Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.

martes, 3 de marzo de 2015

Charles Péguy y un camillero, en la línea de fuego.



Esperando,
Jean Pierre Laurens (1904)

No olvido que fui objetor de conciencia. No me movieron a adoptar aquella decisión razones pacifistas, sino unas palabras de Jesús que me impresionan desde la infancia: “Mi reino no es de este mundo”. Puestos a alistarse, ¿qué mejor ejército que el de las legiones angélicas? Puede que mi postura suscitara algunas reacciones decepcionadas, pero estoy convencido de que, si me tocase morir en una guerra, querría caer honorablemente atendiendo heridos o recogiendo cadáveres de compatriotas, en lugar de morir disparando. Puestos a estar en primera línea, no aspiro más que a ser un camillero, a ser un samaritano. Como en el primero de los relatos de Sudor de sangre de Léon Bloy, ¿acaso hay algo más digno que haber sido uno de aquellos jóvenes caídos defendiendo la celebración del sacrificio eucarístico?

Traigo aquel tiempo a la memoria meditando sobre la muerte de Charles Péguy (1873-1914) al inicio de la Gran Guerra. Que exclamase con el último aliento “Oh mon Dieu, mes enfants…” me emociona como un acto, casi perfecto, de contrición. Péguy, tan desconocido hoy entre nosotros, había alcanzado la plenitud de fe, sacramental, durante su movilización. En la guerra halló el camino de su salvación: en el anhelo de encuentro con el Padre, con la memoria de los hijos, entregó su espíritu.

Hace unas semanas me he reencontrado con un editor y traductor francés que quería hacerme entender, a pie firme en la calle de San Bernardo (oh Claraval, siempre al fondo), que los españoles nunca hemos necesitado leer a Péguy, porque Miguel de Unamuno habría satisfecho la búsqueda que pudiéramos haber emprendido en compañía del autor de Nuestra patria (1905). La comparación me parece pertinente.

Ambos fueron socialistas a su modo y a su modo se entregaron tempestuosamente a una reflexión lírica y filosófica cristiforme más que en realidad cristiana. No sé si cada uno de ellos era un cristiano sin Iglesia –un cristiano en las periferias, como se diría ahora−; tal vez fueran profetas solitarios de una música agreste, la de una poesía antimoderna que, en el caso de Péguy, fluía como incienso gótico sobre las bóvedas arrasadas de Baudelaire y de Rimbaud intentado apoyarse en el recuerdo gigantesco de Víctor Hugo, mientras que Unamuno insistía en oficiar una olvidada liturgia ibérica, con que exorcizaba los afrancesados ecos rítmicos de Rubén Darío, deshaciéndose a la vez de los traqueteos doloros de Ramón de Campoamor

Incandescente Péguy, Unamuno en la forja, adensaban sus palabras en las sombras de un duelo. Su nacionalismo místico buscaba la repetición de la gloria en los repliegues de una intrahistoria librada de los cerrojos del positivismo y volcada hacia una esperanza desértica. Resulta por ello tan trágico que sendas obras hayan estado tan marcadas por la usurpación autoritaria de Vichy o por el estraperlismo franquista. La dignidad de Unamuno brilló silenciosa en su agonía salmantina. Péguy, más solo, olvidado, es todavía la denuncia por venir de una escritura de batalla, como la de El dinero (1913).

Las traducciones de Péguy al español son pocas y dispersas. Celebrando el centenario de su muerte acaba de salir una selección de sus escritos titulado El frente está en todas partes (Granada, 2014), pero, fascinado por la historiografía, he buscado –y hallado- Clio. Diálogo entre la historia y alma pagana (Buenos Aires, 2009), compuesto entre 1908 y 1913 y publicado póstumamente en 1915.

Libro de lectura difícil, la reflexión desencadenada de una anciana Clío, musa de la historia, pone en relación sobre todo unos pocos versos de Víctor Hugo con Homero en el contexto de un mundo que, inevitablemente, es ya posrevolucionario y, como una herida fértilmente mortal, post-napoleónico. Las primeras páginas incluyen una teoría de la lectura que George Steiner, por ejemplo, ha saqueado reconocidamente sin contemplaciones, confiando tal vez en que Nadie sea todavía capaz de acompasar la suya propia con el tono de vigorosa agonía inacabada que marca el pensamiento de Péguy. 

A mí me ha interesado sobre todo una imagen de la relación del alma moderna –del alma pagana− frente a su tradición. Mientras que “el cristiano se ve en el pasado, en el presente, en el futuro, puesto que se ve en una verdadera, en una real eternidad”, bajo la protección de la comunión de los santos, el alma moderna adopta una perspectiva errónea. Cree estar en el centro bajo la luz de un foco que proyecta sobre ella una innumerable base formada por las generaciones anteriores. Sucede justo al contrario. Ella proyecta la luz sobre una base que no cesa de crecer.

“No se trata de un hombre que está en el punto de mira de una línea de fuego que crece indefinidamente, sino de un hombre sucesivo que se agota tirando sobre una línea de miras que crece indefinidamente […]. Cada una de las generaciones ulteriores es a su turno jueza y proyecta una única mirada, un único haz hacia una base que crece de forma incesante […]. El tribunal corre tras el pretorio. El tribunal corre tras el banquillo de los acusados. El magistrado se detiene. El juez arremanga su traje y salta la baranda para que lo admitan como acusado, para que lo admitan como muerto […] La incapacidad profunda está en el propio mecanismo de la rememoración a la que se vincula la posibilidad misma del funcionamiento de esta apelación. Quien dice appel dice rappel y todo resulta siempre un juego de memoria”.

La llamada al frente conmemora la muerte en las filas de la escritura. Más allá, mi reino, que no es de este mundo, quisiera resucitar la palabra de su memoria.


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