viernes, 13 de abril de 2018

Las estrellas del Bosco.



El Jardín de las Delicias,
Panel exterior (1500-1505),
Hyeronimus Bosch

Nunca he visto a nadie disfrutar tanto haciendo un puzzle como a mi donna tolosana. De tanto en tanto se lamenta, con sonrisa resignada, de no tener tiempo para lanzarse durante una semana por el tobogán de un puzzle de diez mil piezas sobre un modelo apenas figurativo, como, ¿qué sé yo?, Impresión de sol naciente de Claude Monet.

Fascinada por la abstracción matemática y por la aplicación material de sus fórmulas algebraicas, la miro inclinada sobre un tapiz distinguiendo los colores y las más sutiles formas de las piezas. Su entusiasmo por las colecciones que cuidan el detalle de no repetir sus picos y curvas es épico. Me conmueve su titánica atención a lo apenas visible hasta el punto de que ya siento nostalgia de cuando, por fin, me lleve hasta la entrada de la Catedral de Reims, a pleno sol, donde podamos pasar juntos media hora contemplando el relieve físico de una esquina de su fachada.


Impresión de sol naciente,
Claude Monet (1873)

Al poco de casarnos, me animó, conminativamente, a resolver un puzzle de mil piezas. Elegí El Jardín de las Delicias de El Bosco (1450-1516).Como no he sido nunca muy aficionado a los puzzles, compadecida me echó una mano con los paisajes devastados, negros, ardientes, del panel derecho y con el lago disoluto del panel central. Camino del Edén, no los habría podido atravesar, si no hubiera estrechado su mano, pues, como podéis suponer, mi mirada siempre ha recorrido a contracorriente la superficie del delicioso tríptico.

Hasta ahora me he guardado de confesarle que con aquella tarea aprendí una de las lecciones más íntimas de este oficio que su Cavalcanti profesa. ¿Qué hago sino ejercer el oficio humilde de la marquetería verbal? Sierro, lijo, pulo palabras. Las modelo en la voz y en el aire de una memoria imaginada, impresionista. A su lado, he comprendido la profunda intuición de Léon Bloy: “No hay más que un dolor, haber perdido el Jardín de las Delicias, y no hay otra esperanza ni otro deseo que recobrarlo”. Sólo una ardua e indisoluble peregrinación alcanza a atisbarlo.

El Jardín de las Delicias,
El Bosco (1500-1505)

De derecha a izquierda, voy contemplando las teselas de mi historia reflejadas sobre el puzzle del cuadro del Bosco. Entretanto, corro a refugiarme en el recuerdo moral y físico de los últimos cuartetos del Canto final de cada parte de la Divina Comedia. Descubro en ellos un extraño poema que recito mío como un rapsoda embriagado que confunde, alegórico y real, colores y figuras con ritmos y paisajes.

Mientras releo esos versos imantados por mi fantasía, se agolpan ante mis sentidos imágenes y tropos en una magmática e indiferenciada sucesión táctil y visual. Afiebrado y delirante, con plena consciencia, trato de descubrir su secreta orientación en el laberinto de mis emociones. Destellan epanadiplosis con anadiplosis semiborradas, se fugan derivaciones entre quiasmos, ecos aliterativos resuenan en ajustados paralelismos… ¿Cómo la inteligencia exacta de Dante, atravesando el bosque que se extiende entre las llanuras de mi alucinada visión, puede todavía mantener en férreo orden la caótica amalgama de mi lectura?

A través del hueco por el que se precipitan, humeantes, los rostros oníricos de otro tiempo, le sigo a él primero en camino de otra patria. A través de un arroyo olvidado que purifica el desatado cansancio de nuestras jornadas, mi desolación, justa y fuerte, en medio de su insustancial cotidianeidad, medita una templada esperanza inextinguible. Fuego, tierra, agua y aire no podrán contener el vuelo inextinguible de esta fe. En busca de una paz prudente, el amor mueve desposada la verdad más íntima que hace girar la rueda de mis palabras.

Salimmo sù, il primo e io secondo,
tanto chi’io vidi de le cose belle
che porta ‘l ciel, per un pertugio tondo,
e quindi uscimmo di riveder le stelle.

Io ritornai da la santissima onda
rifatto sì come piante novelle,
rinovellate da novella fronda
puro e disposto a salire a le stelle.

A l’alta fantasia qui mancò possa;
ma già volgeva il mio disio e ‘l velle,
sì come rota ch’igualmente è mossa,
l’amor che move il sole e le altre stelle

(Inf. XXXIV, 136-139; Purg. XXXIII, 142-145; Par. XXXIII, 142-145)


Mi incurable romanticismo, irónico y cósmico, en lugar de esta entrada habría deseado ver escrito un poema italiano bajo el título de Le stelle del Bosco. Hubierais leído, lectores amigos, el desesperado canto de amor feliz que estas líneas, prosaicas, alzan alusivas y fracasadas hasta su donna tolosana.

1 comentario:

  1. "En busca de una paz prudente, el amor mueve desposada la verdad más íntima que hace girar la rueda de mis palabras." ¡Guau, esto es de muy elevada pureza!. El Amor todo lo mueve...

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