Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.
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martes, 15 de agosto de 2017

Stilnovismo claravalense.



Apparizione della Vergine a San Bernardo,
Filippino Lippi (1482-1486)

Entre esos detalles que azuzan la curiosidad intelectual de cada cual, hasta ahora parecía no haber encontrado la ocasión de aclararme por qué Rémi Brague, antes de emprender sus grandes ciclos de obras filosóficas, había organizado en 1990 un seminario sobre San Bernardo y la filosofía. En su contribución el autor de La sabiduría del mundo advertía que el debelador de Pedro Abelardo y de Gilberto de La Porrée, en apariencia tan poco amigo de la dialéctica, había afrontado el imperativo socrático de conocerse a sí mismo, aunque con un matiz singular: desvió su atención del verbo a su sujeto. El abad de Claraval habría cuestionado el “sí mismo” de los filósofos. Al orgullo de la divinización filosófica habría opuesto la humildad de la verdad en que uno se mueve. Concluía así Brague refiriéndose a la postura de san Bernardo: “El modelo de «sí» subyacente es el de una pura situación en la urgencia de una acción, de un puro límite del mundo, esencialmente frágil porque está constantemente amenazado hasta en su estatus de ser”.

martes, 26 de abril de 2016

Defensa de la santidad.



Ecce homo,
Andrea Mantegna (1500)

La semana pasada dejaba en el aire el desarrollo de la contraposición secular entre una exaltada ejemplaridad y la olvidada santidad, según las premisas implícitas de Filosofía mundana de Javier Gomá. Como tampoco lograré mi objetivo esta vez, me tendré que conformar con comprobar la causa de mis reticencias “teológicas” al planteamiento de fondo de este autor acudiendo a Necesario pero imposible (2013), el último volumen de su Tetralogía de la ejemplaridad, en el que plantea "¿qué podemos esperar?" desde la perspectiva de una filosofía de la religión.

martes, 1 de diciembre de 2015

Edmund Campion, orador mártir.



The English and Welsh Martyrs,
Daphne Pollen (1970)

Es tradición de este blog celebrar la memoria de los mártires jesuitas ingleses a principios de diciembre. Hoy, aniversario del martirio de san Edmundo Campion S. J. (1540-1581), con más motivo me siento a escuchar el Agnus Dei de la Misa a cuatro voces (1591) de William Byrd. Me detengo, estremecido, en el grito de las notas de petición “Dona nobis pacem”.


martes, 17 de noviembre de 2015

Teresa de Jesús, letraherida.



Santa Teresa y Cristo en una guirnalda de flores,
Daniel Seghers (siglo XVII)

Hace una semana maldecía los Congresos y ahora acabo de participar como ponente de un Coloquio en Praga sobre santa Teresa de Jesús. Tal vez sirva de excusa a esta doblez que mi amigo ateo de la juventud intenta invitarme, cuando puede, a disertar sobre algún tema espiritual. Aprecia en mí, que siempre he creído en la Autoridad, el que jamás haya logrado caer simpático a las autoridades. Quizás por una sorprendente asociación la autora de las Moradas, por cuya escritura él siempre se ha sentido atraído, nos ha dado la ocasión otra vez de cenar en una hospoda, acudir a un concierto y hablar sin descanso. ¿Es necesario añadir que mi amigo, veinticinco años atrás, me descubrió Cavalcanti?

martes, 3 de noviembre de 2015

El abrazo de Esaú.


La reconciliación de Esaú y Jacob,
Peter Paul Rubens (1624)

La pérdida de un hermano abre un vacío que no es sólo psicológico o moral sino metafísico. Perder a los padres nos enfrenta, desnudos, a nuestra fragilidad existencial. Del dolor de un hijo que muere he visto a la gente protegerse para no enloquecer de pena impotente. Con la desaparición de un hermano se siente uno amputado del otro de sí mismo.

martes, 28 de julio de 2015

El rescate de Pedro Poveda.





He dudado durante bastante tiempo en escribir esta entrada, tal vez por prudencia humana. Pero hoy 28 de julio, martes, se cumplen setenta y nueve años del martirio de san Pedro Poveda (1872-1936). Un martes también de 1936 fue fusilado al amanecer contra las tapias del cementerio de la Almudena. Su crimen: haber dedicado su vida a potenciar la educación católica, femenina, a través fundamentalmente de la participación activa de la mujer en un incipiente y moderno sistema público de enseñanza. Creo firmemente que su santidad y su patriotismo merecen mucho menos olvido...

martes, 19 de mayo de 2015

Sir Thomas More, ora pro nobis.



Sir Thomas More with his daughter,
John Rogers Herbert (1844)

“Ningún cuerpo está tan plenamente configurado por el alma como la letra de la Sagrada Escritura está permeada de misterios espirituales”. En estas palabras de La agonía de Cristo, el último libro escrito por Tomás Moro (1478-1535) durante su prisión en la Torre de Londres, refulge dramáticamente la espiritualidad humanista de su autor. Con aquella definición sintetizaba, en la mejor tradición de los Santos Padres, los fundamentos del método exegético-alegórico, mientras se entregaba, en continuidad con la devotio moderna, a una profunda meditación sobre el inicio de la Pasión de Jesucristo.

martes, 7 de abril de 2015

Pobreza y liturgia.



San Benito da la Regla a los fundadores de Monte Oliveto,
Il Sodoma (1505-1508)

Con su lapidaria sentencia “Monachatus non est pietas” Erasmo contribuyó decisivamente al crepúsculo de la sabiduría monástica medieval en los albores de la modernidad. Asociada a partir del Humanismo renacentista con monjes gordos, lascivos, perezosos, codiciosos e inútiles, su destrucción sistemática, desde la Reforma a las desamortizaciones del siglo XIX, obligaría a reescribir aquellas palabras del Enchiridion militis christiani en estos otros términos: “In monachato non est pietas”.

martes, 17 de febrero de 2015

Meditación de la mirada.



