martes, 29 de enero de 2019

La apotegmática urbana de los Padres del Desierto.



La Tebaida,
Paolo Uccello (c. 1460)


A medida que han transcurrido las etapas de este camino bloguero que recorro desde hace casi siete años, he venido tomando conciencia de que a su evolución le caracteriza un proceso cada vez más paradójicamente «reaccionario». Al principio, “a su pesar”, se fue proponiendo dar testimonio de esa legitimidad histórica y cultural cuya extinción no deja de exasperar a los arteros defensores del progreso, incapaces de crear la nada si no es mediante la negación de todo límite. En el fondo oponía, tímidamente, a sus desvergonzadas innovaciones la frescura hierática de un orden (anti)moderno que cifraba en el stilnovismo florentino sus desesperanzas. El símbolo de Claraval, fundado un siglo antes, asomó, por necesidad, como el garante escatológico de que la restauración de lo abolido por siempre jamás debe exceder las pretensiones absolutas de este mundo.

Remontando aún más el curso de esta nueva creación, la inspiración de un silencio que resuene con gótica sobriedad en las columnas de esta celda digital ha conducido mis pasos hacia el desierto de los Padres. En aquellas cuevas secas y arenosas, en cuyo umbral se dedicaban a cortar palmas antes de entonar los doce salmos vespertinos, encuentro el fulgor consolador de una figura arquetípica que sigue cobijando los tanteos de los dispersos y atónitos monasterios familiares, en medio de nuestras ciudades, como el que aquí y ahora ha ido encarnándose.

La vocación monástica siempre ha enfrentado dos tentaciones en que, con fruición maníaca, suelen juzgar que incurre per se quienes, además de no haberla recibido, la consideran, a ratos condescendientes a ratos furiosos, la intolerable pretensión de una perfección fantaseada. Entrelazadas, la inclinación gnóstica y la voluntad moralista asedian así la vida monacal, cuyos rasgos más depresivos son acentuados hasta extremos histéricos por el imaginario barroco y romántico, es decir, moderno. Quien huye del mundo se encerraría tras las paredes de un monasterio para lograr una salvación intimista, a cubierto de los engaños de una realidad impura y maligna. ¿De qué serviría refugiarse en una ermita, mientras el mundo espera su transformación definitiva? Pero ¿no debería acaso el monje ser el icono de Cristo?

Conviene repetirlo. Al desierto más radical nadie se encamina por su propio pie. Como Elías, como Juan el Bautista, se es arrebatado hasta él por la nube de un no saber que es el más excesivo de los conocimientos. Quien habita en el desierto ha sido llamado a velar y orar sin descanso, al menos una hora, nunca con éxito. Cada desierto reproduce a tientas el plano de Getsemaní. Quienes acuden de visita a él se sorprenden de la falta de ejemplaridad de sus moradores, siempre a punto de abandonarlo y de huir, mientras, a la vez, perseveran custodiando el cáliz de la voluntad divina que recoge las espesas gotas de sangre que caen de sus frentes. Incomprensible, en efecto.

De tomarse en serio la Regla de san Benito, tres son los principios de la vida monacal: la humildad, la obediencia y el silencio. Y una su manifestación: la hospitalidad. A tres pecados capitales debe enfrentarse, pues: la soberbia, la envidia y la acedia. ¿Quién si no el monje es capaz de entender y acompañar los deseos más arrebatadores del corazón humano? En el suyo propio expía los de todos sus hermanos. Por ello, profundiza, mediante la compunción, en el dominio de sí, sabiendo que nada debe hacerse por ostentación y que es preciso no juzgar a nadie. No importa el motivo, el ser humano está llamado a una libertad absoluta que sólo obtiene mediante la renuncia de sí y la apertura al prójimo. 

¿Qué Getsemaní más amenazado y menos prescindible hoy en día que la familia? La casa de Nazaret, símbolo modélico y modelador de una sociedad cristiana y aun suavemente poscristiana, puede adaptar el plano del monasterio frente al alcance cada vez más anticristiano de un orden que, por necesidad, está preparado para proscribir, directa o indirectamente, cualquier legitimidad previa a su voluntad de poder. Ampliado el concepto familiar hasta cualquier extremo legislable, que ha usurpado su contenido por la conquista imparable, transparente, de cualquier emoción y afecto que crea la ilusión que nombra y que condena la realidad que la limita, permanece escondida en su germen, siempre lista para ser instituida. “una escuela del servicio divino […], de manera que si no nos desviamos jamás del magisterio divino y perseveramos en su doctrina y en el monasterio hasta la muerte, participaremos con nuestra paciencia en los sufrimientos de Cristo, para que podamos compartir con él también su reino” (S. Benito).

“Un hermano preguntó al abba Pastor: «¿Cómo debemos estar en el cenobio?». El anciano le dijo: «Los que permanecen en el cenobio deben considerar a todos los hermanos como uno solo y guardar sobre todo su boca y sus ojos, así pueden estar en reposo”.
“Un hermano preguntó al abba Pastor: «¿Qué debo hacer, pues cuando estoy en la celda siento que me falta el valor?». Y el anciano le dijo. «No desprecies ni condenes a nadie y Dios te dará paz, y tu vida en la celda será tranquila»”.
“Dijo un hermano a abba Antonio: «Ruega por mí». Y le dijo el anciano. «No tendré misericordia de ti, ni la tendrá Dios, si tú mismo no tienes compasión de ti y no buscas complacerlo»”.
“Amma Sinclética dijo también: «Es peligroso que enseñe aquel que no ha sido educado en la vida activa. Porque si uno habita en una casa ruinoso y recibe huéspedes en ella, los perjudicará por el deterioro del edificio; del mismo modo el que no fue instruido primero, perderá a los que llegan hasta él. Con palabras los llaman a la salvación, pero con el comportamiento hacen mal a los ascetas»”.
"Un anciano dijo: «Es increíble cómo realizamos nuestras oraciones como si Dios estuviese presente y oyese nuestras palabras; pero cuando pecamos actuamos como si Él no nos viese»".  
“Un hermano dijo a abba Pastor: «Dime una palabra». El anciano contestó: «Trabaja cuando puedas con tu mano para hacer misericordia con ello, pues está escrito: La limosna y la fe purifican los pecados. El hermano le dijo: «¿Cuáles son las obras de la fe?» El anciano dijo: «Vivir en la humildad y hacer misericordia»”.
“Un hermano fue a ver a un ermitaño, y al marchar le dijo: «Perdóname, abba, porque te he impedido guardar tu regla». Pero el anciano le respondió: «Mi regla es recibirte con hospitalidad y despedirte con paz»”. 

(Apotegmas de los Padres del Desierto).

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