencia escolar, como alumno y como padre, me haya proporcionado una visión nihilista de la pedagogía. Tras toda la cháchara actual de educar en valores, la emprendeduría, las competencias, sigo viendo en la escuela el instrumento privilegiado del poder para vigilar y disciplinar las sociedades. No lo critico; acepto de mejor o peor grado que me vigilen y me disciplinen; en cambio, me parece una estafa que pretendan que me crea, ya no que sea o no bueno, sino que estoy equivocado, y que, por tanto, debo estar más vigilado y disciplinado. Es precisamente esto lo que más me indigna de la nueva fase que padecemos. Intenta perseguir y eliminar los “fallos de seguridad” que, pese a todo, antes permitían a profesores y alumnos experimentar con la libertad del conocimiento, reducido ahora a manufactura en serie tecnológica.

martes, 8 de diciembre de 2015

El lulismo indepe.



Miniatura del Viaje a Bugia (1307)
Breviculum ex artibus Raimundi Lulli electum,
Thomas Le Myésier (1321)

Por razones académicas paralelas asistí hace unos días con mi amigo germanófilo a la inauguración de los fastos generalicios en loor del beato Ramon Llull (1232-1316) en el Palau de la Generalitat de Catalunya. Nos sentamos esquinados para observar la monotonía de un acto oficial, a la espera de alguna revelación de ética pura kantiana que justificase nuestra insurrección. No obstante, si hace unos meses nos divertimos con los pedagogos flipaos, como lulistas indepes salimos un tanto defraudados. Pero, dado que me tomo a pecho el nombramiento que mi amigo me hizo entonces de "cronista de la catástrofe", debo a mis lectores un pequeño reportaje.

martes, 20 de octubre de 2015

Libertad religiosa.



La Liberté guidant le peuple,
Eugène Delacroix (1830)

Mi padre consideraba que un buen médico debía desarrollar al máximo su “ojo clínico”. En una época con apenas máquinas y sin protocolos, sostenía que el diagnóstico acertado exigía atención a los síntomas y disposición a escuchar los más mínimos matices de las explicaciones del paciente. Aunque creyente a piñón fijo, era por ello muy escéptico sobre las manifestaciones externas de ascetismo. Resultaba pavoroso, casi quiromántico, que el tiempo confirmase con precisión sus “diagnósticos”.

martes, 11 de agosto de 2015

El pedagogo flipao.



The Orgy,
William Hogarth (1735)

Con mi amigo germanófilo he acudido hace unas semanas a una jornada de innovación docente, comisariada por nuestra Universidad, que, con la excusa de formar al profesorado en las competencias digitales, ha sido aprovechada para hacer campaña en favor del método “flipped” o “inverso”. El lema era paradigmático: to share, to think, to innovate. No sé si por ello al escribir "teacher" en una web de arte me ha salido el cuadro La orgía de William Hoggarth como uno de los resultados principales.

martes, 15 de abril de 2014

In, inde, independència.




Ovid banished from Rome,
J. W. Turner (1838)



Como representante del profesorado, he asistido a una Junta de Gobierno de mi Universidad. El Rector inicia la sesión presentando un informe de su gestión en los últimos meses. Comenta su participación en la CRUE (Comisión de Rectores de las Universidades Españolas). Informa sobre Reales Decretos pendientes y sobre la opinión del Ministro en algún tema en concreto con vistas al curso 2015-2016. Al mismo tiempo explica algunas negociaciones con el “Govern” de la Generalitat sobre financiación.

Miro alrededor, a las treinta personas que estamos asistiendo a esta Junta y que siguen impasibles la explicación. Me pregunto si debo intervenir. Al acabarse su exposición, pido la palabra. La conversación se desarrolla en catalán, más o menos en estos términos.

-Rector, no sé si mi pregunta es ingenua. He escuchado con atención tu informe en que señalas perspectivas de acción de las universidades catalanas para el curso 2015-2016. Dada la situación política y social del país, con una consulta prevista para el mes de noviembre y con el presidente Mas dispuesto, según ha publicado la prensa, a declarar unilateralmente la independencia de Cataluña, ¿os ha comunicado el Govern algún escenario de futuro para el desenvolvimiento de la política universitaria si el proceso de transición nacional, como es su deseo, es irreversible?
-Si me estás preguntando si públicamente se ha comunicado en algún Consejo o Comisión los pasos que podrían darse, la respuesta es no. Privadamente, tampoco. 
-Muchas gracias.

Me he sentido avergonzado de ser ciudadano catalán. Si hay que ir al abismo, por lo menos uno lleva el equipo completo de montañismo para despeñarse con “dignitat”. Debo recordar que el Secretari d'Universitats es un notorio entusiasta de la transición nacional. ¿De qué se trata, pues? ¿De distraer al personal para mantener en pie el negocio que cada uno tiene montado y con el que va tirando? Con esos mimbres ni se hace Catalunya ni tampoco España. Imprevisión, aventurerismo, inconsciencia.