La tentación de santo Tomás,
Diego de Velázquez (1631)

Recomendada por Ángel Ruiz, acudí hace un par de meses a la exposición “a Su imagen” en el Centro Cultural de la Plaza Colón de Madrid. Entre cuadros excelentes de Rubens, Juan de Juanes (que he redescubierto) o El Greco, una de las joyas más valiosas que se exponían era “La tentación de santo Tomás de Aquino” de Diego de Velázquez (1599-1660). Hasta el siglo XX este cuadro se atribuyó a un discípulo del maestro sevillano, Nicolás de Villacis, e incluso a Alonso Cano. Pintado en 1631, a la vuelta de su viaje a Italia, Velázquez trata en él un tema muy poco frecuente en su obra: la vida de santos.

martes, 2 de diciembre de 2014

Robert Southwell, poeta mártir.



Vanitas todavía viva,
Jan Lievens (1628)

Ayer, 1 de diciembre, se celebró la memoria de los mártires jesuitas ingleses. Hace un año recordaba en estas líneas aquel mundo recusante de la Inglaterra elisabetiana a través de la música de William Byrd, citando entre líneas la figura de san Roberto Southwell, S. J. (1561-1594). Hoy deseo retomar su singular personalidad, poética e histórica, porque su testimonio de fe arroja luz también sobre nuestra sombría época.

martes, 23 de septiembre de 2014

Thomas Becket, mártir eliotiano.



La muerte de Becket,
Lutrell's Psalter (1320-1340)

La poesía de T. S. Eliot me fascina con un punto de repulsión. En el medido vanguardismo de The Waste Land (1922) advierto una educada contención ante los lectores. El poeta no sólo controla sus emociones, sino que, horrorizado, se apresura a detener, si le es posible todavía, las reacciones excesivas de un público que podría avergonzarlo. En Four Quartets (1943) este efecto, ambiguo, sigue siendo magistral: memoria y lenguaje se funden en el lirismo de una inteligencia que se resiste a ser despojada de sus atributos helénicamente divinos. En un sentido paradójicamente platónico, la manía poética brota de la mirada teórica.

De modo soberano, Eliot poeta es ininteligible si se obvia su condición de crítico literario. Basta hojear las notas que añadió al final de su propia tierra baldía. Practicar la crítica es una manera de marcar la civilizada distancia que debería mediar entre el autor y su audiencia. La trillada anécdota de Ezra Pound pasando la podadera por su gran poema ha contribuido a alimentar ese mito eliotiano que tiene su correlato cronológico en la casi simultánea publicación de la colección de reseñas periodísticas The Sacred Wood (1921). En ellas Eliot planteaba temas centrales de toda su reflexión posterior que, como digo, aúna ensayo y obra creativa: la función de la crítica, la fuerza operativa de la tradición, la construcción de un canon occidental tras el Romanticismo y el programa de una cultura liberal, las líneas de intersección entre religión y literatura…

Bajo su preocupación por aquellos temas me llama la atención sus primeras escaramuzas alrededor del drama poético en ensayos como “Rhetoric and Drama” y, sobre todo, “The Possibility of a Poetic Drama”. En éste último, evitando entrar en si convenía más la prosa o el verso o si cabía valorar principalmente la oposición entre entretenimiento y estructura, Eliot sostenía que “lo esencial es poner en escena una precisa declaración de vida que es al mismo tiempo un punto de vista, un mundo –un mundo que la mente del autor ha sujetado a un completo proceso de simplificación”.

Es ya lugar común señalar los paralelismos entre las bases teóricas que Eliot planteó en “Dialogue On Dramatic Poetry” (1928) y la elaboración de su obra teatral Murder in the Cathedral (1935), que gira sobre el martirio de santo Tomás Becket (1118-1170). Tras releerla, sigo creyendo que sobre la idea formulada tan escuetamente antes de 1921 se apoya el universo teatral de una obra conscientemente fallida en sus propios presupuestos. En cierto sentido, es de una rotunda perfección técnica y de una férrea coherencia dramática, pero aun así tengo la impresión de que en ella Eliot se esfuerza por ocultar las contradicciones teológicas y estéticas del clasicismo anglocatólico de su credo poético.

Comprendo el entusiasmo de un teólogo tan fino como Louis Bouyer por el drama de Eliot, en el que encuentra una imagen fiel del sentido cristiano del martirio. Frente a la indiferencia estoica de los héroes de Corneille, Becket “se entrega a la muerte sin temblar pero no sin sufrimiento, sin frases declamatorias con que apartar lejos de sí el resto de la creación, sino al contrario con un impulso de amor que le lleva inseparablemente hacia sus hermanos y hacia el Padre”. Sí, reconozco en Eliot ese Becket que rechaza, en el primer acto, la tentación más sutil del martirio como camino para obtener, en una transubstanciación pagana, el poder, la gloria y el Reino en la memoria de los hombres. Y también lo reconozco en el Becket crístico del segundo acto cuando se adelanta a la muerte a favor de su rebaño. Pero, como decía Eliot crítico, lo que importa al final no es tanto el sacrificio individual sino “el mundo que la mente del autor ha sujetado a un completo proceso de simplificación”.

