martes, 19 de julio de 2016

Las provincias de José Jiménez Lozano.



Bodegón del cardo,
Juan Sánchez Cotán (S. XVII)


Comienzo con una confesión que debiera avergonzarme. No había leído ninguna obra de José Jiménez Lozano (1930) antes de encontrarme entre las manos con su última entrega de diarios Impresiones Provinciales (Salamanca, 2015), donde recoge anotaciones entre 2010 y 2014. Dado que el autor se ha definido en alguna ocasión como un “escritor secreto” o “privado”, pese a contar con numerosos y prestigiosos premios como el Cervantes (2002), me aventuro por estas páginas como un lector novel que debe orientarse casi a pelo, sin mapa.

Dos cuestiones me han proporcionado intimidad con estas páginas. La primera tiene que ver con  la comunicación que, casi de pasada, se entabla entre el pascalismo jansenista, explícito ya en el título con su sabor a retirada del mundo, y el silencio monástico, de espacios infinitos. En una entrada de 2012 Jiménez Lozano se para a reflexionar sobre la concisión literaria de Port Royal entrenada en la indiferencia y la renuncia al yo. Tras la sobriedad de Pascal se observa la norma de san Bernardo que liquidó la belleza románica “consiguiendo todo lo contrario: una mayor hermosura con los menores elementos: la columna siendo simplemente columna y la palabra siendo simplemente la palabra exacta. Ni un añadido vano y reluciente”.

Hacia el final del libro, Jiménez Lozano anota una anécdota espléndida -y, por ello, hoy incomprensible- entre André Malraux y Charles de Gaulle. Mientras recorrían juntos el parque en el retiro de Colombey, el héroe de Francia comentaba a su interlocutor: “Todo esto estuvo poblado hasta el siglo V. Ahora ya no se ve una sola aldea hasta el horizonte. La celda de San Bernardo abierta hacia la nieve de los siglos y la soledad. Creo que esto es ya el fin”. Y el autor, escondido en su pueblo, glosa así estas palabras como en antítesis: “Quizás es, efectivamente, el fin para casi todo, y el único movimiento notable que parece detectarse es el abandono del campo, las ciudades de viviendas verticales y el alegre nihilismo; y la celda de San Bernardo abierta a su inmensa planicie”. Creo que, en medio del ruido apocalíptico de las ciudades, la celda de san Bernardo es el único movimiento real al fin de todo: la aventura interior de una planicie trascendida.

El segundo aspecto que me gustaría destacar es, en cambio, formal. Se ha resaltado que los cuadernos de Jiménez Lozano no están fechados. Discrepo. Que no haya fechas cronológicas no impide otro tipo de datación, que es el de las estaciones de su escritura.  En el campo, ¿se necesita un reloj para saber la hora?; ¿un calendario acaso para tachar los días y los meses? Reflexiones literarias, políticas, históricas y sociales se suceden con una demorada atención, como si el paisaje de la cultura se fuese sucediendo sobre el horizonte, difuso y persistente, de una realidad secretamente transfigurada. ¿Cómo fechar este tiempo que adensa, en la mirada, un mundo conocido siempre a punto de ser explorado de nuevo?: “yo no diría que se trate de lugares geográficos físicos, que elijamos, sino que nos resultan naturales en una geografía idealizada y personal, ya construida en la literatura y que se nos entrega, pero siempre por lo menos reconstruida, si no totalmente construida por nosotros mismos”.

Ya digo que noto una corriente de aire subterránea que liga mi lectura de las impresiones provinciales de Jiménez Lozano con la geografía idealizada del monasterio que sigo alzando en este blog. Me estremece pensar que la identidad no pueda ser sino atribuida a una persona jurídica que niega el físico de su personalidad imaginaria: “se trata de un darwinismo cultural: todo el mundo de la cultura, de la religión, del gran arte no resiste la asfixia del ambiente de la modernidad y pasa a la clandestinidad o queda liquidado”. Los cartujos no firman. Claravalense, me inclino a conversar al anochecer de este tiempo y de esta cultura que lamentamos y seguimos amando.

Lo que se llamaba en los monasterios la lectio divina, que era una lectura nocturna para acabar el día, tenía una especial razón, que era la de limar las excrecencias, ungir las llagas o rozaduras del diario vivir, y cepillar un poco, desde luego, el polvo de la mundanidad de cada día, y asomar a quienes leían y a través del libro leído al mundo del orden y la luz espirituales. Pero es que la lectura de un libro hasta hace poco tiempo y todavía para verdaderos lectores y tratándose de ciertos libros, también tenía y tiene un mismo sentido: el de recomponernos de algún modo por dentro, asomarnos a la belleza y la misericordia, a la alegría, a la inteligencia y a la admiración de nuestra frágil condición humana”.
(José Jiménez Lozano, Impresiones provinciales)

En las vísperas invernales del verano me consuelan estas meditaciones provinciales.


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