Estoy contra la independencia por razones históricas, sociales, políticas, económicas y hasta emocionales. De hecho los nacionalistas catalanes resultan un tipo acabado de la españolidad que detesto. Siguiendo el tópico, los gallegos tienen sus caciques; los andaluces sus señoritos; los catalanes, nuestros amos de fábrica. En momentos así, recuerdo a un inglés que, en cierta ocasión, me definió España como san Agustín el mal: ausencia de bien. Más que un error moral, me apena pensar que tal vez mi amada Península sea un error geográfico.

El independentismo de Artur Mas siempre me ha parecido la apuesta histérica de los convergentes para no perder las palancas del control (asfixiante) del país, en un momento de crisis social y política que ha dado ya los primeros síntomas de un posible estallido. Con la independencia Mas intenta ponerse al frente de “otra” manifestación que contrarreste la que puede avecinarse. A su lado, el trágico irresponsable de Lluís Companys, que necesitó que el Partido Comunista garantizase mínimamente la legalidad republicana en Cataluña, es un modelo de estadista.

Ni nazis, ni fascistas, ni totalitarios, ni toda esa palabrería grandielocuente que suelen dedicarse mutuamente unos y otros. Nuestros nacionalistas son algo más parecido a sátrapas, a déspotas. Como sus pares del resto del "Estado", aunque ahora fuera de sus casillas con completa voluntad, con una impunidad que empieza a espantar, han hecho de la democracia un mecanismo aparentemente perfecto para prolongar el sistema franquistein que se ha adherido como una segunda piel a España. El español se queja y se altera. Desalterarlo será más difícil.

Releo con desolación las Meditaciones del desierto de Agustí Calvet. El 30 de septiembre de 1946 hablaba con pena de la “congénita incapacidad política de los catalanes, el incurable «hibridismo» de Cataluña, la debilidad radical de su nacionalidad”. Parecería como si ahora nos fuésemos a comer el futuro, que es un plato de garbanzos revenidos que nadie, en sus cabales, quiere probar. En lugar de probar a plantear con otros territorios una remodelación estatal (no repartiéndose las cartas con los jefes de las mesnadas partitocráticas), se están dando alas a oportunistas y a desesperados. A los primeros todavía; a los segundos no será fácil convencer de que mejor la nada de siempre para ellos que una esperanza apocalíptica, pendenciera, para todos.

“Por eso a menudo doy gracias a Dios, que en medio de tanta miseria me ha concedido el consuelo de poder vivir ahora en Madrid, tras el hundimiento integral de Cataluña. En Barcelona –cada vez que vuelvo allí− me siento como un forastero. Es un tormento incomparable, que Dante no llegó a conocer. Cuando una patria yace prostituida, es muy distinto que sea tu propia madre o la de otro. En Madrid el inmenso envilecimiento del país no me produce ni frío ni calor. Es algo por mí previsto, y hasta cierto punto pintoresco. En Barcelona, en cambio, la prostitución casi integral de los catalanes de hoy es algo que me aplasta” (Gaziel, Meditaciones del desierto).

Si no fuera por mi madre, de Madrid ya no me queda nada, ni tan siquiera la infancia. De Barcelona, temo que sólo el camino de la diáspora. Ya me gustaría que fuese un, improcedente, exabrupto verbal.


martes, 25 de febrero de 2014

Cinismo ideológico.





Estas líneas son un desahogo ante una foto que representa la inmundicia intelectual y moral de una élite económica sin escrúpulos. Una foto kennedyana (con insignia incluida) y unas palabras-clave esconden sin pudor la pretensión de seguir timando a los clientes con la tranquilidad de espíritu de que nadie, en el fondo, puede al final sentirse engañado. 

Cada vez que en los últimos meses he pasado por delante de una sucursal bancaria en pleno centro de la ciudad me he topado bien visible con el cartel que encabeza esta entrada. Con la que ha caído en los últimos años, incluido rescates millonarios a fondo perdido de bancos y cajas que han estafado, con casi total impunidad, a ancianos, enfermos y hasta bebés (!), esas cuevas capitalistas tienen todavía la desfachatez de utilizar las peores y más putrefactas convenciones de la retórica comercial. ¡Menudo síntoma de la degeneración moral en que nuestra sociedad chapotea!

Esa imagen procura transmitir la sensación de que el proyecto de un equilibrado hombre de negocios maduro merece el respaldo convencido del banco. Conscientes ambos de que su compromiso con la sociedad no se agota en el presente, su desinterés generoso es palabrería confortable de un futuro atractivo. Con su mirada serena y su media sonrisa, el ejecutivo parece asegurarnos que vislumbra con certeza lo que aún no vemos, pero que sin duda llegará. ¿A qué esperamos para dar un voto de confianza a la entidad que facilitará ese sueño? Sé realista: pide lo imposible. A plazos y por adelantado...