A Eliot le preocupaba destilar como estructura contemporánea del drama la síntesis entre el destino griego de Eurípides y el marco histórico del teatro elisabetiano, que hundía sus raíces en la representación de los Vicios medievales y en la dimensión litúrgica de los autos sacramentales. Se proponía dar con la fórmula alquímica del ánimo, del tono y de la situación dramática modernista. Pero era consciente de dos hechos. En primer lugar, entre drama y religión se da un hiato mimético: sacrificio y representación no coinciden exactamente. En segundo lugar, y este es su error, la liturgia sería antirrealista en la medida que sirve para reparar la escisión entre libertad y forma.

Entre el coro esquíleo y la fantasía shakespereana, Murder in the Cathedral es una High Mass anglicana: la representación de un misterio cuyas claves, sagradas, se han perdido estéticamente. La ruptura de la ilusión escénica por los cuatro caballeros al final de la obra para convencer al público de la dudosa legitimidad de su crimen, por más irónicas que puedan ser algunas de sus intervenciones, es definitivamente protestante. Donde el ausente rey Enrique encarna un Creso apolíneo –el Estado que domina la Iglesia− Becket opone los derechos ambiguos de una Antígona medieval. 

El Te Deum final, letánico, es una muestra de solemne impotencia con que Eliot desea revestir melancólicamente la pertinencia de una tradición evaporada. Así se entiende que el personaje de Tomás Becket intente consolar al coro. Al cumplirse el propósito de Dios, de todos aquellos sucesos quedará tan sólo un sueño que, al relatarse, cambiará: “Parecerán irreales. / La especie humana no puede soportar mucha realidad”. Si se fuera coherente, tras acabar la obra, un anglicano debería convertirse, apesadumbrado, al catolicismo romano.

“Doy mi vida
por la Ley de Dios sobre la Ley del Hombre.
¡Desatrancad la puerta! ¡Desatrancadla!
No triunfamos luchando, con estratagemas, o resistiéndonos,
ni luchamos contra las bestias como contra los hombres. Contra la bestia nos hemos enfrentado
y hemos vencido. Debemos sólo vencer
ahora, sufriendo. Ésta es la victoria más fácil.
Ahora es el triunfo de la Cruz, ahora
¡abrid la puerta! Lo ordeno. ¡Abrid la puerta!”.

Entre ambas leyes, Becket, y More, eligieron, en cambio, el Espíritu.



martes, 29 de julio de 2014

La despedida de Mr. Newman.



Duccio di Buoninsegna ,
Commiato di Cristo dai discepoli (1308-1311)

Tengo ante mí la dedicatoria que mi amigo ateo estampó en una edición de segunda mano, de amplio margen y páginas doradas, de la King James’ Version con que me obsequió después de un largo viaje: “It stood still, but I could not discern the form thereof: an image before mine eyes, there was silence, and I heard a voice, saying” (Job 4, 15-16). Guardo ese ejemplar como otro de esos tesoros que aguzan mi oído a una musicalidad apenas perceptible sino al espíritu. El don extraño de la amistad resplandece con un fulgor cálido en la hora del páramo.

He estado leyendo la traducción del séptimo volumen de los Sermones parroquiales (Madrid, 2014) del beato John Henry Newman (1801-1890). El más famoso converso inglés reunió en él sermones dispersos a petición de un amigo suyo que quería publicarlos por su cuenta. La edición española añade el último sermón que, como anglicano, Newman predicó el 25 de septiembre de 1843. Después se retiró a su pequeña casa de Littlemore donde estudió y escribió pero sobre todo oró y ayunó, junto a algunos pocos discípulos, antes de dar el paso de “regresar” a la Iglesia Santa, Católica, Apostólica y Romana. Al tercer año, en 1845.

Es un sermón de una perfección técnica y de una belleza extraordinarias. Traducido como “Separarse de los amigos”, el original se titulaba “The Parting of Friends”. Como dijo Edward Pusey (1800-1882), que había presidido la celebración del servicio entre lágrimas, “it implied, rather than said, Farewell”. Los dos amigos se partieron, pero quién sabe hasta dónde se separaron.

Newman se despide de sus amigos haciendo vibrar los acordes más íntimos de su identificación cristológica con la liturgia de la última cena eucarística. Desde la primera frase refulge tan contenidamente esta unión que los oyentes, que asistieron al oficio como si fueran a un funeral, quedaron traspasados de emoción: “Cuando el Hijo del Hombre, el Primogénito de la Creación de Dios, llegó al anochecer de su vida mortal, se despidió de sus discípulos en un banquete”. Como Cristo, el predicador se reúne con los suyos en la hora sazonada, cumplida, triste, del adiós para celebrar la fiesta.

Newman supo entrelazar, con precisión exquisita, su situación personal y el motivo litúrgico de la ceremonia: el séptimo aniversario de la dedicación de la capilla de Littlemore. Cerca de las Témporas, el clérigo tractariano puntea la alegría de la cosecha con los temblores de un otoño que ya se anuncia. Construido sobre el modelo joánico del discurso de despedida, este sermón intenta reproducir, imitar, la identificación del pan de la Palabra con el pan partido que es memorial de la Pasión y Muerte de Jesucristo. 

Lector incansable de los Padres de la Iglesia, Newman acumula citas de las Sagradas Escrituras, tejiéndolas en un crescendo a la vez emocional e intelectual. Logra así crear una atmósfera de expectación, de angustiada esperanza. Siguiendo los ejemplos de Jacob, de Ismael, de Noemí, de David y de Pablo, de acuerdo con la exégesis patrística ve prefigurados en ellos al Redentor que también llora sobre la Casa de Sión, la Jerusalén-Iglesia de Inglaterra que desprecia a los hijos que más la estiman.

