Concierto en el huevo, Seguidor de El Bosco (¿1561?) |
Mientras envolvía mi ejemplar, el librero se afanaba
en aclarar su decisión de incluir en la sección de antropología Comimos y bebimos (Barcelona, 2018), el
reciente libro de Ignacio Peyró (1980). Consideraba que, como “novela de su
vida”, estaba demasiado bien escrito para dejarlo depositado sin más entre las mesas de literatura
y gastronomía. Atrabiliarios, quisiera creer que sus juicios no resultan tan gratuitos como a simple vista podrían dar la impresión.
Como el propio Peyró no se ha cansado de repetir, el
banquete jamás se limita a un acto biológico, ni simplemente
social. Representa un esfuerzo -en no pocas ocasiones, ay, heroico - de civilización.
La celebración de los garbanzos o de las ostras, de Wiltons o de Currito, de
los borgoñas y los burdeos, de las cenas románticas o las discretas confidencias
a lo largo de un booth, como la
prepotente paella o como el irreductible gazpacho, como el queso que
quintaesencia el placer de la mesa, “nosotros ya sabemos que es palabra de un
paisaje, memoria y afecto”.
Cada uno de los capítulos de esta obra, que, como un
fino hilo argumental, casi anecdótico, entre El primer bar de la adolescencia y los mediodías de la vida ya superados, se suceden con el ritmo de
los meses de un año, refleja la conciencia que el autor tiene de ella en su
conjunto: grata de leer, pertenece a esos libros difíciles de explicar. No se
trata simplemente de una cuestión de género literario, solventada con el ligero
subtítulo de “Notas de cocina y vida” que permiten incluir glosas, ensayos,
estampas, anotaciones, entradas enciclopédicas…. Ni tampoco de rastrear una
genealogía literaria que remite, con calculada claridad, al periodo de
entreguerras y a su elegante nostalgia del Gran Siglo. Flemático y no decididamente escéptico, con un punto de exuberante hedonismo
que vela con sensato pudor un agudo sentido, casi barroco, de la caducidad, ni tan siquiera su moralismo puede
reducirse a una indirecta e irónica definición llamada a hacer fortuna:
“Culinariamente, soy un tradicionalista curioso o un conservador abierto”.
Apurado, con temor a parecer pomposo e incurrir en la
obviedad, tengo para mí que la clave de esta obra apunta a la puesta y a la
apuesta crítica de un estilo que,
amén de literario, es vital y cultural, crepuscularmente hímnico. Me atrevo a
afirmar que el libro de Peyró es un libro necesariamente menor. Tras el pantagruélico festín de su diccionario anglófilo Pompa y circunstancia, Peyró, recostado
en la butaca de su escritura, se incorpora feliz y resacoso, con las justas
fuerzas de un gourmet vencido, a
probar todavía un resopón de becadas
y viognier, fragmentario y engañosamente ecléctico, de severa disciplina alegremente
disimulada: “con estas páginas, agoto ese crédito de juventud que se nos da al
nacer y rescato algún pecio de una educación sentimental entre los bares y las
novias y los amigos y los restaurantes de Madrid. Es tiempo -cerca ya de los
cuarenta años- de enterrarlo todo”.
Insisto que el de Peyró es un hedonismo de sorprendida
intimidad ascética, como si de un memento mori, grave y carnal, se tratase. Puede frecuentar las barras de bares y las salas del clubland y, a la vez, asomarse a las
desengañadas viandas de un dandismo penitencial. En Pompa y circunstancia aseguraba que la suya fue la última
generación en creer que lo británico era lo mejor, sin importar si esa
convicción era real o fantasiosa. En Comimos
y bebimos declara que la suya ha sido la última en conocer la cocina
familiar, último refugio de la memoria sentimental que da orden y sentido a una visión del mundo, curiosa y conservadora.
En sentido amplio, el desengaño de Peyró, en absoluto apocalíptico, es escatológico: “Lejana ya la ilusión adolescente, enterrados los sueños de poder y de gloria, cumplidos todos los posibles desengaños con uno mismo, llega un momento en que las epifanías de la vida se resumen en un desayuno con calma y algo de sol”. Queda apenas ocultado el pesar asumido de que lo Nuevo sea sólo una figura paródica de lo Último que se está extinguiendo. La derrota del gusto frente al dinero y el poder recuerda que “es poco el tiempo que nos queda” de celebrar la felicidad de cenar solo en el club: “Con un poco de suerte, al levantar la vista, cae la nieve sobre Pall Mall o un mirlo avanza, a pequeños saltos, por el césped de Carlton Gardens”.
En sentido amplio, el desengaño de Peyró, en absoluto apocalíptico, es escatológico: “Lejana ya la ilusión adolescente, enterrados los sueños de poder y de gloria, cumplidos todos los posibles desengaños con uno mismo, llega un momento en que las epifanías de la vida se resumen en un desayuno con calma y algo de sol”. Queda apenas ocultado el pesar asumido de que lo Nuevo sea sólo una figura paródica de lo Último que se está extinguiendo. La derrota del gusto frente al dinero y el poder recuerda que “es poco el tiempo que nos queda” de celebrar la felicidad de cenar solo en el club: “Con un poco de suerte, al levantar la vista, cae la nieve sobre Pall Mall o un mirlo avanza, a pequeños saltos, por el césped de Carlton Gardens”.
