martes, 15 de noviembre de 2016

El Temple de Bembibre.



The Dedication,
Edmund Blair Leighton (1908)

En los últimos meses Gregorio Luri ha compartido sus incansables lecturas de los desventurados pensadores del siglo XIX español, en especial de Donoso Cortés y Jaume Balmes, por un lado, y de Juan VarelaMarcelino Menéndez Pelayo, por otro. ¿Quién sabe? Quizás, irónico, estará tejiendo una réplica -una matización- a aquel juicio de Ortega en las Meditaciones del Quijote sobre la época de la Restauración canovista: “Durante ella llegó el corazón de España a dar el menor número de latidos por minuto”.  Clara y oscura, profunda y superficial, esta rara asociación de los nombres de Luri y Ortega me ha lanzado a releer la novela histórica a mi juicio más singular del Romanticismo español: El señor de Bembibre (1844) del contemporáneo de Balmes y Donoso Enrique Gil y Carrasco (1815-1846).

Esta obra, a su modo, es otra excepción a la opinión también de Ortega de que en la primera mitad del siglo XIX no había habido entre los españoles “complejidad, reflexión, plenitud de intelecto, pero había habido coraje, esfuerzo, dinamismo”. Aun tópica en su romanticismo, con sus amores imposibles y sus ambiciones derrotadas, jamás la percepción del Bierzo habrá destilado una melancolía que parece poner ante la imaginación española el paisaje de la Pomerania. No me sorprende que A. Humboldt, amigo del autor, y hasta Federico Guillermo IV admirasen la obra del secretario de la Legación española en Berlín. Más que de Walter Scott, que se ha solido señalar como uno de sus modelos, Gil y Carrasco se adentra en el lago de Carucedo como si fuese un bosque septentrional de Novalis.

Ortega opinaba que el rasgo verdaderamente reaccionario español era su incapacidad para mantener vivo el pasado. Necrófilo, nuestro reaccionarismo habría idolatrado el cadáver de la tradición, ensimismado en el duelo cazurro de una gloria perdida y ajena que compensase la realidad inerte de su presente. Pero, frente al histérico Macías de Larra y al crápula Sancho Saldaña de Espronceda, la figura de Don Álvaro Yáñez retrata los matizados reflejos con que el conservadurismo español ha intentado, con acierto relativo, esbozar las raíces de su serenidad histórica.

La novela de Gil y Carrasco, ambientada en el momento de destrucción de la Orden del Temple a principios del siglo XIV, es también un relato idílico o, más bien, atemperado por anacrónico, de las causas de la guerra civil que acabaría asolando Castilla a mediados de ese siglo cismático. De alguna manera el conservador -Gil y Carrasco, que procedía de una familia tradicionalista de la que se distanciaría, había estado bajo la “protección” de Espronceda- no ve exactamente en la historia una maestra de la experiencia, sino que se asoma a ella con una mezcla de horror y nostalgia, como si su dinámica trágica le impusiese el deber de salvar de la inevitable catástrofe el honor de una cultura -y de un modo de vivir- decantado y extinguido por una mezcla de decencia y de desmesura que se condensan en un mismo término: el orgullo.

Al conservadurismo español le han pesado demasiado los Siglos de Oro. Gil y Carrasco también contribuyó a la creencia de que, en castellano, la solemnidad de estilo sólo se prolonga mediante los inacabables pastiches entre cervantinos y lopistas. Sus doble tramas de nobles y rústicos se superponen al diseño de caballeros frenéticos y de damas neuróticas que, desesperados, se hacen ermitaños o mueren enamoradas entre delirios, así como de criados sumisos que, desengañados y epicúreos, disfrutan los buenos guisos de su fidelidad. A falta de una Revolución cumplida, más allá de orgías de sangre que han reflejado deformes la Caída contemporánea, hemos tenido pocos escritores antimodernos de verdad y demasiados reaccionarios que se han querido pasar, por el mero hecho de serlos, por antimodernos. A pesar de todo, Gil y Carrasco fue, tuberculoso e historicista, de los primeros.

¿Qué resto de saber podría retener todavía la metáfora del Temple para el conservadurismo actual? Liberales como suelen ser en su mayoría, los conservadores de hoy viven de espaldas a la tradición, desencantados de la inutilidad de su eficacia. Se conforman con gestionar, serviciales y aprovechados, las fiestas de borrachera emocional de una socialdemocracia malcriada, mientras, confiados, asustan con sus delirios no menos reales, que han llegado para recordarnos sobre qué ruinas construimos una y otra vez los futuros adánicos. 

Suprimidos, errantes, relegados, los templarios de la cultura saben que no por perdida resulta menos perentoria sostener la fe en la perfección de una vida que ni se vende ni se distribuye: que se merece por pura gracia. En medio del páramo o del desierto cabe seguir atento al movimiento de un espíritu que se reparte y se extiende en los silencios de la conversación a media voz antes de entrar en la batalla cotidiana, contra múltiples inteligencias supersticiosas, para proteger, todavía, los santos lugares de nuestra memoria civilizada:

Por encima de todo, quien desee ser caballero de Cristo, escogiendo estas sagradas órdenes en su profesión de fe, debe contar con una actitud sencilla y firme perseverancia, la cual, tan valiosa y sagrada, se revela tan noble que, si se mantiene impoluta para siempre, le merecerá formar con los mártires que dieron sus almas por Cristo. En esta orden religiosa ha florecido y toma vida nueva la orden de caballería. La caballería, a pesar del amor por la justicia que es la base de sus obligaciones, no cumplió con ella, defendiendo a los pobres, viudas, huérfanos e iglesias, sino que se aprestaron a robar, destruir y matar. Dios y nuestro salvador Cristo Jesús han enviado a sus fieles desde la ciudad santa de Jerusalén a los bastiones de Francia y Borgoña, para nuestra salvación y enseñanza de la verdadera fe, pues no cesan de ofrecer sus vidas por Dios, en piadoso sacrificio”.
(Regla Primitiva de la Orden del Temple) 


San Bernardo elogió en los templarios la mansedumbre del monje y la intrepidez del soldado. Sobre la base de ese adynaton tal vez debería seguir forjándose, irresoluble, la conciencia del conservador.

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