martes, 9 de abril de 2013

Eduardo Chirinos, biólogo de la poesía.



Ritratto di un Rinocerotto (1751),
Pietro Longhi

Picoteando entre las novedades poéticas de mi librería, he topado con 35 lecciones de biología (y tres crónicas didácticas) (Granada, 2013) del poeta peruano Eduardo Chirinos (1960). Debo confesar que nunca la poesía didáctica, y mucho menos el naturalismo, bajo cualquiera de sus múltiples formas, me ha atraído. De hecho, hasta sufrí leyendo hace bastantes años las Geórgicas de Virgilio, cuyo último libro dedicado a la apicultura está grabado en el subconsciente de mis pesadillas poéticas.

Hete aquí, sin embargo, que el libro de Chirinos, en apariencia sencillo y en el fondo muy inteligente, me ha atrapado desde la cita de Jakob von Uexküll que lo encabeza, sin poder dejar ya de leerlo hasta el fin (después, claro está, de haber pasado por caja, para tranquilidad del librero, del editor y del poeta).

Chirinos rinde tributo a su apasionada afición adolescente por la zoología, consciente al mismo tiempo de que, por más que emplee un estilo directo y próximo que busca captar la atención de su lector, debe facilitarle la visita museística de unos referentes que pueden ser tan enigmáticos como puros signos de un alfabeto para iniciados.

Para conjurar ese riesgo, el poeta incorpora un prólogo y unas notas finales. En el primero explica su fascinación por los animales desde su infancia, mantenida a lo largo de su vida con la lectura de obras como El cuento del antepasado (2004), que su autor, el ilustre etólogo Richard Dawkins, organizó inspirándose en los Cuentos de Canterbury. En el apéndice, por su parte, describe brevemente el origen y el significado cultural de los animales que, con sus nombres técnicos latinos, titulan cada una de estas 35 lecciones.

Al lector se le proporciona de entrada una primera clave, indirecta, para sumergirse en estos poemas. Chirinos advierte que cualquier volumen de divulgación científica no debe “ser leído como ficción poética sino, más bien, con el oído atento a la música que da forma a las fábulas más sorprendentes e imprevistas que nos regala el reino animal”. Las lecciones a las que asistimos son precisamente eso: una suerte de lecturas musicales atentas, en su ejecución, a las líneas que trazan el fabulario animal.

A Chirinos, a fin de cuentas, la zoología se le muestra con el rostro del mito y el arte como la intuición secreta de la ciencia. Semiología, etología, poética son así disciplinas entregadas a clasificar los fulgores de la imaginación: átomos indeterminados cuyos movimientos, condenados a la extinción, organizan invisiblemente el espacio de la existencia. No por casualidad resuenan entre sus versos alusiones explícitas o implícitas a Aristóteles, Plinio, Linneo o Kant.

Es la maravilla de su impotencia explicativa la que incita una y otra vez al poeta y al naturalista (¿no bastaría decir poeta, naturalista?) a pronunciar, embriagados, las tentativas de los nombres. El celacanto o la cigarra, en un caso por la casualidad de una conservadora de museo que descubre una especie creída en extinción y en otro la mala fama que le atribuyen las fábulas clásicas, ejemplifican la soledad cósmica, apenas rota por la palabra, de todo ser vivo. 

Chirinos vuelve a indagar los restos fósiles hoy de una epistemología clásica, pues, como había diagnosticado Michel Foucault, “la historia natural está situada, a la vez, antes y después del lenguaje; deshace el lenguaje cotidiano, pero con el fin de rehacerlo y descubrir que lo ha hecho posible a través de las semejanzas ciegas de la imaginación; lo critica, pero para descubrir en él el fundamento”. De manera paradójica, estos poemas bajo la sombra de Uexküll construyen, matizadamente antropomórficos, el Umwelt –el mundo perceptivo− de sus protagonistas, reflejado siempre por breves monólogos dramáticos, entre 15 y 23 versos principalmente endecasílabos, caracterizados por toda clase de encabalgamientos que se disponen con una naturalidad entrecortada a través de la que se trasluce levemente una desolada angustia. En ellos, el poeta se entrega al dinamismo significante de una ironía que suaviza la autoclausura –la incomprensión teleológica y simbólica− de cada especie animal, en relación ya no jerárquica entre ellas sino horizontalmente devastada.

En los primeros poemas, sobre todo, se revisan los dispositivos de cierre estructural que había caracterizado a la poesía postsimbolista y modernista. Pero, a medida que avanza el poemario, es una ironía semántica la que marca el destino ciego de cada especie: allí donde, bajo una óptica darwiniana, acostumbramos a ver crueldad y rivalidad, la especie misma descubre una oscura ley fatalista que la consume inexorablemente, como al tiburón de Groenlandia, lento y ciego (“Suena terrible, pero no / lo es tanto […] ./ Así atraigo mis presas: pececillos, pulpos, / calamares. Si tengo suerte alguna morsa, / alguna foca”). Comer, ser comidos, todos estos animales están, en suma, a merced de los humanos, que los estudian, los clasifican, los extinguen, como al moa, al tanuki o al tigre de Tasmania.

Las tres crónicas finales funcionan como sendas elegías sobre las periódicas destrucciones de nuestro planeta. De la desaparición de los dinosaurios, pasando por la glaciación, hasta la catástrofe de Chernobyl, la mirada de Chirinos observa fascinada la capacidad de la vida para ser siempre, de múltiples modos, siempre abiertamente. Formando parte de un proceso cuyas medidas no son humanas, su acción, por fortuna, es menos irresolublemente descontrolada de lo que terriblemente pudiera llegar a provocar.

Por ello, a lo largo de la lectura de todo este libro, he oído como en sordina la lección de Rilke que ve en el niño y en el animal la relación pura del acontecer. Vuelto éste a la creación –canta el poeta en la Elegía VIII−, su vista, tranquila, atravesándonos, enseña que “a esto se llama destino: estar en frente / y nada más que esto y siempre en frente”. Donde el hombre deja destrucción, el animal regresa para continuar, feliz, su vida, una vida que aquel parece empeñado en desmantelar una y otra vez.

Chirinos, escéptico, mantiene oblicuamente la mirada en la única creación que es accesible al hombre. Vuelto de espaldas, humanizado, la écfrasis permite entonces al rinoceronte (Rhinoceros unicornis) comprenderse en su radical separación poética del mundo, un espacio intermedio en que el significado contempla el misterio de su ausencia: 


“[…] Años después, Longhi pintó
en Venecia el llamado “Vero Ritratto di
un Rinocerotto”. ¿Alguien recuerda esa
pintura? Un rinoceronte devora su ración
de heno mientras los curiosos apenas se
fijan en el espectáculo. Uno lleva un cuerno
y un látigo, otro fuma distraído una pipa,
un tercero se cubre ostentosamente la
nariz. Un ojo adiestrado notará detrás
del rinoceronte un montículo de estiércol.
Lo que queda del arte, las sobras del mito”.

Fascinado en su infancia por la mirada del animal, Chirinos interroga en sus lecciones de biología las sobras del mito y atisba, maravillado, que queda el arte.



1 comentario:

  1. Certera reseña sobre el último poemario de Chirinos, uno de los mejores poetas peruanos en la actualidad.

    Saludos.

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