martes, 4 de junio de 2019

Los diarios herméticos de Eugenio Montale.


Natura morta,
Giorgio Morandi (1943)

Aun stilnovista, entre filigranas prerrafaelitas, este blog tiene contraída una deuda silenciosa con la literatura italiana del siglo XX, tan modernista en su realismo. Por más puntual y dispersa que haya recorrido mi formación sentimental su narrativa, no puede detener ahora el flujo de un ritmo todavía áspero y ajustado a mi sensibilidad de entonces. Abstracta en su inmediatez física, intermitente, recito de nuevo en mi mente la poesía de Eugenio Montale (1896-1981).


Vuelvo a contemplar, con idéntica angustia, el perfil de abubilla disecada que el poeta genovés reflejaba en la portada de Tutte le poesie, reeditadas en 2018, en la edición de Grandi Classici de Mondadori (1990). Sólo en un día lluvioso he logrado atreverme a franquear otra vez su umbral. Me sumerjo así en la tersa y despiadada precisión de su sintaxis, no en aquella de los primeros libros canónicos, como Ossi di seppia (1925) o Le ocassioni (1939), sino aquella depurada hasta el histrionismo más ascético en los controvertidos volúmenes posteriores a Satura (1971):  Diario del ’71 e del ’72 (1973) o Quaderno di quatri anni (1977).

Apenas puntuada la marca del tiempo por las abruptas cesuras internas de sus encabalgamientos, de ese itinerario autopoético sigue fulgurando ante mi lectura la conciencia seca de su lenguaje, su ética desértica y su agnóstica metafísica.

Pudiera parecer que esta crítica esté brotando de una hosca distancia. Al contrario. Montale no se permite la más mínima confianza con su lector. Arisco, hasta huraño, tan sólo le exige desnuda la emoción sobria de su inteligencia. Comoquiera que investiga la forma de la realidad entre los cedazos de la palabra poética, sus versos filtran, deshechos, la resistencia destilada de su materialidad inabordable. A esa impotencia debe entregarse con ardorosa ascesis quien se aventura, con él, por estos libros.

Montale mismo da ejemplo. Desde el díptico “A Leone Traverso” que abre Diario del ’71 no cesa de dialogar con otros poetas, próximos o lejanos, con un radical despego de sí mismo.: “Mai fu gaio / né savio né celeste il mio sapere”. Sean Constatino Cavafis o Franz Kafka, sean Leone Traverso o Roberto Bazlen, la figura del “Poeta” es deconstruida una y otra vez con precisión cubista, hasta el límite donde nihilismo y revelación se cruzan por un instante, de una manera a la vez que exhausta, abismal. Más allá de la sátira acre de Pier Paolo Passolini, resulta ejemplar la Lettera a Malvolio que extrae su brutal energía de las recónditas intimaciones cómicas de la psicología shakespereana: “Ma lascia andare le fughe ora che appena si può / cercare la speranza nel suo negativo”.

A medida que se avanza por los diarios del 71 y del 72 empieza a notarse que los ecos remotos y actuales de las proposiciones de Ludwig Wittgenstein orientan la búsqueda de Montale hacia unos cauces que dibujan el trazado ontológico de la poética surcada por Giacomo Leopardi. No cabe fijar la atención tanto en la mención explícita al poeta de Recanati en “Per finire”, el último poema de Diario del ’72, sino en la inclinación imaginaria que adopta la tensión entre la ética y la mística con que el lenguaje percibe su postura ante la niebla del ser. Resultan evidentes los sonidos del Zibaldone en versos como éstos: “È tutta qui la mia povera idea / del linguaggio, questo dio dimidiato / che non porta a salvezza perché non sa  / nulla di noi e obviamente / nulla di sé” (Quaderno di quattro anni).

En Montale el lenguaje y Dios se reclaman y se fundan bajo la apariencia de una gnosis caída. Sin crear(se) ilusiones, se adentra en los residuos de la significación donde la poesía resuelve todavía la cuestión de su sentido. Montale no predica el sinsentido; lo testimonia en el gesto indiferente de su retirada -de su abstención.

En un poema tan wittgensteniano de Diario del ‘71 como “La forma del mondo”, establece el silogismo básico de esta poética en penumbra, oscura y lluviosa: el lenguaje del delirio apenas se da cuenta de que “se il mondo ha la struttura del linguaggio / e il linguaggio ha la forma della mente / la mente con i suoi pieni e i suoi vuoti / è niente o quasi e non ci rassicura”. En él habla un dios indescifrable que, entre balbuceos, es también “mejor que nada”.

En Diario del ’72 adensaba esta intuición, guiado por el ejemplo leopardesco que mencionaba hace un momento. “Se dio è parola e questa / è suono” (“L’èlan vital”), el demiurgo que modela la forma del mundo con la estructura del lenguaje está lejos de poder organizarlo con una sustancia moral que comunique una fuerza vital a las redes que configuran el tejido de nuestros significados. De los atributos cristianos del Artífice “Il mio non é / nulla di tutto questo e perciò lo amo / senza speranza e non gli chiedo nulla” (“Il mio ottimismo”).

En este punto

                     En este punto detente
                     dice la sombra. 
                    Te he acompañado en guerra y en paz y también 
                     en el intermedio, 
                     he sido para ti la exaltación y el tedio, 
                     te he insuflado virtud que no posees, 
                     vicios que no tenías. Si me desprendo 
                    de ti no te apenarás, serás más 
                     leve que las hojas, voluble como el viento. 
                    Debo alzar la máscara, yo soy tu pensamiento, 
                     soy tu in-necesario, inútil tu cáscara. 
                     En este punto detente, arráncate de mi aliento 
                     y atraviesa el cielo como un cohete. 
                     Hay todavía algo de luz en el horizonte 
                     y quien no lo ve no es un loco, es sólo 
                     un hombre y tú intentabas no serlo 
                     por amor de una sombra. Te he engañado, 
                     pero ahora te digo en este punto detente. 
                     Lo peor tuyo y lo mejor tuyo no te pertenecen 
                     y por aquello que tendrás puedes obrar 
                     sin una sombra. En este punto 
                     mira con tus ojos y sin ojos” 

                     (Eugenio Montale, Diario del ’71)

Hermético, heredero perdido del trobar clus, desisto en este punto.

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