Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.
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martes, 12 de marzo de 2019

El imperio de Philippe Muray.



La caída de los ángeles rebeldes,
Pieter Brueghel el Viejo (1562)

Hace unos meses mi heterónimo recibió un correo electrónico de un amable lector francoespañol que había procurado con tesón admirable dar con nuestra autoría. Nos confesaba que, mientras navegaba en busca de discípulos peninsulares de Léon Bloy, había descubierto en unas anotaciones del peregrino absoluto acogidas aquí y allí una afinidad de estilo con el pensamiento del escritor francés Philippe Muray (1945-2006).

martes, 19 de febrero de 2019

Julien Gracq, leescribiendo.



Epiphany,
Max Ernst (1940)

En el cénit etílico de la jerga postestructuralista un señor sobrio y surrealista, Julien Gracq (1910-2007), autor de novelas perturbadoras y hieráticas, como En el castillo de Argol (1938) o El mar de las Sirtes (1951), publicó un ensayo de crítica literaria de tan exasperada clasicidad que su título, en un gerundio inacabable, requiere la exacta y dual cursiva para su (in)cierta comprensión: Leyendo escribiendo (1980).

viernes, 8 de febrero de 2019

El paraíso de Max Roqueta.



Coin de jardin à Montegeron,
Claude Monet (1877)

Desviándose de la tentación de las visiones apocalípticas que no cesa de aflorar con banal grandilocuencia en este tiempo nuestro y cuyo fin suele encubrir los sórdidos y convencionales tejemanejes que ocupan la ordinaria y depredadora existencia de cualquier forma de sociedad humana, la minúscula lectio de esta celda ha fijado sin descanso, durante las últimas semanas, su meditación en el ejemplo desértico de sus modelos monásticos. Ha deseado orientarse a tientas, con el resplandor de una llama flamígera a su espalda, hacia un Paraíso imprevisto y descartado. Con la brújula de sus palabras sobrepasada, camina aprisa, con paso rápido. Intenta mantenerse al margen de las dominaciones y las potestades de un mundo auroralmente transhumano que mantienen, constante, su esfuerzo por asaltar otro Edén ausente, furiosamente negado. Es consciente de que están ya asomando, coléricos y vindicativos, los primeros síntomas de su reinado sobre las ruinas divinizadas del árbol de la vida.

Como un eco sorpresivo durante la relectura perseverante de los capítulos 2 y 3 del Génesis que subyacen a este estado de ánimo, me he cruzado con los relatos -estampas, etopeyas, bosquejos líricos- de los dos primeros volúmenes (1961, 1974) de Vèrt paradís del médico, poeta, narrador y dramaturgo Max Roqueta (1908-2005). Despliego ante mi mesa una singular edición bilingüe (Cabrera de Mar, 2005). Apresurándome firme, casi salto por encima de la versión catalana para poder respirar, abrasado y límpido, las notas originales, epilogales, de su lengua occitana. He advertido, en su refinada simplicidad, en la pureza labrada de su memoria figurada, una honda y secreta afinidad. 

viernes, 7 de diciembre de 2018

Mi Verlaine, saturnal.



L'étang dans la fôret,
Edgar Degas (1867-1868)


En 1866 Paul Verlaine (1844-1896) costeaba la edición de Poemas saturnales, su primer libro. La crítica, omnívora, repite con delectación que su editor Alphonse Lemerre había lanzado una tirada de 491 ejemplares que, veinte años después de la publicación, seguía sin haberse agotado. Con entusiasmo gélido, en carta privada que ha sido estudiada con el detenimiento caníbal de la crítica literaria, Mallarmé fue acaso de los poquísimos lectores que felicitó al autor, tal vez porque representaba justamente la necesaria antítesis de su búsqueda poética.

viernes, 26 de octubre de 2018

El peregrino absoluto (y II).



