Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.

martes, 29 de abril de 2014

El recogimiento de Cristóbal de Morales.







En 1525 se produjo un hecho decisivo en la historia espiritual de España. El Edicto de Toledo condenó en las proposiciones del alumbradismo –la Reforma española adelantada a Lutero− su insistencia en la fe sola, en la libre interpretación de la Biblia o en la pura gratuidad del amor de Dios sin los merecimientos del hombre. Sus postulados no dejaron de recorrer subterráneamente nuestra espiritualidad áurea desde el Diálogo de Doctrina Christiana (1529) de Juan de Valdés hasta la condena del quietismo de Miguel de Molinos en la segunda mitad del siglo XVII.

El humus reformador, verdaderamente católico, del siglo XVI no era en el fondo ni intelectual ni teológico, ni bajo solo Erasmo, ni tras el Cardenal Cisneros solo. Nuestro Renacimiento espiritual fue, en cambio, europeo por ser depuradamente literario. Se impulsó hacia su perfección mística en la escritura espiritual de unos pocos frailes oscuramente luminosos, recogidos, como el sevillano Francisco de Osuna, o en clérigos apasionados como san Juan de Ávila.

En aquellos escritores, tan desconocidos, sus vidas fueron sus obras, y aquellas se borraron en el tráfago de la historia cotidiana. Parece como si santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz o fray Luis de León fueran una santísima trinidad literaria surgida de la genialidad. No obstante, sin las disputas sobre el valor de la oración vocal y de la oración mental en los ambientes religiosos y laicos, no académicos, de la primera mitad del siglo XVI, sus obras carecerían de la enérgica tensión humana que caracteriza su sed de Dios.

El Índice de 1559, brutal, prohibiendo libros no sólo de Erasmo sino también de fray Luis de Granada, de san Francisco de Borja o del propio Osuna, rompió el hilo de aquella tradición. Si se quiere recuperar el carácter europeo de la espiritualidad española es preciso releer los tratados sobre la oración que suscitaron en aquellos ambientes un entusiasmo ávido de renovación religiosa.

Con aquellos afanes estuvo también vinculado el auge de la música polifónica española. Música sacra y literatura espiritual respiraban el aire de la liturgia, manifestada de formas y a efectos diversos. La lectio divina es meditación y contemplación de un mismo misterio: la presencia inteligible del amor que resuena uno en las naves de una catedral o en el corazón de un lector.

Desgraciadamente, de modo semejante a como ha sucedido con nuestros escritores espirituales, los músicos españoles del siglo XVI no han recibido la atención que merecen. Cristóbal de Morales (¿1500?-1553), Francisco Guerrero (1528-1599) o Tomás Luis de Victoria (1548-1611) (quizás el más reputado de los tres) siguen de un modo u otro a la sombra de sus colegas europeos. Lo peor es que en nuestro país se les ignora casi prácticamente, como consecuencia de un analfabetismo musical (¿y cultural?) agravado por una crónica incompetencia litúrgica.

En serio, ¿se puede ser culto sin haber leído la Égloga III de Garcilaso y no haber escuchado a la vez la Missa pro defunctis de Morales? ¿O haber leído la Oda a Francisco Salinas de fray Luis obviando los motetes de Guerrero? ¿O disfrutar de Cervantes sin meditar O magnum mysterium de Victoria? Sueño que algún día podamos acudir a Misa y elevar el alma a Dios respondiendo con el Kyrie de Morales sin sentir que estamos asistiendo a un concierto superpuesto a la celebración eucarística.

Emilio Ros Fábregas ha escrito un preciso trabajo (¡en inglés!) sobre las dificultades historiográficas –europeas y españolas- para situar con justicia el papel de estos músicos en el desarrollo del arte polifónico renacentista. Se centra en el caso paradigmático de Morales que durante diez años (1535-1545) fue músico en la capilla papal. Los historiadores europeos han solido restarle méritos, resaltando su deuda con la escuela flamenca y encumbrando a Palestrina. Los historiadores españoles se han empeñado en que su originalidad creadora nacional es incompatible con el uso de fuentes extranjeras. ¡Cuánto daño nos ha hecho ese adanismo hispánico, visto de un lado u otro…!

