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El sueño de san José,
Georges de La Tour (1640) |
“Haec autem eo cogitante, ecce angelus Domini
in somnis apparuit ei dicens…” (Mt. 1, 20)
Con el P. Manuel Matos, S. J., comencé a aprender a leer la Biblia durante aquellos cortos
retiros cuaresmales de fin de semana universitario. Posconciliar, el suyo
seguía siendo el método ignaciano en un grado de pureza del que sensatamente
debería haberme protegido. Con tres charlas de media hora tenía tiempo para
lanzarme solo al pinar a meditar cuatro horas durante las que daba rienda
suelta ante las Escrituras a mis fantasías, deseos y pánicos juveniles. Después
el P. Matos intentaba sujetarlos con los tres binarios
y los tres tiempos para hacer elección.
A
trompicones se forjó así, a contracorriente y en el fuego abrasador de la realidad,
mi vocación de peregrino. Tan carente de maestros como buena
parte de mi generación (a cambio de haber sufrido innumerables tutores,
directores, jefes…), uno empieza a perdonar los olvidos de las figuras paternas
cuando descubre lo difícil que será que tus hijos te perdonen, con sus errores, los que uno, dolorosos, suele perdonarse a la ligera. Estas líneas no
son, pues, el recuerdo de un olvido, sino, liberador, su olvido.