Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
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martes, 14 de agosto de 2018

El furor poético de Santiago Montobbio.



Ruinas romanas,
Mariano Fortuny (1863-1865)

Entre los diálogos platónicos siempre regreso, con pasión intacta, a las orillas del Iliso en busca de las huellas de Fedro. A su sombra cenital escucho los ecos de los discursos de Sócrates que convierten la ambigua práctica retórica en una extrema indagación en el ser de la belleza. Tal vez no sea casualidad que haya recordado su elogio de los estados de locura mientras leía Poesía en Roma (Málaga, 2018), el reciente diario poético de Santiago Montobbio (1966), de más de quinientas páginas, que, con demorado apasionamiento, recrea su visita a Roma entre el 25 de octubre y el 6 de noviembre de 2017. 

Lleno de repeticiones, de altos y de bajos, de motivos que regresan y que se fugan y de símbolos e imágenes permanentes (agua, noche, ángeles, aire, fuentes...), este libro podría juzgarse desmesurado. Quizás sea un grave error de perspectiva. Una lectura atenta acaba redescubriendo que, como el transcurso mismo de la vida, el arte de nombrar está sujeto a la brega con que el alma platónica se esfuerza por observar en los movimientos celestes un destello de la verdad que reflejan.

Mediante constantes referencias a los diversos tipos de libretas en que va anotando los pasos de su deambular, el poeta protagonista de este libro siente una ansiedad "erótica" por alcanzar y fundir las dimensiones existenciales física y poética de su viaje, como muestran las tiras de poemas breves que desean captar los diversos momentos de una comida en una terraza del Trastévere o de saborear un helado en Piazza Navona o como cuando regresa desde distintas callejuelas una y otra vez, guiado por un azar invisible, a los mismos lugares por los que ya había paseado (el Caffé Greco, la Fontana di Trevi, la Iglesia del Gesú, un Caffé Burlesque…). Bajo el magisterio de Jorge Guillén, a menudo su percepción asombrada y plena es atravesada por el silencio y la soledad que el poeta logra alcanzar ante el paisaje que lo envuelve luminosamente ("Qué alegría vivir sintiéndose / vivido. Pese a las heridas y la noche oscura").

Con desaforada discreción, el lector es invitado así a asomarse a un tema central de la modernidad: las relaciones entre la vida y el arte. A la zaga de una poesía total, este libro trata de combinar la máxima intensidad lírica con su íntimo devenir narrativo. Elige con toda lógica el diario, puesto que, en su extremo, este género aspira a la fusión del acontecimiento y su escritura en su imparable y mutuo fluir (“…Luego se comprende / que un libro es la vida, como la misma poesía, / y ha de ponerse tal como ha surgido…”). A través de un proceso de alegorización moral y hasta anagógico, el poeta aspira a perfilar los rasgos de su identidad biográfica sobre la base del símbolo que encarna la verdad histórica y cultural de Roma, en la que es posible escuchar cómo siguen latiendo los sentidos de una singular y milenaria cosmopoética ("Otra vez. Roma, eres la vida, eres la muerte / eres sus mil caras. Roma, resuenan y no se acaban / tus pasos en la vida y en la historia, los pasos / que vienen y diste desde tan antiguo tiempo / y también los pasos del caminante que te camina ahora"). 

En último término los versos de Montobbio brotan de legítimas fuentes románticas. Con su ímpetu intentan equilibrar las pulsiones diurnas que persiguen la inquieta posesión amorosa de la realidad con la profunda introspección de su esquivo misterio. Tras las huellas alquímicas de una sabiduría que sólo la poesía podría conceder, el libro relata y canta una experiencia que no culmina en la vuelta de un viaje sino en el ininterrumpible fin que ella misma ha alcanzado poéticamente. ¿Puede ser aleatorio que ese viaje dure doce días y que su centro poético gire en torno a los primeros días de difuntos de noviembre, cuya extensión abarca más de la mitad del poemario? Fundamental resulta el poema largo “La cripta de los capuchinos”. De su reflexión sobre la fuerza artística de la muerte el poeta sale transformado gracias al recuerdo de la casa de Keats y Shelley en la Piazza di Spagna: “Después de la muerte, poesía. / Que también canta a la muerte, se hunde / en la muerte. Pienso esto a la salida de la cripta, / mientras me paro un momento, porque llueve / muy fuerte. He de esperar. Esperar la muerte. / Esperar la poesía... ”.

Podría incluso trazarse un mapa de estas idas y venidas, siempre a pie, por los distintos lugares de Roma. Como un palimpsesto, cartografía bajo su direcciones físicas el movimiento simultáneo de un espacio simbólico. A medida que avanza el poemario los cuatro elementos básicos, sobre todo el aire rasgado por la luz romana y el agua que mana sin parar de las fuentes, van señalando el tránsito entre el plano histórico y el estético. La resistencia vencida a acercarse a la Plaza de San Pedro, vivido como un auténtico centro del mundo, culmina en una experiencia abismal de entrada en una noche más allá de la noche. Un largo bloque de poemas, de tono casi místico, zambulle hasta el amanecer al poeta insomne en el fondo radical de una visión poética que le ha acompañado entre iglesias y cabe ángeles destartalados y caídos, guardianes y sabios que asomaban, hieráticos e instantáneos, por sus rincones. Que “el centro del mundo es sentir aquí / en la poesía su secreto más escondido”, proporciona la revelación capital sobre la naturaleza del poema: “Noche: Final de viaje. Eres / siempre el final del viaje. / Pero en el misterio te volverás a encender”. 

Como decía hace un momento, la iluminación que proporciona esta capacidad de nombrar el misterio reconcilia las amenazas entrevistas de disolución con el anhelo perenne de una armonía escondida. A través de Rilke, Montobbio ha aprendido la lección que conjura la locura de Hölderlin o la pasión de Novalis. Como con un fuego sagrado, cuyo nombre debe permanecer secreto, ofrece el incienso de sus versos en el altar de su amistad con Carmelita, en torno a cuyos encuentros se desarrollan sobre todo los poemas más extensos. Su comunión en la poesía, reflejada en la lectura compartida de la obra de Montobbio en una velada artística de la Academia de España en Roma, se convierte en la causa última del viaje iniciático en que consiste todo el libro y mediante el cual el autor ha reemprendido, ¿platónico?, la búsqueda de su conocimiento metapoético. 

               “Pregunto dónde es per uscire,
                porque veo que a un hombre le abren
                una puerta antigua para entrar.
                Me indican, claro, que es en otro
                sitio, y hacia allí va todo el mundo.
                Pero yo por un momento he visto
                que aún se abre de manera sencilla y mágica,
                puede así abrírsele en la noche
                una puerta antigua al hombre
                por la que pueda entrar en el misterio de la historia
                y más aún del tiempo entrar.
                El arte es esa puerta”.

              (Santiago Montobbio, Poesía en Roma)

Desatada, mántica, bajo el rumor insólito de la corriente tiberina, la poesía en Roma de Santiago Montobbio habrá cumplido así la purificación socrática que estas líneas atienden.

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