De Morales apenas se tienen tampoco noticias biográficas. Su vida fue su música. En una carta que el franciscano Juan Bermudo incluyó en su Declaración de instrumentos musicales (1549) Morales elogiaba esta obra de musicología porque la “theorica engastada en práctica, y la práctica corriesse juntamente con la theorica, hasta ahora en nuestra España no avemos visto”. Son palabras de honda resonancia, de auténtico magisterio, que debieron consolar a fray Bermudo. Frente a los competentes pedagogos de cualquier época, luce siempre claro el ingenio –y el amor- de artistas como Morales:

“Bien entiendo que ha avido, y los hay, en nuestra España hombres excelentíssimos en vihuela, órganos y en todo género de instrumentos, y doctíssimos en composición de cantos de órgano; empero es tanta la sed y justicia y avaricia de algunos, que les pesa si otro sabe algún primor, y más si lo ven comunicar. Hablo en cosas juzgadas y vistas muy de cerca. Lo que Dios por su clemencia y misericordia les dio, antes se quieren ir al infierno con todo ello que comunicarlo en parte, a los que puedan servir a Dios, dador de todos los bienes. De donde procede que aviendo en nuestra España tan grandes ingenios, tan delicados juyzios, tan inventivos entendimientos, estén todas las artes quasi muertas” ("Prólogo" de la Declaración de instrumentos musicales).

Debiera no dejar de entristecernos esta pobreza española. Empero, en su Viage a Jerusalén (1593) Francisco Guerrero recordaba de su adolescencia en Sevilla “la doctrina del grande y excelente Maestro Cristóbal de Morales, el qual me encaminó en la compostura de la música bastantemente para deprender qualquier Magisterio”. Recogido en su arte, Morales continúa alargando su canto hacia la eternidad.



martes, 22 de abril de 2014

Mi amigo gibelino.




Paisaje de atardecer con dos hombres,
Caspar David Friedrich (1830-1835)



En De amicitia Cicerón se preguntaba “¿cómo puede ser «vivible» una vida que no descansa en la mutua benevolencia de un amigo? ¿Qué más dulce que tener con quien te atrevas a hablar todas las cosas así como contigo? ¿Qué habría tan grande en las cosas prósperas, si no tuvieras quien se alegrara con ellas igual que tú mismo? Y sería difícil sobrellevar las adversas sin aquel que las sobrellevara incluso más gravemente que tú”.

Dicho esto, debería acabar aquí esta entrada, pues, siendo güelfo, no he encontrado amigo más noble que un gibelino con quien he compartido años (dignamente fracasados en mi caso) de estudios, mucha poesía, incluso mucha British Library y, sobre todo, lealtad férrea de palabra y de obra, sin omisión.

Releo las dedicatorias de sus antiguos libros de poesía y me emociona comprobar que, intactas, a lo largo de los años, adensándose, se repiten las mismas palabras: afecto, tiempo y amistad. ¿Tópicas? Colegas de profesión, llegó anteponer la amistad a sus propios intereses. Perdimos ambos, pero pagó el precio –y no fue menor- con esa sencillez tan suya, como sin darle importancia o atribuyéndosela a otra causa. Mi amistad incluye, como un tesoro, esa deuda de gratitud.

Decir que admiro su serenidad estoica puede sonar pleonástico. Ama y conoce la poesía con una naturalidad apabullante. Sus esquemas teóricos se desenvuelven en sus explicaciones con evidencia que pasma. Los expresa siempre con una pasión intelectual que conmueve. Como poeta y como crítico, ha soportado mis impertinencias con una paciencia sabia. Mi gran –y quizás único- triunfo fue convencerle de que las ninfas de la Égloga III de Garcilaso son tan imaginarias (es decir, no menos reales) que Tirreno y Alcino.

En nuestro común año londinense, hicimos una gloriosa expedición a los Lagos en busca de la tumba de su amado Wordsworth. Fuimos perseguidos por un helicóptero, en medio de una lluvia helada, paseando alrededor del Muro de Adriano, y por un policía con perrazo a las afueras de Carlisle. Un viejo marinero, lleno de tatuajes, propietario de bedroom & breakfast, irrumpió en nuestra habitación al anochecer. Aún así, llegamos a pie, rodeando el lago, al cementerio de Grasmere, con los ojos incendiados de palabras.

