Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura italiana. Mostrar todas las entradas
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viernes, 5 de julio de 2019

Quando di morte mi conven trar vita.



Memory,
René Magritte (1948)

A punto de cumplir las trescientas entradas, este blog empieza a celebrar la preparación de su Pascua. Siete años después de su creación, cierra con la habitual entrada recapituladora de este curso su vida virtual. A la vuelta quedará tan sólo por consumar la memoria de su itinerario en un triduo de despedida.

viernes, 14 de junio de 2019

El oficio de morir según Cesare Pavese.



Le Suicidé,
Édouard Manet (1887)

En plena juventud dediqué unos años a estudiar italiano en el caserón austracista situado al final de la calle Mayor de Madrid. A la salida, casi de noche, callejeaba por sus alrededores, siempre dispuesto a colarme en la iglesia de los Servitas, frente a la antigua tumba de Juan de Herrera, antes de embocar la casa de Larra… Con fantasías velazqueñas compensaba esas inclinaciones románticas, entre esotéricas y suicidas, no cesando de aspirar en primavera el ocaso lejano del monte del Pardo.

martes, 4 de junio de 2019

Los diarios herméticos de Eugenio Montale.


Natura morta,
Giorgio Morandi (1943)

Aun stilnovista, entre filigranas prerrafaelitas, este blog tiene contraída una deuda silenciosa con la literatura italiana del siglo XX, tan modernista en su realismo. Por más puntual y dispersa que haya recorrido mi formación sentimental su narrativa, no puede detener ahora el flujo de un ritmo todavía áspero y ajustado a mi sensibilidad de entonces. Abstracta en su inmediatez física, intermitente, recito de nuevo en mi mente la poesía de Eugenio Montale (1896-1981).

martes, 27 de noviembre de 2018

Dante, Pound, Cavalcanti y su lector.



The first anniversary of the death of Beatrice,
Dante Gabriel Rossetti (1853)

Es lugar común traer a la memoria -y a la conversación amistosa- aquellas lecturas aque acompañan sin desfallecer, semiborradas, incombustibles, la propia formación sentimental. Me es imposible disociar su recuerdo adolescente de la historia íntima de los volúmenes que ahora despliego sobre mi mesa.

viernes, 26 de octubre de 2018

El peregrino absoluto (y II).



Cristo y los peregrinos camino de Emaús,
Duccio di Buoninsegna (1308)


Al final de la Vita nova Dante advertía que peregrino es tanto quien se encuentra fuera de su patria como quien camina a Santiago de Compostela para servir al Altísimo. También así soy un peregrino absoluto. Léon Bloy insistía en que no padecemos otra nostalgia que la del Paraíso, la única patria que hemos conocido. Como bacantes enardecidas, nuestras sociedades del bienestar han profanado, por si acaso, hasta los confines de cualquier Jardín que pudiera conservar un recuerdo que todavía testimonie, entrelíneas, nuestra Caída. De Santiago a Jerusalén, pasando por Roma, con una palma, unas hojas de romero y una vieira, emborrono un cuaderno de exilio, donde no ceso de anotar los espantosos lugares comunes que nos cierran, con las simas de su estupidez, los abismos de Luz que, desesperado, invoco.
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viernes, 13 de abril de 2018

Las estrellas del Bosco.



El Jardín de las Delicias,
Panel exterior (1500-1505),
Hyeronimus Bosch

Nunca he visto a nadie disfrutar tanto haciendo un puzzle como a mi donna tolosana. De tanto en tanto se lamenta, con sonrisa resignada, de no tener tiempo para lanzarse durante una semana por el tobogán de un puzzle de diez mil piezas sobre un modelo apenas figurativo, como, ¿qué sé yo?, Impresión de sol naciente de Claude Monet.

viernes, 29 de diciembre de 2017

En la cripta de Barbazul con Primo Levi (y II).



L'incendie de Rome,
Hubert Robert (1785)


Mientras descendía los peldaños minúsculos de la cripta de su Barbazul universitario en la entrada anterior, mi heterónimo se iba preguntando por qué George Steiner, que tantas páginas ha dedicado a la poesía de Paul Celan como situada “al norte del futuro”, apenas ha mencionado sino muy puntualmente los relatos de los sobrevivientes de los campos de exterminio.

martes, 30 de mayo de 2017

Voi che savete ragionar d'Amore...



