martes, 20 de febrero de 2018

Léon Bloy, ¿heterónimo?



Les Casseurs de pierres,
Gustave Courbet (1849)

Hace una semana conversaba en tránsito mi heterónimo con Jesús Ares en un rincón del aeropuerto. Intentaba explicarle, con su impotencia críptica, que cada uno de nuestros mutuos nombres es la posibilidad que sólo Dios es capaz de grabar con trazo seguro en el libro de una vida que a tientas protagonizamos, inciertos, tras la comunión de los santos. No existe para él otra realidad que la escatológica. Ella marca la diferencia -la herida- de nuestra existencia en cada una de las preposiciones con que testimonia, explorador, la condición de imagen suya. Al despedirse de su paciente y cálido amigo, le vino a la memoria una pequeña nota que ha quedado suspendida, inédita, sin respuesta. Era justo que así fuese. Sus heterónimos no son imaginarios, sino almas transubstanciadas.
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La celebración del centenario de la muerte del escritor francés Léon Bloy (1846-1917) ha pasado prácticamente inadvertida en España, al margen de reseñas puntuales. Aunque el autor de El peregrino de lo Absoluto cuenta con una fidelísima y minoritaria legión de seguidores, la singularidad de su persona y de su obra mantiene intacta, junto con su capacidad de seducción, su orgullosa y arisca, por no decir explosiva, independencia -y también, una limitada historia editorial en lengua española-.

Escribir sobre Bloy es una tarea titánica. Corre uno el riesgo de querer imitar lo más superficial e inimitable de su estilo o, con mala conciencia, ejercer el papel filisteo de quienes, en su época, fustigados ferozmente por sus escritos, le admiraban tanto como le detestaban. Bloy, como el pobre Lázaro, se había propuesto guardar flamígero los secretos espirituales de una Europa medieval y cristiana en medio de una época positivista y postrevolucionaria de ricos y descreídos Epulones. ¿Quién puede cumplir, con el escrúpulo de Bloy, la exigencia de la parábola del tesoro escondido?

A Bloy le habría gustado verse emerger del mundo monástico de los siglos XI y XII, ajeno a esos balbuceos escolásticos que despreciaba descubrir entre los eclesiásticos de su época. Quien no admitía otra nostalgia que la del Paraíso, hubo de aceptar con una humildad que su verbo furibundo parecía desmentir a cada paso y que, sin embargo, confirmaba más profundamente que “camino por delante de mis pensamientos exiliados en una gran columna de Silencio”.

Su modelo de exégesis espiritual, forjado por el protagonista de la novela El desesperado en la Gran Cartuja, es una de las recusaciones más demoledoras y por ello más ignoradas del programa modernista. Su radicalidad poética y teológica entronca con algunas de las preocupaciones centrales de los análisis fenomenólogicos del siglo XX. Como ha dicho recientemente Pierre Glaudes en Léon Bloy, la littérature et la Bible (Les Belles Lettres, 2017), “lo real es para él esencialmente semiótico, puesto que es, en sus estructuras profundas, un lenguaje: la Palabra divina que hace escritura incluso en el acontecimiento más ínfimo”. ¿No se perciben acaso la denuncia y hasta la deconstrucción de la ilusión moderna de una mathesis nominalis que la filosofía francesa contemporánea ha fatigado hasta el rumor insignificante bajo las categorías de ausencia y de experiencia?

En el reaccionario Bloy podría inducir a confusión el que parezca no hacerse ninguna concesión al espíritu de su tiempo. Milenarista, se entregó fervoroso a la memoria de Napoleón y a perseguir la beatificación de Cristóbal Colón. Devoto de la aparición de la Virgen en La Salette, intuyó, en un plano escatológico, la consumación de una época que sus escasos discípulos tradujeron en los términos inmanentes y literales de la Gran Guerra, a la luz de En el umbral del Apocalipsis (1916). Que el pensamiento de Bloy sigue resultando incómodo lo demuestra el pequeño escándalo que suscitó en Francia en 2013 la censura parcial de su opúsculo La salvación por los judíos (1892), en razón de un supuesto antisemitismo contra el que él se había propuesto arremeter con la redacción de su escrito.

