Como en tantas niñas de su edad, mi petitona ha sucumbido a la pasión por Frozen (2013). Hasta ha encontrado el cd con las canciones de la película en
la biblioteca municipal y hemos pasado una temporada al borde del agotamiento
auditivo con el tema de “Suéltalo”. Entre ella y yo ya es prácticamente un mot-de-clef hablar de los lobos que
persiguen a Ana y a Kristof, mientras aullamos a
la una con los ojos desorbitados “auuuuuuu”. Su hermana, la pubilla, participa todavía de esa fantasía,
en el lindero de la adolescencia. Quisiera creer que les admira la capacidad de sacrificio fraterno mediante “el acto de amor
verdadero”.
Donna me prega
Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.
Mostrando entradas con la etiqueta Cine americano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cine americano. Mostrar todas las entradas
martes, 17 de marzo de 2015
martes, 9 de diciembre de 2014
Star Wars, la escatología filial.
![]() |
| El Juicio Final, Tabla Central (1467-1471), Hans Memling |
Hace unos meses mis cuatro hijos vieron el Episodio V de La guerra de las galaxias. Estaban pendientes de que se la pusiese desde hacía tiempo, pues querían entender por qué Buzz Lightyear,
nuestro héroe favorito de Toy Story
(¡Hasta el infinito, y más allá!), se asomaba desde el montacargas echando la
mano hacia Zurg. Mientras el juguete villano se precipitaba al vacío, Buzz gritaba
“¡papá!”.
martes, 21 de enero de 2014
AnarKeaton.
Entre principios de los 80 y finales de los 90 seguí
fielmente en la televisión tres ciclos dedicados a la canónica trinidad cómica
del cine mudo: Harold Lloyd, Charles Chaplin y Buster Keaton (1895-1966). El orden es
cronológico, pero sus factores también alteran mi producto.
Nunca he acabado de entender, por limitaciones mías, el humor del joven de cara
maquillada, con canotier y gafas redondas. Su ingenuidad de buen chico me deja
indiferente. Sin embargo, son extraordinarios el concepto de sus gags y
su aparente patosidad, genuina y divertida. Con todo, en un personaje tan
formalito, tan simpático, las situaciones más difíciles que se le acumulan me
dan la impresión de meros obstáculos que, aunque sea por azar de la bondad,
está predestinado a superar.
Charlot es tan indignante como increíble. Nunca he podido
evitar sentir desagrado físico ante sus caritas de pena, de perro apaleado,
pero me rindo ante su genialidad kinésica. La quimera del oro (1925) encadena secuencias gloriosas una tras otra, desde
el baile de los panecillos a la casa colgante, con Charlot correteando entre
sus paredes como un pollo.
¿Qué decir de Tiempos modernos (1936)? Que es un clásico como Centauros del desierto (1956), de John Ford. Entre el plano
final de una y otra película se advierte un punto común. La sentimentalidad
indigente, industrial, de Charlot emprende su camino por la carretera
inacabable, con la esperanza puesta en la mano de Paulette Goddard. La sobriedad
crepuscular, desesperada, de Ethan Edwards-John Wayne sólo puede ser abrasada por un
desierto inextinguible. Ambos planos son una declaración de amor al cine. De
amor, simplemente.
En cambio, Candilejas
(1952) me resulta una película indecente de principio a fin. Detesto su
melodía, tan sencilla y tan engañosa. El narcisismo impúdico de Chaplin no se
detiene ni ante la falta de respeto a sus colegas cómicos. Nunca los buenos
sentimientos han provocado tanta autocomplacencia. En ella, la dignidad estupefacta de Keaton, comparsa disciplinadamente
anárquica, me hace más odiosa la despedida del histrión más
grande. El más puro sigue siendo, sin duda, el propio Keaton.
Luis Buñuel dijo: “Asepsia, desinfección. Liberadas de la
tradición, nuestras miradas se rejuvenecen en el mundo juvenil y temperado de
Buster, gran especialista contra toda infección sentimental”. Es posible que en Keaton haya una novedad
que obliga a desinfectar de sentimentalidad toda tradición. Ver su agilidad sincopada tiene, ciertamente, efectos farmacológicos.