Mientras tanto, tras la vitrina se lucha denodadamente por sacar los réditos de una inversión publicitaria con las técnicas de markéting aprendidas en las escuelas de negocios. Los pequeños emprendedores, no tan serenos ni tan bien peinados -y más jóvenes-, ven esfumarse a igual velocidad sus ilusiones, que sí contribuyen al futuro de todos, y el capital que arriesgaron para iniciar su aventura empresarial. Los créditos fluyen según las reglas de un mercado liberalmente oligárquico que, en el mejor de los casos, convierte a los autónomos en vasallos de grandes empresas que externalizan sus servicios.

A la organización de esta implacable red de mediocridad ideológica contribuyen decisivamente las escuelas de negocios que, aquí y ahora, son más que un pecado estructural. Son fábricas del mal regentadas por secuaces del Anticristo. Han apostatado: creen poder servir al dinero, a un vaporoso concepto trascendente de Dios y a lo que haga falta, por separado o simultáneamente, siempre que incremente los beneficios invertidos en valores como solidaridad, justicia o paz... Las Obras sociales o las Fundaciones son sus instrumentos, no por simplemente útiles menos perversos. Que las mejores escuelas, fundadas en nuestro país por organizaciones católicas, justifiquen todavía sus prácticas como medios eficaces de evangelización debería resultar escandaloso en su planificación actual.

Quienes han predicado en el desierto de nuestras Universidades que la ética aplicada enseñada en los estudios de ADE (Administración y Dirección de Empresas) es una estafa piramidal de proporciones colosales han sido arrinconados entre risitas de conmiseración y acusaciones directas de reaccionarismo. Al oír con idéntica voz engolada a los gerifaltes de esas instituciones hablar ahora de que estamos asistiendo (¡atentos a la cursilería!) a una crisis de valores y que ellos trabajan por un compromiso corporativo de la solidaridad (¡temblad, becarios!), dan ganas de gritar como exclamaba mi abuela: “¡Caballeros, lo que ustedes han perdido es la vergüenza y los principios!”. Les quedan, repito, los valores.

Eso es para ellos la ambición: generar un negocio que se debe mantener bajo una fachada de respetabilidad y de seguridad jurídica hasta que se tambalea y cae. Quien ha firmado una hipoteca o un crédito, podrá quedarse en la calle por haber vivido por encima de sus posibilidades o por no haber sido proactivo en la gestión. Quien lo ha arruinado, será recompensado con una indemnización: los contratos están para ser cumplidos, excepto en los casos más obscenos.

¿De verdad que el empresario que abre su negocio cada día y que lucha por mantenerlo a flote, y con él a las familias de sus empleados, tiene que soportar el chantaje de esos MBA impuestos pararrevolucionariamente por el capitalismo financiero? ¿O soportar la cháchara de esa filosofía prostituida y mimada por los grandes partidos  -la filosofía "en" valores- dispuesta a aparentar que está repartiendo la sopa de ajos que no repite? ¡La mala conciencia obliga a hacer continuos sacrificios ante el altar de este nuevo Moloch...! ¿Donde se ha quedado el único Nombre que Pedro proclamó que bajo el cielo nos ha sido dado para que podamos alcanzar la salvación (Hchs. 4, 12)? Tampoco hay que molestar(se).

Hace unos meses me tocó evaluar un trabajo final de máster sobre cinismo y deseo, que se movía entre Alexandre Kojève y Jacques Lacan. El alumno, ateo práctico, enlazaba la frase de Jesús de perdonar a quienes no saben lo que hacen con las modificaciones de Marx (no lo saben, ¡pero lo hacen!) y de Sloterdijk (lo saben, ¡y aún así lo hacen!). ¿Cómo explicar a un joven que será mártir de unos procesos en los que es imposible creer? En los términos actuales, ¿sólo cabe la desesperación ante un sistema perfectamente despiadado para el que la integridad no pasa de ser también una mercancía?

