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| San Jerónimo en su celda, Albrecht Dührer (1511) |
Como saben mis lectores más fieles, acostumbro a
templar, silenciosos, la armonía desacordada de mis deseos sobre la mesa de
este scriptorium, donde quisiera no dejar de copiar las palabras, las siluetas o
el ritmo de una cultura que, como modo de vida, se está extinguiendo hasta en
sus brasas. Algo caballeresco, meridional, tal vez atraviese ese ideal ausente
que aún inflama mi corazón en camino hacia occidente. Que la letra de tal código no esté grabada sólo en piedra es, sin
embargo, una gracia que florece, aquí y allí, entre las grietas silvestres del
monasterio al que pertenezco.


