martes, 7 de noviembre de 2017

El monasterio interior y el Jardín del Edén.



Lavatorio de pies,
Duccio di Buoninsegna (1308-1311)

Andaba cabizbajo hace unas semanas. Había visto anunciada una conferencia del abad de Montserrat en el Hotel Palace de Barcelona. Con la excusa social para un cóctel-almuerzo de ciertas élites sociales y empresariales, sus representantes acudieron, en el fondo, para plantear la pregunta que el abad deseaba oír sobre el papel político que le gustaría desempeñar en las actuales circunstancias de Cataluña. A mí, sin embargo, me dejó descorazonado el título de su conferencia: “Los monasterios hoy. ¿Parásitos o artífices de un nuevo humanismo?”. A una pregunta así, la respuesta, por más que se pretenda propositiva, no resulta obvia. ¿No será que el «nuevo humanismo» no basta como justificación de un ritmo y de un modo de vida que se consideran «parasitarios»?

Aunque tal vez demasiado voluntarista, este blog ha sostenido que el concepto de «monasterio» debería cobrar, pese a su inherente ambigüedad, un mayor lugar en el debate político y social de esta época abrumada ya de postmodernidad. 

Exhausta de tan continua actividad, nuestra sociedad busca un lugar de hospitalidad que la reconecte con una tradición de la que ha desertado y cuyo funcionamiento ha dejado de serle familiar. Sigue manipulándola, pero le aterra comprobar que, como en una metamorfosis clásica, está cristalizando en un objeto inanimado no por ello menos misterioso y activo. Inquieta, quisiera reapropiarse de sus energías -soledad, silencio, contemplación- a fin de ponerlas al servicio desvinculado de un modelo no tanto individualista cuanto de un reciclaje consumista. Cree que podría acudir al mundo monástico a reutilizar algunas metáforas que compensasen las carencias afectivas de su vida cotidiana: celda, claustro, coro y oficio. Son palabras que teme, y hasta desprecia, pero que no dejan de presionar su fantasía.

A fin de cuentas, el monasterio es un concepto irreductible a una mentalidad moderna. El monacato no equivale a piedad, pero la piedad sigue siendo monacal. Dado que hemos desencantado la realidad, el hechizo pagano de nuestros símbolos ha regresado con más violencia. ¿Por qué, pues, no combinarlos en nuestra atormentada subjetividad con la pacífica idea de un espacio cuya tensión escatológica se disuelva en la satisfacción inmanente de una epimeleia psicológica y emocional?

El espacio físico y espiritual que alza el monasterio contiene en sí una poderosa paradoja que no puede ser fácilmente sometida a la alquimia de los oxímoros modernos. No se trata de vivir en el desierto y estar en la plaza. La exigencia de un nuevo monasterio reclama vivir el desierto en medio de la plaza. Es una vocación anónima a (dejar) obrar la redención del mundo en medio de su desesperada condenación.

Mientras se me acumulaban estas contradictorias opiniones, he topado con con un pequeño volumen editado por Victoria Cirlot y Blanca Garí que lleva por título El monasterio interior (Barcelona, 2017). Recoge cuatro contribuciones a unas jornadas de estudio sobre espiritualidad y monaquismo en la Edad Media. Lo leo con interés y acabo con la certeza de que la idea “monástica” que propone, (post)moderna, sigue borrando a fondo la «diferencia» radical del monacato cristiano.

Blanca Garí formula con precisión la cuestión central que es la fuente de mi discrepancia: “Repitamos la pregunta inicial: ¿dónde van quienes se buscan a sí mismos?”. Articulado con unas categorías entre foucaultianas y certonianas, con interés de universalización espiritual, la tensión entre lugares y prácticas acontecen en un espacio histórico definido -la modernidad- y en un plano ontológico y metafísico preciso -la gnosis-. 

No es casual que como modelo arquitectónico Caroline Bruzelius analice el convento franciscano de Santa Clara en Nápoles, ligado a la renovación espiritual mendicante y a sus intensas repercusiones laicales -y femeninas- en los siglos XIII y XIV. Tampoco lo es que Marco Rainini estudie los diagramas de los vicios del siglo XII, intentando resaltar la scientia secularis como el puente en la búsqueda de una ratio y de un ordo compartida por los universos intelectuales “escolástico” y “monacal”. Y mucho menos lo es que este proceso de “interiorización” se manifieste en la construcción renacentista de un monasterio hermético que describe María Tausiet y en la organización hermenéutica, a la vez física y simbólica, de la cabaña que explora a lo largo del siglo XX Victoria Cirlot.

