Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.

martes, 14 de mayo de 2013

El cerezo y la playa de Kirmen Uribe.



Sare Konpontzaileak,
Felix Beristain


Hace años decidí que no asistiría a más seminarios, cursos o recitales que tuvieran que ver con la poesía. Casi hasta abandoné su lectura. La observación del comportamiento de los poetas en aquellas actividades solía deprimirme. Sólo puedo respetar a los que profesan su oficio con decencia, no con suficiencia, sean médicos, albañiles o poetas. Tanto me da lo alejados ideológicamente que se encuentren de mis convicciones. A Jorge Riechmann, por ejemplo, lo he leído siempre con interés, aunque nunca haya logrado convencerme del todo su poesía.

Con Kirmen Uribe (1970), en otra onda, me pasa algo similar. Tampoco comparto muchas cosas con el poeta vasco, pero cuando leí su novela Bilbao-Nueva York-Bilbao (2009), me pareció que su estilo se dirigía a comunicar con sencillez y efectividad una forma de ver el mundo estéticamente honesta. Aunque acaba de salir la traducción de su última novela, Lo que mueve el mundo (2013), habiéndome entrado el gusanillo de volver a leer poesía, me ha alegrado encontrarme con la traducción catalana de Bitartean heldu eskutik (2001), su primer libro de poesía (Mentrestant agafa’m la mà, Barcelona, 2010; Mientras tanto, cógeme la mano, Madrid, 2002).

Uribe tradujo sus propios poemas al castellano, que es mi lengua materna. Sin embargo, he preferido leerlos ahora en catalán, mi lengua adoptiva, provocándome una extraña sensación de extrañamiento, de alejamiento, que me ha retrotraído a la infancia. Recuerdo que en la escuela pretendían hacernos leer en bilingüe cada año, hacia final de curso, un poema de Espriu, otro de Ferreiro y uno de Aresti. Debía de ser el único de mis compañeros al que fascinaba intentar cumplir con el ritual. Con el gallego y el catalán sus palabras eran como arena que se me escapaba entre los dedos. Las del vasco, tan pétreas, eran asir un puñado de agua marina: tan fresca, tan lejana. Presencia indispensable, reencuentro en el poemario de Uribe a Aresti protagonizando una partida de ajedrez con Marcel Duchamp en el trasmundo de los artistas.

De Uribe me gusta que su sensibilidad brilla en los poemas elegíacos (“Visita”, “El cerezo”, “Hay un miedo”), amorosos (“Isla”, “Beso”, “No se puede decir”) o de infancia (de una precisión lacónica y dolorosa en “Amor secreto”), tanto como en los políticos y sociales (“Soldados mongoles”, “Cuadernos de viaje: Asilah”, “Pedro”). Pero, sobre todo, encuentro en él una intimidad con la lengua que conmueve porque, de alguna manera, guarda el idioma de la niñez que significa en sus silencios. Uribe no busca expresar sentimientos, ni comunicar ideas, aunque lo logre, sino que simplemente emociona nombrando las cosas que su mirada encuentra. Las acaricia, las acuna y las acuña como pechinas lavadas en la orilla de la playa, allí donde muere, blanca, arenosa, la espuma última del mar.

Decidiendo qué poema escoger para ilustrar esta entrada, había pensado primero en El cerezo. El crescendo emocional, del árbol al animal, del animal al tú familiar, intensifica el dolor aterido, telúrico, contenido, de la pérdida. Y, sin embargo, me quedo con Isla, quizás por una sola razón, por un solo verso. En el original vasco el poeta describe lo que ven su chica y él al entrar, desnudos, en el mar: “Anemonak, trihuak, barbarinak ikusi ditugu hondoan”. La traducción catalana invierte el orden, casi como un palíndromo sintáctico si no recombinase los términos de la enumeración: “Al fons hem vist rogers, anemones, eriçons”. En la versión castellana, en cambio, hay una inmediatez física, natural, en la supresión de cualquier elemento que no sean los nombres puros: “Anémonas, salmonetes, erizos”. El endecasílabo podría haber sido perfecto sólo con no desplazar la enumeración en vasco. En ese desvío, que hace que la estrofa entera sea una lucha entre el sentido del verso original y la musicalidad del verso castellano, encuentro sintetizado todo el esfuerzo de la traducción que toca también, de manera muy personal, algunos hilos de mi memoria cantábrica.


Isla
La felicidad.

Ese trabajador por horas.

Anne Sexton

Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.
Desde la isla se oye un rumor lejano.

Vamos al agua desnudos.
Anémonas, salmonetes, erizos.
Mira, el mar mueve la arena
como el viento mueve el trigo.
Bajo el agua te veo.
Me gusta el lento movimiento de brazos y piernas.
Me gusta tu pubis convertido en alga.

Salimos del agua. Hace calor. Hay sombra entre pinos.
Tus brazos están salados, tu pecho salado, tu vientre.
La misma fuerza que une mar y luna nos ha unido.
Los segundos se confunden con los siglos
y los siglos con los segundos.
Nuestros cuerpos son peras recién peladas.

Anémonas, salmonetes, erizos.
Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.


Gracias a Uribe, desplazándome entre significantes, he vivido el instante de la maravilla que sólo los poetas son capaces de entregar. Amar la propia lengua es compartir con ella un día incandescente en la playa del poema.


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