Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.

martes, 15 de abril de 2014

In, inde, independència.




Ovid banished from Rome,
J. W. Turner (1838)



Como representante del profesorado, he asistido a una Junta de Gobierno de mi Universidad. El Rector inicia la sesión presentando un informe de su gestión en los últimos meses. Comenta su participación en la CRUE (Comisión de Rectores de las Universidades Españolas). Informa sobre Reales Decretos pendientes y sobre la opinión del Ministro en algún tema en concreto con vistas al curso 2015-2016. Al mismo tiempo explica algunas negociaciones con el “Govern” de la Generalitat sobre financiación.

Miro alrededor, a las treinta personas que estamos asistiendo a esta Junta y que siguen impasibles la explicación. Me pregunto si debo intervenir. Al acabarse su exposición, pido la palabra. La conversación se desarrolla en catalán, más o menos en estos términos.

-Rector, no sé si mi pregunta es ingenua. He escuchado con atención tu informe en que señalas perspectivas de acción de las universidades catalanas para el curso 2015-2016. Dada la situación política y social del país, con una consulta prevista para el mes de noviembre y con el presidente Mas dispuesto, según ha publicado la prensa, a declarar unilateralmente la independencia de Cataluña, ¿os ha comunicado el Govern algún escenario de futuro para el desenvolvimiento de la política universitaria si el proceso de transición nacional, como es su deseo, es irreversible?
-Si me estás preguntando si públicamente se ha comunicado en algún Consejo o Comisión los pasos que podrían darse, la respuesta es no. Privadamente, tampoco. 
-Muchas gracias.

Me he sentido avergonzado de ser ciudadano catalán. Si hay que ir al abismo, por lo menos uno lleva el equipo completo de montañismo para despeñarse con “dignitat”. Debo recordar que el Secretari d'Universitats es un notorio entusiasta de la transición nacional. ¿De qué se trata, pues? ¿De distraer al personal para mantener en pie el negocio que cada uno tiene montado y con el que va tirando? Con esos mimbres ni se hace Catalunya ni tampoco España. Imprevisión, aventurerismo, inconsciencia.

Estoy contra la independencia por razones históricas, sociales, políticas, económicas y hasta emocionales. De hecho los nacionalistas catalanes resultan un tipo acabado de la españolidad que detesto. Siguiendo el tópico, los gallegos tienen sus caciques; los andaluces sus señoritos; los catalanes, nuestros amos de fábrica. En momentos así, recuerdo a un inglés que, en cierta ocasión, me definió España como san Agustín el mal: ausencia de bien. Más que un error moral, me apena pensar que tal vez mi amada Península sea un error geográfico.

El independentismo de Artur Mas siempre me ha parecido la apuesta histérica de los convergentes para no perder las palancas del control (asfixiante) del país, en un momento de crisis social y política que ha dado ya los primeros síntomas de un posible estallido. Con la independencia Mas intenta ponerse al frente de “otra” manifestación que contrarreste la que puede avecinarse. A su lado, el trágico irresponsable de Lluís Companys, que necesitó que el Partido Comunista garantizase mínimamente la legalidad republicana en Cataluña, es un modelo de estadista.

Ni nazis, ni fascistas, ni totalitarios, ni toda esa palabrería grandielocuente que suelen dedicarse mutuamente unos y otros. Nuestros nacionalistas son algo más parecido a sátrapas, a déspotas. Como sus pares del resto del "Estado", aunque ahora fuera de sus casillas con completa voluntad, con una impunidad que empieza a espantar, han hecho de la democracia un mecanismo aparentemente perfecto para prolongar el sistema franquistein que se ha adherido como una segunda piel a España. El español se queja y se altera. Desalterarlo será más difícil.