La cita del salmo 104 que encabeza el sermón, en la version de King James', sirve de declaración de un rigor cortante: “Man goes forth to his work and to his labour until the evening” (v. 23). Como el salmista, Newman sabe que, al llegar esa noche, “rondan las fieras de la selva; los cachorros del león rugen por la presa, reclamando a Dios su comida”. Sin embargo, no desespera, no se asusta, se encamina sobriamente a su Getsemaní. Como su amigo Pusey advirtió, la profundidad del estilo de todo el sermón se debe a que “self was altogether repressed, yet it showed the more how deeply he felt all the misconceptions of himself”.

Es tal la identificación mística entre Cristo y el propio Newman, que el predicador al final se asusta de su enormidad hasta el punto de dar un paso atrás. Entre líneas, se ha estado presentando como víctima sacrificial. Como un nuevo Cristo, su reducción al estado laical por propia voluntad es una ofrenda (en conciencia) por la salvación de sus hermanos; es participar íntimamente del misterio de la comunión en su dimensión eclesial y mística. Pero concluye Newman: “La Escritura es el gran refugio en las tribulaciones, siempre que nos guardemos de extralimitarnos en su uso, o de ir más allá de ponernos a su sombra”. En el tiempo posterior de su “sepultura” antes de convertirse al catolicismo, vivirá con intensidad taL que, siendo sagrada y celestial, el lenguaje de la Escritura, expresando nuestros sentimientos, “los purifica y refrena, al tiempo que los sanciona”.

Edward Bellasis recordaba en una carta a su esposa que en el famoso párrafo final de su último sermón anglicano Newman hizo una pausa emocionadísima tras llamar a los congregados “amigos míos”. Al bajar del púlpito dejó la estola de Master of Arts sobre la barandilla del comulgatorio. Con este gesto no sólo quiso simbolizar que su ministerio había acabado, sino que creo también que se desnudaba –se desceñía- de la toalla con que había “lavado los pies” de su comunidad. Todo lo había dado y ahora se entregaba a la voluntad del Padre.

"Oh hermanos míos, oh corazones afectuosos y generosos, oh amigos queridos, si sabéis de alguien cuya suerte ha sido, por escrito o de palabra, ayudaros a obrar así en alguna medida; si alguna vez os dijo lo que sabíais sobre vosotros mismos, o lo que no sabíais; si ha sido capaz de discernir vuestras necesidades, o vuestros sentimientos, y os ha consolado con ese discernimiento; si os ha hecho sentir que había una vida más alta que esta vida de todos los días, y un mundo más brillante que este que veis; si os ha animado, si os ha tranquilizado, si ha abierto una vía al que buscaba, o aliviado al que estaba confuso; si lo que ha dicho o hecho os llevó a interesaros por él, y sentiros bien inclinados hacia él; a ese, recordadle en los tiempos que han de venir, aunque ya no le oigáis más, y rezad por él para que sepa reconocer en todo la voluntad de Dios y para que en todo momento esté dispuesto a cumplirla".
(John Henry Newman, Sermón "La despedida de los amigos").  
Mi antiguo amigo sigue siendo ateo. En el 150 aniversario de la Apologia de Newman vuelvo los ojos a aquellos tiempos y oigo la voz repitiéndome: “Shall mortal man be more just than God? Shall a man be more pure than his maker?”. Esa es mi oración.

martes, 6 de mayo de 2014

Maestro Ávila, doctor místico.







Ante vacíos de programación, mi párroco, que dirige por obediencia una institución diocesana –más− en ruinas, me suele pedir, de tanto en tanto, que me haga cargo de alguno de los cursos de formación que programa. Entre abril y junio, a instancias suyas, estoy perorando sobre el Audi filia (1556, 1574) de san Juan de Ávila (1500-1569), patrono del clero diocesano español y, desde 2012, doctor de la Iglesia Universal.

Tengo una mano de alumnos cuya media de edad debe de rondar los sesenta y muchos años. Aunque suele recibirse la recomendación de que el profesor invite a su club de fans, a fin de disimular el páramo, un monje güelfo y forastero, por no tener, ni busca fans. Mis poquísimos oyentes, agradecidos, suelen mirarme en su mayoría como si fuera un fenómeno natural: algo incomprensible pero real.

Confieso que esta vez he intentado escabullirme. Pensado con serenidad, es absurdo que, tras todo el día de trabajo, llegue los jueves derrengado a casa a las 10 de la noche, con mi mujer atendiendo sola a nuestros cuatro mosqueteros. Me ducho, hago nuestra cena y le pregunto a mi mujer en qué me he equivocado.

“Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. “No quiero” (Mt, 21, 28, 29). Me arrepiento y voy releyendo el Audi filia con tanto entusiasmo como tristeza por el olvido de los estudios de literatura espiritual, que no de historia eclesiástica. La “nueva edición crítica” de las Obras Completas avilinas de 2000 actualizaba la edición de 1970. Es decir, el lector del siglo XXI se introduce en los escritos del Apóstol de Andalucía con la edición de Luis Sala Balust, fallecido hace cincuenta años, y de Francisco Martín Hernández, ya catedrático emérito cuando revisa la que había preparado él treinta años antes.

Es legítimo preguntarse si sigue siendo un lugar teológico operante, no meramente arqueológico, las obras de los grandes maestros espirituales cristianos, más allá de los simposios y publicaciones que organizan sobre sus fundadores las órdenes religiosas con sus fans para justificar su menguante existencia. Más que un cambio de paradigma, están en juego la capacidad de adaptación y de pervivencia del concepto mismo de transmisión cultural y con él la inteligibilidad de los marcos intelectuales del mensaje cristiano, no sólo en un plano sincrónico (para eso ya están las abominables guitarras) sino sobre todo en un plano diacrónico (la comprensión del Ave verum corpus de William Byrd).