Psyque Opening the Door into Cupid's Garden,
John William Waterhouse (1904)

Hace un año cerraba aquel curso de este blog retirándome al lar de mi donna tolosana, donde ahora vuelvo a reclinarme herido y reposando. No imaginaba entonces, si no la profundidad, el efecto de perspectiva existencial que provocarían en mi heterónimo algunos cambios que él había anunciado y cuya huella se ha grabado en la carne de mi escritura a lo largo de estos meses.

martes, 21 de febrero de 2017

Commedia dell'arte en una tarde musical.





Hace años que no acudo a una representación teatral porque, entre otras razones circunstanciales, me descorazona el método de declamación habitual en España. Rara vez he comentado en este blog obras teatrales, y, si lo he hecho, ha sido más en su dimensión literaria que no en la propiamente espectacular, con la relativa excepción de una entrada dedicada a la representación de una ópera mozartiana en Praga.

Por la sugerencia entusiasta del director dramático, me planté un par de semanas atrás en un pequeño local de Sant Vicenç dels Horts para asistir a la representación de Les Mis 24601, adaptación íntegra en catalán por un grupo amateur del famoso musical Les Misérables (1980), de Claude-Michel Schönberg, una de las cimas de ese subgénero operístico actualizado, popular y, puestos en plan exquisito, aún más vulgarizado que ha triunfado en el último tercio del siglo XX.

martes, 12 de julio de 2016

Cavalcantesca.



Manuscrito del Decameron de Giovanni Bocaccio,
Jornada Sexta, Novela Novena,
Bibliothèque Nationale de France. Italien 63
Ludovico Ceffini (Siglo XV)


De chaval, me reprochaban en la escuela mi lejano parecido con Harold Abrahams, uno de los personajes que protagonizaban la película Carros de fuego (1981). Arrogante, competitivo, leal eran cualidades de un modo de ser intolerable, no exento de cierta fascinación, allí donde la libertad sigue equivaliendo a la posibilidad de ejercer el energumenismo y donde el orden se mantiene según un autoritarismo tribal.

martes, 31 de mayo de 2016

Per merzé vegno a vui...



Collint bolets,
Joaquim Vayreda (1882-1884)

Por mayo es, por mayo, cuando este blog suele tomarse un respiro de su cita semanal. Aunque no es guerrero ni venusino, cada martes he seguido acudiendo puntualmente a debatir no las ideas de la temporada, sino a desarrollar unas pocas intuiciones -¿reaccionarias?-, cuyos frutos más cuajados intento resumir en una entrada, como la del día de hoy, que vuelvo a dedicar a mi donna tolosana.

martes, 8 de marzo de 2016

Cosí fa Lorenzo da Ponte.



Dos jóvenes jugando con sus perros en la cama,
Jean-Honoré Fragonard (1770)

Más que aficionado a la ópera, soy un entusiasta espectador ocasional y siempre peregrino. Asocio la experiencia de algunos montajes con momentos de exaltación íntima. Tras haber asistido con mi amigo gibelino a una representación de Die Meistersinger en el Covent Garden, noto todavía la humedad gélida de una noche invernal subiendo por Gower Street. Me embargaba una sensación extática de libertad expatriada. La proximidad del minúsculo habitáculo en que me recluía y que mis conocidos llamaban “la ermita” potenció aquel sentimiento hasta que hoy vuelve a emerger como una fina película hecha sustancia de estas primeras líneas.

martes, 16 de febrero de 2016

Las baladas de Guido Cavalcanti.



Giotto Painting the Portrait of Dante,
Dante Gabriel Rossetti (1852)

En plena juventud caí por un sumidero espiritual y amoroso cuyas circunstancias, tan comunes, suelen dejar a sus protagonistas ante una disyuntiva: o Teseo, que, apresado en el laberinto de Ariadna, vive bajo la eterna mirada del Minotauro, u Orfeo, que, exiliado de Tracia, busca a Eurídice más acá de los ríos del olvido.

martes, 26 de mayo de 2015

In un boschetto...



