Máscaras, Maruja Mallo (1942) |
¿Qué
indujo en la entrada anterior, dedicada a medias a Fernando Pessoa, a olvidar
uno de los motivos centrales –casi vertebral- de mi (in)cierta autoría? Al fin
y al cabo, como en un bucle a menudo aludido y jamás cumplido, Cavalcanti y yo sostenemos la heteronimia mutua que
mantiene la voz –la escritura- de este blog. Atentos a una semiótica de la
escucha, cada uno de estos pequeños y a veces crípticos ensayos llevan casi
siete años redoblando el eco de nuestra biografía.
He
tanteado respuestas o, simplemente, me he esforzado por preservar, seguramente
por defecto, ese secreto que no guarda sino una ausencia o una abstención.
Quizás sea lo oculto de la ocultación lo decisivo, por insignificante, en una
personalidad. Quiero decir que, apenas relevante, el secreto de su identidad se
sustrae a cualquier afirmación. Más que indecible -o ilegible- estará, en el
mejor de los casos, expurgado del Libro de la Vida. Suprimido por purificado, y
no al revés, brillará celeste sin sombras en el silencio pronunciado de la
eternidad. En esta tensión escatológica su garabato actual -la fatiga de su
estado decaído- podría llegar a cobrar el vigor que Dios le habrá infundido en
su principio con la Palabra de su aliento.
Entre
literaria y teológica, no cabe duda de que tal heteronimia diverge de la filiación
que une a Ricardo Reis con Fernando Pessoa. Y sin embargo
compartimos rasgos de una genética simbolista, bajo la forma de una melancolía
sebastinista en unos que se hace claravalense en otros para protegerse, y no para
desencadenar hasta sus íntimos extremos nihilistas, la infernal lucidez de Arthur Rimbaud. Como decía, con Cavalcanti somos
heterónimos el uno del otro. Cavalcanti, posmoderno, se materializa en el
holograma anarcorreaccionario proyectado por mis fantasías estéticas. Je n’est pas un autre. Un autre, c’est moi.
Por
el tipo de escritura que practicamos podéis también creer que llevo tiempo
sospechando que, freudianos, hemos cumplido la exigencia castradora de la Ley
del Padre, huyendo de la espesa figura caudal de Antonio Machado (1875-1939). Cuando leo sus
poemas más conocidos, me asaltan los gorgoritos golpe a golpe de Joan Manuel Serrat en interminables tardes de veranos familiares. Es oír su apellido y
asaltarme también, con sabor a tierra reseca, el sintagma que atormentó mi
adolescencia: “cárdenas roquedas”. Acabé de justificar mi animadversión por el
liberalismo visigótico y pegajoso de nuestros institucionistas, que tan bien, a la contra, encarnaba su descuidado aliño indumentario, en un extravagante y genialoide curso
de literatura española del siglo XX que Andrés Amorós dedicó monográficamente a
los que él consideraba sus tres autores canónicos, por este orden: Carlos Arniches,
Pedro Muñoz Seca y Antonio Machado. Palabra en el tiempo.
Releo
veinticinco años después las sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de Juan de Mairena y descubro por el profesor apócrifo de Antonio Machado los pliegues
de la reservada admiración que, no obstante, he sentido siempre por su
escritura. Tanta más es mi admiración cuanto más me voy dando cuenta de qué he
deseado siempre defenderme. La “esencial heterogeneidad del ser” tal vez sea su
intuición más afinada.
El
realismo español, a menudo tan satisfecho de su tomismo de aldehuela, ha solido confundir con arrogancia la realidad con
su referencia. Con su bizarro naturalismo, que acostumbra a difuminar, amoral,
la distinción con el orden sobrenatural, los nombres sirven para confirmar a machamartillo
un estado de cosas que se quiere hacer pasar por intemporal. Desconfía, pues,
de la capacidad de nombrar(se), que no construir(se), la realidad. Como Machado, quien quiera objetar
habrá tenido que refugiarse en profesar la retórica y, tanto en cuanto, la
dialéctica.
