martes, 23 de julio de 2013

Pablo d'Ors y su yo.







Me atrevería a decir que Pablo d’Ors (1963) es un novelista de culto. Oí hablar de él con admiración hace quince o veinte años. Era un sacerdote que comenzaba a dar a conocer algunos relatos y que, según me decían, había logrado zafarse de la tentación de la literatura confesional que caracterizara el estilo de curas como José Luis Martín Descalzo, José María Cabodevilla –el prosista católico español más elegante, sencillo y profundo del posconcilio- o Santiago Martín, que, aunque con incursiones puntuales en la ficción, no ha sido propiamente novelista. ¡Por fin parecía rota la maldición del P. Luis Coloma! ¡No más Pequeñeces ni Ratoncito Pérez para modelar una imagen católica de las preocupaciones espirituales del hombre del siglo XXI!

Desde los relatos de El estreno y la novela Las ideas puras (2000) hasta El olvido de sí (2013), nuestro autor se ha insertado y se ha afirmado en la tradición literaria moderna centroeuropea, dentro de unas coordenadas morales y estéticas singulares y reconocibles. Lecciones de ilusión (2008), quizás su novela más ambiciosa, ha merecido los elogios unánimes de la crítica. A partir de El amigo del desierto (2009) se advierte un intento de profundizar en una de las vetas abiertas en aquellas novelas cuyos protagonistas suelen ser artistas en busca de identidad. Se trata de la exploración biográfica de la intimidad espiritual. Los elementos autobiográficos, esparcidos aquí y allí, proporcionan una extraña densidad aérea a estos textos en que sigue brillando el poder narrativo de su autor.

A finales de 2012 Pablo d’Ors publicó Biografía del silencio, un ensayo sobre el valor y el poder de la meditación. En su blog se ha anunciado una cuarta edición (!). Tengo un ejemplar entre las manos. Es un breviario de apenas 100 páginas, en octava, donde se nos comunica el proceso de autoconocimiento que ha experimentado el autor a través de la práctica de la meditación en un sentido oriental, mediante lo que denomina “sentadas”. Imagino que formará parte de su experiencia compartida en el seminario de entrenamiento espiritual “Buscadores de la Montaña” que ha fundado como sacerdote católico, discípulo zen y escritor, tal como se le define en la contrasolapa de este libro. 

A tal seminario se alude en las páginas finales del librito para intentar salir al paso de la posible acusación de que la suya se trate, en el fondo, de una búsqueda egoísta. D'Ors expone que, aunque el camino interior es único para cada cual, pues nadie más que uno está llamado a recorrerlo, ello no quiere decir que sea un camino aislado sino compartido con otros buscadores, incluso bajo la orientación de un maestro que no dirige ni suplanta sino que tan sólo, con libertad y paz, orienta. A fin de cuentas, también podría caracterizarse este libro con el ideograma que ilustra esta entrada. Palabra y monasterio: poesía.

Este libro me ha entristecido, sin embargo.

Mediante la repetición de ejercicios de concentración y de respiración, asociados a la postura sentada, d’Ors nos cuenta cómo se ha visto desbloqueado y liberado contemplando su interior. Desapegándose, ha ido descubriendo un mundo de una realidad intensa y auténtica cuyo acceso habrían taponado hasta entonces sus ensoñaciones, sus ambiciones o sus temores. Básicamente, la idea que el autor pretende transmitir consiste en que el silencio y el dolor, la soledad y la vulnerabilidad le han abierto insospechadas ventanas de libertad interior y de relación con los otros que el voluntarismo occidental y el ascetismo cristiano no le habían permitido abrir de par en par hasta ahora.  

Lamento confesar que, durante la lectura de este libro, no he podido evitar que el aburrimiento engendrase acedia ante el cúmulo de tópicos y lugares comunes que se suceden con cierta humilde autocomplacencia. La mercancía que ofrece se puede adquirir sin dificultad en cualquier curso de meditación zen y cristianismo en que los jesuitas, desde Tony de Mello, han sobresalido. Es cierto que, al margen de algunos apuntes, d’Ors tiene la honestidad de no establecer vínculos entre ambos. Con todo, al cerrar el volumen y para levantarme el ánimo, he tenido que acudir a los Padres del Desierto

Cuando el yo lo ocupa todo, porque en el fondo yo y mundo forman una unidad por descubrir, apenas hay sitio para Cristo. No prejuzgo la sencillez de vida d’Ors, que ha estado muy comprometida con la atención humana y espiritual en hospitales. Quizás por ello me entristecen más sus páginas. No me extraña, sin embargo, el éxito de este libro. Es un camino individual para, por, con y en uno mismo, cuyos primeros grandes resultados se pueden conseguir entre seis y doce meses mediante la obtención de unos conocimientos que están bien redactados pero que no deben confundirse con la simplicidad, que no elementalidad, de un itinerario de meditación.