Dalt del terrat,
Joan Llimona (1891)

Hace ahora un año, al cumplir este blog cien entradas güelfas, me tomaba un descanso breve, tras citar la última estrofa de la balada «In un boschetto trova’ pasturella» de Guido Cavalcanti. Doce meses después, tras acudir puntual a la cita de cada martes, mi Cavalcanti, en deuda siempre mayor con su donna tolosana, vuelve a tomarse un respiro para acompañarla al “terrat” y contemplar juntos, si no las torres del Pino, al menos la fachada de su Sagrada Familia.

martes, 14 de abril de 2015

El madrigal heterónimo de Monteverdi.



Concierto campestre,
Tiziano (1510)

A la música polifónica, de la mano de Claudio Monteverdi (1567-1643), llegué no por razones religiosas sino por profanos motivos biográficos. En el último año de carrera me enamorisqué de una menuda compañera gallega, violinista y gaitera, con voz de mezzosoprano, que procuraba instruirme en la belleza del canto coral. Tras haber vencido el hechizo, entendí que, más que arrobado, en aquellos momentos en que había cantado la contemplaba en un estado de delirio petrificado.

martes, 30 de septiembre de 2014

Güelfos blancos, negros...



The Yates Thompson Ms 36 (British Library),
Dante, Inferno, VIII, 43-60,
Primo della Quercia (1442-1450)

Quienes siguen este blog saben que Cavalcanti se define como güelfo. Bajo la bandera del Papado, no ha sostenido un determinado orden para la ciudad terrestre, basado en diversas formas de la tradición, sino que para bien de aquella, con discutible acierto, con poca repercusión y antes de su previsible extinción, intenta colaborar oponiendo los residuos de una legitimidad teocrática en que apenas ya nadie cree. Es consciente de que el mal menor no se puede identificar con el bien posible, pero no descarta el mal posible que deriva de un bien menor. Es la suya una fe escatológica, no exactamente apocalíptica ni mesiánica. Pedro, el Vicario de Cristo, es la garantía contra las puertas del infierno siempre abiertas. A Dios solo el honor, el poder y la gloria. 

Sin disimular sus desacuerdos, Cavalcanti ha dejado por escrito su admiración por güelfos blancos y negros, y por gibelinos. Se ha mostrado indiferente a remarcar las líneas divisorias entre unos y otros. Ha asumido el riesgo de equivocarse, no el de juzgarse. Toma partido; no adopta un partido. Da lo que tiene, no espera nada a cambio, no oculta deudas. Quien le busca, lo encuentra. Tiene por norma no avergonzar jamás a sus enemigos. A sus amigos procura cuidarlos, jamás adularlos. Sus derrotas son sus victorias. Sus éxitos, desengaños.

De utilizar adjetivos ha preferido aquellos que provocarían efectos «desautomatizadores». No es un güelfo meridional, ciudadano, que se mueva a gusto entre Florencia y Siena. Por el contrario, se ha calificado de monacal y claravalense. No se siente solo, sino que busca la soledad. Sin títulos, sin honores, sin riquezas, desea escapar del mundo de las escuelas y de los bandos para perseguir la escala del cielo. Claraval, lugar de tránsito en un mundo caído. 

Escindido entre realismo y nominalismo, el mundo escolástico se ve abocado a los dualismos: esencia y existencia, potencia y acto, naturaleza y gracia... Luego llegará el barroco que, ingenioso, empieza condescendiente con el coro, proclama luego que el mundo es nuestra casa, y acaba dando lecciones a los monjes sobre su carisma. Que a Cavalcanti el tomismo le resulte insatisfactorio no quiere decir que sea escotista. Es bernardiano: "Árido es todo alimento del alma si no se lo rocía con este aceite; insípido, si no se lo sazona con esta sal. Lo que escribes no tiene sabor para mí, si no leo allí a Jesús". Desprendiéndose de la lógica escolar, abraza la retórica monástica. La piedad, su semántica, no es la llave de un orden sobrenatural, sino el efecto que éste graba en su gramática. Meditarla sin descanso, en compañía de hermanos, es obra de Dios.