La imperturbabilidad de Keaton, que no su pasibilidad, es de
un lirismo ultrarreal. Más que alcanzar el amor de la chica, Keaton se esfuerza
aéreamente por llegar a ser el que le niegan ser. Casarse –el final feliz− es para él ingresar
en una realidad tan necesaria como áspera y estéril. La aventura es, por sí misma, la afirmación insaciable
del deseo. Con impecable sencillez, el protagonista de El Colegial (1927) transforma irónicamente el acartonado ideal olímpico, insertándolo
en la acción resolutiva de la trama cinemática.
Es lugar común insistir en que al personaje de Keaton lo ha definido su economía facial, casi
inhumana y lunar. Su supuesta inexpresividad transparenta una conciencia feroz de
su identidad imaginaria. Su rostro es la arkhé,
el principio de su soledad irreductible y victoriosa. En El maquinista de la General (1926) hay escenas perfectas de este rigor
poético. Pero me quedo con una de El héroe del río (1928). Padre e hijo entran en la sombrerería. El hijo no
quiere deshacerse de su gorra, pero se ve obligado a tocarse con todo tipo de
sombreros. El espejo en el que se mira somos los espectadores que le reflejamos, con una ligera desviación, los cambios de su rostro múltiple y uno. Al final todo parece volver
al principio, en un golpe de mala suerte. No, la resilente personalidad de
Keaton, fragmentada y atosigada por la autoridad, sale afianzada en su
singularidad inaccesible.
“A menudo me han preguntado por qué mantengo uniformemente, a lo largo de mis películas, esa cara tan desolada. Creo que es bien sencillo; desde mis comienzos en el music-hall observé que, cuando se hace algo más o menos divertido, se provoca en el auditorio una carcajada mucho mayor si se permanece indiferente y luego asombrado por la hilaridad del público. Por el contrario, hay cómicos que parece que se colocan siempre de parte del público y le hacen participar de sus confidencias. Así procedía Fatty; de esta forma el público se reía con él, mientras que en mi caso el público se reía de mí”.
Riéndonos de Keaton, salimos gozosamente derrotados
ante su inteligencia cómica, lección exacta –e íntegra- de moral poética.
martes, 26 de noviembre de 2013
La paradoja del último tango.
En el tiempo que engullía las diversas
teorías contemporáneas sobre la ficción narrativa, me complacían especialmente
las críticas que le llovían a John Searle por haber sostenido que la actividad
de escribir novelas consistía básicamente en fingir que se hablaba o se
escribía. Según aquel lingüista, no se podía aceptar la
seriedad de las aserciones del novelista y mucho menos las que éste ponía en boca de sus personajes. Un ejemplo pedestre: que
Madame Bovary engañase a su marido debía ser puesto en cuarentena porque, a
efectos legales, ni siquiera el matrimonio que habían contraído tendría fuerza performativa. Todos sus diálogos carecerían del carácter ilocutivo que en una situación real de habla poseen.
Especialmente contundentes eran los argumentos
fenomenológicos de Félix Martínez Bonati contra el punto de vista de Searle: “Es necesario aceptar que lo ficticio
tiene efectividad, aunque sea válido también que el individuo ficticio no es
real. Estas paradojas no son otras que las tradicionalmente conocidas e
implícitas en nuestras nociones de realidad y ficción. Disolverlas es una tarea
ontológica y de análisis lingüístico que exige una teoría de la
representación”. El acto de la ficción no sería, pues, un acto de habla sino un
discurso puramente imaginario que el lector reimagina en su lectura como parte
del objeto creado que es la novela.
En aquella época vi Último tango en París (1972), que no es una novela, pero que, en un sentido analógico,
es una ficción tan terrible como las Memorias del subsuelo de Dostoievski. Es cierto que el miserable funcionario ruso es
una encarnadura únicamente imaginaria y que el viudo Paul, por el contrario, no
existe sin la imagen de Marlon Brando.
Y también que si las lágrimas de la prostituta Liza brutalmente humillada se disuelven en un reguero
de palabras, las de la joven Jeanne, sodomizada, han llegado a cruzar las fronteras de la
ficción cinematográfica. Narrativa verbal, narrativa visual, ambas ficticias,
también disuelven la noción de realidad y exigen una teoría moral de la representación.