Releo con desolación las Meditaciones del desierto de Agustí Calvet. El 30 de septiembre de 1946 hablaba con pena de la “congénita incapacidad política de los catalanes, el incurable «hibridismo» de Cataluña, la debilidad radical de su nacionalidad”. Parecería como si ahora nos fuésemos a comer el futuro, que es un plato de garbanzos revenidos que nadie, en sus cabales, quiere probar. En lugar de probar a plantear con otros territorios una remodelación estatal (no repartiéndose las cartas con los jefes de las mesnadas partitocráticas), se están dando alas a oportunistas y a desesperados. A los primeros todavía; a los segundos no será fácil convencer de que mejor la nada de siempre para ellos que una esperanza apocalíptica, pendenciera, para todos.

“Por eso a menudo doy gracias a Dios, que en medio de tanta miseria me ha concedido el consuelo de poder vivir ahora en Madrid, tras el hundimiento integral de Cataluña. En Barcelona –cada vez que vuelvo allí− me siento como un forastero. Es un tormento incomparable, que Dante no llegó a conocer. Cuando una patria yace prostituida, es muy distinto que sea tu propia madre o la de otro. En Madrid el inmenso envilecimiento del país no me produce ni frío ni calor. Es algo por mí previsto, y hasta cierto punto pintoresco. En Barcelona, en cambio, la prostitución casi integral de los catalanes de hoy es algo que me aplasta” (Gaziel, Meditaciones del desierto).

Si no fuera por mi madre, de Madrid ya no me queda nada, ni tan siquiera la infancia. De Barcelona, temo que sólo el camino de la diáspora. Ya me gustaría que fuese un, improcedente, exabrupto verbal.


martes, 8 de abril de 2014

Enrique García-Máiquez, en plano inclinado.



Detalle Maestà (1308-1311),
Duccio di Buoninsegna

Ayer hizo dos años que Enrique García-Máiquez presentaba a los lectores de su blog “Rayos y truenos” su libro El pábilo vacilante (Sevilla, 2012), en el que recogía una selección de sus entradas entre 2008 y 2011. Con retraso consumado, al tercer año, Cavalcanti, lector epigonal, aprovecha unas ya entrevistas luces pascuales para esbozar unas cuantas notas gramaticales y escatológicas sobre este extraordinario dietario.

Como no pocos gramáticos del siglo XII, abandoné las escuelas para entregarme a la disciplina de las letras, en silencio y en soledad. Por ello comprendo muy bien la admirada (y admirable) reseña que Ángel Ruiz dedicara al libro del poeta ¿atlántico? En ella concluía renunciando, gozoso, a explicar la inmediatez de su emoción, pues “no sé, yo me he dado de baja de la Teoría de la Literatura”. Güelfo monacal, pese a todo no puedo abjurar de la emoción teórica, con minúscula.

De El pábilo vacilante he disfrutado también las formas de su contenido. Aunque no deseo entrar en cuestiones genéricas, he leído sus páginas a partir de una píldora aforística que su autor, medio a escondidas, nos ha regalado recientemente: “La novela es a nuestros diarios lo que la épica a las primeras novelas. (La poesía, en cambio, no cambia)”. Con tal analogía de proporcionalidad tomista, la brújula de mi recuerdo me ha señalado las centenarias Meditaciones del Quijote (1914).

Allí Ortega caracterizaba la épica como la aspiración a la idealidad por medio de la aventura, mientras que la novela cervantina muestra aquel mundo imaginario a punto de quebrarse, rodeado de materialidad: “no las realidades nos conmueven, sino su representación”, es decir, la representación de la realidad en sus personajes.

Aunque la escritura de García-Máiquez parezca tan ligera, tan aérea, tan transparentemente autobiográfica, siente también la necesidad de advertir con honestidad al lector, aunque sea al vuelo, de que tal vez no quepa descartar un trasfondo de ironía “barroca”. La fama y la gloria –la paradójica vanidad−, el paso del tiempo, la muerte son motivos que tocan las fibras más profundas de su estética literaria. 