Por ello en este blog se trata a Dante con admirada y rendida distancia. Personalmente, su sequedad con Farinata duele, aunque se entienda. Pero confirma la profesión cavalcantesca en su monasterio, con estabilidad y en obediencia, el desolador pasaje del Infierno en que Dante, güelfo blanco, ajusta cuentas con su airado y prepotente enemigo Filippo Argenti, güelfo negro, entre insultos y desprecios. Dante recibe la aprobación de Virgilio que, nuevo Bautista, le saluda con un beso en el vientre infernal de su viaje al ultramundo. 


"E io: «Maestro, molto sarei vago
di vederlo atuffare in questa broda
prima che noi uscissimo del lago».
Ed elli a me: «Avante che la proda
ci si lasci ver, tu sarai sazio;
di tal disïo convien che tu goda»".

(Inferno, VIII, 52-57) 


Deseoso de escuchar los acordes de una poética celeste, Cavalcanti, solo, seguirá remontando el curso del siglo XII. Mirando hacia atrás, quizás pueda ver lejos...


martes, 27 de mayo de 2014

Donna me prega.




Mujer en el jardín,
Joaquín Sorolla

Ha cumplido este blog cien entradas. Como manda el tópico, es momento de mirar atrás y de observar algunas de las líneas de su itinerario. También es tiempo de retirarse a tomar un descanso. Ni largo ni corto, sino justo. No es, pues, una despedida, sino el cierre de una etapa, de un volumen.

martes, 18 de marzo de 2014

Beatriz celeste.



Dante and Matelda,
John William Waterhouse (1915)

Confieso que he incurrido muchas veces en la anécdota tópica de elogiar Mímesis (La representación de la realidad en la literatura occidental) (1946) porque Erich Auerbach (1892-1957), el autor de esta monumental obra de crítica literaria, la redactara casi de memoria en su exilio de Estambul durante la Segunda Guerra Mundial, con apenas la bibliografía que necesitaba a su alcance. Quizás relatarla haya sido la forma que el pudor ha adoptado para no expresar la profunda conmoción que me produjo la lectura de las páginas que allí dedicaba a la negación de Pedro.

Según Auerbach, “demasiado seria para ser cómica, demasiado contemporánea y cotidiana para ser trágica, políticamente demasiado insignificante para ser historia”, esa escena desafía los límites genéricos de la literatura grecorromana por el uso del discurso directo, por no decir coloquial. A fin de cuentas, la comprensión pascual oscila siempre entre lo literal y lo alegórico, entre la apariencia sensible y el significado. Cuando canta el gallo por segunda vez, Pedro entenderá el sentido de su traición. Siempre se llega tarde a la comprensión. La hermenéutica ilumina la caída de nuestra naturaleza.

Sólo en perspectiva escatológica es posible comprender la tensión de la cultura europea, entre la herencia pagana de un mundo clausurado, degenerado en formas diversas de espiritualismo, y la visión cristiana de una realidad transfigurada. Ambiguo como todos los alemanes, fascinados por la Roma imperial que sólo podría seguir sosteniéndose en una esperanza trascendente, Auerbach había advertido la consumación de este equilibrio en la Comedia, a la que consagró las páginas vibrantes de Dante, poeta del mundo terrenal (1929).

En este libro propone que el realismo figurativo que Dante logró forjar recuperaba plenamente el fundamento cristiano de la historia que “es algo más que la parusía del logos, algo más que la aparición de la Idea. Es al mismo tiempo el sometimiento de la idea al carácter problemático y a la desesperante arbitrariedad del suceso terrenal”. Dado que el cristianismo libera los límites sociales y estéticos, donde dice Comedia podríamos observar, según Auerbach, una visión igualmente trágica.