Me explico. La actriz Maria Schneider (Jeanne en la
película) se sintió asaltada sexualmente en la famosa escena de la mantequilla,
que no estaba en el guión y que habían preparado a sus espaldas Bernardo Bertolucci
(el narrador-director) y Brando (el actor-personaje). Brando la había intentado
calmar asegurándole que se trataba sólo de una ficción. El capullo de
Bertolucci ha reconocido, a posteriori, que se sentía culpable pero que no se
arrepentía, pues había conseguido transmitir realismo y veracidad. Podría
objetarse que no se le ocurrió para dar mayor verosimilitud a la muerte de Paul
que Jeanne le descerrajase una bala de fogueo por la espalda. Quizás no habría
conseguido el portentoso efecto artístico de ver desmoronarse de frente el
rostro de Brando como signo, por no decir contraicono, de una época que, más
que nunca, es el germen de la nuestra.
En su autobiografía Brando, que le retiró la palabra al
director durante años, confesó que “sentí que mi intimidad había sido violada y
no quería volver a sufrir más como entonces”. No es extraño que quedase
destrozado emocionalmente. Si se observan con atención las escenas más
polémicas –que parecían las denuncias más atrevidas de la represión y de la
censura-, lo peor no es lo que se ve sino lo que se dice. La mantequilla puede ser morbosa y brutal cómo atrapa Paul a
la chica. Lo que me resulta casi insoportable es el simultáneo discurso escatológico sobre la familia que
acarrea una violencia ilocutiva escalofriante. De igual modo, puede resultar
escandaloso que Paul le pida Jeanne que lo sodomice con los dedos; lo horroroso
es que sea el efecto perlocutivo de una declaración de amor.
Fernando Romo ha sostenido que la paradoja “disuelve las
identidades recibidas y gastadas, para permitir alumbrar nuevas verdades”.
Apresuradamente podría concluirse que la paradoja del Último tango consiste en ver transfigurada la pornografía en arte. La
paradoja se movería en la colisión entre una moral referencial y
heterónoma y una ética artística autónoma. Reconozco que en ese terreno el
Ángel de la Luz se mueve como pez en el agua, siempre caído, siempre invicto.
En cambio, me llama la atención una paradoja previa:
la del acto (po)ético, que veo
formulada con precisión en la película de Bertolucci. El discurso imaginario es
un acto de habla, tan fingido que efectúa la realidad de sus intérpretes más
allá del objeto creado que los engloba y que los dota de sentido: el tango, baile del amor y de la muerte. O dicho al revés: hablar reimagina los límites de la
inteligibilidad moral y artística. La paradoja poética posmoderna sostendría que hay también verdades nihilistas: no que el nihilismo sea verdad, sino que la verdad alcanza hasta a la ausencia de sentido.
Como Don Quijote, que enloqueció leyendo libros de
caballería y murió al recuperar su identidad de Alonso Quijano, Paul Brando y Jeanne
Schneider asoman a los espectadores a una responsabilidad en caída libre: sólo se
puede comprender la realidad imaginariamente, siendo el precio último la
autodestrucción. Aislados, en presión, lo real imaginario hace estallar sus respectivos límites quebrando las máscaras –las personas-
dramáticas.
Derrotado en la playa de Barcelona o en un ático de París,
el principio de placer se desboca en un suicidio lingüístico y real. Bien lo proclamaba el caballero manchego ante el de la Blanca Luna: “Aprieta,
caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra”. Ahora, anónimos, a los amantes parisinos les falta hasta la piedad cervantina.
martes, 20 de agosto de 2013
Roger Wolfe, el último vaquero.
En este blog no sería esperable encontrar una reseña de Gran esperanza un tiempo (Sevilla, 2013)
del poeta Roger Wolfe (1962), considerado uno de los máximos representantes del
realismo sucio a la española de fines
del siglo XX. Borracheras, delirios, peleas urbanas, comportamiento antisocial,
nihilismo ácrata no parecen de entrada los motivos más adecuados para atraer
la atención contemplativa de un irreal comentarista güelfo. Aun así, si la excepción confirma
la regla de la auténtica poesía, también debería ser para él una posibilidad legítima rebuscar
el chispazo de la belleza en los contenedores de basura de cualquier polígono
industrial.