Me abandono al ritmo interior del Audi filia a ver si logro percibir, todavía, la emoción y la fuerza espiritual de su escritura inspirada en un par de versículos del salmo 44. Tengo ante mí la transcripción de las dos ediciones: la que se publicó sin consentimiento del autor en 1556 en la imprenta de Juan de Brocar, incluida tres años después en el Índice de Valdés, y la que su discípulo Villarás publicó póstumamente en Madrid en 1574. 

Audi filia es la obra de una vida, una auténtica work in progress, sobre la que Juan de Ávila, desde su primera intuición en las cárceles de la Inquisición en Sevilla en 1533, no dejaría de volver como catequista, apóstol y maestro hasta su muerte. Doña Sancha Carrillo y su círculo de damas amigas, destinatarias originales de estos avisos espirituales, cristalizaron en las interlocutoras ideales de estas conversaciones sobrenaturales.

Entre las ediciones de 1556 y 1574, entre la madurez y la vejez, se produce una leve inflexión desde el sentido del oído (et inclina aurem tuam) al de la vista (et vide). En la consideración del misterio de Cristo y del beneficio de su redención la fe basada en la Escritura pasa a tener decididamente por meta la contemplación por medio de la oración, como lo demuestra el breve tratado que le dedica, en su parte central, en la edición revisada.

Si san Agustín sostenía la armonía de fe y razón en el quiasmo de entender para creer y creer para entender, el Maestro Ávila comprendió que ver para escuchar conduce a escuchar para ver más y mejor. Jesucristo, centro de toda la reflexión avilina, se nos aparece como el sagrario de la Santísima Trinidad. Deshaciéndonos de los ruidos externos, que impiden oír realmente, el hombre camina en el conocimiento de sí hasta su olvido por identificación con Cristo.

El evangelismo católico de san Juan de Ávila se basa en la Escritura, que es el espíritu que alienta en la Tradición de la Iglesia, cuerpo de Cristo en que Padre e Hijo se comunican y al que se comunican en el Espíritu.

“Y así como arriba os dije que hemos de suplicar al Padre, diciendo: Mira, Señor, en la faz de tu Cristo, así nos manda el eterno Padre, diciendo: «Mira, hombre, la faz de tu Cristo; y si quieres que mire yo a su faz, para te perdonar por él, mira tú a su faz, para me pedir perdón por él». En la faz de Cristo, nuestro mediador, se junta la vista del Padre y la nuestra. Allí van a parar los rayos de nuestro creer y amar, y los rayos de su perdonar y hacer mercedes”.


Al acabar la última clase, agotado, boqueando, entré en la capilla en el momento en que se iba a impartir la bendición con el Santísimo. Era como si faltase la mirada lega.

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P.S. En Compostela ha iniciado una espléndida serie de entradas avilinas, estilísticas y espirituales, sobre las Lecciones sobre la primera canónica de San Juan.


martes, 11 de febrero de 2014

Mi pequeño monasterio.



Cristo abrazando a San Bernardo,
Francisco Ribalta (1624-1627)

Según Jean Leclercq, el escolástico sería un dialéctico inmerso en la vida ciudadana; el monje, un gramático que anhela la ciudad celeste. Fronteriza, mi dialéctica procura ser escatológica: busca la verdad más allá de la probabilidad en la que, a tientas, humanamente, nos vemos obligados a movernos.

Por indicación de mi amigo germanófilo, me encontraba estos días leyendo El complejo antirromano, de von Balthasar. Como güelfo bernardiano, acostumbrado a las derrotas, me ha impresionado mucho una reflexión que sale al paso en la primera parte, como quien no quiera la cosa: “Al parecer lo bíblica y cristianamente importante es romper la desobediencia irrespetuosa de Adán y Eva con una obediencia intransigente, y lo secundario que el hombre estalle a gritos o se quede afónico y se retuerza como Elías, agotado en el camino; como Jeremías, que se encrespa; como Jesús en el monte de los Olivos. No parece importar mucho que la aquiescencia, en vez de espontánea y natural, arranque de un interior desgarrado, hecho de flaqueza, al cabo de las fuerzas, sin aliento, cuando todo incita a un «no»”. Pondré unos pocos ejemplos cotidianos, adelgazados al esqueleto.

A partir del segundo embarazo, mi mujer y yo nos acostumbramos a que en la primera visita de seguimiento en el sistema público de salud las ginecólogas le preguntasen con naturalidad si era promiscua y/o drogadicta, por el bien de bebé. Como parte del mismo protocolo rutinario, con contenida indignación la amonestaban por nuestras irresponsables prácticas reproductivas. Por defecto, se le preguntaba también si deseaba continuar con el embarazo. Sólo respiraban aliviadas tras la primera ecografía, al comprobar que la evolución del feto era “normal”. He visto a mi mujer descompuesta, insinuar tan sólo una queja, y observar la más absoluta indiferencia. El protocolo. Salíamos mutuamente humillados.


Esa humillación se volvía nada al sentir la emoción de ver nacer hijos de partos naturales decididos por mi mujer y garantizados por una atención sanitaria pública inmejorable. Ha podido recogerlos, temblando, mientras salían de sus entrañas para darles, entre lágrimas de sufrimiento y alegría, la bienvenida al mundo en su regazo. He ido comprendiendo cada vez mejor las palabras del evangelio de Juan: “La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, no se acuerda del apuro por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre” (Jn 16, 22). Niño o niña, cuando los ha depositado en mis brazos, exhausta, he sabido que profesaba ante ella de nuevo un voto escatológico, un sacramento.