“Nació de aquí gran penuria de dinero contante, procurando cobrar cada cual sus créditos, y también porque vendiéndose los bienes de tantos condenados, todo el dinero caía en manos del Fisco o en el Erario. Acudió a esto el Senado, ordenando que los deudores pudiesen pagar a sus acreedores, dándoles de lo procedido por las usuras, las dos partes en bienes raíces en Italia. Mas ellos lo querían por entero: ni era justo faltar a la fe y la palabra a los convenidos. Comenzó con esto a haber grandes voces ante el Tribunal del pretor. Y las cosas que se habían buscado por remedio venían a hacer el efecto contrario, a causa de que los usureros tenían reservado todo el dinero para comprar las posesiones. A la abundancia de los vendedores siguió la vileza de los precios, y cuando cada uno estaba más cargado de deudas, tanto vendía con más dificultad. Muchos quedaban pobres del todo, y la falta de la hacienda iba precipitando también la reputación y la fama, hasta que César lo reparó poniendo en diversos bancos dos millones y quinientos mil ducados (cien millones de sestercios) para ir prestando sin usura a pagar dentro de tres años, con tal que el pueblo quedase asegurado del deudor en el doble de sus bienes raíces. Con esto se mantuvo el crédito, y poco a poco se iban hallando también particulares que prestaban. La compra de los bienes raíces no fue puesta en práctica conforme al decreto del Senado, porque semejantes cosas, aunque al principio se ejecutan con rigor, a la postre entra en lugar del cuidado la negligencia” (Tácito, Anales, libro VI).

Pese a toda la artillería en contra, refugiarse en los clásicos sigue permitiendo adquirir lucidez ante el presente; la esperanza, en cambio, se labra en el único Nombre bajo el cielo.


martes, 4 de febrero de 2014

Alucinando en colores.





Tras haber leído la fotocopia que encabeza esta entrada y que mi hija pequeña acaba de traer del cole, me precipito al teclado a purificarme. ¿De qué? De aceptar que tengo que callar muchas más veces de las que quisiera ante los horrores pedagógicos que padecen nuestros hijos. Ver prostituida y casi extinguida en nuestro sistema educativo -en el concertado, en extremos pavorosos- la tradición humanística en la que me formé y a la que debo llegar a ser el que voy siendo, me indigna. Hay motivos circunstanciales coincidentes que avivan este pequeño incendio.

En una librería religiosa asisto en paralelo a una conferencia de un distinguido pedagogo. Su exposición resulta temible por lo brillante. La idea de que un estado "relacional" debe abrirse paso como alternativa al actual modelo en crisis de estado de bienestar es atrayente en la teoría. Que lo público no debe confundirse con lo estatal, que la sociedad civil debe tener protagonismo en el desarrollo económico o que el adelgazamiento del estado exige nuevas formas de garantizar la justicia y la igualdad de oportunidades que actualmente siguen en retroceso, sostienen el eje de una exposición que reclama, más allá de las disensiones, el carácter articulador de las comunidades, entendidas como personas de personas.

¿Una vuelta al humanismo? Es preciso deshacerse de su forma clásica que es un lastre para el futuro. Una de las causas de que no se pueda seguir avanzando consiste en la resistencia a los métodos de innovación docente que están anticipando este cambio de paradigma. ¿Para qué citar a las escuelas de negocios, cuando pasan por allí profesores de filosofía o de literatura?

Tras citar con unción a Emmanuel Mounier y al Papa Francisco, el conferenciante da por finiquitado con ironía el modelo de pensador de Rodin (?) y de ¡Dante!, que representarían a quienes suponen que pueden seguir encerrados en sí mismos, en lugar de abrirse a las posibilidades liberadoras de pensar en red, en busca de soluciones "holísticas" a problemas complejos... Para combatir la ignorancia propone un pensar dialogal, descentrado y deconstructivo (citando como autoridad a ¡Ferran Adrià!).

Se desprende de sus palabras que los humanistas, anclados en el pasado, mantenemos contra toda evidencia la idea reaccionaria de que un maestro es alguien que se arroga el derecho de creer que puede enseñar algo a un alumno. Contra los criterios tradicionales (???), los modos de participación no deben enquistarse en la asistencia a clase y al seguimiento de clases magistrales. Al contrario, hay que generar dinámicas innovadoras y creativas que impulsen al alumnado a buscar sus propias soluciones, aprovechando los medios que proporcionan los múltiples dispositivos electrónicos, al tiempo que evitando los riesgos de despersonalización.

Después de esta inmersión -ya digo que temible por lo estimulante-, regreso a casa donde me encuentro con el Manifest de la Diada de la Pau que preside estas líneas. Mis hijos están siendo instruidos en tales "valores" en una escuela cristiana (sic) que debería poner en práctica con competencia y calidad el pensamiento en red. De todos los puntos el que más me ha impactado comienza diciendo: "Volem gaudir amb pau del color violat". Y termina: "Volem un món violat on tothom pugui cercar la saviesa sense limitacions ni pors". "Queremos un mundo violeta (¿violado también?) donde todo el mundo pueda buscar la sabiduría (¿cuála, tia Pascuala?) sin limitaciones ni miedos (¿a las leyes?)". ¿No se dan cuenta sus redactores de las anfibologías? Si fuera una anécdota el "arco iris" de la paz...

Aunque redactado en catalán, ninguna evidencia en contra impide generalizar -que no totalizar- y advertir la infecta cursilería y la hipocresía moral, cuando no el oportunismo (de tots els colors), con que se está degradando ética y estéticamente a nuestra infancia y adolescencia. No fue Sócrates sino Protágoras quien corrompió a la juventud ateniense. A sabiendas de la injusticia, el primero bebió dignamente la cicuta. Al segundo, también a sabiendas, seguro que le premiaron por sus innovadores métodos docentes.