En el último poemario de Wolfe los paisajes de
fiestuquis, de catres al amanecer, de violentos y desamparados jóvenes sin
horizonte, se disuelven en una reflexión crepuscular sobre el tiempo y –quién lo
diría- sobre la tradición literaria. Fin de fiesta; los gritos de los jóvenes
con sus botellones son molestos; la vejez se anuncia.
Por las fechas del índice, tres cuartas partes de los poemas
fueron redactados en 2007. Los últimos poemas, de 2012, parecen compuestos por
una voz cansada que quiere rematar la faena cuanto antes (“Tómate tu tiempo”, el
poema final con mirlos y karma, da lástima). Es evidente que el poeta duda de
que tenga algún sentido, más allá de la pura inercia, seguir escribiendo cuando,
como él mismo avisa al principio del volumen, la poesía “ahora está muerta y enterrada”. Y remacha al final: “Yo mismo he dicho muchas veces / que la poesía se oculta en todas
partes. / Pero escribir poesía es ver con el oído. / Y ya no vemos nada. No hay
quien vea / lo que oye, ni oiga lo que piensa, / en medio de este sucio mar de
ruido”.
Lo que queda es echar la vista atrás y consolarse
queriéndose epígono de Baudelaire, T. S. Eliot, Papini (¿?), Tennessee Williams,
Ginsberg, Leonard Cohen (del que versiona con acierto “In My Secret Life”) y
hasta del mismo Góngora, en lugar de atender las voces canónicas de Carver, Bukowski y compañía. Entre sus contemporáneos, resultan paradójicas, pero
complementarias, sus referencias implícitas a Leopoldo María Panero, que siente
cercano (“Deseo de ser perro”, que recuerda el deseo de Panero de ser piel roja, y “A la manera de L.M.P”), y las explícitas a un
distante Antonio Colinas (“Antonio Colinas”). Remontándose a los maestros
españoles, el homenaje a J.R.J. en “El juego de los chinos” es conmovedor, así
como divertida la ironía anticernudiana en el significativo “Fin del mundo”.
El “milenarismo” de Wolfe adopta una mirada impávida ante la
desaparición de las referencias que hicieron su mundo habitable: la España
cutre y sandunguera de los setenta-ochenta. Se asiste al fin de ese mundo que,
como el de cualquier otro, se repite una y otra vez, bajo diferentes formas,
ante una realidad ciega e indiferente. Unos cuantos poemas, circunstanciales, arremeten contra la ley antitabaco que estaría acelerando el
ocaso de una manera canalla de vivir en un país tan oximórico como Wolfe, un
inglés español. En algún momento se tiene incluso la irónica sensación de que, como
sin querer, ensaya, abatido, unos acordes punk
del Qohéleth. También eso es vanidad.
La descomposición de su mundo va unida a la desaparición de la
memoria que testimonia la huida del tiempo personal y que se asocia a la
sensación física de la soledad que da por perdido, con un pudor salvaje, el
amor. Se entrevé la imagen del vaquero solitario, con un código ético tan
enigmático como brutal en el poema “Mi credo”, un sorprendente epitafio dedicado a John Wayne: “Ésta es mi tierra. / Ésta es mi casa. / Éstos son mi perro / y mi
caballo. / Y ésta mi pistola. / Pon un pie aquí dentro / y te dejo seco”. No sé
si, como Tom Doniphon, Wolfe podría cultivar cactus en una casa devastada por el
fuego del alcohol y del dolor, pero, individualista feroz, sí podría seguir fumándose
las normas biempensantes “ahí quieto; medio lelo, / pero tranquilo y solo”.
Poema para los progresistas
Vuestra única y bien triste
reclamación ante la fama
es haber contribuido a acelerar
la llegada del final, que en términos
históricos está a tan sólo un parpadeo
del lamentable punto en que ahora mismo
nos hallamos en el tiempo y el espacio.