Cristo y los peregrinos camino de Emaús,
Duccio di Buoninsegna (1308)


Al final de la Vita nova Dante advertía que peregrino es tanto quien se encuentra fuera de su patria como quien camina a Santiago de Compostela para servir al Altísimo. También así soy un peregrino absoluto. Léon Bloy insistía en que no padecemos otra nostalgia que la del Paraíso, la única patria que hemos conocido. Como bacantes enardecidas, nuestras sociedades del bienestar han profanado, por si acaso, hasta los confines de cualquier Jardín que pudiera conservar un recuerdo que todavía testimonie, entrelíneas, nuestra Caída. De Santiago a Jerusalén, pasando por Roma, con una palma, unas hojas de romero y una vieira, emborrono un cuaderno de exilio, donde no ceso de anotar los espantosos lugares comunes que nos cierran, con las simas de su estupidez, los abismos de Luz que, desesperado, invoco.
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martes, 16 de octubre de 2018

El peregrino absoluto (I).



La cena de Emaús,
Rembrandt (1648)

Hace casi dos años mi heterónimo sondeó si estaría dispuesto a emprender la aventura de un nuevo blog bajo la advocación de Léon Bloy. Desde entonces el peregrino absoluto ha ido publicando los reflejos contemporáneos de aquellos lugares comunes cuya exégesis, pura e implacable, el león de Aquitania practicó con sarcasmo derrotado más de un siglo atrás. En el medio de su camino, observa que sus piezas van encajando en un libro por venir, seguramente impublicable, cuyo destino quizás querría esquivar, aunque sepa que se ha esforzado por merecerlo. Apenas puede descifrar todavía su misión sino a través de una dolorosa técnica de introspección que recién ha comenzado a atisbar entre los trazos de una escritura tan férreamente dispuesta como distanciada intelectualmente.

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martes, 4 de septiembre de 2018

Jugando a dados con Max Jacob.



La mesa del músico,
George Braque (1913)

Con flemática inflexibilidad no desisto de publicar puntualmente cada semana, como si fueran las entradas de un diario imaginado, piezas como ésta que ahora comienzo y que no buscan el aplauso ni la admiración de sus dispersos lectores. Impávidas, les exigen, a fondo perdido, lo más difícil: su atención. Reivindican, medievales, la sola profesión de su artesano.

Siento por ello una extraña y no correspondida afinidad con la obra de Max Jacob (1876-1944). Leo con perseverante estremecimiento, al azar, páginas de El cubilete de dados (1917), casi el signo por alusión de un homenaje deconstruido, como una interjección admirativa, al autor de Un golpe de dados (1897, 1914).

martes, 15 de mayo de 2018

El dáimon meridiano de Mayo del 68.



Cartel de Mayo de 1968

Apenas hace un par de meses ha salido publicado el libro Mayo del 68. Fin de fiesta (Almería, 2018) de Gabriel Albiac (1950). Es la revisión continuada de su Mayo del 68. Una educación sentimental (1993). De oca en oca fetiche y sigue porque siempre les toca. Tras el cuarto de siglo, llega el medio siglo, en que se manifiesta esa versión del demonio meridiano que, si en los Padres del desierto adoptaba la forma de la acedia, ahora cobra la forma voluptuosa de una memoria generacional que no deja de proyectar las estratagemas de un codicioso empeño de destrucción que en sus fantasías de omnipotencia nunca han dejado de practicar celosamente tanto como les ha sido posible. 

martes, 6 de marzo de 2018

En provincias con Pascal.



Moïse présentant les tables de la Loi,
Philippe de Champaigne (1649)


En una de las últimas conversaciones que mi heterónimo, con espaciada regularidad, suele mantener con Daniel Capó, le exponía su calmada indignación por el ataque que la “opción Benito” de Rod Dreher había recibido desde La Civiltà Cattolica por parte de un padre jesuita belga, Andreas Gonçalves Lind. Se la acusaba de “donatismo”. Nada más insinuarle que este tipo de reacciones constituía la réplica cíclica, a escala casi imperceptible, de la crisis eclesial del catolicismo desde los orígenes de la modernidad, su interlocutor le animó vivamente a que escribiese una entrada sobre la consumación de esta Caída que advertimos en sus estertores.

martes, 20 de febrero de 2018

Léon Bloy, ¿heterónimo?



