En el Infierno,
ante tantos sufrimientos como se le presentan, Dante sólo se desmaya una vez,
tras oír la historia de Francesca y Paolo: “io venni men cosí com’io morisse. /
E caddi come corpo morto cade” (Inf. V,
141-142). Como se ha solido repetir, el genio de Dante es capaz de convertir
una sórdida historia de adulterio en una filigrana metaliteraria que fascinó a
los prerrafaelitas. Los dos cuñados ejecutan, en un instante, la lectura
perfecta del pasaje de Lanzarote que están compartiendo en soledad. El amor cortés rara vez ha alcanzado tanta
intensidad en la realidad del arte.
En sentido opuesto, en el arte de la vida, los amores
desgraciados de Eloísa (1101-1164) y Abelardo (1079-1142), ausentes en la Divina Comedia, contribuyeron
poderosamente a forjar la poesía trovadoresca y el ciclo caballeresco de
Chrétien de Troyes. Paradojas de la literatura, al narrador francés también le influyó la espiritualidad cisterciense de S. Bernardo, el adversario más temible del maestro de lógica, cuya condena logró en el Concilio de Sens (1141). En defensa de su antiguo amante, Eloísa, abadesa de Paráclito, tuvo el arrojo de tildar al abad de Claraval, que la admiraba por su saber y por su piedad, de "falso apóstol".
En un libro imprescindible, Heloïse et Abelard (1938), con la atroz precisión quirúrgica
que poseen los franceses para el análisis psicológico de los sentimientos
amorosos, Étienne Gilson sentenciaba que “en el orden humano, la
grandeza de Eloísa es absoluta”. En el orden divino, su monstruosidad podría absolverla de igual manera que debería condenar, a su pesar, al tumefacto Abelardo.
Más que una heroína feminista, Eloísa es una terrorista del
amor. Su correspondencia con Abelardo refleja una violenta y disciplinada
fidelidad que apabulla a su antiguo amante. Dejando a un lado las dudas
suscitadas sobre el grado de autenticidad de estas cartas, la lógica de sus
acciones es tan implacable como perturbadora su lucidez intelectual. Que
reflejen inexactamente o no a su autora, tanto da. Francesca y Paolo resuelven
sus dudas ante Lanzarote y Ginebra. Eloísa convierte el juego de la dialéctica
de Abelardo en un arma real de autosacrificio.
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Peter Abelard and His Pupil Eloise
Edmund Blair Leighton |
En la Historia Calamitatum Abelardo, que doblaba la edad a Eloísa, apenas
una quinceañera cuando la conoció, cuenta cómo, siendo su profesor, la sedujo, incluyendo golpes,
la dejó embarazada, la raptó, la obligó a casarse en secreto contra su
voluntad, para a continuación despacharla, también contra su voluntad, a un
monasterio y así poder seguir desarrollando su vocación filosófica. Todo una enorme y terrible, por no decir criminal, equivocación. Eloísa lo
aceptó todo, sin embargo, embargada por un amor que no se extinguió jamás, ni tras la castración de su
amante. Le obedeció en todo con una fiereza que rozaba la perfección, hasta en
su vida monástica, que la atormentaba con escrúpulos de hipocresía religiosa. El narcisismo sadomasoquista de Abelardo no fue capaz de
soportar, pero tampoco de renunciar, a semejante pasión que era puro volcán en
actividad.
Sería apresurado considerar a Eloísa una mujer
sumisamente enamorada, capaz de transgredir cualquier ley por seguir a su amante. Era él quien jugaba a todas las barajas, haciéndole también trampas a ella. En Piedra de sol (1957), Octavio Paz decía “«déjame ser tu puta», son
palabras / de Eloísa, mas él cedió a las leyes, / la tomó por esposa, y como
premio / lo castraron después”. Mais non, Eloísa habría
preferido ser la “puta” de Abelardo en lugar de haber aceptado su propuesta, cínica, de casarse secretamente con él, para sortear una situación moral, social y familiar que se le escapó de las manos. El
condicional compuesto, tan en desuso hoy en día, es fundamental para entender su entrada en el convento. Go to the nunnery!, ordenó este cobarde y despiadado Hamlet bretón.