Desmintiendo la realidad a cada paso las decisiones políticas del florentino, sin embargo sus intuiciones no dejan de ser decisivas para esbozar el tránsito entre la ciudad humana y la civitas Dei. Dante sólo podrá escapar del simulacro esteticista postmoderno, al que se le podría confinar, atravesando hasta nosotros el Empíreo al que ya había ascendido siendo mortal. Quienes nos arriesguemos todavía a acompañarlo por el ultramundo notaremos más dramáticamente que su tiempo épico se ha consumado en una perfección que no debería ser apocalíptica, fuera ya de nuestra época, sino escatológica -la conservación perfecta de su ser y de su destino más personal y singular.

Las notas que Auerbach dedica a aclarar el asunto del poema dantesco son más que iluminadoras: son una prueba de amor por la palabra del maestro que guía el pensamiento a la realidad por medio de la poesía. Su tomismo es la fábula de la verdad poética que mueve el cielo y las otras estrellas: "Dante, invirtiendo el orden de la Summa, muestra la verdad divina como destino humano".

Pero algo me ha llamado la atención particularmente: el análisis que lleva a cabo el romanista alemán de la genialidad de Dante frente al Stil Nuovo del que emergió. Ante Guinezzelli y Cavalcanti, la majestuosidad de Dante brilla desde su juventud en la exactitud cotidiana de su percepción estética: métrica, temática y estructural.

Un solo nombre explica ese prodigio: Beatriz, esa niña que, crísticamente, transformó, con su identidad huidiza, la voz más íntima y, por ello, más universal de Dante. Síntesis de la perfección, más allá de la dicotomía entre realidad e invención, Beatriz es la figura luminosa que guía a Dante hacia la nueva creación, la Jerusalén celeste de la Comedia que transfigurará la Roma perenne de Virgilio. Tanto el orden físico como el histórico-político, redimidos en su condición moral, estaban llamados, pues, a una renovación mística que no habría de perder sino ganar una claridad a la vez sensible y racional. El amor de Beatriz es una sonrisa blanca que no podrá borrarse jamás de nuestra memoria.

El inicio de ese viaje está profetizado en la Vita nuova, “pues lo que Dante fue y es, el poeta cristiano de la realidad terrenal mantenida en el más allá, en la perfección debida al juicio divino, llegó a serlo en su vivencia de juventud, y la Vita nuova es el testimonio de este devenir”. Releo con devoción su último soneto imaginándome a la misma distancia de Dante a punto de ascender al Empíreo que él de la bienaventurada Beatriz en la Florencia de 1292.  

Allende la novena esfera (“Oltre la spera che piú larga gira”), el suspiro de su corazón se eleva a contemplar a su señora como un espíritu peregrino, lleno de una nueva inteligencia, que el Amor, llorando, ha puesto en él. Cuando regresa a explicarle cómo la mira, su lenguaje es tan extremado que ni el corazón que le ha dado palabra puede entenderlo. Pero Dante sabe que habla de aquella noble dama, porque recuerda su nombre: Beatriz.

“Después de escribir este soneto se me apareció una maravillosa visión, en la que vi cosas que me persuadieron a no hablar más de mi bendita dama hasta que pudiese tratar de ella más dignamente. Y me esfuerzo cuanto puedo por conseguirlo, como en verdad sabe ella. Así, si quiere Aquel por quien todas las cosas viven que mi vida dure algunos años, espero decir de ella lo que nunca fue dicho de ninguna. Y luego quiera Aquel que es señor de la cortesía que mi alma pueda ir a ver la gloria de su dama, esto es, de la bendita Beatriz, la cual contempla el rostro de Aquel qui est per omnia saecula benedictus”.


Entre aquí y allí, la gloria de la escritura de Dante anticipa su contemplación.


martes, 31 de diciembre de 2013

Bernardo de Claraval, padre de Dante.



San Bernardo de Claraval,
Fra Angelico (1440)

Tuve una profesora de filosofía, acérrimamente heideggeriana y antitomista, que se lamentaba seriamente de que yo no hubiese nacido en el siglo XII para poder ser secretario de san Bernardo de Claraval (1090-1153). Excepto un amigo íntimo, completamente ateo, todos mis compañeros tomaron su ocurrencia como una boutade. Todavía no sabía que un hermano de Bernardo comparte el nombre de pila de Cavalcanti. Casado y con dos hijas, le costó seguir su llamada. A veces me pregunto si mi mujer y yo no hemos fundado también, a nuestra manera, un monasterio. Guido, c’est moi.