Sus aforismos metapoéticos no son meras “ocurrencias”, como chispazos de ingenio verbal, sino sobre todo reflejos fugaces de un camino de salvación: el itinerario moral de su vocación literaria. No olvidemos que sus "greguerianas", "chinchetas" trascendidas, vanguardismo medieval, son definidas como "serie de treinta metagreguerías".

La entrada “Vidas y venidas” es ejemplar para aproximarse al ejercicio de su "memoria ignífuga" . “El escritor de ficción se escapa; el autobiográfico se persigue. Sólo los buenos de uno y otro signo se alcanzan”. “El personaje aspira a persona, la persona a personaje”. En esos quiasmos formales e intelectuales, donde se acaba jugando la verdad de las metáforas, García-Máiquez proyecta una visión de la vida y el arte que se abrazan en una maravillada revelación (no por ello exenta de angustia íntima). 

La emocionada memoria de la madre fallecida, contenida en forma de necrológica; la fe apasionada de la esposa; y el amor al final cumplido de los hijos, expresan un pathos característicamente cristiano que, por más dantescos que seamos, siempre es trágicamente cómico: “Consummatum est” y “Nolite me tangere”. Su desgarro es feliz porque la felicidad sólo se consigue en unos pocos momentos en que el deseo y la nostalgia coinciden en un presente puro, glorioso, a la vez espiritual y corporal.

A Cavalcanti, claravalense y gótico, le admira que García-Máiquez sea un católico contrarreformista. Fascinado por los retablos barrocos y la música de Vivaldi y de Mozart elevándose como incienso hacia las bóvedas de sus anotaciones, su experiencia religiosa adopta un aire más “teológico” en las notas que suele dedicar, por ejemplo, a las Misas a las que asiste. En cambio, de sus haikus parecen brotar las plegarias de su más íntima liturgia poética. 

Tanto en sus pequeños poemas como en sus notas diarísticas siempre existe, empero, un esfuerzo tensísimo –elegantemente ocultado− por tejer un autorretrato que, como en la metáfora, devuelva otra imagen que redescriba su realidad en términos de transfiguración existencial y estética.

Decía al principio que no quería entrar del todo en cuestiones de género. El pábilo vacilante no me parece simplemente el trasvase reordenado y adaptado de las entradas de blog al formato de un libro. Ignoro si el blog debería ser considerado una forma posible de diario. Lo que tengo delante me impresiona como escritura autobiográfica atravesada por la ficción, o al revés. Quizás si la novela fue a la épica la ficción como vida, el diario será a la novela la conciencia vital de su ficción.

Por ello, no puedo dejar de oler pasajes umbrosos que García-Máiquez recorre en busca de Josep Pla. No creo que el pábilo vacilante se escriba sobre un cuaderno gris –de hecho, lo hace sobre un teclado-. El plano inclinado que dibuja una prosa tersa y afiladamente cálida –como la de los narradores de los años veinte y treinta− brilla igualmente en la nostalgia de un tiempo recobrado, apresado, en la imaginación. 

Lo insinuaré con un poema de Con el tiempo (2010), pues la razón está siempre de parte de que “la poesía, en cambio, no cambia”.


No hay cuidado 

Dicen que el hombre es lo que calla
y yo no callo nunca.
La mezcla mete miedo:
¿no estaré deshaciéndome a golpes
de transparencia y autobiografismo?

Pero –para decirlo todo− no hay cuidado.
Mi secreto
                 al contarlo
                                   da paso a otro secreto
y a otro secreto cada vez más hondo.

Siempre queda algo –no sé qué− que no se alcanza.
Será eso lo que soy.



Pla se refugió en Llofriu. García-Máiquez, que es del Puerto, se acoge a sagrado.


martes, 1 de abril de 2014

Mi hija "petitona".