Dante pensativo (1864),
Jerónimo Suñol
Con especial hincapié romántico, incluso academicista, la tradición iconográfica tiende a presentar a Dante refugiándose en los libros de filosofía y en los clásicos latinos. Aun así, la Commedia es una de las obras dialogales más grandes que existen. Todos sus cantos están atravesados por un entusiasmo verbal en que pasado, presente y futuro tejen narrativamente la identidad del protagonista con la de su época. Dialogando acompañado de Virgilio y Beatriz con sus contemporáneos actuales y precedentes, Dante sigue descentrando y deconstruyendo los tópicos que sus lectores hemos ido acumulando como novedades teológicas, políticas y éticas.

Irredento, acudo al Paraíso, a los primeros versos del canto XIX. La traducción efectúa una curiosa transformación. Donde el original dice "inchiostro" (tinta), el traductor Abilio Echevarría dice "maestro". En español la rima sugiera que el maestro demuestra nuestro concepto. En italiano, con la tinta (incostro) se oye hablar nuestro pico (rostro). La boca del maestro es la tinta de su escritura. Llegando al sexto cielo, pues, donde viven los príncipes sabios y justos, Dante se admira de que el Águila, símbolo del imperio y de la justicia, hable así pluralmente en singular:

"E quel che mi convien rintrar testeso,
non portó voce mai, né scrisse incostro,
né fu per fantasia già mai compreso;
ch'io vidi es anche udi' parlar lo rostro,
e sonar ne la voce e "io" e "mio",
quand'era nel concetto "noi" e "nostro"".

(Par. XIX, 6-11)


Hoy en día Dante puede ser ridiculizado con desparpajo. No obstante, cuando escribió estos versos ya llevaba viviendo muchos años en el exilio. Como conjuro, en homenaje suyo, recitaré ante mis hijos un romance viejo.


martes, 8 de octubre de 2013

Futurismo pedagógico.





Comienzo con una anécdota lejana. En una reunión diocesana presidida por el Arzobispo toma la palabra el Director General de una reconocida institución pedagógica de estudios superiores de la Iglesia. Nos explica que, para la evangelización, hemos de tener en cuenta los planteamientos de las nuevas teorías pedagógicas. Según él, ya hemos superado aquella etapa reaccionaria en que un maestro -¡palabra nefanda!- creía tener algo que enseñar a su alumnado. Aclara que no está haciendo otra cosa que recurrir a la mayeútica socrática tal como la explica Platón: el/la alumno/a posee todo el conocimiento; únicamente hay que ayudarlo a que se haga consciente de él adiestrándolo en las competencias precisas para extraer esa piedra filosofal de su interior. Cuando acaba su intervención, el arzobispo se la agradece, los presentes asienten y yo decido presentar mi renuncia a participar en ese tipo de Consejos nada más llegar a casa.

Extraje dos conclusiones. Aquel señor tan serio sabía de Platón lo que quizás había aprendido tan sólo a través del pedagogo Paulo Freire. Me gustaría creer que alguien que haya leído a fondo La República no puede invocar el nombre del discípulo de Sócrates con tanta alegría. Segunda, el silencio cardenalicio me hizo pensar si los Sucesores de los Apóstoles están dispuestos a mantener unida su triple función sagrada -que no profana, que no mundana- de enseñar, santificar y gobernar. ¿Qué podrían enseñar, si no, que no sepamos ya de un modo innato? ¿Cómo pueden arrogarse un deber que cada uno tendría solo ante su conciencia? En consecuencia, ¿más que gobernar, no tendrían sólo que mediar, que dar un servicio de paz que nos permitiese emanciparnos de una forma de autoridad de "otra" época?

Con estas dudas a cuestas y no a pesar de ellas, es más fácil entender por qué instituciones “católicas” en tales manos se entregan, con vehemencia nominalista, a toda clase de diálogos interreligiosos y ecuménicos. Las religiones no serían sino diferentes formas de expresar un mismo anhelo espiritual, coincidentes en sus verdades últimas. Jesús y Buda, grandes maestros de la iluminación interior. El Reino y el Nirvana, dos fincas colindantes que sólo los dogmas y las disciplinas eclesiásticas separan. 

Toda la agenda del liberalismo teológico, en su versión más viejuna, está dominando en gran parte la filosofía cristiana actual. Basta leer Ortodoxia de Chesterton, para darse cuenta de que la matraca bultmanniana se ha hecho liftings desde su nacimiento. A fin de cuentas, ¿no se actúa de facto hoy en día como si la Declaración de Derechos Humanos fueran las nuevas Tablas de la Ley y las Naciones Unidas el nuevo pueblo elegido? Al fin y al cabo, ¿para qué cerrarse puertas, si somos "universales", quiero decir particulares?

