martes, 26 de enero de 2016

Enrique García-Máiquez, entre palomas y serpientes.



Agnus Dei,
Francisco de Zurbarán (1635-1640)


Como si fuera un náufrago de lecturas recientes, Cavalcanti se precipita a abrir Palomas y serpientes (Granada, 2015), el último libro de Enrique García-Máiquez (1969). Y, goloso, no ansioso, empieza a leer sin descanso sus aforismos. ¿Cómo resistirse a la cándida sagacidad de su escritura, fragmentaria e inquietamente serena, en una edición además rugosa al tacto, espléndida en su sencillez?

Palomas y serpientes es uno de los volúmenes de aforismos más intensos publicados últimamente y supone un paso adelante, de gran madurez estética, en la obra reciente de su autorTras su libro de poemas Con el tiempo (2010) y su diario El pábilo vacilante (2012), esta colección representa un esfuerzo alerta por continuar profundizando en una poética paradójica, realista y barroca, autobiográfica y ficcional, consciente de que el verso desborda la prosa y de que la prosa se retiene en el verso.

Bajo el mismo título evangélico, García-Máiquez adelantó hace un par de años en la revista Clarín  una primera y breve selección de ellos, como para probarse que se podían valer por sí solos en papel. Desde entonces ha seguido tallando estilística, estructural y pragmáticamente más aforismos extraídos de las entradas de su blogg Rayos y truenos hasta encajarlos como las piezas de la más fina orfebrería en un volumen muy trabado que evita los dos grandes riesgos del género aforístico en la época de twitter: la ocurrencia y la acumulación.

Sus aforismos no se agrupan por temas más o menos afines, ni se multiplican ni se dividen en reflejos meramente especulares. La suya es una reflexión a la vez vital y estética. García-Máiquez percibe agudamente que el reclamo de la tradición le impulsa a modelarse como autor en el curso ininterrumpido de nuestro idioma. Heredero entre otros de Ramón y ahora también− de Bergamín, sabe que en el amor a la lengua se articula la gramática de sus sentimientos así como la semántica moral de una historia que, de tan personal, lo trasciende en un abrazo de generaciones.

Subyace, pues, a estos aforismos una intuición poética que cristaliza en las imágenes, verbales o culturales o líricas, de unos capítulos dispuestos en una gradación ascendente. La primera sección, a la manera de un prólogo, reparte la baraja y el tono de sus cartas: la conciencia del tiempo entona en la palabra su elegía. Uno estaría tentado de responder a su título «Aforismos de aforismos» como el Qohélet: “Todo es aforismo”. La brevedad del fragmento no debe distraer del hecho de que su sentido no se agota ni mucho menos en el chispazo imprevisto, aislado, del instante, sino que se adensa en los silencios que se despliegan a su compás. El autor lo dice evidentemente mejor: “El auténtico reto del aforista: que el lector perciba que, entre uno de sus aforismos y otro, ha pasado el tiempo”. En cumplir ese reto radica que el lector no pueda dejar de leerlos porque, al quedar suspendido de cada uno de ellos, espera que el siguiente no le permita hacer que caiga en el olvido. Si se quiere leerlos a fondo tiene que explorar con ellos la forma de su creación.

En la segunda parte, «Ideas y venidas», la más extensa de todo el volumen, los temas habituales del autor –la tradición, la fe, el amor familiar, la amistad y… la muerte− son unificados por procedimientos verbales a caballo entre los juegos barrocos y los vanguardistas. Las dilogías (“Sin principios se empieza mal”), los quiasmos (“Oscuro el vividor y el muerto claro”), las paronomasias (“En el espejo, vanidad ve envidia”) o las antítesis (“La sinceridad sin inteligencia miente”), los diferentes tipos de repetición (“Los espejismos no se reflejan en un espejo”) o los retruécanos (“Mi forma de pensar es escribir. Mi forma de escribir es pensar”), colorean con tonalidades muy matizadas las figuras seminales que operan tras todas ellas: la paradoja y el oxímoron. Se logra expresar así una alegre angustia ya digo que barroca: la del autor cuya identidad es trazada por unos signos dispuestos en el orden de la fatalidad: el destino y el azar de unas circunstancias providenciales que quedan simbolizados, por ejemplo, en la hipocondría del yo aforista (“Mi hipocondría hace perfectamente las veces de la calavera que los barrocos colocaban sobre la mesa de su estudio”). El tiempo huye y la palabra persigue, submarina, su corriente.

