Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.
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viernes, 24 de mayo de 2019

Calvinball o las políticas de calidad científica.



Calvin & Hobbes,
Bill Watterson (1990)

A mi heterónimo, que debe asistir por obligación a una de esas comisiones académicas para iniciados en los ritos y mi(ni)sterios educativos, hace poco un colega le reprochó estar instalado en la "cultura de la queja". Lo había motivado su crítica a una de esas interpretaciones crípticas que caracterizan los criterios aplicados en la resolución de una convocatoria pública de evaluación de la calidad de las publicaciones científicas.

martes, 6 de enero de 2015

Mi héroe Coco.





Una de las grandes lloreras de mi vida ocurrió las Navidades en que un compañero de clase me reveló el secreto de los Reyes Magos. De natural fantasioso, nunca he logrado superarlo del todo. No sólo esperaba el día 6 de enero con una emoción excitada, que desembocaba en preguntas incisivas a mi padre sobre qué le habían dicho los Reyes, sino que me entusiasmaba el horizonte de una vida adulta en que les ofrecería una copita de jerez mientras ponían regalos a quienes –oh sorpresa− serían mis hijos.

martes, 8 de octubre de 2013

Futurismo pedagógico.





Comienzo con una anécdota lejana. En una reunión diocesana presidida por el Arzobispo toma la palabra el Director General de una reconocida institución pedagógica de estudios superiores de la Iglesia. Nos explica que, para la evangelización, hemos de tener en cuenta los planteamientos de las nuevas teorías pedagógicas. Según él, ya hemos superado aquella etapa reaccionaria en que un maestro -¡palabra nefanda!- creía tener algo que enseñar a su alumnado. Aclara que no está haciendo otra cosa que recurrir a la mayeútica socrática tal como la explica Platón: el/la alumno/a posee todo el conocimiento; únicamente hay que ayudarlo a que se haga consciente de él adiestrándolo en las competencias precisas para extraer esa piedra filosofal de su interior. Cuando acaba su intervención, el arzobispo se la agradece, los presentes asienten y yo decido presentar mi renuncia a participar en ese tipo de Consejos nada más llegar a casa.

Extraje dos conclusiones. Aquel señor tan serio sabía de Platón lo que quizás había aprendido tan sólo a través del pedagogo Paulo Freire. Me gustaría creer que alguien que haya leído a fondo La República no puede invocar el nombre del discípulo de Sócrates con tanta alegría. Segunda, el silencio cardenalicio me hizo pensar si los Sucesores de los Apóstoles están dispuestos a mantener unida su triple función sagrada -que no profana, que no mundana- de enseñar, santificar y gobernar. ¿Qué podrían enseñar, si no, que no sepamos ya de un modo innato? ¿Cómo pueden arrogarse un deber que cada uno tendría solo ante su conciencia? En consecuencia, ¿más que gobernar, no tendrían sólo que mediar, que dar un servicio de paz que nos permitiese emanciparnos de una forma de autoridad de "otra" época?

Con estas dudas a cuestas y no a pesar de ellas, es más fácil entender por qué instituciones “católicas” en tales manos se entregan, con vehemencia nominalista, a toda clase de diálogos interreligiosos y ecuménicos. Las religiones no serían sino diferentes formas de expresar un mismo anhelo espiritual, coincidentes en sus verdades últimas. Jesús y Buda, grandes maestros de la iluminación interior. El Reino y el Nirvana, dos fincas colindantes que sólo los dogmas y las disciplinas eclesiásticas separan. 

Toda la agenda del liberalismo teológico, en su versión más viejuna, está dominando en gran parte la filosofía cristiana actual. Basta leer Ortodoxia de Chesterton, para darse cuenta de que la matraca bultmanniana se ha hecho liftings desde su nacimiento. A fin de cuentas, ¿no se actúa de facto hoy en día como si la Declaración de Derechos Humanos fueran las nuevas Tablas de la Ley y las Naciones Unidas el nuevo pueblo elegido? Al fin y al cabo, ¿para qué cerrarse puertas, si somos "universales", quiero decir particulares?

Lo pavoroso es que las escuelas cristianas están infectadas de toda esta cosmovisión que le suministran sus ideólogos universitarios. No habría nada que aprender sino aprender a aprender la técnica que permite manejar lo que ya se sabe. ¿Hace falta poner ejemplos en un país como España de cómo funciona esta divina ignorancia, esta nube del no saber que es el saber más frívolo?

