martes, 13 de diciembre de 2016

En la memoria de un güelfo desterrado (y II).



El sueño de Jacob,
Jusepe de Ribera (1639)

No es a mi heterónimo a quien corresponde seguir trazando las líneas de interpretación de nuestra obra. Poco a poco he ido modelando y fundiendo sus rasgos con los míos, sin identificarnos. Como en el sueño de Jacob, camino del inframundo de Labán, él ha recibido en sueños la visión de esta escala que comunica el cielo de su imaginación poética con la tierra de la escritura cotidiana. A mí me toca, excedido por toda promesa, derramar sobre su obra una libación y ungirla con aceite. Tal vez -¡oh, modernos!- hayamos dormido en nuestro Betel.

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…. En efecto, Memorias de un güelfo desterrado es un libro sobre la figura del padre, que simboliza, de un modo directo e inmediato, el principio de la Autoridad. Reivindica tal principio como constitutivo de un orden social justo y libre, en la medida que resiste -recusa- el voluntarismo de todo Poder. 

Fijémonos en que a menos autoridad, más poder. Hoy en día, como ante el horror vacui, cada uno de nuestros actos debe estar regulado mediante protocolos, reales decretos, leyes. Nada puede escapar a una sanción positiva que dé cuenta, como en un cuento de Borges, de que todos los casos -todos los libros- pueden ser pensados y clasificados. Nada aterra más al hombre contemporáneo, paradójicamente, que la asunción de una responsabilidad que remite a las fronteras de una naturaleza cuya abolición se ha decretado pero cuyo recuerdo permanece presionando cada vez más intolerablemente nuestra imaginación. Enterrado Dios, ha desaparecido no sólo el sujeto, sino toda forma de autoría: la paternidad y la creación.

En mi libro, pues, en nombre de mi heterónimo Cavalcanti, convoco la memoria de mi padre y de mi hermano fallecidos sobre el fondo del diálogo, conflictivo y fraterno, entre Jerusalén (Esaú y Jacob) y Roma (Eneas y Anquises). No olvido a Atenas (Telémaco y Rut) en tanto que la Ley del Padre, que he heredado, se funda en la ley de la Palabra que encuentra en la familia su sello propio. 

El mandato bíblico de dejar a padre y madre para unirse a la mujer y formar con ella una sola carne implica un movimiento de éxtasis -de exilio de las propias seguridades. El ámbito de la intimidad no se superpone con las obligaciones profesionales, sino que va construyendo los muros de un hogar hospitalario que cifro en la imagen de “monasterio”, ese lugar de tránsito que debería comunicar el cielo y la tierra y que, aunque está sujeto a las debilidades de una naturaleza caída (la escuela, la política, la cátedra), atisba al mismo tiempo los destellos de una redención plena (la literatura renacentista, la música polifónica, las lecturas con mis hijas…). 

Ese monasterio familiar ha sido alzado como una metáfora teológica y estética, católica y anglófila, que, lejos de las rivalidades miméticas que, a mi juicio, asolan España, me han convertido, en medio de un desierto de la legitimidad que sólo concede una autoridad descendente o ascendente, siempre vertical, en un monárquico sin rey.

Léon Bloy afirmaba que el escritor sólo puede imaginar -recordar- destellos del Jardín del Edén, porque en él fue auténtica, prístina, nuestra vida. Menos platónico, como una flecha lanzada al futuro, espero el triunfo del Autor de la vida sobre las Potestades de este mundo en una realidad nueva -la Jerusalén celeste- que ya ha introducido, polémica, heracliteana, una discontinuidad que, por pura gracia, desafía la pretensión imperial, totalizadora, de las leyes y los protocolos que nos asedian.

Pudiera ser que en la melancolía amical que mencionaba al principio y en la memoria operante de esta poética, que recrea la fraternidad monástica de esos -pocos- lectores que me siguen por el blog que mi mujer me ha pedido mantener, tenga no poco que ver el ejemplo del Ovidio relegado de Tristia, tan próximo y tan literaturizado. He evitado sus lamentos y su añoranza reactiva, pero con su sentimiento de destierro he intentado articular esta novela de formación que son las Memorias de un güelfo desterrado.

Como mi propio lector, creo que toda la trilogía está presidida por la estructura de un viaje físico y moral, siempre entre el Paraíso y el Infierno. A través de un movimiento kenótico -de un descenso que anonada y vacía- se descubre, al acabar cada entrega, el símbolo de una redención que, ahora oculta pero siempre activa, se habrá de manifestar gloriosa. Como en un círculo, el final de la trilogía remite al principio: donna mia guía al lector al noveno cielo inciático, al lado de san Bernardo de Claraval, padre de Dante. En una época que se ha caracterizado por el eclipse del logos, se resiste así, en todo momento, la tentación de que el abismo de la desesperanza pueda tener la última palabra, ni aunque sea tecnocientífica. 

En las Memorias de un güelfo desterrado he querido engastar esa experiencia itinerante asimismo en la estructura de un relato maravilloso. Mi protagonista, un güelfo desterrado, abandona el paraíso de su infancia marcado por la conciencia de la muerte. La prohibición de comer del árbol del conocimiento, que infrinjo con mi pasión literaria desde la adolescencia, es simbolizada por la propia realidad de un libro que se va formando con recuerdos de novelas y de películas compartidas dentro de un grupo de íntimos. Aquel güelfo va interrogándose sobre el amor y la amistad a partir del deslumbramiento por el icono, que no ídolo, de la Cultura. Incurre, profesor inútil, en el engaño de la ambición académica. Esta falta le hace cómplice de una caída por la que parte al exilio londinense, a través del cual recibe el objeto mágico de la posibilidad de formar una familia. De regreso, ya por siempre desplazado, con la ayuda de mi amigo germanófilo o de mi discípulo blanchotiano, combate contra la neopedagogía y sale herido del supuesto hospital de campaña antes de la victoria última. Hay persecuciones y tareas difíciles, pero todo queda transfigurado en una memoria que se hace presente dentro del monasterio familiar junto a mi mujer, destino y destinatario de todas estas aventuras.

Los amigos me suelen preguntar tras cerrar la Trilogía güelfa: "¿Y ahora qué?". En silencio pienso: "«Donna me prega» seguir caminando".

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En camino hacia otros horizontes íntimos, en el silencio y la palabra que encuentran su razón de ser en el monasterio que hemos creado, Cavalcanti, «peregrinus ubique», no se despide. Tampoco se aleja. Continúa su ruta, ahora en la clausura luminosa de una ermita en medio de la ciudad. Disponible, se irá ocultando. Escondido, su voz seguirá resonando como la campana que llama a vísperas, a la hora del atardecer en que, examinados del amor diario, nos preparamos todavía para compartir y anticipar activamente una imagen del descanso escatológico.

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