Virgen niña durmiendo,
Francisco de Zurbarán (1630-1635)

Andamos enfurruñados mi hija pequeña y yo, pues su arrebatadora sonrisa no logra desfruncirme el ceño estos últimos días. Se ha empeñado en no aprender las letras m, n, l y p en el colegio. En casa se niega también a reconocerlas, por más que insistamos a su lado con los dibujos de refuerzo coloreables que la maestra nos proporciona (“poma”, ¿es una p o una m?). Cuando parece que ya las ha aprendido, a continuación se hace la olvidadiza. Me desespero y ella se pone de morros porque me lo tomo tan a pecho.

Según su madre, la petitona ha aprendido a la primera el camino directo al corazón de su padre, bastante escarpado. Suelo responder que nuestra hija se orienta por los latidos del suyo. Como a sus hermanos, casi he tirado la toalla de enseñarles otra cosa que no sea la batalla corporal: guerras de cosquillas sin cuartel, abrazos de oso, carreras que me dejan sin resuello, collejas con gritos de júbilo… Luego me quejo retóricamente sobre cuántas veces les he dicho que no bajen las escaleras alborotando al perro del primer piso. Echando la cabeza atrás, mientras no puede contener la risa, mi hija responde: “Muuuuuchas”.

He dicho que "casi" he renunciado a poder ayudarles en las tareas escolares para no aplicarme como una bofetada el refrán de "en casa del herrero, cuchillo de palo". Mientras que a mi hija mayor le ha salido una vena teatral que admiro (y que temo), me mortifican las dificultades de mi hija pequeña. Por más igualdad de género que se predique, nuestras hijas deben ser conscientes de que, si a los niños se les valora la inteligencia, a las chicas se les exige de entrada que la demuestren. 

La visión lírica corriente de la mujer como amante y/o esposa, además quizás del tabú del incesto, explica que sean raros los grandes poetas -por ejemplo, en español- que hayan dedicado poemas a sus hijas. José Martí, Miguel Hernández –en la estela descomunal de Lope de Vega- o Leopoldo Panero –ay− se los dedicaron a sus hijos varones. Gabriela Mistral, con tonos desgarradores, se lo escribió al hijo que deseó. Mario Benedetti, al que, de haber tenido, se habría cuidado de decir adiós. A Enrique García-Máiquez fue dolerle “saber que siempre / tendré conmigo al mío” y llegarle primero una niña (¿Será que, en ocasiones creyentes, la palabra poética conserva todo su poder impetratorio, canto y oración?). 

Tal vez el poema más conocido de un padre a su hija, en nuestra lengua, sean las Palabras para Julia de José Agustín Goytisolo. Sus tercetos eneasilábicos permanecen intactos, rejuveneciendo con calidez la agnóstica confianza colectiva de fondo, ingenua si no fuera por esos maravillosos versos que dicen que “por lo demás no hay elección / y este mundo tal como es / será todo tu patrimonio”. Ciertamente, tampoco podría yo darles algo más a mis hijos.

Me quedo, sin embargo, con un poema de Vicente Huidobro. Aun inquieto, quisiera sobreponerle el deseo tradicional de que, cuando muera, mis hijas cumplan el deber piadoso de cerrar mis ojos. Lo hagan o no, puedan o no -me aterra pensar qué favores a nuestra "dignidad" estará tramando el Estado-, mi alma llevará impresos todos sus rostros hacia la eternidad del amor que espero vislumbrar.


                                            Hija
                   
                    “Tengo tu rostro entre las manos
                     oh aire dulce retrato de aire
                     anillo del mundo y del pasado
                     tu rostro de silencio
                     rostro de lámpara tierna
                     con qué facilidad te formas en mis ojos
                     como vuelves alegrando la negrura.

                     Miseria del recuerdo
                     en el umbral del frío la selva se hace sueño
                     se desprenden las hojas
                     se mueren las miradas gota a gota.”


Gadea, hija, venga; la p con la a, pa. Otra vez. ¿Qué pone aquí? Pa-pá.