Campo de trigos con cuervos (1890), Vincent Van Gogh |
Debo atribuir a una
mezcla de azar y providencia, que no vienen al caso explicar, haber leído el recientísimo y extenso poemario Átomos y galaxias (Sevilla, 2013) de
Miguel d’Ors (1946). La coincidencia ha sido felicísima, pues es un libro excepcional, en el doble sentido de un libro raro
y fuera de la regla. De una exquisita perfección técnica, se congregan en este
libro los temas y los motivos clásicos de la poesía de su autor: la familia, la
memoria de la infancia, el alpinismo, el tradicionalismo político, la
religiosidad tradicional, el humorismo de los miguel d’ors que se cuelan por las
rendijas de los versos… Como siempre en su poesía, admirada incluso por sus
oponentes ideológicos, es el tratamiento suavemente (auto)irónico, en escorzo,
el que confiere una profundidad sencilla y cercana a una visión del mundo tan
singular, tan incorrecta hoy en día, tan a su modo irrealmente real.
Sin duda, es el libro, otoñal, de un maestro de la palabra poética
en posesión plena de su propia voz, con un añadido que lo hace aún más impresionante:
la ligera gravedad elegíaca que depura y hasta purifica la melancolía y la
nostalgia que han atravesado de continuo la poesía de d’Ors. No es que en ella
resuene ahora un improbable pathos
estoico que contempla desapegado los inútiles y dolorosos esfuerzos por alterar
la armonía cósmica, sino que la traspasa una serenidad cristiana, algo
cervantina, que, habiendo atisbado en el horizonte las líneas del fin, desea
seguir anudando, mientras tanto, los hilos rotos con calma confiadamente
inquieta.
D’Ors no sólo es uno de los contadísimos poetas religiosos
españoles actuales sino, posiblemente, el más riguroso de todos. Reconozco que
el apenas disimulado enfado con que José Luis García Martín despachó los salmos
que componían las “Lecciones de Historia” de Es cielo y es azul (1984) siempre me ha hecho disfrutar aún más de aquellos
versos tendenciosos y demagógicos, en la mejor línea –y esto es una
(relativa) maldad- de Ezra Pound o de Ernesto Cardenal. Sin que quepa ver en
mis palabras la más mínima ironía, que le saliese bien a d’Ors alabar “unos
pocos millares de silencios postrados / bajo la lucecita latiente del Sagrario”
da una pequeña idea del dominio lírico que ha sido siempre capaz de ejercer
sobre la emoción religiosa.
Despojada de una intención polémica directa, salvo en casos
muy matizados, la religiosidad d’orsiana fertiliza ahora toda la andadura de Átomos y galaxias. El libro se organiza
como un abecedario poético en que las primeras letras de los títulos de los
poemas −cien, como los cien cantos de Dante en busca del Paraíso− se van sucediendo
en orden alfabético. Es éste el primer detalle de la disposición de un libro
que combina contrapuntísticamente el virtuosismo formal, escondido bajo la
cálida sencillez de una dicción en apariencia clara, con la expresión íntima,
contenida, de una dura ascesis por renunciar a la obsesión de detener el tiempo
en el verso.
Como de costumbre en d’Ors, el poema sigue deseando
eternizar el recuerdo que dé cuenta de la asombrosa maravilla de ser, desde la
luz o la nieve hasta una cereza o un sapo. Así por ejemplo, en auténticas joyas
del más puro lirismo, como “Perdón”, el poeta pide a la vida que le perdone
haber cazado una oropéndola a los doce años. Pero, bajo el canto sostenido de
la elegía, consciente de la cercanía de la muerte, se va abriendo cauce una
reflexión del yo lírico que indaga en el sentido poético del dogma de la
inmortalidad.