De aquellos tiempos universitarios me quedan ciertas reticencias antineoescolásticas. Si santo Tomás de Aquino no hubiese sido un místico de la inteligencia, que cierto catolicismo siga justificando a piñón fijo la philosophia perennis daría la razón a la exégesis liberal al clamar contra su ontologización del mensaje cristiano. Benedicto XVI, teólogo consciente del poder ordenador del Logos, más agustiniano que tomista, se ha remontado a las palabras de san Bernardo para asegurar que “también nosotros debemos reconocer que el hombre busca mejor y encuentra más fácilmente a Dios «con la oración que con la discusión»". Por experiencia se aprende que la razón sin la contemplación suele acabar, paradójicamente, en callejones posmodernos.

Quisiera creer que la Divina Comedia, tan armónica, tan algebraica, descubre la plenitud en esas humildes y portentosas verdades claravalenses. En el cuarto cielo o cielo del sol Dante situaba a los sabios, filósofos y teólogos, como santo Tomás. En el Empíreo residen María, los ángeles y los bienaventurados como san Bernardo.

Virgilio y Estacio, la antigüedad clásica, guiaron a Dante a través del Infierno y del Purgatorio, hasta que sola Beatriz, amor gozoso de la luz, lo conduce hasta el Paraíso. Allí, feliz y hermosa, debe retirarse en lo más alto para que el padre Bernardo, en la trinidad apoteósica de los cantos finales, pueda introducir al Poeta en la comunión contemplativa de Dios. Si santo Tomás había resuelto problemas epistemológicos que inquietaban el alma de Dante, san Bernardo, sonriendo, le indica con una sola mirada dónde alcanzar ¡por fin! la ciencia del amor.

Étienne Gilson, que dedicó páginas luminosas al tomismo de Dante, descartaba la influencia directa de la obra del abad de Claraval sobre la literatura medieval. Que el autor de la Divina Comedia se acogiese a su compañía en el éxtasis final de su viaje no sería entonces más que un homenaje a uno de los grandes maestros de la vía mística. Conociendo al toscano, sin embargo me resisto a creer que la figura del autor de De consideratione funcionase sólo como un símbolo con que alegorizar la contemplación del misterio de la Trinidad y de la Encarnación.

Con santa malicia, Dom Leclercq consideraba a Dante “víctima de la «leyenda mariana», a la que le da un nuevo impulso” poniendo en boca de Bernardo “una de las más bellas plegarias que se han escrito a Santa María”. Pero, como observaba también, Dante había descubierto en el abad un maestro bajo cuya autoridad oponerse a los excesos dialécticos de la escolástica.

¿Será descabellado pensar que Bernardo pudiera ser para Dante la imagen de un maestro en el arte de la escritura y en el de la política? En uno y otro campo, el cisterciense sobresalió y fracasó con una grandeza que el exiliado florentino debió de admirar devotamente.

Mirado con frialdad, Bernardo es un santo que asusta. Antes que teólogo fue poeta. Dominó los recursos expresivos de la lengua literaria y los amplió y matizó con un exceso de sobriedad cordial que ejemplifica los límites de la libertad entre la creación y la retórica. Como político, su capacidad de seducción fue tan poderosa como su torrencial habilidad para equivocarse, siempre con una integridad inquietante. Así, a propósito de su papel en la predicación de la segunda Cruzada, es legítimo también preguntarse como Thomas Merton “si Bernardo no era más él mismo en Vézelay que en Claraval”.

Marrullero con Abelardo, profético ante Eugenio III, S. Bernardo resplandece ciertamente como el último Padre de la Iglesia, inspirando Oriente, espirando Occidente. Sus Sermones sobre el Cantar de los Cantares deberían ser lectura obligada antes de emprender cualquier reflexión cristológica. Su respiración es tan intensa, tan gótica, que Dante hubo de homenajearlo con la perfección técnica de un genio parejo: los tercetos exactos de una oración. El abismo del Ser resuena en sus rimas, consustancialmente humanas y divinas.