Lo pavoroso es que las escuelas cristianas están infectadas de toda esta cosmovisión que le suministran sus ideólogos universitarios. No habría nada que aprender sino aprender a aprender la técnica que permite manejar lo que ya se sabe. ¿Hace falta poner ejemplos en un país como España de cómo funciona esta divina ignorancia, esta nube del no saber que es el saber más frívolo?

La disciplina se confunde con opresión. El esfuerzo, con autoritarismo. El estudio, con manejar dispositivos digitales. Como Manolito, al final nuestros hijos desde el principio de curso no han entendido nada. Luego nos quejamos de que los jóvenes apenas saben redactar. ¿Es tan difícil entender que no hay método que se puede descargar por internet en el disco duro de la inteligencia humana para enseñar a enseñar a leer y escribir? ¿En qué escuela innovadora se enseña que sólo leyendo mucho y escribiendo sin cesar se aprende a leer y a escribir en el sentido más profundo? Sólo descubriendo lo que no se sabe y que otros han imaginado se está en condiciones de hacer la tentativa de saber más e imaginar más la propia vida. De ser más libres. Las aventuras intelectuales son más inciertas que cualquier deporte de alto riesgo. Deporte de soledad en la más poblada compañía, sin límite de espacio y de tiempo.

Aristotélico como soy en poética, estoy persuadido de que dos causas naturales nos permiten crear: el imitar, como fundamento de la metáfora, y el ritmo y la armonía. Mi hija mayor, sin llegar a la decena, ha ensayado cada año hasta la extenuación contorsiones para el festival de Navidad. Y ha tenido que aprender versos malos de solemnidad sobre la solidaridad humana ante el portal de Belén. Aún así, los niños conservan todavía intacta la mirada para distinguir la excelencia que no entienden del todo pero que los eleva más allá de sí mismos. He visto algunos ojos resplandecer en casa aprendiendo a recitar o escuchando la representación de los versos de El camello cojito de Gloria Fuertes o de algún villancico de los Autos de Lucas Fernández. La envidia -o, como diría Nietzsche, el resentimiento- todavía no ha logrado apoderarse de ellos. La magia de las palabras cosquillea sus bocas.

A ellos no les aburre la poesía. Les aburre tener que mirarse a sí mismos todo el rato. Y que los miremos todo el rato, analizando y sacando conclusiones "educativas". ¡Con la de cosas interesantes que hay para descubrir ahí fuera: en los poemas, en la vida! Sólo la tradición proporciona la libertad para inventar el futuro. Si se la enterrase, el futuro que canta todo tipo de innovaciones no sería más que lo que ya va siendo ahora: la perfecta y cínica tiranía de un discurso ideológico tanto más operativo cuanto más autocensurado. 

Este futurismo pedagógico se pregunta, como Marinetti hace ya un siglo, por qué hay que mirar a nuestras espaldas si el tiempo y el espacio han muerto al haber creado ya, en un mundo globalizado, la eterna velocidad omnipresente. A esta pregunta retórica suele responderse con una complacencia irresponsable a la que, ay, por comodidad, por hastío, por impotencia, nos estamos rindiendo.

Vaciando, pues, de todo aquello el alma de su prisionero y purgándole como a iniciado en grandes misterios, entonces es cuando introducen en él una brillante y gran comitiva en que figuran coronados la insolencia, la indisciplina, el desenfreno y el impudor; y elogian y adulan a éstos, llamando a la insolencia buena educación; a la indisciplina, libertad; al desenfreno, grandeza de ánimo, y al impudor, hombría. Y no da acogida a máxima alguna de verdad ni la deja entrar en su reducto si alguien le dice que son distintos los placeres que traen los deseos justos y dignos y los que responden a los deseos perversos, y que hay que cultivar y estimar los primeros y refrenar y dominar los segundos, sino que a todo esto vuelve la cabeza y dice que todos son iguales y que hay que estimarlos igualmente” (La República VIII).


Fuese quien fuese Sócrates, Platón llegó a ser él mismo recreando a su maestro. Sin él, mal que le pese, la democracia no es sino el remedo abigarrado de la tiranía. Y el Evangelio, para nosotros, se nos desharía en un cuento de hadas muy confortable.


martes, 27 de noviembre de 2012

Calvin & Hobbes. Contra la escuela. Por el maestro.






Confieso que, entre las actividades diarias, leo siempre una tira de Calvin & Hobbes para poder mirar el mundo con cierta benevolencia escéptica. Los personajes de un niño hiperactivo de seis años, egoísta, liante y metafísico, y de su tigre de peluche, coqueto, estupefacto y astuto, creados por Bill Watterson en 1985, son los héroes ácratas de mi primera juventud.

