Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.

martes, 4 de junio de 2013

Sangre y agua. El Corazón de Cristo.



Sacro Curore (1740),
Pompeo Batoni


La devoción al Sagrado Corazón de Jesús, cuya festividad se celebra el próximo viernes, entró en crisis en la época posconciliar. Parecía a muchos una indignante reliquia piadosa de otra época, basada en un conjunto de prácticas rituales, como los nueve primeros viernes o la Hora Santa. Por si fuera poco, su formulación moderna, en el siglo XVII, había nacido de una idea que nuestro mundo detesta por completo: expiación y reparación.

Blaise Pascal (1623-1662), látigo de jesuitas, había puesto el acento en una espiritualidad interior, escondida, ante el silencio infinito del universo. Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690) respondía con la transfiguración física, apasionada, de un catolicismo que atisbaba la herida que el rechazo secularizador había comenzado a infligir también en el corazón de la cultura europea. Paray-le-Monial frente a Port Royal.

Es cierto que sólo con hacer un repaso a la iconografía que ha inspirado a lo largo de los dos últimos siglos tal devoción se llega a comprender ciertos reproches sobre su sensiblería evasiva. Además su apología había cobrado una ferviente carga de intensidad política en las primeras décadas del siglo XX. Pío XII corrigió con magistral claridad estos peligros en la encíclica Haurietis aquas (1956), resaltando los fundamentos bíblicos y dogmáticos de tal expresión de fe. Visto de cerca, el Sagrado Corazón no sólo simboliza sino que patentiza de manera extraordinaria la Humanidad de Cristo, latiendo con una intensidad tan humana como divina por el sufrimiento de sus hermanos: los que le honran y, sobre todo, los que no cesan de ofenderle.

Aunque hay multitud de sitios que explican y difunden esta devoción, simplemente quiero testimoniar lo que significa en mi vida cotidiana, sin ninguna pretensión teológica ni espiritual. La viví desde niño en mi casa; la aprendí de un jesuita, el P. Gómez Hellín, que seguramente, en mi borroso recuerdo, era un hombre de otra época. Otros jesuitas, otras catequesis, me intentaron convencer de que aquello era un pietismo sin relación alguna con la realidad. Le debo a un libro del P. Pedro Arrupe, En Él solo... la esperanza, haber podido agarrarme a una imagen de ilimitada consolación. También recuerdo que, cuando mencionaba este libro, prologado encima por el sospechoso Karl Rahner, la cara de muchos, zurdos y diestros, era de una perplejidad que rayaba en el temor sobre mi estado mental.

Bajo la devoción al Corazón de Cristo, palpo de un modo vívido a Cristo resucitado que, habiendo sufrido la Pasión, vuelve de nuevo, glorioso, a quedarse con los hombres, en la Eucaristía, en el Sagrario, donde espera con las manos extendidas y el costado abierto la declaración de fe de Santo Tomás: “Señor mío y Dios mío”. Expiar y reparar es conformarse más con Él; pedirle, como decía san Ignacio en la meditación de la Encarnación, conocimiento interno de Él, que por mí se ha hecho hombre, para más amarle y seguirle.

Hace unos años tuve que hacerme unas pruebas hospitalarias. En cierta ocasión, en el box justo enfrente de mí no habían corrido la cortina. Un chaval muy, muy tocado, a duras penas esbozaba una sonrisa. Cuando un tiempo después me alentaron a donar sangre, no lo dudé un instante. Tres o cuatro veces al año me acerco por el hospital, normalmente en torno a señaladas festividades litúrgicas. 

Al principio, mientras estaba tumbado en la camilla, pensaba en gente como aquel chaval. También pensaba en las personas a las que quiero. Cada vez más tengo presente a las que, con razones o sin ellas, me detestan. Ignorada, mi sangre llegará a cualquiera que la necesite para poder conservar el don más preciado, el de la vida. A fin de cuentas, donarla o no tampoco depende de uno, sino del Señor de quien brota toda salud. Por más anónimos que sean nuestros actos, lo que importa es que el Padre tiene grabados con la sangre de su Hijo nuestros nombres en su Corazón:

“En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis agobiados y cansados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».” (Mt 11, 25-30)


Contemplar el Corazón traspasado de Cristo enseña que es imposible amarlo sin al menos intentar, aunque sea a tientas, la imitación de este movimiento de sístole y diástole: “Voici ce Cœur qui a aimé tant les hommes”. 


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