En Espacio (1954) Juan Ramón Jiménez acertaba más que Paz al hablar de Abelardo, pero no del todo sobre la
naturaleza, como siempre juanramoniana, de la pasión de ella: “¿Por qué, Pedro Abelardo
vano, la mandaste al convento y tú te fuiste con los monjes plebeyos, si ella
era el centro de tu vida, su vida, de la vida, y hubiera sido igual contigo ya
capado que antes, si era el ideal?". Eloísa no era el ideal, sino el brillo abrumador de la realidad en su más tersa tensión.
Insisto en que Étienne Gilson da claves tan aterradoras como para
tomárselas más en serio que las apelaciones a la inocencia del deseo o del
ideal. La pureza de Eloísa es completamente letrada. Según el historiador francés, Eloísa en su
vida se arrepintió sólo de haberse casado con Abelardo. ¿Por egoísmo? Al
contrario creyó haber pecado contra él. En el oxímoron “era culpable, pero era
inocente” se juega su salvación. Desarrollando el magisterio de su amante, se convenció
de que había faltado a las exigencias del «amor puro» tal como Cicerón lo exponía
en De amicitia y a la doctrina moral
de la intención que el propio Abelardo habría expuesto en el Scito te ipsum.
El argumento de Eloísa era claro: si lo hubiese amado con toda
pureza, no habría aceptado su proposición de casarse con él. Habría sido su “concubina”,
mientras él podría seguir dedicado con plenitud a la filosofía, tal como se concebía esta dedicación en la época para un clérigo. Toda su vida
posterior debía ser, pues, un acto de expiación, pues no importaba la bondad
del acto sino la rectitud de la intención. El monasterio realizaba performativamente, por su hipocresía religiosa, el castigo de su amor desventurado. Que Abelardo fuese un canalla
impotente era, a su juicio enamorado, absolutamente imposible y quizás hasta una brutal injusticia.
“Eres tú, tú, el único objeto de mis sufrimientos, el único que puedes consolarlos. Único objeto de mi tristeza, no eres sino tú quien puede devolverme la alegría o aliviarme. Tú eres el único a quien esto le sea un deber apremiante; pues todos tus deseos los he cumplido ciegamente, hasta el punto que, no pudiendo oponerte la menor resistencia, he tenido el valor, por una sola palabra tuya, de perderme a mí misma. He hecho todavía más: ¡extraña cosa!, mi amor se ha vuelto delirio; lo que era el único objeto de sus ardores lo ha sacrificado sin esperanza de recobrarlo jamás; por una orden tuya he tomado, con otro hábito, otro corazón, a fin de mostrarte que tú eras el solo dueño de mi corazón tanto como de mi cuerpo. Jamás, Dios me es testigo, he buscado en ti sino a ti mismo; solo tú, no tus bienes, he amado. No he pensado ni en los vínculos del matrimonio, ni en la dote, ni en mis placeres o en mis deseos personales. A los tuyos, tú lo sabes, me he entregado para satisfacerlos. Aunque el nombre de esposa parezca más sagrado y más fuerte, habría preferido para mí el de amiga, o incluso, sin intención de escandalizarte, aquel de concubina o de puta; considerando que cuanto más me humillase por ti, más ganaría títulos antes tus hermosas gracias y menos perjudicaría el glorioso esplendor de tu genio”.
Por las ironías del destino literario, las Epistolae
duarum amantium que se atribuyen actualmente a Eloísa y Abelardo fueron
antologadas, como ejercicios retóricos, por el bibliotecario de Claraval en
1471. Dantesco como soy, aún bernardiano, rindo
homenaje, no al vano Abelardo, sino a esa flecha abrasada de amor que firmaba
Eloísa.