Hasta que finalmente se produzca,
sin embargo, el definitivo descenso del telón,
el mundo insistirá, con terca y entrañable
mansedumbre, en los hábitos que tanta
bilis os hacen segregar…; oponiendo
a vuestro odio el benévolo castigo
de su imperturbable indiferencia:
el sol continuará saliendo por el este;
los días, durando veinticuatro horas;
los hombres, amando a las mujeres;
la lluvia cayendo en vertical”.
Con o sin esperanza, parece que el tiempo del crepúsculo
mantiene su épica interminable.
martes, 19 de marzo de 2013
El delirante Vertigo de Hitchcock.
He vuelto a ver Vértigo
o De entre los muertos (1958), de Alfred Hitchcock, por
enésima vez. La primera ocasión que la vi debía de tener catorce años. Con un
par de amigos, en una reposición de cine de barrio, en pantalla grande, asistí
a una sesión, casi vacía, de aquellos envejecidos cines que o desaparecieron o
se han convertido en horrendas multisalas que de tanto en tanto recuperan esos
mismos films ahora en sesiones de noche casi llenas de treintañeros.
Durante un par de veranos pasaron en aquel Conde Duque de la
calle Alberto Aguilera varias películas de Hitchcock de los años 50. De todas
ellas sólo Vértigo –quizás también La ventana indiscreta- me dejó una impresión,
ni inolvidable ni imborrable, sino obsesiva. Viéndola, viví una intensa experiencia
de malestar y de fascinación, de repugnancia y de deseo. Hay películas que se
ven antes de tiempo y, por ello, hacen tanto mal que marcan a fuego la
educación sentimental. Vértigo debería
estar prohibido para adolescentes, porque verla puede activar de tal manera su
tortuosa imaginación que nunca más quieren regresar del todo de entre los
fantasmas de la ficción.
Mucho se ha hablado de todos los aspectos de esta película
que hace menos de un año desbancó a Ciudadano Kane de la cima de la reciente lista Sight and Sound's de las mejores películas de la historia. Eugenio Trías, recientemente fallecido, revisitó, con la intensidad del cinéfilo, lo
bello y lo siniestro, el vértigo y la pasión, de esta extraña cinta hitchcockiana.
Si en su momento fue un éxito relativo, porque a mitad del metraje el espectador
se enteraba de quién era el asesino, hoy en día se la considera hasta un
referente del cine de David Lynch. Sin duda, es una película hipermoderna por su
refundición de los temas más delirantemente románticos de nuestro imaginario
cultural. Es una película que habla del amor, de la muerte, del sexo, de los
terrores del alma y de las iluminaciones de la fantasía.
En sus conversaciones con François Truffaut, Hitchcock resaltó tres
puntos que le interesaban de la historia. Por encima de todo, “los esfuerzos
que hacía James Stewart para recrear una mujer, a partir de la imagen de una
muerta”. En un segundo plano, le atraía “la resistencia de Judy a convertirse
de nuevo en Madeleine”. Por último, “hay otro aspecto que llamaría
«sexopsicológico» y es, aquí, la voluntad que anima a este hombre para recrear
una imagen sexual imposible; para decirlo de manera sencilla, este hombre
quiere acostarse con una muerta; esto es necrofilia”.
Al volver a verla, los dos últimos aspectos se me han hecho
desagradablemente evidentes. Scottie (James Stewart) procede a una violación
consentida de Judy (Kim Novak) en la segunda parte de la película. La escena en
la casa de modas es pavorosa. Como una niña, Judy se pone de cara a la pared, acorralada por el dominado depresivo que se ha transformado en un voraz y feroz depredador
de su psique. La violación no se produce cuando la recupera tal como fue en la
fantasía de la realidad, fruto consciente de una repetición tan maníaca como
lúcida. Desnudándola mientras la está vistiendo, alcanza un orgasmo que debe
ser repetido como (auto)destrucción al arrastrarla hasta al campanario,
tras descubrir que le había engañado. Al resistirse en la misión, Judy
intensifica hasta el paroxismo de la muerte el deseo sexual de Scottie, de
manera que, por un amor tanto más enloquecido que el de él mismo, ella no puede
dejar de encarnar la ficción necrofílica de una terrible relación
sadomasoquista.
