martes, 25 de julio de 2017

El flamenco titánico de Lutgardo García.



The Spanish guitar,
Andre Kohn

Con respeto y temor me acerco a leer La llave misteriosa (Sevilla, 2017) de Lutgardo García Díaz (1979). Con temor, porque al flamenco, al que canta el autor un apasionado epilio, lo escucho poco y siempre con una inquietud conmovida, como si, tras el quejío, estuviera agazapada, incluso anunciada trágicamente, la rotura de la voz del cantaor. Con respeto, porque, más allá de folclorismos y de superficiales alusiones al duende, el flamenco acrisola, con un rigor milenario, el sentimiento más depurado de una inteligencia algebraica que requieren del oyente hondo, como es el caso ejemplar del autor, una profunda reverencia, dolida y festiva.

Del contenido del libro es difícil superar la descripción magistral que ha escrito Álvaro Valverde. Poco puedo añadir que no sea una glosa marginal de lector asombrado. Es un libro de una clasicidad extrema en la forma. No se conforma con imitar unos modelos métricos o unas estructuras temáticas que se limiten a producir un inteligente pastiche. Se arriesga sobre todo a investigar los misteriosos linderos donde se tocan y no se confunden la poesía popular y la fascinación culta por el flamenco, de raigambre simbolista, que habían atravesado la poesía de Federico García Lorca, figura solar desde el inicio del poemario de Lutgardo García, y, de un modo más inmediato si acaso, la del cordobés grupo Cántico. De Lorca son evidentes las huellas en la forja de las metáforas más elementales y poderosas; de Ricardo Molina refulge la entereza sintáctica de su orfebrería imaginaria.

Por esta decisión tan íntegramente personal, excepto un Romancillo a Pastora, todo el libro es un canto solemne, majestuoso, que se alarga en notas de un hieratismo palpitante. Como si la escucha atenta del cante no pudiese permitir la más mínima frivolidad, el poeta renuncia a cualquier mímesis estilística, rítmica y profana, del flamenco, para adentrarse más profundamente en las resonancias estéticas de una cavidad moral y emocional hecha de madera, de humo, de aire.

Sitúo, pues, este libro en un cruce fecundo entre el drama y la épica, donde pudiese fundarse la poética autobiográfica de una memoria mítica. Es la suya una narratividad lírica que remonta el curso del Nilo hasta las faldas del Helicón. En una época en que la palabra parece eclipsarse y, con ella, la fuerza sísmica, semántica, de la voz humana, Lutgardo García quisiera tal vez ser el juglar de Hesíodo. Contempla y testimonia, frente al ocaso, los contornos del misterio sagrado de esta herida del alma que cantan los palos que padece el flamenco, justo antes de que puedan transformarse en enigma, es decir, antes de que tengan que regresar al ocultamiento originario que preserva la naturaleza simbólica, inagotable, de su temporalidad. Cronos, el titán, es vagío y ritmo, tiempo y cuervo, el ave oracular en que vibra el alma de un rey sagrado después de su sacrificio olímpico. Intuyo que, para Lutgardo García, Antonio Mairena encarnó, titánico, esta furia vital: “Y es que tú, como Hesíodo al pie del Helicón, / escuchaste un mensaje de la diosa, / y desde tus ancestros buscaste el infinito / según el emblema de tu casa: / la verdad sólo existe en la pureza” (“La razón incorpórea”).


Por el cauce narrativo del libro fluye una historia personal del flamenco durante los últimos doscientos años, desde Silverio Franconetti (1830-1899) hasta José Valencia (1975). El esmero engastado del Dramatis personae, en una prosa escueta y etopéyica, a veces cincelando la verónica de un epitafio, se sitúa, con inteligencia poética, en la quinta y última sección. En ella el lector observa, sobrio, el perfil en medallón de los rostros de los cantaores que han sido sorprendidos en la cotidianeidad velada, pobre, amarga, deslumbrante, de su maravilla (in)mortal. 

Impensable, el poeta sigue atento el camino para descubrir el sonido de la “Voz de fragua” o para libar el “Mosto sin tiempo”, que puntúan y hienden en la memoria fechas como “Zambra 1947”, con Manolo Caracol y los ecos de la muerte de Manolete, “London Palace, marzo de 1955”, con Manuel Morao, o “Córdoba, mayo de 1962”, de nuevo ante la efigie tutelar de Mairena. Tras sus recodos, emerge, dichosa y perdida, la memoria personal del poeta que aquilata y envejece las notas líricas de su inspiración, como en los poemas “19 de agosto”, donde se funde el recuerdo del asesinato de García Lorca con el descubrimiento adolescente de la poesía, o en “El número cuatro”, en que se contrapuntean la voz de Mairena y claves íntimas inapresables, familiares.

En el desenlace, trágico, que atesorará melancólico el Dramatis personae, se hacen más perentorio los juegos figurativos de la enunciación con el uso insistente del “tú”. Ante las grandes figuras del pasado, la jerarquía mítica imponía la distancia de la tercera persona. Ahora, la inmediatez anímica de una música que se escapa entre los surcos del silencio parece obligar al poeta a la invocación y hasta a la oración. La identidad del cantaor o del amigo a quien dedica estos poemas finales queda indefinida como la del “yo” que, sereno, ha ido fraguando el timbre de su voz más propia. Como un himno abrasado, vuelve a cantar su historia más depurada. En el instante hechizado se escapan entre los dedos apolíneos sus versos, entusiastas y melancólicos: “Vivimos del pasado, de relatos, de historias, / dando testimonio de un tiempo que fue otro / aunque nos afanemos, al bajar la marea, / en rebuscar tesoros que los muertos dejaron” (“Un mensaje de Sandua”).

Para Lutgardo García el flamenco es, en su fondo, un rito y un sacrificio, una comunión en la sangre de un vino añejo, siempre nuevo. Mítico e histórico. Si Manolo Caracol “era el mismo Dionisio con chaleco”, Mairena ejerció el sumo sacerdocio de este destino inmemorial: “Al final, alguien trajo la copa al escenario / con la sangre vertida de los padres del cante. / Por el viejo cerrojo de la noche, / se oyó la voz de Homero cantando su Odisea” (“Córdoba, mayo de 1962”). De la mano del poeta en la grabación de su escritura, el lector debe ser consciente de que la aventura del cante abre ante él, vulnerado, simas míticas, como la que el Agujetas (1939-2015), sirena lejana, excava todavía, ya, en el oído de su público:

                                            Agujetas.  

               ¿Quién conoce la edad que tenía Agujetas,
               que la sigue teniendo, en los discos que giran
               levantando un soplido de hollines milenarios?
               Cristales triturados junto a piedras y ciscos
               llevan el río imperfecto de la voz
               cuando pasa, toda sucia y oscura,
               por el desfiladero de los dientes de oro.
               Es preciso que vengan muchos siglos
               pujando en la laringe,
               muchas olas oscuras llamando a los portales,
               para hacer este cante que conecta
               con el hombre que bruñe utensilios de bronce
               o dibuja animales con pigmentos almagres.
               Despiadado, salvaje, es este grito
               hecho de huesos rotos y de hierbas amargas.
               Si quieres escucharlo, habrás de guarecerte,
               atarte como Ulises al mástil de la nave,
               y evitar que te lleve la espiral de la voz
               al agujero negro que deglute las horas
               y las vuelve materia olvidada e inútil. 

               (Lutgardo García Díaz, La llave misteriosa).


Ulises, me resguardo en la cueva de Altamira a tamborilear el compás alejandrino de Lutgardo García. Y pronuncio, extático, mi nombre: “Nadie”.

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