Por
ello, todo lo que no sea autoría “real” nuestro vocabulario lo reduce al ámbito
o de lo desconocido (anonimia) o de lo falso y de lo
fingido o fabuloso (seudónimo, apócrifo e incluso heterónimo), es decir, de lo torticero y malintencionado, todo lo cual encuentra expresión en esas repugnantes locuciones del tipo "hay que dar la carita" o "¿es que tienes algo que ocultar?". A lo más es aceptable por ser propio del fingimiento que se atribuye
metonímicamente a las actividades artísticas en su conjunto. El apócrifo Mairena o su maestro Abel Martín serían no sólo falsos autores
sino también profesores dudosos en cuanto al contenido de su enseñanza. Hasta
de un modo autoirónico por parte del propio Machado, con un oblicuo guiño al
dialogismo platónico, cabría preguntarse hasta qué punto también lo sería la transmisión
de su sabiduría.
A diferencia
de Reis y de Martín, Cavalcanti emerje de la propia sustancia literaria de mi historia personal, anodina y anónima, condensada en una lectura apasionada y gramatical, escandida, de los
metros escondidos de otro tiempo oscuro e informe.
Cavalcanti rehúye la tautología, porque se sabe esencialmente heterogéneo. No
está en sí mismo su origen sino la posibilidad de su destino. Avanzo hacia atrás, deshaciéndome. ¿Quién soy yo?
Él.
“Estas dos creencias a que aludíamos -sigue hablando Mairena- son tan radicalmente antagónicas que no admiten, a mi juicio, conciliación ni compromiso pragmático; de su choque saldrán siempre negaciones y blasfemias, como chispas entre pedernal y eslabón. La concepción del alma humana como entelequia, como mónada cerrada y autosuficiente, ese fruto maduro y tardío de la sofística griega, y la fe solipsista que la acompaña, se encontrarán un día en pugna con la terrible revelación del Cristo: «El alma del hombre no es una entelequia, porque su fin, su telos, no está en sí misma. Su origen, tampoco». Como mónada filial y fraterna se nos muestra en intuición compleja el yo cristiano, incapaz de bastarse a sí mismo, de encerrarse en sí mismo, rico de alteridad absoluta; como revelación muy honda de la incurable «otredad de lo uno», o, según expresión de mi maestro, «de la esencial heterogeneidad del ser». Pero dejemos esto para tratarlo más largamente en otra ocasión”.
(Antonio Machado, Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo)
¿Sería Cavalcanti un avatar del autor y, al mismo tiempo, el autor un avatar de alguien que permanece escondido (in aenigmate) para los lectores?
ResponderEliminarUn saludo,
Ander
La palabra "avatar" me parece acertada por su ambigüedad. Como anglicismo, en el sentido que utilizas, significa imagen virtual seleccionada por un usuario "real". Como galicismo, antes su acepción más frecuente, alude a las vicisitudes de la vida. Y en el plano religioso, deriva del sánscrito, y se refiere a las encarnaciones del dios Visnú. "In aenigmate", sí, incluso como lector de su propia autoría...
EliminarMe refería más a su significado en la religión hindú, sí: las formas, avatares, de un principio que permanece escondido.
ResponderEliminarEn efecto, disculpas por mi mala interpretación. Un abrazo.
EliminarYo, con permiso de los presentes, y reconociendo ante el maestro Cavalcanti que, una vez más y como (casi)siempre, no he entendido (casi)nada (bien es cierto que no lo he leído muy despacio), me salgo por los cerros de Úbeda, o mejor, por los cerros de Soria para decir muy serio: Podrían faltar todos los poetas del mundo habidos y por haber y quedar sólo Antonio Machado y nada esencial nos faltaría. Maestro Cavalcanti, su seguro servidor sigue siguiéndole la pista...
ResponderEliminarJuan de Mairena. "Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa.” / El alumno escribe lo que se le dicta./ - Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético./ El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”./ Mairena –No está mal”. Eugenio d'Ors a Josefina Carabias, su secretaria: “¿Este artículo está claro?. / Sí, señor D’Ors. / Pues oscurezcámoslo”. ¿Es preciso añadir de dónde vengo?
EliminarPues vienes de Dios, tan claro, tan oscuro...
ResponderEliminar