Y, sin embargo, en las imágenes de esta película siguen
intactos los detalles que se me grabaron en la adolescencia, como heridas
subconscientes. Las enumero: las miradas de James Stewart; el bucle del pelo
rubio de Novack; la vulgar carnalidad de Judy; el amor alucinado de Scottie.
Pocos actores como Stewart han sido capaces de expresar la
angustia de un alma rota, estupefacta, aterrorizada. En ¡Qué bello es vivir! hay un primer plano de su rostro, convulso,
cuando comprende que su mundo no ha existido, verdaderamente aterrador. En Vértigo, es capaz de expresar la
impotencia, la codicia sexual, el delirio, la tristeza y la locura con un vigor
cansado que me resulta magistral. Si tuviese que quedarme con una mirada suya
en la película, elegiría la del beso final cuando, mientras ella se lo come
literalmente, él, encantado, observa que le envuelve, mientras gira la cámara,
la caballeriza de la misión de San Juan Bautista donde intentaba retener a
Madeleine.
El bucle del pelo rubio de Novack es idéntico no sólo al
peinado de Carlota Valdés sino, sobre todo, a la espiral por la cual cae en la
locura Scottie. Que él le haga recuperar el peinado es una invitación a
fundirla en un instante de repetición más allá de toda creencia.
Cuando vi por primera vez la película, casi me ofendió
físicamente que Madeleine tuviese la apariencia de Judy. Su brutal sensualidad
(en la v.o.s., hasta su desagradable voz) era tan manifiesta que sólo podía
curarla de sí misma su transformación en una imposible Madeleine. Lograrla era tan inquietante como (más inquietantemente) pacificador.
El amor alucinado de Scottie es, sobre todo, visual. Al ver a Madeleine
de perfil en Ernie’s por primera vez, el fondo rojo se hace más intenso durante
unos segundos casi fuera del tiempo. Al recuperarla en el hotel de Judy, el
vaporoso verde mortal recuerda que la repetición del amor es tan matizada que
es ya de ultramundo. Pero el fuego del apartamento de Scottie, mientras Madeleine desnuda lo contempla bajo un batín rojo, enciende la distancia del espectador.
Hace unas líneas no dije la verdad. Hay otra mirada de Stewart. Scottie y Judy han alcanzado el campanario.
Él la está forzando a decir la verdad, a desengañarlo, a hacerlo consciente de que
no amó un fantasma, ni tan siquiera una ficción, sino pura irrealidad.
Despechado, furioso, en un instante su cara se desencaja en un gesto de ternura
alucinada, mientras pronuncia unas palabras que estremecen de espantosa
renuncia: “I loved you so, Maddy”.
viernes, 9 de noviembre de 2012
Cary Grant en calzoncillos.
Es conocida la anécdota en que Cary Grant entra en un hotel y, al registrarse con su nombre, el conserje, irónico y escéptico -según otros, sorprendido-, le espeta: “No se parece usted a Cary Grant”. Como en un diálogo de una screwball comedy, el actor responde de inmediato: “Ya lo sé. Nadie se le parece”.
Se ha hablado de las dudas que atormentaron al protagonista
de Sospecha sobre su identidad, a
caballo entre quien había sido, Archibald Leach, y el que llegó a ser como un
dios del Hollywood dorado. Prefiero
creer que, tras su sonrisa irrepetible, quien rayos fuese Cary Grant sabía que
su nombre fijaba un punto de fuga que, como en sus frecuentes viajes
lisérgicos, sólo podía entreverse en un haz de luz proyectado sobre una
pantalla blanca.
Han corrido ríos de tinta también sobre su posible homosexualidad. La
famosa foto con Randolph
Scott, ambos en bañador, es antológica. Según una de sus amantes, Grant
usaba bragas, sin encajes ni costuras. Probablemente, más que bisexual, era
pansexual. Al mirar a sus compañeras de reparto, parecía estar contemplando a
jugosas Evas tras comer la manzana del árbol del bien y del mal. Con cierto
alegre cansancio, sabía que era tan inevitable como necesario probar el fruto
prohibido. Quizás no pudiera amarlas, pero las conocía tan bien que no podía
dejar de quererlas.