Les Casseurs de pierres,
Gustave Courbet (1849)

Hace una semana conversaba en tránsito mi heterónimo con Jesús Ares en un rincón del aeropuerto. Intentaba explicarle, con su impotencia críptica, que cada uno de nuestros mutuos nombres es la posibilidad que sólo Dios es capaz de grabar con trazo seguro en el libro de una vida que a tientas protagonizamos, inciertos, tras la comunión de los santos. No existe para él otra realidad que la escatológica. Ella marca la diferencia -la herida- de nuestra existencia en cada una de las preposiciones con que testimonia, explorador, la condición de imagen suya. Al despedirse de su paciente y cálido amigo, le vino a la memoria una pequeña nota que ha quedado suspendida, inédita, sin respuesta. Era justo que así fuese. Sus heterónimos no son imaginarios, sino almas transubstanciadas.
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martes, 21 de febrero de 2017

Commedia dell'arte en una tarde musical.





Hace años que no acudo a una representación teatral porque, entre otras razones circunstanciales, me descorazona el método de declamación habitual en España. Rara vez he comentado en este blog obras teatrales, y, si lo he hecho, ha sido más en su dimensión literaria que no en la propiamente espectacular, con la relativa excepción de una entrada dedicada a la representación de una ópera mozartiana en Praga.

Por la sugerencia entusiasta del director dramático, me planté un par de semanas atrás en un pequeño local de Sant Vicenç dels Horts para asistir a la representación de Les Mis 24601, adaptación íntegra en catalán por un grupo amateur del famoso musical Les Misérables (1980), de Claude-Michel Schönberg, una de las cimas de ese subgénero operístico actualizado, popular y, puestos en plan exquisito, aún más vulgarizado que ha triunfado en el último tercio del siglo XX.

martes, 22 de marzo de 2016

La apuesta de Pascal.



Niños jugando a los dados,
Bartolomé Esteban Murillo (1675-1680)

En una entrada reciente de su blog Enrique García-Máiquez se alegraba evangélicamente de esas nada anecdóticas zancadillas profesionales que se sufren cada vez más habitualmente, más silenciosamente, por profesar el Nombre que tantos quieren doblegar. Traigo a estas líneas su reflexión porque El lejano, visitante amigo de este monasterio, escribía allí un comentario que me ha dejado adolorido. “A mí la apuesta de Pascal me ha parecido siempre indecente”.

martes, 15 de marzo de 2016

Sainte-Colombe, ¿jansenista posmoderno?



El Concierto,
Johannes Vermeer (1665-1666)

Hace unos meses mi discípulo blanchotiano me prestó el dvd de la película Tous les matins du mode (1991). No sé si, en su simpática y sistemática desobediencia a algunas de mis sugerencias, me quería indicar que se encontraba a gusto con el personaje de Marin Marais (1656-1728). ¡Qué importa si verla de nuevo me ha hecho retroceder veinticinco años atrás cuando mi amigo ateo y yo acudimos a su estreno! Durante todo este tiempo él ha seguido escuchando entusiasmado la música de Marais, tal como no ha cesado de ejecutarla Jordi Savall. Como entonces, sigo prendido de los tonos de Monsieur de Sainte-Colombe (¿1640-1700?).

martes, 24 de noviembre de 2015

Arthur Rimbaud, escatólogo.



La casa del ahorcado,
Paul Cézanne (1873)

Un compañero de aquel ignoto C.O.U. de mi adolescencia se empeñaba en provocar y hasta escandalizar con sus lecturas de Nietzsche a un buen exfraile tomista que se había convertido en nuestro profesor de filosofía. Las polémicas solían acabar con estas palabras de don Laude que meneaba la cabeza: “No leas esas cosas, que te perjudicas”. Como reprensión, usaba todos los verbos en segunda persona.

martes, 10 de noviembre de 2015

La Cartuja ausente.



