Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
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martes, 6 de septiembre de 2016

El espectro de Jorge Semprún.



"A cada uno lo suyo"
Verja de entrada al campo de Büchenwald

A mi hija mayor, ya en la adolescencia, he conseguido inocularle definitivamente durante este verano el virus lector, o al menos así quisiera creerlo. Por tradición familiar, empezó disfrutando de El hombre que fue Jueves (1908) de Chesterton. Desde mediada la novela ya sabía qué iba a pasar al final, pero no paraba de reír mientras comprobaba que sus sospechas se iban cumpliendo. Como está ingenuamente fascinada con el derecho y la historia (y que Ángel Ruiz, en nombre de FOC, me perdone), leyó después Matar un ruiseñor (1960) de Harper Lee. Puestos ya a desenmascararme como un reaccionario muy, muy tibio y sospechoso, devoró El guardián en el centeno (1951) de J. D. Salinger. O quizás no sea tan reaccionario: tal vez -me consuelo equivocadamente- haya sido una lección práctica de que, tras el Paraíso, sólo nos espera una prolongada Caída.

Con una sinceridad de abrumador realismo, me ha acabado confesando que, pese a todo, el género de la novela no le acaba de convencer. Ella quiere verdad verdadera. Como en las escuelas suelen ser siempre muy solidarias, parece que su clase había estado atraída durante el curso pasado por la lectura de testimonios de supervivientes de los campos de concentración y de exterminio nazis. Como quería lanzarse sin paracaídas sobre Primo Levi, su madre, preocupada, optó por no dejarme solo e irresponsable ante la tentación y buscó un testimonio titulado Un cel de plom (2012) que Carme Martí ha novelado a partir de las peripecias de Neus Català, superviviente catalana del campo de concentración de Ravensbrück, que ha sido un éxito en Cataluña, con adaptación teatral incluida, pero que ha dejado, estilísticamente, indiferente a mi hija.

Pero ¿qué queréis que os diga? No he podido vencer el impulso, sobre todo sabiendo que el nuestro es un país cainita que no hace más que esgrimir el pasado para poder vivir confortablemente en la amnesia del presente. Así que mi hija tiene ahora sobre su mesita El largo viaje (1963) de Jorge Semprún (1923-2011), del que tras su muerte hace cinco años parece que ahora ha habido un pequeño recordatorio en medios de comunicación afines, pero sin mucha alharaca. 

Amigos y enemigos, compañeros de viaje o ex-camaradas, ya habían comenzado a aportar razones múltiples que forjaban la imagen de una figura humana y literaria compleja, como ha vuelto a poner de manifiesto una biografía reciente de Soledad Fox. Su militancia comunista, su deportación a Büchenwald, la aureola mítica que rodeaba su lucha clandestina antifranquista o su crítica posterior del estalinismo y su sonada ruptura con el PCE corrieron parejas a aspectos sombríos de su evolución hacia convicciones socialdemócratas: la ferocidad dogmática y depuradora de su credo marxista juvenil, el alcance ético de su comportamiento en el campo de concentración y el orgullo constante por el compromiso ideológico que había marcado su vida.

¿Ángel o demonio? Un hombre implacable que vivió en primera persona los horrores del siglo XX. Quiso dar testimonio de ellos con una escritura a caballo entre el memorialismo, el ensayo y una voluntad de ficción que iluminasen su dramática realidad. Por ello, los juicios que su trayectoria intelectual y política ha provocado entre sus contemporáneos seguirán resultando controvertidos. 

Pese a todo, Semprún ha sido una personalidad singular en el panorama intelectual español de la segunda mitad del siglo XX. De su veintena de novelas sólo Autobiografía de Federico Sánchez (1977) y Veinte años y un día (2003) fueron escritas originalmente en castellano y no en francés. Cabe, por ello, considerarlo un heredero de la exigua minoría de escritores españoles enfrentados a su identidad europea desde la conciencia de un exilio a la vez político y cultural que pasaba por la renuncia de la lengua materna, como en el caso del ilustrado José María Blanco White y del poeta surrealista Juan Larrea. Su modernidad se fue perfilando por medio de unas claves estéticas que han hecho de su escritura el vehículo de una memoria personal que vuelve a unos mismos lugares físicos y morales para recrearlos literariamente.

En esta tarea se adivina un intento de salvación desolada y sólo inmanente que impida el olvido del horror a costa de una fidelidad imposible a los acontecimientos. De ahí que el tratamiento novelístico de su experiencia concentracionaria haya suscitado tantos elogios como reparos. Obras en francés como El largo viaje (1963), Aquel domingo (1980) y, sobre todo, las aclamadas La escritura o la vida (1994) y Viviré con su nombre, morirá con el mío (2001) son ya títulos destacados de la literatura de testimonio de los campos, junto con los de Primo Levi, Imre Kertész o Boris Pahor. O el de Alexander Solzhenitsyn

A lo que no renunció Semprún fue a una visión materialista y dialéctica, en la que parecían resonar ecos implacables y atormentados, como cuando explicaba en una entrevista en 2004 que las palabras para designar el exterminio de los judíos “explican un proceso que no es ni misterioso, ni bíblico, ni sagrado. Es un proceso, por desgracia, humanamente racional, que viene de una decisión de un partido, de un jefe de partido y de un aparato de partido político”. A través del recuerdo y de la imaginación, intentó expresar la experiencia límite de víctima del nazismo desde una postura ambivalente ante su pasado comunista.

Este hacinamiento de cuerpos en el vagón, este punzante dolor en la rodilla derecha. Días, noches. Hago un esfuerzo e intento contar los días, contar las noches. Tal vez esto me ayude a ver claro. Cuatro días, cinco noches. Pero habré contado mal, o es que hay días que se han convertido en noches. Me sobran noches, noches de saldo. Una mañana, claro está, fue una mañana cuando comenzó este viaje. […] Avanzamos hacia la cuarta noche, el quinto día. Hacia la quinta noche, el sexto día. Pero ¿avanzamos nosotros? Estamos inmóviles, hacinados unos encima de otros, la noche es quien avanza, la cuarta noche, hacia nuestros inmóviles cadáveres futuros”.
(Jorge Semprún, El largo viaje)



Mi padre consideraba a Jorge Semprún un sectario y un demagogo. ¿Quién me iba a decir que tendría que acabar proponiendo su lectura a mi hija, aunque sólo fuese, compatriota, por la sintaxis de su memoria en un tiempo que juega a que el fuego no quema sino que sólo lo parece? 

2 comentarios:

  1. Pues yo coincido con tu padre. Después de la lectura de sus Memorias de Federico Sánchez, que son eso, unas memorias aunque suelen pasar como novela (incluso recibieron un premio de novela), la sensación que me quedó (la leí hace un año y yo soy de pésima memoria) del trasfondo moral de la obra, es de que se trataba de un simple ajuste de cuentas de un aparatchik al que no le fue bien en el Partido. Ahora bien, como documento histórico, me parece una obra importantísima.

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    1. La vocación de Semprún era indisociablemente política e intelectual, con una profunda cultura, algo inusual entre nuestras clases dirigentes, por decirlo de modo suave, pero, en efecto, como escritor creo que, aunque tenía oficio y cualidades, no poseía verdadero talento literario. Autobiografía de Federico Sánchez, con todos los peros, refleja un modo de hacer y de entender la vida de Partido a años luz de, por ejemplo, Asesinato en el Comité Central de Manuel Vázquez Montalbán...

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