Profundo conocedor de la poesía modernista, en especial de
Manuel Machado y de Rubén Darío, d’Ors proyecta sobre la voz del poema la
imagen del alma. Las recreaciones (o, por utilizar un término que le es
especialmente querido, las “variaciones”) sobre los más diversos géneros
(elegía, epigrama, sonetos…), estrofas (romances, romancillos, sextillas…) y
metros (alejandrinos, octosílabos…) no son solo juegos profundamente serios con
una memoria que es, al mismo tiempo, cultural e individual, sino que son
también una profesión de fe en el misterio que conjura –y revela- la Poesía. En
ella coinciden con las galaxias de la tradición los átomos de la vida: “Alma,
abeja misteriosa / que vas libando en la vida / para hacer de los recuerdos /
la miel de la Poesía”. Bucear en ellos provoca una dolorosa felicidad, pues, a
diferencia de Antonio Machado, para quien se canta lo que se pierde, para d’Ors
el consuelo es que no se pierde lo que se canta; más aún, se gana (“Canto”).
En los poemas más conseguidos se llega a palpar una emoción
casi franciscana con que logra plasmar la intuición del soneto “Pied Beauty” del poeta católico Gerard Manley Hopkins que sirve de pórtico a todo el libro. Alérgico en apariencia a
“modernidades” seculares, d’Ors, que se propone lógicamente no vivir la vida a
través del arte, no se conforma con la mera contemplación. Aspira a ver, con
los ojos de la vida, el arte que se ha arraigado en ella: transfigurar en el
verso una belleza que lo desborda, atento, en cambio, a contenerla en ese
instante fugaz que cada lectura, imprevista e imprevisible, renueva
milagrosamente, como en Gonzalo de Berceo o en Vincent Van Gogh; como en el propio d’Ors
(“Olivia”). Condenado todo a morir, queda la esperanza de que tanta hermosura,
que es verdad y que es bien, no puede perderse, pues el Creador habrá de
releer, al fin, con el juicio, su entera creación.
La reflexión sobre la propia muerte, cuyo aliento se nota
casi físicamente, es un tema mayor de este poemario. En cierto modo, los
desastrosos miguel d’ors con que el yo poético ha tenido que ir lidiando a lo
largo de los años le reflejan, de una manera paradójicamente unamuniana, la
suerte inmortal de su fragilidad. Aunque persisten las muletas del
tradicionalismo, como asideros intelectuales para afrontar la descomposición de
nuestra naturaleza finita (“Antepasado”, “Entierro”), en último término el poeta descubre tras la cadencia de su discurso, en su entonación y en su
ritmo, un anticipo de plenitud que se le escapa en el ahora pero que está seguro que cumplirá su
afán. Es la fe en la resurrección. No una fe en el alma que reanima su cuerpo,
sino la fe en que su cuerpo glorioso dará al alma alcance en una comunión de definitiva palabra poética:
Cuerpo
Hablo de ti, pero eres tú quien habla.
Y si te miro es sólo
con estos ojos que son parte tuya.
Inseparables, confundidos desde
el diminuto instante del origen,
he vivido bastante –hemos vivido,
mi viejo compañero (y aquí están
nuestra arrugas, nuestra cicatrices)−
para saber que no eres algo que yo posea:
eres, de alguna forma, inexplicable,
yo mismo, mi existencia; la única manera
en la que puede estar en este mundo
eso que en estos versos vengo llamando yo.
Y sin embargo vas abandonándome,
perdiendo fuerzas; ya no me sostienes
como antes; ya adivino cada tarde
más cercano el momento de nuestra despedida.
A ti te confiarán a una tierra piadosa
en la que, entre raíces, larvas y aguas a tientas,
irás desvaneciéndote en olvido
y yo, echado a los brazos de la Misericordia,
esperaré la bienaventurada
hora en la que regreses, luminoso
y eterno, y nos unamos nuevamente
en una juventud ya inamovible.
Como un ejercitatorio de bien morir, el aparente tono menor de los
poemas últimos de Miguel d’Ors guarda la sabiduría honda de los ríos pequeños que no
cesan de fluir, siempre el mismo y siempre nuevo. Como el Almofrey.
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