De nuestros tiempos mercuriales releo de tanto en tanto los que considero sus tres mejores libros: El silencio del mar (1997), Allí (1999) y Experimentos bajo Saturno (2000). Solo en mi celda inglesa, escribí entusiasmado una reseña de su trayectoria poética, que acabé publicando en Cuadernos del Matemático. A Ángel siempre le ha impresionado el verso de José Martí: “Yo soy un hombre sincero”. Intenté corresponderle.

Anotaba allí que “ha aprendido la lección culturalista y la pone en práctica con una admiración desencantada. Al poeta, a su historia, de una manera personal, los ha sacralizado, por más que en su último libro trate de zafarse de sus trampas. Sacralizados, sí. Una religión del espíritu vaciada encuentra, en el límite de la ausencia de un dios, el poder ausente de las palabras, inertes y mágicas. Un poeta sincero y estético vive arrojado en este mundo, un mundo de fulguraciones. Con el dedo trazará el curso de las estrellas y las cartografiará con precisión lunar. Porque el «realismo» de Ángel Luis Luján no oculta sino que deja entornados una fascinación y un amor románticos.

Ambos, que hemos sido saturnales, comprendimos una lección que él dejó dicha de la manera precisa que yo nunca lograré: "Pessoa, que escribió que iba a morir el verso / y el idioma en que está escrito, / que fue el profeta de la caducidad, / y puso zancadilla a todo lo sensato y lo creíble, / siguió escribiendo, sin embargo". Me han hecho falta años para darme cuenta de que, bajo sus versos, latía más que Wordsworth y Coleridge, Mallarmé o Eliot, José Hierro o Luis Rosales la figura –casi totémica- de Diego Jesús Jiménez.

Entre la imaginación poética y la poesía civil que iba depurándose, llegó a su último libro de poemas hasta la fecha, Una calle cortada (2005) que, de manera madura, cerraba también el círculo que había iniciado con Inútiles lamentos (y otros poemas) (1992) y con el accésit de Adonais Días débiles (1997). Entre imaginación poética y una poesía civilmente íntima, se decantó por esta última y acabó, lógicamente, en el silencio. “Un camino cortado”, su tercera sección, es un canto matizadísimamente antirreligioso que me distancia intelectualmente de un gibelino como Ángel pero que me emociona como güelfo por nuestra común –y atormentada- anglofilia.

De todos sus poemas sabe que conservo en el corazón uno que él considera menor y, tal vez, hasta fallido. Para mí “La Transfusión” tiene algo de transfiguración. El yo poético comienza hablando del verano y de Garcilaso, donde naturaleza y descubrimiento de la poesía se funden en el ilimitado tiempo de la infancia. Una tarde aquel adolescente se dirige al hospital y, mientras regresa, piensa que, con su sangre donada, correrá por las venas de otra persona también su sed de belleza, como al contacto de la sílaba de una ninfa. No sabrá por qué, pero el extraño llorará “de esplendor” al ver prístinas la mañana y su música.

Y hoy me consuela todavía a veces 
recordar que en algún lugar, no lejos, 
alguien lleva en sus venas aquel mundo 
que entonces era mío, y que he perdido, 
que la belleza permanece intacta 
regando el corazón de un hombre al menos”.


Amigo, Ángel, proyectadas en mi tiempo permanecen tus palabras, nuestras vidas.


martes, 15 de abril de 2014

In, inde, independència.




Ovid banished from Rome,
J. W. Turner (1838)



Como representante del profesorado, he asistido a una Junta de Gobierno de mi Universidad. El Rector inicia la sesión presentando un informe de su gestión en los últimos meses. Comenta su participación en la CRUE (Comisión de Rectores de las Universidades Españolas). Informa sobre Reales Decretos pendientes y sobre la opinión del Ministro en algún tema en concreto con vistas al curso 2015-2016. Al mismo tiempo explica algunas negociaciones con el “Govern” de la Generalitat sobre financiación.

Miro alrededor, a las treinta personas que estamos asistiendo a esta Junta y que siguen impasibles la explicación. Me pregunto si debo intervenir. Al acabarse su exposición, pido la palabra. La conversación se desarrolla en catalán, más o menos en estos términos.