Esta experimentación formal, tan clásica, tan atenta a los vicios y a las virtudes que afectan, con la pureza gramatical, al adorno moral de un discurso claro y exigente, cobra una nueva dimensión en la otra sección extensa del volumen: «Letras puras, oxímoron». Mientras los aforismos se suceden, el lector asiste a una reflexión sobre la tarea del aforista y su misión (re)creadora que se va realizando a medida que el propio libro avanza: “Propósito: escribir cada día mejor, o sea, que se note menos”. Más allá de alusiones a vanidades literarias y glorias premiadas, queda desnudo el misterio fugaz de una vocación inaplazable y sorprendente: “Escribir es el arduo intento de conservar en el papel el fogonazo de una intuición fugitiva”, que quizás se resuma en el lema acrónimo de una greguería: “Humor: tres letras de humildad y de amor también tres”. Quien escribe estos aforismos sabe que, al enunciarlos, está perfilando su retrato moral.

En las secciones, muy breves, que se intercalan entre las dos grandes partes del libro se plantea, en consecuencia, la perplejidad del artista que, al mirarse en el espejo del aforista, advierte el riesgo de multiplicar sus “yo” (“Ego: eco”): el lector, el poeta, el diarista… Por detrás de ellos busca la verdad secreta que modula la orientación de su voz propia. En «Puntos cardinales», «Pajarera» y «Cuatro gotas (y una coda)», la observación ya sea de la lluvia ya sea de las aves marca, instantánea, el ritmo de un lenguaje que se ha formado también en los «Repliques explícitos» a otros autores y que, felizmente vencido, no renuncia a grabar en sus pliegues los «Títulos a crédito» de obras potenciales que huyen fugaces entre silencios.

Al acabar este trayecto, tras haber ido asfaltando el tránsito entre el libro y el mundo, no es de extrañar que estos aforismos busquen su punto de fuga en el memento mori de los «Perfiles de epitafios». Antes de los «Puntos finales» obligados en una obra cumplida, el «Paraíso» aforístico se encargará de anticiparnos que en donde no hay nada lo habrá todo: “El Paraíso: un final (glorioso) que no acaba nunca”. La suerte de los finales, en la vida y en la escritura, es haber tenido principios.

“La gracia es la belleza del movimiento: fugándose del tiempo”
“La realidad es el secreto”
“El barroco es la forma más sencilla de decir la complejidad del mundo”
“La astucia más sagaz es la candidez más pura”
“El amor consigue detener el tiempo; pero cuando pasa el amor todo el tiempo regresa de golpe”
“La música dice el secreto. Pero, como no dice nada más, no lo traiciona”
“Mi verso libre es la prosa”
“Cada verso, la cicatriz de un corte”
Tertium non datur. La prosa, o precisa o prolija”
Y otra poética. Poesía: una tranquilidad recordada con emoción".
“A los escritores realistas Dios nos reclama, antes o después, sus derechos de Autor. Y eso debe de explicar bastantes surrealismos”
“La lengua oficial del Paraíso es la de fuego”
“La poesía, en cambio, resultará indistinguible [en el Paraíso] del habla común” 

(Enrique García-Máiquez, Palomas y serpientes)

García-Máiquez sostiene que “lo mejor de un libro de aforismos es la cantidad de puntos finales que atesora”. Tantos o más permanecen en la memoria de sus lectores al cerrar, cándidos y sagaces, el suyo.


2 comentarios:

  1. Buscando aforismos del último libro de García-Máiquez caigo de nuevo sobre tu blog que conocí a través del suyo y en el que pude leer entonces tu excelente texto sobre las teorías de René Girard aplicadas al delirio independentista catalán actual. He vuelto a él varias veces y leído tus últimas entradas, cuya calidad me ha dado con frecuencia ganas de comentarlas, pero como son muy densas siempre me he dicho que volvería con más tiempo para poder hacerlo bien (recuerdo la que dedicaste al libro de Cesáreo Bandera, varias sobre música, una sobre Rimbaud y la muy bella titulada "El abrazo de Esaú").

    Hoy encuentro este excelente análisis de la forma aforística en general y del libro "Palomas y serpientes" en particular. Y me extraña una vez más que un blog con textos tan profundos no suscite más comentarios - aunque quizás la explicación sea que todos tus lectores sufren del mismo síndrome que yo, ese nunca "mañanar" a la hora de venir a comentar con tiempo tus textos...

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    1. Muchas gracias por tus amabilísimas palabras. Como conoces este blog, habrás visto que he querido construir, stilnovista, un monasterio claravalense apartado, aunque presto a ofrecer hospitalidad. Es para mí una satisfacción que personas como tú, El lejano, se encuentren a gusto en él.

      Hace poco una reseña sobre XXI Güelfos, el primer libro que mi heterónimo antologó con entradas de este blog, acababa diciendo, no sin un leve punto de reproche que agradecí, que parecía que este tipo de escritura dirigía a los lectores que querían adentrarse en ella unas palabras de san Bernardo a los que se acercaban a Claraval: "Dejad vuestros cuerpos fuera; aquí sólo entran las almas". Me parece excesivo; pero siempre espero ese "mañanar" que tiene algo de escatológico y que el silencio y la soledad de estas líneas se dedican sin descanso ("orate sine intermissione") a dejar abierto...

      ¡Gracias de nuevo!

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