“Vergine madre, figlia del tuo figlio,
umile e alta piú che creatura,
termine fisso d’etterno consiglio,
tu se’ colei che l’umana natura
nobilitasti sí, che’l suo fattore
non disdegnó di farsi sua fattura.
Nel ventro tuo si raccese l’amore,
per lo cui caldo ne l’etterna pace
cosí è germinato questo fiore”. 

Hijo también de su hijo, Bernardo formó en Dante, por amor de su obra, la eterna rosa de su hábito blanco. La paz del Paraíso ilumina su diálogo.


martes, 9 de octubre de 2012

Amistad y traición. Dante y Cavalcanti.





En la imagen que encabeza este blog, Dante Alighieri, el Poeta por antonomasia, coronado de laurel, vuelve la cara hacia su amigo Guido Cavalcanti. De alguna manera simboliza que hasta los más grandes necesitan en su ascenso a la cima quien lo acompañe, pero sobre todo a quien hablar.

De las relaciones entre ambos poetas florentinos está casi todo dicho. Ezra Pound los admiró sin límites, pero tal vez resentía el desdén que Dante había infligido a su amigo pasando como de puntillas por su nombre en la Commedia. Frío se mostraba en el Infierno X con el padre, Cavalcante dei Cavalcanti, que le había preguntado por qué no le acompañaba su hijo. Dante, consciente de su superioridad poética, a esas alturas no miraba ya al pasado inmediato, cuando con Guido sentaron las bases del "dolce stil novo", sino a la inmortalidad.

¿Cómo pensar en Cavalcanti cuando su guía era ahora Virgilio? Dante, en el exilio, desencantado hasta de los suyos, los güelfos, respondería con sobrehumano cansancio a las esperanzas de otros tiempos. Bajo la bandera imperial, y cristiana avant la léttre, de Virgilio, erguiría el monumento de su soledad.

En el Purgatorio XXVI  la superioridad poética de Cavalcanti era reconocida por alusiones. Estoy convencido de que el Toscano insinuaba que, pese a la fama de irreligioso que se atribuía a su compañero poético, no habría dudado en colocarlo, de haberse dado el caso, en el lugar de la purificación del alma. Claro que él, aún vivo, estaba destinado a llegar a la cumbre del amor “che move il sole e le altre stelle”. Presto a alcanzar un silencio infinitamente colmado de sentido, es difícil tener oídos para quien había sido, según confesión propia en la Vita nuova, “el primero de mis amigos”.




Seis poetas toscanos (1544), 
Giorgio Vasari 


Dante amaba demasiado la antigüedad. Cavalcanti, demasiado moderno, desconfiaba de una pureza que no fuera el triunfo material de la inteligencia. Irónico y sarcástico, se habría burlado del desequilibrio entre la sublimidad poética del amor dantesco por Beatriz y su venéreo comportamiento cotidiano. Que él encontrase una pastorcilla en un bosque, en un ambiente intensamente estilizado pero eróticamente inmediato, no restaba un ápice a su crítica: en él el arte depuraba la vida, no la enmascaraba. Dante podía ascender al cielo, pero el permanecería, alegremente desesperado, en esta tierra nuestra de dolores y placeres.

Tal vez la amistad encierre el misterio de la traición. Pudiera ser que el amigo no sea tanto la mitad de la propia alma, como sentenció Cicerón, cuanto su huésped. Los amantes se buscan. Los amigos se encuentran. Tan estrechos pueden ser sus lazos que, de alguna manera, la mejor forma de conservarlos es tomando distancias. En la juventud la amistad es desaforada. En la madurez, rara y desengañada. Es posible que, a ciertas alturas de la vida, la traición sea una forma de hacer justicia al amigo, a pesar de ser irreparable. Pero su muerte, destejiendo los hilos de la memoria, es la única traición que uno nunca podrá perdonarse.

Emprendiendo su peregrinación el Viernes Santo de 1300, Dante evita enfrentarse, por unos meses, a la sombra poética de Cavalcanti. A un amigo se le puede traicionar, nunca juzgar.