Monasterio cartujo cabe Roma,
Karol Telepy (1858)

Hace un par de semanas hube de participar con una ponencia en un Congreso sobre la Cartuja. Rompía así con una decisión que había tomado unos cuantos años atrás. La organización de este tipo de actos, en el mundo de las humanidades y de las ciencias sociales (con perdón), es ya, sin tapujos, un gran fraude aceptado como tal por la “comunidad académica”, si así puede todavía llamársela.

martes, 21 de abril de 2015

La poesía por venir de Yves Roullière.



Nu allongé,
Michel Levy


En un par de ocasiones, por circunstancias sólo académicas, he coincidido con Yves Roullière (1963), traductor francés de Miguel de Unamuno y de José Bergamín. Mis pocas pero intensas conversaciones con él me han dejado claro que, bajo una circunspecta timidez, su suave ironía revela a conciencia un asombro no sólo por nuestra lengua y cultura sino por la pasión que resurge fuera de toda regla, a la manera ibérica, en sus más grandes escritores. Para un tataranieto de Descartes, que una mañana le nazca, imprevistamente, radicalmente europeos, un hijo a Gonzalo de Berceo, o a Lope de Vega, o al propio Unamuno, debe causar, necesariamente, un maravilloso estupor distanciado.

martes, 3 de marzo de 2015

Charles Péguy y un camillero, en la línea de fuego.



Esperando,
Jean Pierre Laurens (1904)

No olvido que fui objetor de conciencia. No me movieron a adoptar aquella decisión razones pacifistas, sino unas palabras de Jesús que me impresionan desde la infancia: “Mi reino no es de este mundo”. Puestos a alistarse, ¿qué mejor ejército que el de las legiones angélicas? Puede que mi postura suscitara algunas reacciones decepcionadas, pero estoy convencido de que, si me tocase morir en una guerra, querría caer honorablemente atendiendo heridos o recogiendo cadáveres de compatriotas, en lugar de morir disparando. Puestos a estar en primera línea, no aspiro más que a ser un camillero, a ser un samaritano. Como en el primero de los relatos de Sudor de sangre de Léon Bloy, ¿acaso hay algo más digno que haber sido uno de aquellos jóvenes caídos defendiendo la celebración del sacrificio eucarístico?

martes, 27 de enero de 2015

Léon Bloy, peregrino absoluto.


Madonna del Bordone,
Coppo di Marcovaldo (1261)

A Léon Bloy (1846-1917), exegeta desesperado de los lugares comunes de la sociedad burguesa, se le puede considerar un panfletario, un reaccionario, un dogmático, un iluminado, un apocalíptico, un magnífico escritor o cualquier otra definición que se quedará siempre corta para asomarse al misterio de su palabra invisible. Él mismo se autodefinía en los títulos de los volúmenes de sus Diarios como el mendigo ingrato, el invendible, el viejo de la montaña o el peregrino de lo absoluto. Cualquier elogio lo emocionaba; cualquier insulto le honraba.

martes, 11 de noviembre de 2014

Maurice Blanchot, Orfeo mudo.



Black on Maroon,
Mark Rothko (1958)


Encaro esta entrada con temor, sin temblor. He logrado convencer a un discípulo –qué rara se me hace esta palabra− para que se ejercite en la tarea, inútil y casi irresponsable hoy en día, de realizar una tesis doctoral. Y además, siendo ambos católicos, sobre Maurice Blanchot (1907-2003). Supongo que leerá estas líneas lamentándose de haber escogido tan mal. A su director, claro. Pero como sus mejores páginas las ha dedicado, entusiasta pero no apologeta, a la mirada órfica de Blanchot, me siento extrañamente obligado a intentar aclarar (¿a quién?: ¿a un posible lector?, ¿a él?, ¿a mí?) cómo (dejan de) significar mis inclinaciones blanchotianas.

martes, 4 de marzo de 2014

Eloísa en Claraval.