Reconozco que tal confesión testimonia mi escaso compromiso revolucionario, pero situarse irónicamente bajo el favor del reformador de Ginebra y del atormentado  filósofo inglés protege, sin acritud, de los tópicos políticos al uso. El más pernicioso: el de la bondad educativa de nuestras escuelas.

Recuerdo que, al abandonar el colegio para ir a la universidad, sentí como si hubiese cumplido una condena de trece años y pudiese estrenar la libertad. Era un niño disciplinado y aplicado, pero sospechoso de leer, en lugar de tebeos y revistas porno, a gente tan disparatada como Turgueniev, Dostoievski o Flaubert.

Calvin tiene que vérselas con la Srta. Carcoma, su maestra, y el Sr. Escupitajo, director de la escuela. Nosotros nos las veíamos con el Hno. Sapo, de ruindad canónica, y con el Hno. Jabalí, director tarzánico. Si con un zarpazo no entrabas en razón, con un rugido asumías que en la selva la ley también era natural y positiva. Brutal, sí, pero también muy instructiva. La edad te lo hace entender.

Con los años uno se casa y tiene hijos y los hijos llegan a una escuela nueva, en teoría liberada de los tics franquistas de aquella ansiada pedagogía de la transición. La escuela de ahora educa en valores (como dice un amigo perplejo: los valores en la Bolsa, en el Evangelio Cristo; pero las escuelas cristianas siempre han sabido que no hay que exagerar). Así que (quien lo probó lo sabe), si antes te pasabas de listo, te podía caer una bofetada que te sacase de la mesa. Ahora le explican al niño: “¿No te das cuenta? Todos te queremos”.

En una sociedad malcriada e irresponsable, los padres energuménicos no toleran la más mínima contrariedad de sus niños tumefactos afectiva e intelectualmente. La escuela reacciona a la defensiva, con un argumentario victimista más o menos eficaz. Antes, unos padres llamados por la escuela eran informados del comportamiento de sus hijos. Hoy en día, enfrentados a la maestra o el maestro y a una psicopedagoga, nada más que se terminan las presentaciones, son interrogados sobre sus costumbres domésticas.

La palabra clave, en el ámbito educativo, es diálogo. Es el ábrete sésamo que debería resolver todos los problemas. En una ocasión, una maestra me miró con ojos desconfiados cuando quise razonar que el diálogo debe acabar en un acuerdo entre dos partes, pero cuando la relación entre ambas no es equilibrada, no hay diálogo sino una petición que la parte más poderosa puede conceder o no y según qué condiciones. La escuela quiere recuperar la autoridad, pero sin pagar el precio de su autoritaria buena conciencia.

Por todo ello, como en la viñeta que encabeza este post, sigo teniendo la misma sensación –y creo descubrirla en mi hijo también calvinista- que la de Calvin cuando sale a la pizarra para mostrar un objeto y expresar sus sentimientos. Mirando a sus compañeros y a nosotros lectores, nos suelta con candor, con furia, con irritación:

"Para la clase de hoy he traído un avión de juguete. 
Es muy normal, supongo, pero me gusta llevarlo encima.
¡Es para recordarme que, en cuanto ahorre un poco de dinero, compraré un billete y me iré tan lejos de vosotros, estúpidos, que alucinaréis!
(Ante el director). No es una “actitud”. ¡Es un hecho!"

En aquella escuela de sapos, jabalíes, orangutanes y cocodrilos, encontré, sin embargo, al único maestro que Dios me ha concedido en la vida. Le llamaban garbancete, porque no superaba el metro y medio de estatura. Calvo, sin cuello, con las extremidades pegadas al tronco, casi sin poder separarlas, aquel fraile diminuto, que había sido corneta de un tercio requeté durante la Guerra Civil, amaba con pasión las lenguas clásicas y su cultura. 

Flemático, irónico, intransigente, me inoculó la pasión del saber humanista sin una sola prédica, sólo enseñándome a escandir los versos de Virgilio. Su fe, discreta y sin fisuras, la proclamaba con ansiedad a través de una anécdota que repetía constantemente, entre nuestras chanzas malhumoradas: no quería asirse a las sábanas en la agonía como aquel que gritaba: “Señor, ¡estas manos están vacías!”.

Siempre fue consciente de que estaba ahorrando para irme bien lejos de todos ellos, incluso de él. De haber llegado a leer este post, habría vuelto a decir lo que, en una ocasión, le espetó al director enfrente de mí: “¡Deje al chico que se explique!”. ¿Cómo explicar a una escuela lo que, en último término, excede método, enseñanza, aprendizaje? Ser uno mismo es querer ser múltiple.

lunes, 24 de septiembre de 2012

La pedagogía según Bolonia: "un objet trouvé"





En 1917 Marcel Duchamp envió a un salón artístico en Nueva York, en que participaba como responsable del comité de selección, una obra llamada Fuente, que era (no representaba) un urinario girado 90º, con la firma de R. Mutt y la fecha del evento. El escándalo fue tan mayúsculo que se prohibió exponerla. Fue conocida a través de la fotografía y de la reseña de la exposición que aparecieron –oh, ironía- en una revista titulada The Blind Man. Extraviada poco tiempo después, se ha convertido en una referencia teórica del arte del siglo XX.