Con el cuarto hijo su colegio contempla la posibilidad de subvencionarle la escolaridad, aunque no sus múltiples extras ni otras exacciones solidarias. Entre ochocientas familias, éramos la primera que en años tenía derecho a esta disposición. Insistimos. No ser pobres no quiere decir vivir desahogados. El gerente nos reconvino que, en realidad, no era problema de la escuela que tuviéramos tantos hijos. Soportamos impacientes un discurso implícito sobre la paternidad responsable. De un cristianismo progresista cristalino. El Director Titular −majadero de manual− displicentemente nos instó a rellenar una solicitud. La redacté con placer de retórica administrativa: “Es merced que esperamos recibir de su generosidad”. La concedió, aunque parece que se sintió ofendido. "¡Qué valientes!" es la expresión más animosa que podemos recibir cuando sólo cuidamos de cuatro.

Conocemos la hiel de la calumnia. Para salvar el monasterio, hay que estar dispuesto a decir: “Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos” (Jn 18, 8). Mi mujer hasta logró sacarme del Pretorio sin un rasguño físico, mientras que en el Sanedrín -hasta Pilatos y Herodes solos tienen más escrúpulos morales- se pusieron a debatir si les convenía combinar el chantaje con la coacción. En este caso, como cantó Pere Gimferrer, "Si pierdo la memoria, qué pureza".

Afónicos, agotados, encrespados, desgarrados, flacos, sin aliento, aún se nos ha dejado fuerzas para no decir «no». En un monasterio familiar “mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros” (2 Cor. 4, 11-12). Cada día, levantando los brazos al cielo. ¡Cuántas familias así!

Mi amigo germanófilo, que también tiene su monasterio, anda desanimado últimamente, por razones diversas que comparto y que com-padezco. Entre sus amigos, pedía a Cavalcanti que, intercediendo por él, leyese en espíritu un sermón de san Bernardo sobre el Cantar de los Cantares. Tomándomelo muy a pecho, me he apresurado a cumplir su voluntad, abriendo el sermón 72.

"Aspirará el día y respirará la noche. Noche es el diablo, noche es el ángel de Satanás, aunque se disfrace de mensajero de la luz. Noche es también el Anticristo, a quien el Señor destruirá con el aliento de su boca y lo aniquilará con el esplendor de su venida. ¿Acaso no es el Señor ese día? Día radiante de luz y de brisa; disipa las tinieblas con el soplo de su boca y a la luz de su llegada desbaratará los fantasmas".

Consolémonos obrando, orando, en la espera de aquel día en que "los que están en la noche aún entenebrecerán más, y los que ven verán mejor". Entretanto suframos en el parto de nuestra vocación, monástica e intelectual. Será que algo podremos enseñar, porque algo, aunque sea de noche y a oscuras, hemos logrado aprender alegremente.


martes, 7 de enero de 2014

Gramática y Escatología.




Abadía de Lerins


¿No es paradójico que un güelfo como Cavalcanti profese de continuo simpatías monásticas? ¿No es acaso el claustro, feudal y campesino, septentrional, lo contrario de la pujanza económica y social de las ciudades meridionales? Las libertades culturales que protegen esas murallas ciudadanas, ¿no han sido baluarte contra las desigualdades económicas y sociales que siempre amenazan su cohesión? Aun siendo casi cierto, Cavalcanti insiste en querer ser un monje del arcén digital.

Acabo de releer un libro maravilloso: El amor a las letras y el deseo de Dios (2ª ed., 1963), del monje benedictino Jean Leclercq (1911-1993). Mi amigo germanófilo lo incluye en el género de las “cartografías espirituales”, pues traza un panorama general de la literatura monástica entre los siglos VIII y XIII. En sus páginas Leclercq analiza tanto las aportaciones literarias como el significado espiritual del monaquismo occidental, con una claridad de estilo, de estructura y de interpretación que ha convertido esta obra en mucho más que un clásico.

Siguiendo su itinerario, se debe reconocer, aun a regañadientes por sus adversarios, que conceptos como humanismo y renacimiento jamás se habrían acuñado en Europa si no hubieran sido previamente fundidos en el yunque de la oración y de la liturgia en los monasterios.

El Renacimiento carolingio, el renacimiento del siglo XII y hasta el Renacimiento por antonomasia, el del siglo XVI, sólo adquieren su pleno significado a la luz de la actividad de los monjes, lanzados en cuerpo y alma no a la búsqueda y a la disputa de verdades, como los escolásticos, ni tampoco al goce de sus bellezas, sino a la contemplación de Dios que traspasa, y sobrepasa, las unas y las otras.

El humanismo monástico, que en un arrebato Leclercq llama “humanismo escatológico”, no puede ser considerado la antesala de la escolástica y, mucho menos, un estadio reactivo del humanismo secular. Erasmo, canónigo regular, no descubrió el Mediterráneo de la piedad interior tan sólo en la devotio moderna, sino que debió formársele en los labios y en el corazón, ¿a su pesar?, con el recitado divino del oficio litúrgico, en la lectio continua de la Sagrada Escritura.

Leclercq insiste en un punto crucial: existe una única teología cristiana, con diferencias –maravillosas- de matices: la escolástica, especulativa; literaria, la monástica. Esta última, escondida, olvidada, ha regado y ha sostenido el deseo humano de una inteligencia vuelta no sólo hacia las abstracciones sino a la experiencia directa, carnal, de la economía de la salvación.

Aunque probar la existencia de Dios haya sido una cuestión decisiva de la ontología, en general los hombres y las mujeres occidentales, aparte de las selectas clases de iluministas y deístas, no han solido adorar cualquier versión del actus essendi sino al Dios hecho hombre en la historia, que enseñó con parábolas y que rezó en la tradición del Libro del pueblo de Israel.

