Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.

martes, 6 de agosto de 2013

Güelfos blancos.


Güelfos y gibelinos en Asti

En apenas un mes Enrique García-Máiquez (1969) ha dedicado sendos artículos en el Diario de Cádiz a esbozar una postura política y religiosa sintetizada hace una semana en un aforismo titulado “Güelfo blanco y revolución”: “Uno, que es un confeso güelfo blanco, sigue a un Papa que proclama la revolución. ¿Cómo lo lleva? Bien, gracias”.

Cabe decir de entrada que la suya es una inteligentísima apuesta estética que me gustaría diseccionar brevemente con gentileza cavalcantesca. Me interesa sobre todo el artículo “Güelfo blanco” (19-6-2013) que, de tan posmoderno, le da la vuelta anacrónica a la identificación entre la contrarrevolución moderna y el partido güelfo medieval.

Intento resumir brevemente los puntos centrales del ideario de G.-M. La ciudad-estado italiana se transmuta en el estado-ciudad europeísta, antídoto de veleidades nacionalistas propias de güelfos negros. Las dos espadas, temporal y espiritual, colaboran unidas, pues la una al servicio de la otra tienen por fin la restauración del buen gobierno, la autoridad y la trascendencia. Como en un buen siglo XIII, debe recuperarse la filosofía tomista, es decir, un sano realismo que garantice el ejercicio natural de la razón, también allegro ma non troppo. Una imagen es decisiva: “Los símbolos: la bandera sería la blanca de todos los contrarrevolucionarios”. La genealogía cultural enlaza desde el comienzo los lugares más queridos del conservadurismo humanista: el Dante de T. S. Eliot.

Permítame el amigo güelfo G.-M. mi disenso como Cavalcanti, exiliado de Florencia por Dante y ya enfermo de malaria. Si él está acostumbrado a derrotas dignas, mi blasón bien podría ser: "Mis derrotas son mis victorias". Por ello, entiendo el fondo de su argumentación que reivindica, bajo una armadura de refinadas paradojas, un tradicionalismo en realidad posrevolucionario. El estado-ciudad España trae aromas del magisterio primero de Eugenio D’Ors, de cuando era Xènius. Me da también que el concepto restaurador de la autoridad tomista remonta a Jaime Balmes, siendo leído más por medio de su tocayo Bofill i Bofill que de Francisco Canals, tan honesto y tan intransigente. Me pregunto: ¿Por qué serán todos catalanes? ¿Acaso una parte central de nuestro conservadurismo, que no de nuestro solo integrismo, une Florencia con Barcelona? ¿No es acaso ésta otra aparente paradoja?

Cristo abrazando a San Bernardo
(1624-1627),
Francisco de Ribalta
Quizás estas notas no sean más que bagatelas, pero insisto en que no soy más que un desterrado. Güelfo hasta la médula, pero de otro tipo. Donde G. M. dice santo Tomás de Aquino, me acojo a san Bernardo de Claraval. El estado-ciudad es demasiado terrenal. Y la sola posibilidad de la ciudad celeste está descontada en nuestro mundo ateo. Reivindico el monasterio como el lugar de tránsito, arquitectura de la luz, en que la liturgia rehace el camino entre el peso de la vida y la vida gloriosa de la transparencia divina. Más allá de la meditación, la contemplación. 

Como programa político puede resultar muy dudoso para una época moderna y, más todavía, posmoderna, capaz de creer que el Reino de Dios se cumplirá en esta tierra, cuando ésta está ya lanzada escatológicamente hacia la nueva. Como dijo Henri de Lubac, la Iglesia "sabe que este Reino de Cristo, que ella no cesa de promover y de implorar, nunca se establecerá sólidamente sobre la tierra. Ella asiste a la perpetua derrota del bien. Aunque nunca se desanima, no por eso se entrega a la utopía".

Ojeo de nuevo el De Consideratione que el abad Bernardo dirigió a su discípulo el Papa Eugenio III. Sin huir del mundo, el monje descubre sus errores –la predicación de la Segunda Cruzada- y se humilla ante su acierto: la comprensión última no es fruto de la razón sino de la santidad alcanzable sólo por la gracia y que, luchando en este mundo, se abre, por la fe, a la esperanza de un amor que sobrepasa en anchura, longitud, altura y profundidad nuestra insaciable sed de justicia y de libertad aquí y ahora. 

Así, sigo siendo güelfo, sea quien sea el Papa. No me someto a la autoridad elaborada por una eclesiología del poder, de origen contrarreformista y actualizada por el pensamiento contrarrevolucionario. Obedezco incondicionalmente -lo intento- la autoridad que está al servicio de la unidad evangélica del amor sobrenatural. La figura del Papa es la garantía escatológica de que las puertas del Imperio “non praevalebunt”. La suya no es una autoridad única sino última y, por ello, angular: su potestad real es mística. No sólo ve a Dios en el mundo sino que ve el mundo en Dios.

Sé dónde vives; conviven contigo hombres incrédulos y rebeldes. Son lobos y no ovejas; pero eres su pastor. No lo niegues, no sea que sentándote en su sede, te rechace como heredero. Vives junto al sepulcro de Pedro. El jamás se presentó vestido de sedas, cargado de joyas, cubierto de oro sobre blanco corcel, escoltado por soldados y acompañado de aparatoso séquito. Pero desnudo de todo, tuvo suficiente fe para creer que podría cumplir el mandato salvador: Si me amas, apacienta mis ovejas” (De Consideratione IV).


Güelfo blanco, como el hábito de san Bernardo, no como la bandera contrarrevolucionaria, este Cavalcanti no desearía morir en 1300 atisbando el traslado de la corte pontificia a Aviñón. T. S. Eliot lo dijo, obviamente, mejor: “If all time is eternally present / All time is unredeemable”.


2 comentarios:

  1. Muchísimas gracias, querido amigo, por leerme tan a fondo y contestarme tan en serio. Es un privilegio doble. Me ha impresionado la genealogía de mis ideas, por lo atinada, y la radiografía. Y me emociona que, con gentileza cavalcantesca, me respondas por elevación: donde yo puse un toque épico, tú uno místico. Así es imposible negarte la razón superior.

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  2. Gracias te sean dadas a ti, porque para poder leer a fondo se necesita el don tan raro de una escritura que lo permita, como la tuya. A tu valentía épica he intentado corresponder con humildad mística. Complementarias, la razón brilla en ambas armonizándolas.

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