Como digo, lamento las pocas referencias, más bien negativas, a la tradición cristiana. Como tantos otros, por desgracia, d'Ors es víctima de una interpretación moralista de los principios de renuncia y sacrificio, de la que cierto cristianismo europeo decimonónico es en gran medida responsable por sus dificultades para advertir su dinamismo pneumático. Es una situación tanto más dramática en una época que ha perdido además el sentido sacrificial que sostiene la celebración litúrgica del misterio cristiano en que Dios mismo se hace presente realmente en el pan de la unidad alimentando, fortaleciendo y anticipando la esperanza de los creyentes en comunión.

Me sorprendre que un hombre de la formación de d’Ors, en nombre de una experiencia más o menos adánica, legítima personalmente pero literariamente frustrante, haya querido dar la espalda a toda una tradición que habría enriquecido su escritura. En ella incluiría, entre otros, los nombres de Evagrio Póntico, Juan Clímaco, Bernardo de Claraval o Ricardo de San Víctor.


“He decidido comer y beber con moderación, dormir lo necesario, escribir únicamente lo que contribuya a hacer mejores a quienes me lean, abstenerme de la codicia y no compararme jamás con mis semejantes. También he decidido regar mis plantas y cuidar de un animal. Visitaré a los enfermos, conversaré con los solitarios y no dejaré que pase mucho tiempo sin jugar con algún niño. De igual modo he decidido recitar mis oraciones todos los días, postrarme varias veces ante lo que considero sagrado, celebrar la eucaristía: escuchar la palabra, partir el pan y repartir el vino, dar la paz. Cantar al unísono. Y pasear, que para mí es fundamental. Y encender la chimenea, lo que también es fundamental. Y hacer la compra sin prisa; saludar a los vecinos, aunque no me guste su cara; llevar un diario; llamar regularmente por teléfono a mis amigos y hermanos. Y hacer excursiones y bañarme, y leer solo buenos libros, o releer los que me han gustado”.


Dichoso Pablo de poder vivir para sí en esa búsqueda de paz que no sé si llamar también tranquilidad. Tras haber leído su libro, entre el zen que predica y el hesicasmo que conoce, no puedo sino volver a invocar: “Señor Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de nosotros que somos pecadores”.


3 comentarios:

  1. Como estoy con "El olvido de sí" (parte, según el autor, de una trilogía dedicada, junto con "Biografía del silencio" y "Los amigos del desierto", al propio silencio, y que no he leído) y pese a que la entrada es de hace ya tres años, no me resisto a comentar.

    Sucede a veces que al querer fusionar tradiciones cuyas soteriologías son radicalmente distintas, acaba resultando de todo ello una amalgama de tópicos que pretenden asociar lo irreconciliable, un discurso de consumo rápido detrás del cual brillan la incoherencia y lo inconsistente. De lo contrario, si el autor escarbase bajo la superficie de su amable teoría, se pondría en evidencia.

    Lo que el budismo pretende, y más concretamente el zen, es meditar sin ninguna intencionalidad, para, así, diluir el ego en la vacuidad inmanente al mundo. Esto poco tiene poco que ver -en mi opinión- con la disciplina ascensional que busca el Rostro, salvo que lo encuadremos en ese cajón de sastre que es la "filosofía perenne".

    Quizá sea en "El olvido de sí", basado en la figura del Beato Charles de Foucauld (sin duda, para mí, interesantísima), donde el autor vuelva su mirada a la tradición a la que pertenece, acercar su silencio a la tradición cristiana. Todavía no lo sé.

    Un abrazo,

    Ander

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  2. Muy cierto lo que dices. "Los amigos del desierto" es una espléndida novela, al menos así me lo pareció. La imagen de Charles de Foucauls es potentísima y sirve muy bien a la propia relectura del proceso de formación de la novela que d'Ors siempre ha investigado en su tarea creativa sobre el fondo de la narrativa centroeuropea. El problema llega cuando se convierte en el gurú-que-no-quiere-ser gurú... Entonces las tradiciones rechinan y su propia escritura se ve sometida a una distensión que he intentado comentar en esta entrada.

    ¡Muchas gracias por tu lectura!

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  3. No puedo estar más de acuerdo con lo que se dice, tanto en el blog como en los comentarios.
    Hace tiempo que llevo siguiendo la trayectoria de Pablo d' Ors y he pasado de cierta simpatía hacia él debido a la lectura de "el olvido de sí" a una creciente decepción, pues su espiritualidad no es cristiana. Falta en ella la categoría del encuentro interpersonal, los demás son meros acompañantes en el viaje solipsista.
    Tan solo espero que no confunda a muchas personas: " Señor Jesús, hijo de Dios, ten compasión de nosotros que somos pecadores".

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