La disciplina se confunde con opresión. El esfuerzo, con autoritarismo. El estudio, con manejar dispositivos digitales. Como Manolito, al final nuestros hijos desde el principio de curso no han entendido nada. Luego nos quejamos de que los jóvenes apenas saben redactar. ¿Es tan difícil entender que no hay método que se puede descargar por internet en el disco duro de la inteligencia humana para enseñar a enseñar a leer y escribir? ¿En qué escuela innovadora se enseña que sólo leyendo mucho y escribiendo sin cesar se aprende a leer y a escribir en el sentido más profundo? Sólo descubriendo lo que no se sabe y que otros han imaginado se está en condiciones de hacer la tentativa de saber más e imaginar más la propia vida. De ser más libres. Las aventuras intelectuales son más inciertas que cualquier deporte de alto riesgo. Deporte de soledad en la más poblada compañía, sin límite de espacio y de tiempo.

Aristotélico como soy en poética, estoy persuadido de que dos causas naturales nos permiten crear: el imitar, como fundamento de la metáfora, y el ritmo y la armonía. Mi hija mayor, sin llegar a la decena, ha ensayado cada año hasta la extenuación contorsiones para el festival de Navidad. Y ha tenido que aprender versos malos de solemnidad sobre la solidaridad humana ante el portal de Belén. Aún así, los niños conservan todavía intacta la mirada para distinguir la excelencia que no entienden del todo pero que los eleva más allá de sí mismos. He visto algunos ojos resplandecer en casa aprendiendo a recitar o escuchando la representación de los versos de El camello cojito de Gloria Fuertes o de algún villancico de los Autos de Lucas Fernández. La envidia -o, como diría Nietzsche, el resentimiento- todavía no ha logrado apoderarse de ellos. La magia de las palabras cosquillea sus bocas.

A ellos no les aburre la poesía. Les aburre tener que mirarse a sí mismos todo el rato. Y que los miremos todo el rato, analizando y sacando conclusiones "educativas". ¡Con la de cosas interesantes que hay para descubrir ahí fuera: en los poemas, en la vida! Sólo la tradición proporciona la libertad para inventar el futuro. Si se la enterrase, el futuro que canta todo tipo de innovaciones no sería más que lo que ya va siendo ahora: la perfecta y cínica tiranía de un discurso ideológico tanto más operativo cuanto más autocensurado. 

Este futurismo pedagógico se pregunta, como Marinetti hace ya un siglo, por qué hay que mirar a nuestras espaldas si el tiempo y el espacio han muerto al haber creado ya, en un mundo globalizado, la eterna velocidad omnipresente. A esta pregunta retórica suele responderse con una complacencia irresponsable a la que, ay, por comodidad, por hastío, por impotencia, nos estamos rindiendo.

“Vaciando, pues, de todo aquello el alma de su prisionero y purgándole como a iniciado en grandes misterios, entonces es cuando introducen en él una brillante y gran comitiva en que figuran coronados la insolencia, la indisciplina, el desenfreno y el impudor; y elogian y adulan a éstos, llamando a la insolencia buena educación; a la indisciplina, libertad; al desenfreno, grandeza de ánimo, y al impudor, hombría. Y no da acogida a máxima alguna de verdad ni la deja entrar en su reducto si alguien le dice que son distintos los placeres que traen los deseos justos y dignos y los que responden a los deseos perversos, y que hay que cultivar y estimar los primeros y refrenar y dominar los segundos, sino que a todo esto vuelve la cabeza y dice que todos son iguales y que hay que estimarlos igualmente” (La República VIII).


Fuese quien fuese Sócrates, Platón llegó a ser él mismo recreando a su maestro. Sin él, mal que le pese, la democracia no es sino el remedo abigarrado de la tiranía. Y el Evangelio, para nosotros, se nos desharía en un cuento de hadas muy confortable.


martes, 27 de noviembre de 2012

Calvin & Hobbes. Contra la escuela. Por el maestro.






Confieso que, entre las actividades diarias, leo siempre una tira de Calvin & Hobbes para poder mirar el mundo con cierta benevolencia escéptica. Los personajes de un niño hiperactivo de seis años, egoísta, liante y metafísico, y de su tigre de peluche, coqueto, estupefacto y astuto, creados por Bill Watterson en 1985, son los héroes ácratas de mi primera juventud.

Reconozco que tal confesión testimonia mi escaso compromiso revolucionario, pero situarse irónicamente bajo el favor del reformador de Ginebra y del atormentado  filósofo inglés protege, sin acritud, de los tópicos políticos al uso. El más pernicioso: el de la bondad educativa de nuestras escuelas.