Su elegancia brilla secretamente en las situaciones más
ridículas de sus películas: vestido con un albornoz de mujer, despeinado, en La fiera de mi niña; disfrazado de mujer
en La novia era él; en calzoncillos en
Con la muerte en los talones; o
duchándose con su impoluta camisa blanca y sus gafas de pasta en Charada. No hubo ningún actor capaz de
mantener esa divertida dignidad de quien sabe que la ha perdido muchas veces en
su vida.
¿Se imaginan ustedes así a un Spencer Tracy, a un Gregory Peck o a un Charlton Heston? Tracy vestía
siempre de impecable terno mesócrata; Peck parecía un profesional liberal del
Este; Heston, en sus mejores películas, siempre salía medio en cueros. Cary
Grant sabía que la mejor manera de desnudarse emocionalmente era enfundarse un
perfecto smoking para ir a un cóctel de media tarde.
Alfred
Hitchcock, con su pinta de carnicero inglés, odiaba con admiración rendida
el estilo de su actor fetiche, capaz de reflejar las dualidades más oscuras de
ambos. El personaje de Devlin
(Encadenados) podría haber sido su
icono y su fantasía. A las rubias el director las acosaba como un gañán en
celo, con refinada crueldad y con patético resultado. A su compatriota, como un
vampiro, hubiera deseado succionarle el encanto mientras lo colgaba del monte
Rushmore (Con la muerte en los talones),
cuando lo hacía pasearse por los tejados de Niza (Atrapa a un ladrón) o al pretender que envenenase a Joan Fontaine (Sospecha). Como venganza, la sonrisa
perpleja del ladino Cary Grant ocultaba las arrugas de sus trajes.
Hoy en día puedes encontrarte en cualquier Burger-King a
tipos como Bruce Willis (el macarra de buen corazón), Antonio Banderas (el
guaperas intelectual) o Jude Law (el andrógino inquietante). A Cary Grant, que
era tres y muchos más en uno, sólo se le puede recordar en una silla ausente
en Maxim's, que ya no es lo que
fue.
P. S. Si tuviera que elaborar la lista de cinco películas
suyas, me atrevería a dar los siguientes títulos:
La pícara puritana
(The Awful Truth, 1937, dir. Leo McCarey). Por sus conversaciones con Irene Dunne y Ralph Bellamy.
Luna nueva (His
Girl Friday, 1940, dir. Howard Hawks). Por sus rifirrafes verbales.
Historia de Filadelfia
(A Story of Philadelphia, 1940, dir. George
Cukor). Por ser Hermes, el amante de Afrodita Hepburn.
Encadenados (Notorious, 1946, dir. Alfred Hithcock).
Por el amor fou que desprende en la escena final.
Con la muerte en los
talones (North by Northwest,
1959, dir. Alfred Hithcock). Por la escena de la comisaría.
martes, 6 de noviembre de 2012
El sueño de Francesca. Ezra Pound en el limbo.
Al poeta norteamericano Ezra Pound (1885-1970), excelso
lunático, se deben traducciones al inglés de Confucio, de Li-Po, de Rabindranat Tagore.
Conocedor inmenso del stilnovismo,
tradujo, parafraseó, amó a Cavalcanti. Sin él, The waste land de T. S. Eliot no tendría su fuerza daimónica (“¡Shanti,
Shanti, Shanti!”). Sin su ayuda, le habría sido más difícil a Joyce publicar el
Retrato y el Ulises. Sin su apasionamiento creativo, careceríamos de sus excéntricos Cantos, creados al ritmo de la locura, del
encierro y del estigma social que cayó sobre el nombre de este “traidor a la Patria”
tras la II Guerra Mundial.
Fascista, anticapitalista, su obra es norteamericana hasta
la médula de su condición exiliada. Pound fue el hijo crápula que Walt Whitman habría desheredado. Creándola, derrochó una obra tan inmensa como la de su
padre.
