martes, 26 de septiembre de 2017

La poesía contemplativa de Cavalcanti.



Parnaso,
Rafael Sanzio (1510-1511)

Callejeando juntos cabe la Iglesia del Salvador en Sevilla y con el entusiasmo que adopta entre amigos la reconvención, Ignacio Trujillo animaba a mi heterónimo a que, si hubiera escrito poesía, reemprendiese la búsqueda de su ritmo personal. Por su entonación tuvo la certeza de que siente por la poesía un respeto sacramental. En su invitación parecía latir el horror sagrado ante el sacerdote que ha abandonado la celebración de los misterios de su fe. 

Como por pudor nunca me ha dejado de poner en guardia el uso de la palabra inspiración, se excusó con una verdad. Tras haber acabado en Londres un libro fallido, en octosílabos solos, que había titulado con el endecasílabo Mi padre era un arameo errante, supimos que aquella pasión por el verso le había abandonado sin rencor y definitivamente. Por un tiempo hasta dejó su lectura, pues, como decía Chateaubriand de la esperanza, la poesía “no envejece, y uno la ama siempre a pesar de sus infidelidades”.

A fin de cuentas, como insistí a Ignacio, al recuperar una y otra vez los tonos de su elegía en las entradas de este blog, Cavalcanti ha procurado componer con sus ecos el epitalamio de mis intuiciones más íntimas. Aunque la amistad exige la reserva transparente del silencio, le insinué que, si el stilnovismo de Cavalcanti nació de un paradójico aristotelismo, su agitado espíritu ha encontrado la paz en un singular platonismo claravalense. Tal vez suceda que me he resistido a asomarme a la anamnesis de su aventura.

Cavalcanti, sin duda, ha excavado una y otra vez el pozo teórico de Aristóteles. Se ha esforzado en aplicar con rigor -con la furia cálida del amante maduro- el principio de que, sin mímesis, sea en verso o en prosa, no hay poesía. Aunque nunca haya cesado de cortejarla y seducirla en el bosque consumado de su fracasado deseo verbal, ha perseguido ahora, en el verso esquivo de la prosa, redescubrir indirectamente el significado de aquel Grial juvenil que, en otro tiempo, habría guardado una bella dama sin merced.

Cuando se es joven, febril y casi enloquecido, uno busca atisbar su rostro y acariciarlo, aun desdeñado, en una figura que suela reflejar los destellos del propio deseo. Como he repetido, a Londres mi heterónimo marchó como a un eremitorio. Morfinómano de un amor, con un mar de por medio y entre sonrisas de comprensiva desaprobación, se retiró a una ínsula firme con una cumplida excusa académica: bucear tras el conocimiento de sí, en la oración silenciosa, granada, de místicos y ascetas del siglo XVI

Como a la Francesca de su adolescencia, hubiera querido que el mundo se secara como una hoja seca para recobrar el vigor de encontrarla de nuevo, sola. De vuelta, derrotado y desesperado como Perceval, abandonada toda esperanza, entre los olivos de otro destierro, apareció fulgurante, con la reserva de mi Secreto, la Dama del Lagomi donna tolosana. Allí mismo fundamos nuestro monasterio.

The Lady of Shallott
looking at Lancelot,

 John W. Waterhouse (1894)
Mientras releemos estos párrafos alegóricos, a su manera prerrafaelitas, advierto que, de algún modo imprevisto y oscuro, emerge también escondidamente el cumplimiento de un desaforado romanticismo. En la Idea que encarna el Monasterio, y que proyecta el entendimiento agente de un heterónimo poeta stilnovista a la sombra gramatical y escatológica de san Bernardo, están impresas como un palimpsesto ucrónico lejanas lecturas becquerianas

Cavalcanti es la imagen de una imagen que sigue centelleando inextinguida. Contraplatónico, su desdoblamiento no se aleja, sino que se aproxima, cada vez más despojado en su impureza, hacia la luz que lo ha de purificar. “Lávame: quedaré más blanco que la nieve” (Sal 50, 9). En efecto, mi Bécquer era el Tipo que anticipaba el de este Cavalcanti que, trascendido, va disolviéndose, con un hábito albo, en el de un Monje claravalense.

Con una mezcla de espanto y compasión, puedo en su nombre rememorar aquella conversación en que decían “Yo soy un sueño, un imposible, / vano fantasma de niebla y luz; / soy incorpórea, soy intangible: no puedo amarte. / - ¡Oh, ven, ven tú!”; y también reconocer que “ni sé tampoco en tan terribles horas / en qué pensaba o qué pasó por mí; / sólo recuerdo que lloré y maldije, / y que en aquella noche envejecí”. Porque las sé sustancia de sus sueños las escribo y las dibujo “como el que copia de una página ya escrita; como el pintor que reproduce el paisaje, que se dilata ante sus ojos y se pierde entre las brumas de los horizontes”. 

Creo que con “la memoria viva de lo que han sentido” los poetas, en prosa y mala, pueden lograr olvidar, con sus páginas, el recuerdo de sus olvidos. ¿Qué les queda, pues? Mirar a las estrellas y, con su resplandor en los ojos, contemplar la realidad que les envuelve, humillados y transfigurados. Aunque pueda parecer una palabra altisonante, me atrevería a asegurar que han sido redimidos.

               “Aquí vive el contento,
                aquí reina la paz; aquí, asentado
                en rico y alto asiento,
                está el Amor sagrado,
                de glorias y deleite rodeado;

                inmensa hermosura
                aquí se muestra toda, y resplandece
                clarísima luz pura,
                que jamás anochece;
                eterna primavera aquí florece.

                ¡Oh campos verdaderos!
                ¡Oh prados con verdad frescos y amenos!,
                ¡riquísimos mineros!,
                ¡oh deleitosos senos!,
                ¡repuestos valles de mis bienes llenos!”



                          (Fray Luis de León, Noche serena)



Huésped de las nieblas, Cavalcanti se habrá transformado en un Peregrino Absoluto. Donde habita el olvido, allí estará su monasterio.

4 comentarios:

  1. Y no cesó en el empeño. Te sigo animando. Un abrazo.

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    1. Estoy leyendo a Pessoa, quiero decir a Bernardo Soares, y me temo que dará pie a otra "cavalcantada". Los amigos habréis de tener paciencia. Soares prefería la prosa...

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  2. Desde 2012 la lectura de poesía me resulta imposible. ¿Me dejó derrotado "Poesías completas", de Borges, el último libro en verso que leí? No lo sé. Pero mentiría si dijera que la echo de menos.

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    1. Puede que me esté volviendo viejo. La poesía de Borges, que me fascinaba, me deja helado. En cambio, he vuelto a leer a Bécquer, que tanto me indignaba a los 20 y ahora vuelve a deslumbrarme (con luz vespertina).

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