Esquemáticamente y de manera dispersa, concretaría mis discrepancias en dos aspectos. En primer lugar, el convento no es la prolongación del monasterio. Sin duda, se inspira en él, aunque expirándolo. Introduce en él una ruptura creadora. El fraile no es el nuevo monje, sino que es el otro del monje. Esta discontinuidad se pierde en la caracterización lingüística de la misma operación ejercida en las prácticas femeninas, para las que, sin embargo, se conserva el nombre de monja. Es preciso -es urgente- una tarea arqueológica que excave y recupere la planta y el diseño original sobre el que se ha construido otro edificio y no simplemente otro estilo. No se trata de restaurarlo, sino de observar cómo dinamiza nuestra mirada centrífuga.

Más decisivo, a mi modo de ver, es la percepción del fundamento gnóstico atribuido al monacato. Incluso al trazar la configuración antigua de la experiencia del cosmos en La sabiduría del mundo, Rémi Brague deja caer que cabría identificar la postura del monje cristiano con una visión atemperada del «gnosticismo». Según esta perspectiva, el mundo para el monje que «huye» de él no sería bueno ni verdadero, aunque no por ello, en cuanto redimido ya, deje de estar expectante por anticipado a la manifestación del Reino.

Frente a la reducción moralista, de la que Brague se haría eco, y frente a la reducción estética, que alcanza niveles virtuosos en el hermetismo más o menos junguiano, tengo para mí que el gnosticismo define el monasticismo sensu contrario. Dicho de otro modo, la tentación que la vida monástica sufre -y no su origen- es la gnosis.  

Por tanto, si el monasterio “en última instancia oculta siempre un dónde interior y recóndito, de difícil acceso”, como sentencia Blanca Garí, éste no tendrá otro objetivo que redescubrir su horizonte más pleno en un milenarismo contraescatológico que no cesa de anunciar la inminencia de una edad del Espíritu que proceda a cumplir la huida interior y, en consecuencia, a lograr la reclusión simbólica en una inmanencia sin fronteras.

Por el contrario, si el monasterio es un espacio comunitario capaz de transfigurar el desierto de la existencia caída, el monje cristiano, como criatura renovada por el Bautismo, remonta la génesis de la humanidad. Liberado de la atadura de la muerte, desnudo y frágil, afronta, por segunda vez, la elección última e irrepetible: alimentarse del árbol de la vida en lugar de comer del árbol del conocimiento; renunciar al llanto adánico en pos de la alegría crística. El monasterio sería el nuevo escenario de la promesa del Jardín del Edén, cuyo cumplimiento anticipado por la Muerte y la Resurrección de Cristo habrá de instaurar realmente la Ciudad escatológica.

En su celda el monje no se busca a sí mismo, sino que corre tras la vida. Modelado en el claustro por su oficio, sólo la alcanza y canta en el coro fraterno que conmemora, litúrgico, el Cenáculo siempre presente del mutuo servicio.

Vamos a instituir, pues, una escuela del servicio divino. Y, al organizarlo, no esperamos disponer nada que pueda ser duro; nada que pueda ser oneroso. Pero si, no obstante, cuando lo exija la recta razón, se encuentra algo un poco más severo con el fin de corregir los vicios o mantener la caridad, no abandones en seguida, sobrecogido de temor, el camino de la salvación, que forzosamente ha de iniciarse con un comienzo estrecho. Mas, al progresar en la vida monástica y en la fe, ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela el alma por el camino de los mandamientos de Dios. De esta manera, si no nos desviamos jamás del magisterio divino y perseveramos en su doctrina y en el monasterio hasta la muerte, participaremos con nuestra paciencia en los sufrimientos de Cristo, para que podamos compartir también con Él su Reino. Amén”. 

(“Prólogo”, Regla de San Benito)

Ante las puertas de esta escuela, cuya dimensión política debiera aprender a ensayar de nuevo, sigo esperando la segunda venida, definitiva, del Reino.

2 comentarios:

  1. Hay una palabra que te define: "exhausto". La utilizas muchas veces.

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  2. "Celda, claustro, coro y oficio. Son palabras que teme, y hasta desprecia, pero que no dejan de presionar su fantasía".

    Yo me atrevería a decir que más desprecia que teme. Y que en caso de hacercarse a ellas lo hace como un "consumo" más, uno que le provee de placidez, descanso, tranquilidad, antes de volver a enfangarse en la cotidianeidad ineludible.

    Y es que su acercamiento -tema, respete o desprecie- será siempre superficial, tanto por su estratégica autoayuda (hedónica, en el fondo), como por su incapacidad de reconocer la profundidad, es decir, el alma, y tratar de aferrarse, a cambio, a algo tan epidérmico como los estados de ánimo y su "gestión" (palabra horrenda).

    Un abrazo

    Ander

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