En el Infierno, ante tantos sufrimientos como se le presentan, Dante sólo se desmaya una vez, tras oír la historia de Francesca y Paolo: “io venni men cosí com’io morisse. / E caddi come corpo morto cade” (Inf. V, 141-142). Como se ha solido repetir, el genio de Dante es capaz de convertir una sórdida historia de adulterio en una filigrana metaliteraria que fascinó a los prerrafaelitas. Los dos cuñados ejecutan, en un instante, la lectura perfecta del pasaje de Lanzarote que están compartiendo en soledad. El amor cortés rara vez ha alcanzado tanta intensidad en la realidad del arte.

En sentido opuesto, en el arte de la vida, los amores desgraciados de Eloísa (1101-1164) y Abelardo (1079-1142), ausentes en la Divina Comedia, contribuyeron poderosamente a forjar la poesía trovadoresca y el ciclo caballeresco de Chrétien de Troyes. Paradojas de la literatura, al narrador francés también le influyó la espiritualidad cisterciense de S. Bernardo, el adversario más temible del maestro de lógica, cuya condena logró en el Concilio de Sens (1141). En defensa de su antiguo amante, Eloísa, abadesa de Paráclito, tuvo el arrojo de tildar al abad de Claraval, que la admiraba por su saber y por su piedad, de "falso apóstol".

En un libro imprescindible, Heloïse et Abelard (1938), con la atroz precisión quirúrgica que poseen los franceses para el análisis psicológico de los sentimientos amorosos, Étienne Gilson sentenciaba que “en el orden humano, la grandeza de Eloísa es absoluta”. En el orden divino, su monstruosidad podría absolverla de igual manera que debería condenar, a su pesar, al tumefacto Abelardo.

Más que una heroína feminista, Eloísa es una terrorista del amor. Su correspondencia con Abelardo refleja una violenta y disciplinada fidelidad que apabulla a su antiguo amante. Dejando a un lado las dudas suscitadas sobre el grado de autenticidad de estas cartas, la lógica de sus acciones es tan implacable como perturbadora su lucidez intelectual. Que reflejen inexactamente o no a su autora, tanto da. Francesca y Paolo resuelven sus dudas ante Lanzarote y Ginebra. Eloísa convierte el juego de la dialéctica de Abelardo en un arma real de autosacrificio.

Peter Abelard
and His Pupil Eloise

Edmund Blair Leighton
En la Historia Calamitatum Abelardo, que doblaba la edad a Eloísa, apenas una quinceañera cuando la conoció, cuenta cómo, siendo su profesor, la sedujo, incluyendo golpes, la dejó embarazada, la raptó, la obligó a casarse en secreto contra su voluntad, para a continuación despacharla, también contra su voluntad, a un monasterio y así poder seguir desarrollando su vocación filosófica. Todo una enorme y terrible, por no decir criminal, equivocación. Eloísa lo aceptó todo, sin embargo, embargada por un amor que no se extinguió jamás, ni tras la castración de su amante. Le obedeció en todo con una fiereza que rozaba la perfección, hasta en su vida monástica, que la atormentaba con escrúpulos de hipocresía religiosa. El narcisismo sadomasoquista de Abelardo no fue capaz de soportar, pero tampoco de renunciar, a semejante pasión que era puro volcán en actividad.

Sería apresurado considerar a Eloísa una mujer sumisamente enamorada, capaz de transgredir cualquier ley por seguir a su amante. Era él quien jugaba a todas las barajas, haciéndole también trampas a ella. En Piedra de sol (1957), Octavio Paz decía “«déjame ser tu puta», son palabras / de Eloísa, mas él cedió a las leyes, / la tomó por esposa, y como premio / lo castraron después”. Mais non, Eloísa habría preferido ser la “puta” de Abelardo en lugar de haber aceptado su propuesta, cínica, de casarse secretamente con él, para sortear una situación moral, social y familiar que se le escapó de las manos. El condicional compuesto, tan en desuso hoy en día, es fundamental para entender su entrada en el convento. Go to the nunnery!, ordenó este cobarde y despiadado Hamlet bretón.