Resumo muy brevemente qué singularidad se ha atribuido a este ready-made u objet trouvé. Según Duchamp, lo que en él se alteró fue el valor de uso. Su autor “lo eligió” para que desempeñara una función distinta de la prevista. “Creó un pensamiento nuevo para ese objeto”, sostuvo Duchamp sobre su heterónimo Mutt. Sobre la acusación de plagio, se defendió con una boutade: “Las únicas obras de arte que Norteamérica ha producido son la fontanería y los puentes”.

De la onda expansiva de bombas como esta, el concepto de cultura humanista ha quedado hecho trizas. Si, materialmente, la Fuente hubiese perdurado y algún gracioso hubiera querido jugar a iconoclasta, lo único que habría conseguido es que el urinario le hubiese devuelto pantalones abajo su meada, con perdón (fíjense los lectores en la posición del tubo). El rigor humorístico de Duchamp es implacable.


Pedagogía ready-made


Los pedagogos postmodernos, que brotaron como hongos del 68, comprendieron que las esperanzas de un “hombre nuevo” habían resultado aterradoras. Considerando que la cultura humanista era una estafa piramidal (promete beneficios que sólo han visto los dueños de las reglas del juego), debieron de pensar –marxistas cansados de serlo- que ya era hora de usufructuar las plusvalías de unos valores en quiebra. Es cierto que, en la consecución de sus objetivos, no habrían tenido el éxito que han tenido si tantos y tantos filósofos, filólogos, historiadores, etc, no les hubieran confiado con mucho entusiasmo sus ahorros. De estas inversiones ha surgido esa megacorporación llamada Bolonia. Colegas, el futuro en nuestras manos al son de dos palabras mágicas: innovación y excelencia.

Si en el siglo XIII la Universidad de Bolonia plantó las bases de la modernidad occidental, parecía que en el siglo XXI el Plan de Bolonia nos iba a abrir las puertas de la postmodernidad postoccidental. Aunque al proyecto boloñés se le ha hecho sobre todo una crítica económica por la mercantilización de la Universidad, nos hemos olvidado de la parte estética. Bolonia es al conocimiento lo que el urinario de Duchamp al arte clásico. Azotados por las crisis derivadas de la burbuja tecnológica y de la burbuja inmobiliaria, falta todavía que nos estalle la burbuja educativa.

Pensemos en la alteración que sufrieron todos los elementos del proceso comunicativo a raíz del ready-made de Duchamp y comparémoslos con Bolonia. En primer lugar, un objeto en serie reemplaza a un objeto artesanal: el urinario de cerámica a una escultura de mármol. Bien, en Bolonia, los conocimientos son sustituidos por competencias; es decir, un power-point en lugar de una clase magistral. 

Si el urinario de Duchamp desaparece y sólo queda la fotografía, analógicamente el power-point se convierte en una actividad colgada en Moodle dentro de la carpeta “aprender a aprender”.  Por tanto, al igual que en el caso de Duchamp el autor es R. Mutt, para la nueva Bolonia el profesor, el maestro, debe ser llamado agente docente, el cual, entre otros posibles, desempeña su papel dentro de la acción educativa.

De todos modos, si nuestro acceso al urinario no es a través del autor Duchamp sino del fotógrafo y de la reseñadora, ahora el filósofo, el filólogo o el geógrafo deben dejar el paso al “metodólogo” que es quien conoce el modo de aplicar las nuevas técnicas que pongan al alcance de los clientes (uy, quiero decir del alumnado) las competencias de los otros. 

Por último, el espectador de la exposición de Duchamp no accede a la obra sino a través del hombre ciego que documenta su existencia. Igualmente, el alumnado cliente accederá, mediante los sistemas de garantía interna de la calidad de cada centro universitario, al simulacro fantasmal de conocimiento que cabría denominar tecnohumanismo en serie.

Hagan la prueba de ser iconoclastas. Unas tuberías transversales generarán las suficientes sinergias entre el ready-made de los estudios humanísticos y las lagunas que se pueden formar a sus pies.  Después de haber pagado un buen pico por la entrada, puede que usted exclame: “¡Esto es una tomadura de pelo!”.  Pero será porque no entiende la complejidad del mensaje artístico postmoderno. A diferencia de ciertos pedagogos, Duchamp sí sabría reírse: “las únicas obras de arte que la Pedagogía ha producido son la metodología y los aplicativos”.