Por ello, entre la sobria ebriedad de Filón de Alejandría y la sed biológica de Josep Pla, stilnovista y claravalense, descubro
en la obra de Peyró, irónica y epicúrea, bienhumorada y crítica, una intensa y
secreta vena goliárdica, de melancólica lucidez. “In taberna quando sumus”.
Como la poesía de aquellos clérigos vacantes, su escritura, matizada y compleja,
liga una refinada cultura con una aparente y liviana despreocupación. Exulta de
alegría ante los placeres de los que, sin lamentarlo, contempla, con lirismo
sereno, su fugacidad espléndida. Para quienes conservamos un oído barroco, polifónico,
el título mismo del libro nos retrotrae el eco pasado de una angustiada esperanza: “Si
los muertos no resucitan, comamos y bebamos que mañana moriremos” (1 Cor. 15,
32). Tal vez, como siempre, nos queda esperar, inadivinable, la resurrección.
Que Peyró no renuncia a los sonidos y a los sabores,
a los olores y a los colores, de esa herencia cultural cristiana, como miembro de
la última generación que a duras penas fue también educada en ella, lo arrastra
con toda naturalidad a ese festivo espíritu de camaradería exquisita que
disfruta ante el escaparate de Cuenllas o frente a la bodega de una gasolinera
de carretera. ¿Quién si no un goliardo puede concluir su prólogo invocando los
nombres de sus amigos antes de exclamar: “no reneguemos, hermanos, de la
alegría que fue nuestra”?
Más aún, como un rasgo de estilo que pauta con burla
amable y serio gozo todas sus páginas, es frecuente encontrarse citas,
alusiones y giros que, no por más o menos coloquiales, dejan de resonar en la
piedra menos ovidiana de lo que su autor da a entender y más medieval de lo que
entre líneas reconoce. Basten unos ejemplos de estas expresiones que
condimentan la prosa peyroniana: “allí, un perrechico siempre fue fiel al
perrechico y, bien sacramentadas, las alubias eran como Dios quiso que fueran las alubias”; “por cinco días, Mónica y yo nos adentramos por París con el
fervor de quien regresa a los Santos Lugares”, en la elaboración del Nacional “aquí
no se hace alcohol, aquí se hace teología”; “No beer, no civilization; durante siglos, la cerveza fue el pan más
necesario de la humanidad sufriente; hoy, todavía es la prueba -como dijo
Franklin- de que Dios nos ama y nos quiere felices”; “Bendita Pentecostés de
las crêpes Suzette”...
¿Qué puede entender un monje como Cavalcanti, que
disfruta las tortillas sequitas, no tostadas, cilíndricas y sin pliegues,
acompañadas en los días de fiesta y solemnidades de un sorbo de vino blanco, de
la espléndida mesa del goliardo Peyró que preferiría acompañar con el sólido y
monacal Burdeos el jugoso roast-beaf
de Simpson’s? Tal vez la respuesta se la
haya dado, virgiliano, Juan Ramón Jiménez cuando, al retratar a Corpus Barga, sostenía
que “su escritura tiene el vuelo de rectas y ángulos de una libélula”, pues “parece
más bien un centinela avanzado, ansioso y fuerte, por los bellos paisajes de lo
actual, en cuyo ocaso alegre fulgura, casi en la mano, el futuro”.
“En realidad, pocas cosas alaban al mundo como la miel. Por mi parte, le debo alguna dulzura. Ocurrió varias veces. Venía al campo el camión del colmenero salmantino. Los niños le mirábamos ese traje suyo de astronauta pobre, le preguntábamos por las picaduras -claro que picaban- de las abejas. Al final, llegaba el momento esperado: abría la cisterna sobre un bidón, para que recogiéramos arcádicamente un grueso borbotón de miel -miel negra, miel de encina- sobre panes blancos y rubios, mientras el verano decaía. En la oscuridad de la miel flotaban abejas y grumos de polen. Hoy podría recordarlo como una imagen de la felicidad, pero es imagen de algo -ay- mucho más importante: la juventud”.
(Ignacio Peyró, Comimos y bebimos)
Discípulo lejano de Godofredo de Auxerre, secretario
del Doctor Melifluo, me consuela imaginar que cualquier día, a la salud
goliárdica de Peyró, descorcharé una botella sabiendo que “claro que quizá no
hay que hacer de cada cosa una opción trascendental: cuando busquemos
trascendencia, bastará con abrir un chablis como un tragaluz del paraíso”. Así sea.
Espero que este libro sea un contrapunto civilizado a la desmesura gastronómica en la que vivimos, con programas de cocina a tutiplén y fiestas de exaltación de la paella, el chorizo, el marisco, las rosquillas. ¡Que viva el vientre!, parece que se dice por todas partes, con un "comamos y bebamos que mañana moriremos" muy, pero que muy poco interesante.
ResponderEliminarComo me ha gustado mucho tu entrada, voy a leer el libro. Yo, que no soy nada sibarita, disfruto en su justa medida del placer de la comida y de la bebida. A tu salud, Cavalcanti.
El libro es la una delicia, se lee sin empacho.
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