En Espacio (1954) Juan Ramón Jiménez acertaba más que Paz al hablar de Abelardo, pero no del todo sobre la naturaleza, como siempre juanramoniana, de la pasión de ella: “¿Por qué, Pedro Abelardo vano, la mandaste al convento y tú te fuiste con los monjes plebeyos, si ella era el centro de tu vida, su vida, de la vida, y hubiera sido igual contigo ya capado que antes, si era el ideal?". Eloísa no era el ideal, sino el brillo abrumador de la realidad en su más tersa tensión.

Insisto en que Étienne Gilson da claves tan aterradoras como para tomárselas más en serio que las apelaciones a la inocencia del deseo o del ideal. La pureza de Eloísa es completamente letrada. Según el historiador francés, Eloísa en su vida se arrepintió sólo de haberse casado con Abelardo. ¿Por egoísmo? Al contrario creyó haber pecado contra él. En el oxímoron “era culpable, pero era inocente” se juega su salvación. Desarrollando el magisterio de su amante, se convenció de que había faltado a las exigencias del «amor puro» tal como Cicerón lo exponía en De amicitia y a la doctrina moral de la intención que el propio Abelardo habría expuesto en el Scito te ipsum.

El argumento de Eloísa era claro: si lo hubiese amado con toda pureza, no habría aceptado su proposición de casarse con él. Habría sido su “concubina”, mientras él podría seguir dedicado con plenitud a la filosofía, tal como se concebía esta dedicación en la época para un clérigo. Toda su vida posterior debía ser, pues, un acto de expiación, pues no importaba la bondad del acto sino la rectitud de la intención. El monasterio realizaba performativamente, por su hipocresía religiosa, el castigo de su amor desventurado. Que Abelardo fuese un canalla impotente era, a su juicio enamorado, absolutamente imposible y quizás hasta una brutal injusticia.

“Eres tú, tú, el único objeto de mis sufrimientos, el único que puedes consolarlos. Único objeto de mi tristeza, no eres sino tú quien puede devolverme la alegría o aliviarme. Tú eres el único a quien esto le sea un deber apremiante; pues todos tus deseos los he cumplido ciegamente, hasta el punto que, no pudiendo oponerte la menor resistencia, he tenido el valor, por una sola palabra tuya, de perderme a mí misma. He hecho todavía más: ¡extraña cosa!, mi amor se ha vuelto delirio; lo que era el único objeto de sus ardores lo ha sacrificado sin esperanza de recobrarlo jamás; por una orden tuya he tomado, con otro hábito, otro corazón, a fin de mostrarte que tú eras el solo dueño de mi corazón tanto como de mi cuerpo. Jamás, Dios me es testigo, he buscado en ti sino a ti mismo; solo tú, no tus bienes, he amado. No he pensado ni en los vínculos del matrimonio, ni en la dote, ni en mis placeres o en mis deseos personales. A los tuyos, tú lo sabes, me he entregado para satisfacerlos. Aunque el nombre de esposa parezca más sagrado y más fuerte, habría preferido para mí el de amiga, o incluso, sin intención de escandalizarte, aquel de concubina o de puta; considerando que cuanto más me humillase por ti, más ganaría títulos antes tus hermosas gracias y menos perjudicaría el glorioso esplendor de tu genio”.

Por las ironías del destino literario, las Epistolae duarum amantium que se atribuyen actualmente a Eloísa y Abelardo fueron antologadas, como ejercicios retóricos, por el bibliotecario de Claraval en 1471. Dantesco como soy, aún bernardiano, rindo homenaje, no al vano Abelardo, sino a esa flecha abrasada de amor que firmaba Eloísa.