martes, 21 de abril de 2015

La poesía por venir de Yves Roullière.



Nu allongé,
Michel Levy


En un par de ocasiones, por circunstancias sólo académicas, he coincidido con Yves Roullière (1963), traductor francés de Miguel de Unamuno y de José Bergamín. Mis pocas pero intensas conversaciones con él me han dejado claro que, bajo una circunspecta timidez, su suave ironía revela a conciencia un asombro no sólo por nuestra lengua y cultura sino por la pasión que resurge fuera de toda regla, a la manera ibérica, en sus más grandes escritores. Para un tataranieto de Descartes, que una mañana le nazca, imprevistamente, radicalmente europeos, un hijo a Gonzalo de Berceo, o a Lope de Vega, o al propio Unamuno, debe causar, necesariamente, un maravilloso estupor distanciado.

A pesar de nuestra accidental relación, Yves ha tenido la amabilidad de enviarme su primer poemario que acaba de aparecer bajo el título La vie longue à venir (2015) en formato ebook. Lo traigo a esta página porque me ha hecho revivir la adánica experiencia de la lectura poética de mi adolescencia. Ante un libro en apariencia sencillo, como lector tengo que enfrentarme a mi impotencia: mi francés es deficiente; desconozco las claves contextuales del libro; no soy personalista como el autor, sino monástico… ¿Me atreveré, pese a todo, a reseñar esta poesía que, aún por venir, forma ya parte de mi conciencia poética?

Recogiendo poemas escritos entre 1987 y 2014, algunos de los cuales han sido publicados dispersos en revistas francesas y españolas, Roullière ha articulado su libro en tres partes: Berceuses après la mort (cuya sección central vio la luz como plaquette en 2014), Hurlemements sourds y A mi-chemin. Mediante antítesis y paradojas, desde la cita inicial del salmo 89 (“¿Quién vivirá sin ver la muerte?”) y el poema-prólogo (“Oh Dios que nos has sorprendido / un día largo de esos de verano […] / de invierno, oh Dios, míranos, mira / cómo hemos sobrevivido / a nuestra fría miseria”), todo el libro se adentra en una visión a tientas entre el tiempo y la eternidad.

La conciencia hermenéutica de esa escisión, tan humana, da forma a la voz poética en el espacio que sólo la muerte puede abrir. El título parece reflejar tan incierto tránsito: una vida urgida por su fugacidad y, a la vez, suspendida en una larga espera. Entre ambas, la mirada del poeta se va desdoblando en rostros familiares que susurran sus pérdidas (“À l’aube, murmures”, “La baie de Douarnenez”, “Hurlements sourds”). En medio de una ciudad desolada –París, claro− resuenan los ecos fantasmales de recuerdos que son también los de una sintaxis francesa por la que, de manera simbolista, se hace duelo en algún poema (“Premier jour de printemps”).

No estoy seguro de que los contrapuntos rítmicos y semánticos que se encuentran en la base de la poesía de Roullière, entre movimientos abruptos y zigzagueantes, pueden considerarse una prolongación de cierta tradición del barroco español. Advierto entre sus versos un modelo mixto de lengua poética, propio de quien ha hecho de la traducción su modo de vida. Más que los clásicos españoles, late en la respiración de estos poemas la proximidad con el ritmo bronquial de Unamuno y con las imágenes instantáneas de Bergamín, con los chispazos verbales de Ricardo Paseyro o con la meditación lírica de Leandro Calle. El traductor se hace poeta cuando las voces que resuenan en su idioma trazan rastros perdidos de una gramática mestiza.

Es además la de Roullière una poesía cristiana por ignición. Golpeando contra la piedra del lenguaje, salta maravillado, infantil, el pesar de la caída redimida. Y Roullière es valiente, porque, del lado del sepulcro abierto, se plantea si en la ausencia a secas hay todavía esperanza. Si el cristiano ha muerto con Cristo, ¿es capaz de vivir ya en Él? Algunos motivos, recurrentes, son índices de esta reflexión lírica desde la muerte: la mariposa, el alba, el ángel.

Si en las Nanas, el ángel, sinestésico, anuncia el vuelo ciego de una mariposa “para que de muerte centelleante, flor / disipada, más vida franca sea arrancada”, en la peregrinación final se debe enfrentar con la paradójica indiferencia actual, al modo baudelairiano de un flâneur creyente. Como dice el poeta Jean-Pierre Lemaire en el prefacio, “al evocar el perfume de una mujer negra en el aire matinal de París, el poeta nos hace respirar el olor de mirra y de áloe de la resurrección”.

Cuando no haya bajo la lluvia sino el olor
adormecedor de la calle Marx-Dormoy,
olor de mirra y de áloe a la hora en que
patinan los coches, gotea
la mugre por las largas paredes del inmueble,
cuando estén siempre lejos la admirable
estela del jardín mortuorio y el temor
que sobre París chorrea, Cristo salpicará”.

En el pasaje incierto, inseguro, de la muerte y del verso, atraviesa entonces, inesperada, la radiante figura de la vida.

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P. S. Enigmáticos resultan los diseños de ¿escaleras? que pautan cada sección y enmarcan el libro entero, hacia cuyos ¿peldaños? se dirigen flechas numeradas. En un intento de explicarme su sentido les atribuyo la numeración de los salmos. Releer así el libro le otorga una sugerente densidad: del salmo penitencial 50 y los salmos de confianza en el peligro que le siguen se llega finalmente al elogio de la bondad de Dios que premia al justo tras haber sido acechado por el malvado. ¿Debería preguntarle al poeta?

P. S. 2. El poeta me contesta, intrigado y modesto, sobre la tarea del ilustrador: "Cela ressemble à des mesures de reliure, mais ce n'est qu'une supposition. Ja fais confiance à Cavalcanti pour résoudre l'énigme". Tengo la sensación de que he visto en otro lugar (¿en otro tiempo?) las ilustraciones atribuyéndoles ya entonces la numeración del Salterio. ¿Soy acaso un monje surrealista? La lectura poética puede ser descabellada  o irrelevante, pero siempre está subconscientemente motivada. Relucientes o enigmáticas, esas figuras forman parte de "la estela / mortuoria de un jardín de áloe y mirra".


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