-Rector, no sé si mi pregunta es ingenua. He escuchado con atención tu informe en que señalas perspectivas de acción de las universidades catalanas para el curso 2015-2016. Dada la situación política y social del país, con una consulta prevista para el mes de noviembre y con el presidente Mas dispuesto, según ha publicado la prensa, a declarar unilateralmente la independencia de Cataluña, ¿os ha comunicado el Govern algún escenario de futuro para el desenvolvimiento de la política universitaria si el proceso de transición nacional, como es su deseo, es irreversible?
-Si me estás preguntando si públicamente se ha comunicado en algún Consejo o Comisión los pasos que podrían darse, la respuesta es no. Privadamente, tampoco. 
-Muchas gracias.

Me he sentido avergonzado de ser ciudadano catalán. Si hay que ir al abismo, por lo menos uno lleva el equipo completo de montañismo para despeñarse con “dignitat”. Debo recordar que el Secretari d'Universitats es un notorio entusiasta de la transición nacional. ¿De qué se trata, pues? ¿De distraer al personal para mantener en pie el negocio que cada uno tiene montado y con el que va tirando? Con esos mimbres ni se hace Catalunya ni tampoco España. Imprevisión, aventurerismo, inconsciencia.

Estoy contra la independencia por razones históricas, sociales, políticas, económicas y hasta emocionales. De hecho los nacionalistas catalanes resultan un tipo acabado de la españolidad que detesto. Siguiendo el tópico, los gallegos tienen sus caciques; los andaluces sus señoritos; los catalanes, nuestros amos de fábrica. En momentos así, recuerdo a un inglés que, en cierta ocasión, me definió España como san Agustín el mal: ausencia de bien. Más que un error moral, me apena pensar que tal vez mi amada Península sea un error geográfico.

El independentismo de Artur Mas siempre me ha parecido la apuesta histérica de los convergentes para no perder las palancas del control (asfixiante) del país, en un momento de crisis social y política que ha dado ya los primeros síntomas de un posible estallido. Con la independencia Mas intenta ponerse al frente de “otra” manifestación que contrarreste la que puede avecinarse. A su lado, el trágico irresponsable de Lluís Companys, que necesitó que el Partido Comunista garantizase mínimamente la legalidad republicana en Cataluña, es un modelo de estadista.

Ni nazis, ni fascistas, ni totalitarios, ni toda esa palabrería grandielocuente que suelen dedicarse mutuamente unos y otros. Nuestros nacionalistas son algo más parecido a sátrapas, a déspotas. Como sus pares del resto del "Estado", aunque ahora fuera de sus casillas con completa voluntad, con una impunidad que empieza a espantar, han hecho de la democracia un mecanismo aparentemente perfecto para prolongar el sistema franquistein que se ha adherido como una segunda piel a España. El español se queja y se altera. Desalterarlo será más difícil.

Releo con desolación las Meditaciones del desierto de Agustí Calvet. El 30 de septiembre de 1946 hablaba con pena de la “congénita incapacidad política de los catalanes, el incurable «hibridismo» de Cataluña, la debilidad radical de su nacionalidad”. Parecería como si ahora nos fuésemos a comer el futuro, que es un plato de garbanzos revenidos que nadie, en sus cabales, quiere probar. En lugar de probar a plantear con otros territorios una remodelación estatal (no repartiéndose las cartas con los jefes de las mesnadas partitocráticas), se están dando alas a oportunistas y a desesperados. A los primeros todavía; a los segundos no será fácil convencer de que mejor la nada de siempre para ellos que una esperanza apocalíptica, pendenciera, para todos.

“Por eso a menudo doy gracias a Dios, que en medio de tanta miseria me ha concedido el consuelo de poder vivir ahora en Madrid, tras el hundimiento integral de Cataluña. En Barcelona –cada vez que vuelvo allí− me siento como un forastero. Es un tormento incomparable, que Dante no llegó a conocer. Cuando una patria yace prostituida, es muy distinto que sea tu propia madre o la de otro. En Madrid el inmenso envilecimiento del país no me produce ni frío ni calor. Es algo por mí previsto, y hasta cierto punto pintoresco. En Barcelona, en cambio, la prostitución casi integral de los catalanes de hoy es algo que me aplasta” (Gaziel, Meditaciones del desierto).

Si no fuera por mi madre, de Madrid ya no me queda nada, ni tan siquiera la infancia. De Barcelona, temo que sólo el camino de la diáspora. Ya me gustaría que fuese un, improcedente, exabrupto verbal.