En su monumental Gloria: una estética teológica, a Hans Urs von Balthasar, de tanto rastrear entre filósofos y poetas, se le olvidó esta tradición monástica. San Bernardo seguramente le parecería un esteta sin el rigor intelectual que exige la Academia. Resulta aterrador cómo von Balthasar sepulta a paladas la obra de los Victorinos, de la Escuela de Chartres…, despachada como una mera transición al edificio tomista que representa el mundo urbano de las Universidades.

Como un tópico, no suele tenerse ya suficientemente en cuenta que en aquellos monasterios se había conservado, con todas sus limitaciones, durante cinco siglos la cultura de Occidente: la literatura latina y las enseñanzas de los Padres de Oriente y de Occidente. Como una impostura, se impone el relato científico de la dialéctica y de la lógica. Los monjes, en cambio, siguieron guardando en su corazón y en sus labios la gramática y la retórica.

Anhelo la sancta simplicitas que explica Leclercq, que es el arte más difícil de vivir. En ella se puede releer la fragmentada unidad de nuestra intimidad. Por ella advertimos cómo sólo la escatología del Bien es capaz de tensar la gramática del ser. Tras ella la belleza y la verdad se abrazan y se persiguen en puntos de fuga hacia la santidad inaccesible de Dios que, empero, se manifiesta en las letras de un deseo insaciable. En su lectura atenta, humilde, se vislumbra el Logos eterno.

Enfurecido con la Escolástica, que desemboca en el voluntarismo escotista, el protestante Nietzsche maldecía el lenguaje como garante de la continuidad del ser: “Mucho me temo que no conseguiremos librarnos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática…”. Los monjes, librándose de la gramática, siguen creyendo en Dios, bendiciendo en cada una de sus trampas la posibilidad de dar el salto hasta el Creador.

“La fe y la literatura, lejos de saciar al cristiano, estimulan su sed de Dios, su deseo escatológico. La función de la gramática consiste en crear en él una exigencia de belleza integral; la de la escatología, indicar la dirección en que hay que mirar para que quede satisfecha. Es un libro que el dedo de Dios escribe en el corazón de cada monje; ningún otro lo suplirá. Unir a una cultura pacientemente adquirida una simplicidad conquistada a fuerza de fervoroso amor, conservar un alma simplificada entre los variados recursos de la vida intelectual, y para ello situarse y mantenerse al nivel de la conciencia, elevar hasta ella la ciencia y no dejarla decaer, he ahí lo que hace el monje culto; es un sabio, un letrado, pero no es un hombre de ciencia, un hombre de letras, un intelectual, sino un espiritual”.

Lejos de tal ideal, aunque por güelfo, aspiro a ese silencio de acordes celestes. La ficción de mis críticas expresa la sinceridad de mi deseo. ¿Por qué, si no, me consuela saber que “la retórica se ha convertido en parte de sí mismos, y pueden, sin desdoblarse, manteniéndose plena y únicamente monjes, hacer de ella la expresión de su sinceridad”?


martes, 31 de diciembre de 2013

Bernardo de Claraval, padre de Dante.



San Bernardo de Claraval,
Fra Angelico (1440)

Tuve una profesora de filosofía, acérrimamente heideggeriana y antitomista, que se lamentaba seriamente de que yo no hubiese nacido en el siglo XII para poder ser secretario de san Bernardo de Claraval (1090-1153). Excepto un amigo íntimo, completamente ateo, todos mis compañeros tomaron su ocurrencia como una boutade. Todavía no sabía que un hermano de Bernardo comparte el nombre de pila de Cavalcanti. Casado y con dos hijas, le costó seguir su llamada. A veces me pregunto si mi mujer y yo no hemos fundado también, a nuestra manera, un monasterio. Guido, c’est moi.

De aquellos tiempos universitarios me quedan ciertas reticencias antineoescolásticas. Si santo Tomás de Aquino no hubiese sido un místico de la inteligencia, que cierto catolicismo siga justificando a piñón fijo la philosophia perennis daría la razón a la exégesis liberal al clamar contra su ontologización del mensaje cristiano. Benedicto XVI, teólogo consciente del poder ordenador del Logos, más agustiniano que tomista, se ha remontado a las palabras de san Bernardo para asegurar que “también nosotros debemos reconocer que el hombre busca mejor y encuentra más fácilmente a Dios «con la oración que con la discusión»". Por experiencia se aprende que la razón sin la contemplación suele acabar, paradójicamente, en callejones posmodernos.

Quisiera creer que la Divina Comedia, tan armónica, tan algebraica, descubre la plenitud en esas humildes y portentosas verdades claravalenses. En el cuarto cielo o cielo del sol Dante situaba a los sabios, filósofos y teólogos, como santo Tomás. En el Empíreo residen María, los ángeles y los bienaventurados como san Bernardo.

Virgilio y Estacio, la antigüedad clásica, guiaron a Dante a través del Infierno y del Purgatorio, hasta que sola Beatriz, amor gozoso de la luz, lo conduce hasta el Paraíso. Allí, feliz y hermosa, debe retirarse en lo más alto para que el padre Bernardo, en la trinidad apoteósica de los cantos finales, pueda introducir al Poeta en la comunión contemplativa de Dios. Si santo Tomás había resuelto problemas epistemológicos que inquietaban el alma de Dante, san Bernardo, sonriendo, le indica con una sola mirada dónde alcanzar ¡por fin! la ciencia del amor.

Étienne Gilson, que dedicó páginas luminosas al tomismo de Dante, descartaba la influencia directa de la obra del abad de Claraval sobre la literatura medieval. Que el autor de la Divina Comedia se acogiese a su compañía en el éxtasis final de su viaje no sería entonces más que un homenaje a uno de los grandes maestros de la vía mística. Conociendo al toscano, sin embargo me resisto a creer que la figura del autor de De consideratione funcionase sólo como un símbolo con que alegorizar la contemplación del misterio de la Trinidad y de la Encarnación.

