martes, 16 de abril de 2013

En los umbrales de Eloy Sánchez Rosillo.



Atardecer en Santiago de la Rivera (1994-1996),
Eduardo Naranjo


Eloy Sánchez Rosillo (1948) es uno de esos poetas que dan el tono de la tradición poética en una lengua. No sobresaldrá en las antologías ni en los grandes estudios, pero sin nombres como el suyo las unas y los otros serían páramos interrumpidos por extraños oasis. Sin incurrir en el tópico, puede decirse de verdad que Sánchez Rosillo ha ido formando con cada libro suyo una obra de un rigor que, más que acrecentar, ha consolidado su voz, calladamente imprescindible, en el panorama actual de la poesía española.

Antes del nombre (Barcelona, 2013), su último y extenso libro de poemas, me confirma en esta impresión. En la solapa de la edición se advierte que en él “el poeta indaga en la conciencia de lo que está vivo, en el misterio de lo que late incluso antes de nombrarse y precede al lenguaje”. No seré yo quien lo discuta, pero esa exploración, desde y por el lenguaje, arraiga en un diálogo intenso, aunque sabiamente difuminado, con el núcleo central de la concepción poética moderna, cuyos ecos, a bote pronto, se dejan notar a través de Claudio Rodríguez, de Juan Ramón Jiménez, o también de John Keats, como en el espléndido “Hueco de luz, de música y olvido”.

Mediante la poesía, ¿comunicamos?, ¿conocemos?, ¿vivimos? El viejo dilema que ocupó discusiones interminables de la poesía española de medio siglo se afronta ahora desprendido de toda ganga. Sánchez Rosillo se reafirma, no sin melancolía, en que la poesía es una experiencia indirecta de emoción y de representación. La inmediatez de la que carece la palabra sólo puede llegar a  resonar en el tejido con que ella debe traicionar la mirada exacta de las cosas. No por ello el poeta renuncia a remontarse a ese origen magmático que no es palabra, pero que la anticipa desprendiéndola de sí, radical aliento creador que, como el espíritu sobre la nada original, está a punto de ser luz y todo. Haber vivido alguna de estas experiencias fundantes, dice el poeta, “no lo podré pagar con nada nunca, / y desde luego no con las palabras / que para dar fe de ella, de esta tarde, / como testigo absorto, / anoto ahora, impreciso, mientras llega la noche”.

Libro meditativo e intensamente meditado en su elaboración, estos poemas presentan una reflexión sobre el tiempo, en torno al que la palabra poética traza los símbolos que adivinan, con fragilidad maravillada, la continuidad hiriente del instante y la eternidad. Desaparecido aquel mundo suyo de la infancia en que la provincia y el campo estaban unidos umbilicalmente, Sánchez Rosillo ha ido depurando así hasta la médula, en un proceso de síntesis esencial, los grandes símbolos naturales que han marcado su forma de acceder y sentir líricamente el mundo: la luz, el mar, las estaciones, los interiores domésticos…

Estos poemas reflejan la percepción de una madurez que se está dejando atrás. Los finales de agosto, los septiembres, la luz deslumbrante que anuncia el atardecer se combinan con el detalle de los objetos que pueblan la melancolía de una vida en que dolor y dicha se transforman en una alegría superior, que todo lo excede, y que es el canto afirmativo de la existencia: “un secreto sentir casi indecible / de que las cosas sean como son, / de que pueda yo verlas y entenderlas / y acercarme a su ser, / y oír sus voces”.

La noche, el alba, la acacia, el jilguero, el granero se extienden a la vista del poeta con una intensidad que vislumbra el conocimiento último de la muerte. Poemas hay en que el yo del poeta contempla, fantasmal, el mundo familiar que se le ha vuelto extraño (“Digo cómo ocurrió”), pero, aun en ellos, la mirada transfigura en el decir del poema el símbolo de una plenitud que es ya para siempre: la rosa (“Todo”, “Ante ti”).

El Eloy que abre los primeros versos del poema que da título al libro y el que reaparece al final (“Como el viento en la noche”) se esfuerza, como digo, en preparar el tránsito de la iluminación poética final que será la muerte. Recorriendo los pasajes de su memoria y contemplando, una vez más, las cosas aprendidas cada vez más profundamente, Sánchez Rosillo la prevé como el sello que abre, definitivo, el acceso a la vida que la palabra, entre nosotros, sólo previene.

Aun con matices cristianos esparcidos por unos pocos poemas, la esperanza de Sánchez Rosillo es, finalmente, cósmica. A la vez universal y singular, el Eloy que está en todo y el todo que está en Eloy encuentra sanada la herida de la luz en el dolor y en la alegría de morir y nacer para “un volver a vivir desde el principio, y esta vez para siempre”. La experiencia del poema anticipa, en su fracaso, este horizonte que las cosas, en su ser, revelan.

Playa en invierno 

Para mí solamente tanto sol,
el cielo entero, el ancho mar. No hay
nadie ahora –mañana azul de enero−
en los lugares propicios del verano.
Insiste el agua plácida en la arena
y su rumor agranda este silencio.
Únicamente yo
miro hoy desde aquí la realidad,
con la conciencia plena
de estar vivo y mirándola.
Respiro, escucho, veo y no me muevo.
Y poco a poco ocurre
que este todo me toma y va borrándome,
anula las palabras que en mi ser
acaso surgirían,
me hace también mar, cielo, luz, silencio,
y a sí mismo se dice”.

En la fuga del silencio y de la luz, el canto del poeta se afana en recordar las notas olvidadas de la melodía del ser. Sánchez Rosillo contempla atento su partitura.


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