Si traigo a Pound a este rincón, es sólo por uno de sus
primeros poemas, “Francesca”, escrito probablemente en Venecia hacia 1908.
Poema casi adolescente, resonó en mí, por primera vez, a esa edad incierta en
que el mundo brilla tanto que uno trastabilla a oscuras por él. Me ha
acompañado durante treinta años, primero en la traducción de Ernesto Cardenal
-¡el cura sandinista!- y Coronel Urtecho, y, después, en la edición inglesa de Personae.
"Tú saliste de la noche
Y había flores en tus manos,
Ahora saldrás de entre un barullo de gente,
De entre un tumulto de conversaciones sobre ti.
Yo que te había visto entre las cosas prístinas,
Me encolericé cuando decían tu nombre
En sitios ordinarios.
Quisiera que las olas frescas cubrieran mi mente,
Y que el mundo se secara como una hoja seca,
O que como semillas de diente-de-león fuese aventado,
Para que pueda encontrarte de nuevo,
Sola."
Durante años creí que me había hechizado la búsqueda de esa
Francesca, sola, que salía prístina de entre la multitud de conversaciones en
la noche. Por supuesto nunca la encontré, pero estaba allí delante de mi
imaginación con la misma intensidad lumínica que Katherine Hepburn al borde de la
piscina en Historias de Filadelfia:
gélida, sí, pero abrasando las manos y los ojos que se le acercan.
A Philadelphia Story (1940), dir. George Cukor.
Steiner ha reconocido que “los compases iniciales y el martilleante accelerando de «Je ne regrette rien» de Edith Piaf –el texto es infantil, la
melodía estentórea y la política suscrita por la canción poco atractiva-
seducen todos mis nervios, me llegan hasta el hueso como una quemadura fría y
arrastran la razón hasta sabe Dios qué infidelidades cada vez que oigo la
canción y cuando la oigo, inesperada y recurrente, en mi interior”. Acúsenme
de romanticismo trasnochado y seré el primero en reconocer que el poema no es
especialmente brillante, pero me pasa con el poema de Pound lo que a Steiner
con la canción de Piaf: el texto es adolescente, el ritmo delicuescente y su
sensibilidad naïf. Pero cada vez que vienen a mi memoria algunos de sus versos
se dilatan mis pupilas y mis manos tiemblan como hojas de otoño.
Pero no es el recuerdo de Francesca, de su sombra o de su
halo, el que me hace estremecer. Siempre he sabido que alcanzaría sólo su
imagen si quisiera que las olas frescas anegaran mi mente (might flow over my mind) y que el mundo se secara como una hoja
muerta (dead leaf) o como semillas de
dientes-de-león (as a dandelion seed-pod),
y que entonces fuese esparcido (and be
swept again).
Al leer, al masticar estas palabras, se produce el misterio
de que mi mente se anegue y de que el mundo se avente y de que todo yo sea una
ola fresca, una hoja muerta lanzadas más allá de mí mismo. La poesía es el
lugar performativo por excelencia: el decir hace aparecer lo que convoca, por
más que entre sus intersticios se cuele la conciencia de sus límites, de la
precariedad de su éxtasis.
Paolo y Francesca (1864), de Anselm Feuerbach.
La Francesca del poema de Pound remite seguramente a la
protagonista del Canto V del Infierno de
Dante, en un pasaje conocidísimo. Casada con un deforme, la joven lee la historia
de Lancelote y Ginebra al lado de su apuesto cuñado Paolo. Ambos se besan en el
momento en que llegan a la escena en que los personajes artúricos hacen lo mismo. No
compensa la literatura los sufrimientos y las carencias de la vida, no; los
define y los trasciende.
Como James Stewart, enfebrecido, adelanta las manos para
acariciar el fulgor que desprende la Hepburn, así Paolo, en el cuadro de Anselm
Feuerbach, contempla concentrado, en la penumbra, la boca de Francesca transfigurada
por la lectura. Es un instante condenado al beso o a la destrucción. Aunque uno
esté llamado a encontrarse con Beatriz en el Paraíso, siempre acaba pasando lo
mismo que le ocurrió a Dante que “caddi come corpo morte cade”.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

.jpg)