Recuerdo que, al abandonar el colegio para ir a la universidad, sentí como si hubiese cumplido una condena de trece años y pudiese estrenar la libertad. Era un niño disciplinado y aplicado, pero sospechoso de leer, en lugar de tebeos y revistas porno, a gente tan disparatada como Turgueniev, Dostoievski o Flaubert.

Calvin tiene que vérselas con la Srta. Carcoma, su maestra, y el Sr. Escupitajo, director de la escuela. Nosotros nos las veíamos con el Hno. Sapo, de ruindad canónica, y con el Hno. Jabalí, director tarzánico. Si con un zarpazo no entrabas en razón, con un rugido asumías que en la selva la ley también era natural y positiva. Brutal, sí, pero también muy instructiva. La edad te lo hace entender.

Con los años uno se casa y tiene hijos y los hijos llegan a una escuela nueva, en teoría liberada de los tics franquistas de aquella ansiada pedagogía de la transición. La escuela de ahora educa en valores (como dice un amigo perplejo: los valores en la Bolsa, en el Evangelio Cristo; pero las escuelas cristianas siempre han sabido que no hay que exagerar). Así que (quien lo probó lo sabe), si antes te pasabas de listo, te podía caer una bofetada que te sacase de la mesa. Ahora le explican al niño: “¿No te das cuenta? Todos te queremos”.

En una sociedad malcriada e irresponsable, los padres energuménicos no toleran la más mínima contrariedad de sus niños tumefactos afectiva e intelectualmente. La escuela reacciona a la defensiva, con un argumentario victimista más o menos eficaz. Antes, unos padres llamados por la escuela eran informados del comportamiento de sus hijos. Hoy en día, enfrentados a la maestra o el maestro y a una psicopedagoga, nada más que se terminan las presentaciones, son interrogados sobre sus costumbres domésticas.

La palabra clave, en el ámbito educativo, es diálogo. Es el ábrete sésamo que debería resolver todos los problemas. En una ocasión, una maestra me miró con ojos desconfiados cuando quise razonar que el diálogo debe acabar en un acuerdo entre dos partes, pero cuando la relación entre ambas no es equilibrada, no hay diálogo sino una petición que la parte más poderosa puede conceder o no y según qué condiciones. La escuela quiere recuperar la autoridad, pero sin pagar el precio de su autoritaria buena conciencia.

Por todo ello, como en la viñeta que encabeza este post, sigo teniendo la misma sensación –y creo descubrirla en mi hijo también calvinista- que la de Calvin cuando sale a la pizarra para mostrar un objeto y expresar sus sentimientos. Mirando a sus compañeros y a nosotros lectores, nos suelta con candor, con furia, con irritación:

"Para la clase de hoy he traído un avión de juguete. 
Es muy normal, supongo, pero me gusta llevarlo encima.
¡Es para recordarme que, en cuanto ahorre un poco de dinero, compraré un billete y me iré tan lejos de vosotros, estúpidos, que alucinaréis!
(Ante el director). No es una “actitud”. ¡Es un hecho!"

En aquella escuela de sapos, jabalíes, orangutanes y cocodrilos, encontré, sin embargo, al único maestro que Dios me ha concedido en la vida. Le llamaban garbancete, porque no superaba el metro y medio de estatura. Calvo, sin cuello, con las extremidades pegadas al tronco, casi sin poder separarlas, aquel fraile diminuto, que había sido corneta de un tercio requeté durante la Guerra Civil, amaba con pasión las lenguas clásicas y su cultura. 

Flemático, irónico, intransigente, me inoculó la pasión del saber humanista sin una sola prédica, sólo enseñándome a escandir los versos de Virgilio. Su fe, discreta y sin fisuras, la proclamaba con ansiedad a través de una anécdota que repetía constantemente, entre nuestras chanzas malhumoradas: no quería asirse a las sábanas en la agonía como aquel que gritaba: “Señor, ¡estas manos están vacías!”.

Siempre fue consciente de que estaba ahorrando para irme bien lejos de todos ellos, incluso de él. De haber llegado a leer este post, habría vuelto a decir lo que, en una ocasión, le espetó al director enfrente de mí: “¡Deje al chico que se explique!”. ¿Cómo explicar a una escuela lo que, en último término, excede método, enseñanza, aprendizaje? Ser uno mismo es querer ser múltiple.