martes, 27 de septiembre de 2016

Gregorio Luri, filósofo en la caverna.


La mort de Socrate,
Jacques-Luis David (1787)


Hace unos meses, como a Miguel d’Ors, mi heterónimo conoció personalmente a Gregorio Luri (1955) en Santiago. Con él ha compartido un par de largas paseatas, por las calles compostelanas y, deshidratados y entusiastas, por la costa estival del Maresme. Por lo que me cuenta mi otro yo cavalcantesco, en la conversación es muy difícil sustraerse a la fascinación que ejerce su campechanía navarra bajo un perfil iberorromano. Como si fuera la explosión de una risa traviesa, salpica el diálogo con unos “sí, sí, sí, sí, sí” entre dientes que suelen preludiar una amable objeción mediterránea. Casi nunca contradice abiertamente a su interlocutor; se avanza indirectamente a sus opiniones con argumentos acerados. No me sorprende que haya escrito un libro de viaje (a pie) siguiendo, por su amada Bulgaria, las huellas de las huestes de Roger de Flor. Secretamente, Luri es un almogávar templado por la luz del Ática.

martes, 20 de septiembre de 2016

En el taller de Miguel d'Ors.


Saint Joseph charpentier,
Georges de La Tour (1645)

Mi heterónimo coincidió hace unos meses en Santiago de Compostela con Miguel d’Ors, que, amable, le agradeció una reseña entusiasta de este blog sobre sus Átomos y galaxias. Comoquiera que la cercanía física de los poetas que admira siempre le ha inquietado, como si fuese verdad que entre el poeta y la voz de sus poemas hubiese un hiato insalvable, se quedó paralizado. Como para amonestarle, le he dado a posteriori, ay, con el canto de una de las reflexiones -¿aforismo?- que d'Ors esculpe al principio de Todavía más virutas de taller (2009-2014) (Sevilla, 2015): “¿No será la timidez, a fin de cuentas, una forma de la soberbia?”. Para un stilnovista claravalense comprenderéis que la lectura de una frase así representa una mortificación de la dura.

martes, 13 de septiembre de 2016

Memorias de un güelfo desterrado.





Una trilogía güelfa no podría rescatar del olvido, aunque quisiera, una estética, una teología y una política. Antimoderno, mi heterónimo ha ido borrando cuidadosamente sus huellas para que resplandezcan, en medio de una noche más oscura, en las intuiciones y los deseos que han engendrado mi rostro. XXI Güelfos, Teología güelfa y ahora Memorias de un güelfo desterrado son el canto de una ausencia, moral y autobiográfica. Así tal vez logren aplacar el fantasma que evocan describiendo, vívido e irónico, su tiempo del amor. Como esperanza escatológica, la palabra güelfo, ignorada y audaz, estará ya asociada a la apuesta editorial de Vitela.

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martes, 6 de septiembre de 2016

El espectro de Jorge Semprún.



"A cada uno lo suyo"
Verja de entrada al campo de Büchenwald

A mi hija mayor, ya en la adolescencia, he conseguido inocularle definitivamente durante este verano el virus lector, o al menos así quisiera creerlo. Por tradición familiar, empezó disfrutando de El hombre que fue Jueves (1908) de Chesterton. Desde mediada la novela ya sabía qué iba a pasar al final, pero no paraba de reír mientras comprobaba que sus sospechas se iban cumpliendo. Como está ingenuamente fascinada con el derecho y la historia (y que Ángel Ruiz, en nombre de FOC, me perdone), leyó después Matar un ruiseñor (1960) de Harper Lee. Puestos ya a desenmascararme como un reaccionario muy, muy tibio y sospechoso, devoró El guardián en el centeno (1951) de J. D. Salinger. O quizás no sea tan reaccionario: tal vez -me consuelo equivocadamente- haya sido una lección práctica de que, tras el Paraíso, sólo nos espera una prolongada Caída.