Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.

martes, 3 de noviembre de 2015

El abrazo de Esaú.


La reconciliación de Esaú y Jacob,
Peter Paul Rubens (1624)

La pérdida de un hermano abre un vacío que no es sólo psicológico o moral sino metafísico. Perder a los padres nos enfrenta, desnudos, a nuestra fragilidad existencial. Del dolor de un hijo que muere he visto a la gente protegerse para no enloquecer de pena impotente. Con la desaparición de un hermano se siente uno amputado del otro de sí mismo.

Mi padre perdió al suyo, a punto de acabar la carrera. De mi hermano, que apenas vivió cuarenta días, guardo una foto en que muy niño lo sostengo envuelto en un enorme chal blanco.

El peso de la memoria de mi tío asfixiaba la atmósfera de la casa de mi abuela. En aquellas interminables tardes infantiles de sábado, que me enseñaron el ritmo exacto del aburrimiento, me escondía solo en el mirador que daba a la calle de Velázquez y repasaba con los dedos los lomos de los libros arrinconados de Chesterton y de Balmes que mi tío había leído una y otra vez apasionadamente. 

Mientras, por aquel enorme piso, mi tía daba voces preguntándose dónde me había metido, sintetizadas en una frase final de impotencia: "¡Este muchacho está tan loco como su padre!". Como él, me refugiaba y me protegía de una bondad clausurada en sus recuerdos. Cada vez que tengo la oportunidad compro rosas rojas y blancas a mi mujer y a mis hijas, porque en aquella casa estaban prohibidas. Su aroma les mareaba por haber impregnado la habitación del hospital en que murió mi tío veinte, treinta, cuarenta años antes.  

Hasta que no fui adulto el nombre de mi hermano no solía mencionarse habitualmente. Todos lo llevábamos adentro, grabado a fuego y silencio. Me asomo ahora a él como a un volcán a punto de expulsar lava helada. Tenía tres años y jamás olvidaré el timbre de sus lloros la noche antes de que una infección corriente, absurda y trágica, lo fulminase. Mi padre, que no dejó un solo día de jugar conmigo, decretó un férreo duelo interior para que no le afectase a aquel niño introvertido que fui. De su razón y de su dolor jamás logré una palabra...

Hacia el final de su vida, como cabeza de la familia, decidió proceder a la reducción de restos de la sepultura familiar. Sin dudar me ofrecí a acompañarlo. Una mañana gris de marzo, firmes, serios, hombro con hombro, observamos la exhumación de nuestros hermanos. Le conmovió ver la calavera y las extremidades de su hermano Leopoldo. Del mío sólo quedaba un poco de tierra pegada a la mortaja blanca.

Con una voz íntima me comentó: “Chato, no queda nada de él”. Y yo no me vi con fuerzas para replicarle, porque seguramente era imposible ya entendernos sino con el silencio, que en aquella ausencia, en aquella desolación condenada al olvido, se encontraba eternamente niña toda la santidad de nuestra familia, por más que “lo torcido no se puede enderezar, / lo que falta no se puede calcular” (Ecl. 1,15). Que aquella nada, que ni siquiera era sombra, sueño, ceniza o humo, nos llamaba -me llamaba- desde más allá de nosotros mismos, para darle alcance el día de la Resurrección en que nuestros cuerpos, gloriosos, compartirán la misma sangre en el banquete definitivo.

En cada uno de los espacios en blanco de estas pocas líneas he querido proteger, íntima, la pena de mi madre. No es posible por más tiempo. Nada de lo que llevo dicho, con una frialdad que me funde –tú lo sabes, madre−, sería posible sin su vida y sin su fe en que la Virgen cuida de sus hijos. Un lago de lágrimas heladas ha abrasado nuestros silencios de tanta esperanza.

"Mis discusiones con Leopoldo, que consideraba a Balmes el no va más como filósofo, se centraban en muchas cosas. […] Leopoldo se aprendía estas cosas de memoria y le parecían tan convincentes como para aceptar la conclusión de Balmes: negar la existencia de Dios es insincero y se asevera porque conviene a gentes de «mala voluntad». Como Leopoldo era una buena persona, no consideraba que éste fuera mi caso, pero sí de los que me habían hecho descreer [...] Leopoldo encajaba con paciencia mis arrebatos antibalmesianos, que debían de ser de aproximado rango lógico que los utilizados por Balmes y por él, aunque de signo opuesto. [...] Leopoldo, viviendo ya en Madrid desde finales de 1939, murió en 1947 de leucemia. Mantuvimos la amistad hasta el final. Todavía en 1943 persistía, con respeto, con delicadeza, en su intento de devolverme al redil de la fe católica".
(Carlos Castilla del Pino, Pretérito imperfecto)

Entendedme, lectores, que os encomiende a Todos los Santos.

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Y aquí he venido, en este mes de esperanza otoñal, a traerte a la memoria en cuya conciencia me aventuro a tientas. Y te veo a lo lejos y anticipo lo que pasará: "Esaú corrió a su encuentro, lo abrazó, se le echó al cuello y lo besó llorando. Después alzó Esaú los ojos y, viendo a las mujeres y a los niños, preguntó: «¿Quiénes son estos?». Respondió: «Son los hijos que Dios ha concedido a tu siervo»" (Gen. 33, 4-5). Ignacio, ruega por tu hermano.


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