Parecería como si la recepción de la obra de Léon Bloy estuviera condenada a dar la razón a los tópicos que se han construido a partir de los rasgos más bizarros de la personalidad y del estilo de su autor, considerado a veces una especie de Nietzsche católico. A Bloy, tan incómodo, lo que resulta imposible es catalogarlo de «apologeta».

Su obra esconde una subterránea continuidad con el nervio de la espiritualidad católica de Francia que remonta a Pascal y a las polémicas sobre el «amor puro» que atravesaron su siglo XVII. Aun tan ajena al modelo cervantino, tal vez no sea demasiado atrevido considerar la de Bloy una santidad «a la francesa». Bloy afirmó en sus deslumbrantes diarios que no había más que una fatiga: la de la Caída. Y añadía, paulino: “Estoy fatigado de la fatiga”. Era capaz de ver hasta en el más mínimo detalle una cifra sagrada de la historia de la salvación.

¿Acaso, simbolista, no era un heredero del malditismo, capaz de denunciar, exasperado y sablista, el conformismo ejemplar de Paul Bourget como el decadentismo autocondescendiente de Huysmans? Llevaba el tesoro de su escritura, que era por encima de todo el de su fe, en las vasijas de barro de unas obras de género tan inclasificables como (anti)modernas. ¿No son sus Meditaciones de un solitario (1917) las reflexiones espirituales de un guerrero francés que llora ante las ruinas humeantes de la Catedral de Reims? ¿No es La Sangre del pobre (1909) un breviario de economía simbólica, irreductible a todo debate tanto con el sensato «distributismo» de G. K. Chesterton y de H. Belloch como con los delirios antiusureros de Ezra Pound?

En Bloy no se resuelven nunca las antítesis, sino que cuanto mayor sea la fricción que producen sus términos, tanto más grande es la verdad por la que hacen duelo. Bloy llegó a definirse así: “Yo rezo, como un ladrón que pide limosna a la puerta de una granja a la que quiere prender fuego”. La suya es una furia ética y estética que se sostiene en la precisión y en la elegancia de una mansedumbre espiritual que refleja -¡y mantiene!- un equilibrio imposible.

Es momento, pues, de leer a Léon Bloy, tan atento a los puntos ciegos del lenguaje en su Exégesis de los lugares comunes (1900) como lo podría haber estado Karl Kraus. Aunque toda la grandeza estuviese exiliada al fondo de la Historia, la escritura de Bloy seguiría sosteniendo desafiante que no se puede encontrar realmente otra fuerza que en la espera del Espíritu Santo.

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Cavalcanti, y ahora con atrevimiento insensato Bloy¸con apenas el gesto de un diálogo irreductible, desafiante, consciente de su derrota, hasta en el silencio a que se someten en esas voces que caracterizan nuestra heteronimia, gritan una verdad inextinguible que no se oye ni debe oírse. Se alababa hace poco de Cavalcanti el que hubiese comenzado a notarse su clausura. En una Carta a un jesuita se resistía el autor de Cuatro años de cautiverio en Cochons-sur-le-Marne a claudicar: “Esconder en el corazón que los Orléans son una basura y que la cobardía de los cristianos disgusta a los demonios, es todo lo que puedo prometer. Ved a qué generalidades me encontraría reducido, pero usted sabe lo que puedo hacer incluso en ese género”. Habré bajado los brazos, pero jamás pondré en almoneda nuestra alma. Me gustaría creer que Léon Bloy, como Guido Cavalcanti, ruega sin desfallecer por mi fatigada -y anónima- peregrinación poética…

2 comentarios:

  1. Ruega, no lo dudes, porque tú lo invocas.

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  2. Un día, Él te dará una piedrecita blanca. Y grabado en ella, un nuevo heterónimo: uno que solo sabrás tú.

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