Con santa malicia, Dom Leclercq consideraba a Dante “víctima de la «leyenda mariana», a la que le da un nuevo impulso” poniendo en boca de Bernardo “una de las más bellas plegarias que se han escrito a Santa María”. Pero, como observaba también, Dante había descubierto en el abad un maestro bajo cuya autoridad oponerse a los excesos dialécticos de la escolástica.

¿Será descabellado pensar que Bernardo pudiera ser para Dante la imagen de un maestro en el arte de la escritura y en el de la política? En uno y otro campo, el cisterciense sobresalió y fracasó con una grandeza que el exiliado florentino debió de admirar devotamente.

Mirado con frialdad, Bernardo es un santo que asusta. Antes que teólogo fue poeta. Dominó los recursos expresivos de la lengua literaria y los amplió y matizó con un exceso de sobriedad cordial que ejemplifica los límites de la libertad entre la creación y la retórica. Como político, su capacidad de seducción fue tan poderosa como su torrencial habilidad para equivocarse, siempre con una integridad inquietante. Así, a propósito de su papel en la predicación de la segunda Cruzada, es legítimo también preguntarse como Thomas Merton “si Bernardo no era más él mismo en Vézelay que en Claraval”.

Marrullero con Abelardo, profético ante Eugenio III, S. Bernardo resplandece ciertamente como el último Padre de la Iglesia, inspirando Oriente, espirando Occidente. Sus Sermones sobre el Cantar de los Cantares deberían ser lectura obligada antes de emprender cualquier reflexión cristológica. Su respiración es tan intensa, tan gótica, que Dante hubo de homenajearlo con la perfección técnica de un genio parejo: los tercetos exactos de una oración. El abismo del Ser resuena en sus rimas, consustancialmente humanas y divinas.

“Vergine madre, figlia del tuo figlio,
umile e alta piú che creatura,
termine fisso d’etterno consiglio,
tu se’ colei che l’umana natura
nobilitasti sí, che’l suo fattore
non disdegnó di farsi sua fattura.
Nel ventro tuo si raccese l’amore,
per lo cui caldo ne l’etterna pace
cosí è germinato questo fiore”. 

Hijo también de su hijo, Bernardo formó en Dante, por amor de su obra, la eterna rosa de su hábito blanco. La paz del Paraíso ilumina su diálogo.


martes, 10 de diciembre de 2013

Hace 900 años.





Durante mucho tiempo me empeñé en ser poema, aunque nunca lo logré ni de lejos. Hubo una etapa, corta, en que hasta me atreví con lo que más temo, que son la ristra de versos. Traigo hoy aquí uno de aquellos poemas, no porque valga, sino porque admiro la santidad de su protagonista, tanto como sus escritos y (casi) como la música suya que tanta paz me ha concedido, tan epifánica. Todo en ese poema es prehistoria cavalcantesca, llena de errores y anacronismos, de la que conservo sólo, quiero creerlo, igual sentimiento maravillado. Es lo único que puedo pedir cuando me miro al espejo: más viejo, tal vez no más sabio, pero manteniendo la sonrisa que atraviesa en silencio el tiempo de la vida y del arte anhelados.



Hace 900 años


                                                 Apenas te conozco. Sé tu nombre.
                                                 Decir la maravilla de tu música
                                                 a quien la ha oído no basta.
                                                 Visionaria, mujer entre hombres,
                                                 profeta, taumaturga, consejera.
                                                 Que no te quemasen no es un milagro
                                                 sino el raro azar que los argumentos
                                                 de Dios infunden en los corazones
                                                 de sus siervos. Comprueba los ojos perplejos
                                                 del monje en la miniatura
                                                 y verás tus palabras acertar
                                                 ese estrecho margen de celda
                                                 que inunda de fuego tu estilo.

                                                 Has vencido la resistencia
                                                 de un camino que te fue impuesto.
                                                 Arrebatada desde los tres años
                                                 por incendios interiores
                                                 trastornas el sentido de lo dicho.
                                                 Tu biógrafo indica que bien
                                                 se te podrían aplicar los versos
                                                 de Salomón: Mi amado metió mano
                                                 por la hendedura; y se estremecieron
                                                 por él mis entrañas. Los analistas
                                                 podrán interpretar tu ardor
                                                 y desbloquear la tortura de tu mente.
                                                 No podían quemarte. Tu escritura
                                                 está tejida de sueños que fugan
                                                 la persistencia de los símbolos.

                                                 La madera del monasterio
                                                 arde en los cinco tonos que resuenan
                                                 en mi interior. Eres ya un bosque a salvo
                                                 de la tierra y el cielo. En un instante
                                                 viniste. Cruzaste el aliento
                                                 de los espejos. A los que sabían
                                                 dejaste los casos, los géneros, el arte.
                                                 Te enrocaste en la entraña del templo encarnado.
                                                 No puedo imaginar una vida redimida
                                                 en el silencio ciego de la noche.
                                                 No se perdona tu pureza
                                                 evadida de las líneas del tiempo.

                                                 Sin dialéctica en tus brazos,
                                                 el hacer desnudo de la mandorla
                                                 desborda los cauces del río.
                                                 El sonido espesa el aire.
                                                 La sombra quebrantada de mi mente
                                                 no se orienta en los ecos de su voz.
                                                 Contemplo el cristal del libro.
                                                 Acaricio su tapa. Imagino un misterio.
                                                 En esta pira se congelan
                                                 las palabras de una niñez posible.
                                                 Tu nombre: Hildegard von Bingen.