martes, 9 de julio de 2013

Félicité de Lamennais, el hermano.





Me eduqué con los hermanos menesianos. Su fundador, Jean-Marie de La Mennais (1780-1860), fue uno de aquellos ardientes apóstoles y apologetas franceses del siglo XIX de los que la Iglesia Católica todavía está convaleciente. Al lado de su hermano Félicité (1782-1854), que contaba con jóvenes discípulos aventajados como Henri Lacordaire o Charles de Montalembert, organizaron una "escuela del sentido común", cuyos afluentes, brotando de las fuentes contrarrevolucionarias y ultramontanas de la Francia de la Restauración, acabarían desembocando en el liberalismo, en el modernismo y, finalmente, en la democracia cristiana.

Entre las minúsculas paredes de la Congregación de los Hermanos de la Instrucción Cristiana era un secreto a voces que si el Venerable La Mennais no había alcanzado la gloria de los altares se debía, principalmente, al pesado recuerdo de su hermano Félicité, “el apóstata”, al que la hagiografía ilustrada del Corsario de Dios, "nuestro" Fundador, retrataba ojeroso, con los pómulos ligeramente salientes y una mirada entre inflamada y torva.

La relación entre ambos hermanos fue tan estrecha como dramática. Tras su ruptura con la Iglesia, Félicité evitó el reencuentro con Jean-Marie y hasta modificó su apellido: Lamennais por La Mennais. Sobre este extremo, sin embargo, hay otras versiones. De todos modos, su muerte, rechazando los sacramentos y pidiendo ser enterrado sin ninguna clase de rito religioso, destrozó al P. La Mennais, el cual, al enterarse de la noticia, recorrió la casa de La Chênaie, donde tanto habían estudiado y trabajado juntos, gritando “¿Dónde estás, Féli?”. Después cayó desplomado y, tras levantarse, jamás permitió volver a mencionar en su presencia el nombre del hermano fallecido.

Hugues-Félicité Robert de Lamennais había sido, en efecto, un hombre atormentado, aunque llegara a alcanzar algunos de los más sonados triunfos del catolicismo francés del primer tercio del siglo XIX. Huérfano a edad muy temprana, se había educado junto a un tío de ideas abiertas. Mientras su hermano Jean-Marie progresaba en una piadosa virtud, Félicité era un ávido lector de la biblioteca doméstica, desde los clásicos a los contemporáneos. Su insatisfacción vital corría pareja a unas aptitudes literarias e intelectuales muy notables. Animado por un celo fraterno y religioso, con toda la buena intención de la que está empedrado el infierno, parece que Jean-Marie acabó de decidirle a cometer el error de su vida: hacerse sacerdote, como él.

En 1817 Lamennais sacó de la imprenta el primer volumen de su Ensayo sobre la indiferencia en materia de religión. Esta publicación provocó una conmoción tal en los círculos intelectuales, políticos y eclesiásticos franceses como quizás no se había producido desde la aparición de El genio del cristianismo del también bretón  y malinense Chautebriand en 1802.

En su libro, tras denunciar el indiferentismo religioso que habría arrastrado a Europa hacia el ateísmo, Lamennais proponía la restauración del poder espiritual de la Iglesia Católica en un momento que, tras la desaparición de Napoleón, la restauración legitimista parecía alentar la esperanza infundada de que el ciclo de la Revolución había acabado. Su testimonio entusiasmó a la juventud católica, pero a gran parte de la jerarquía católica, cuyos obispos seguían profesando veladamente ideas galicanas, aquella llamada no acababa de convencer. Pese a ello, Lamennais, comprometido en la formación intelectual del clero, acudió al Vaticano y recibió la aprobación de León XII, mientras se llegaba a decir que había estado a punto de conseguir el capelo cardenalicio, honor que habría declinado.

Hoy en día puede parecer contradictorio asegurar que las tesis ultramontanas que Lamennais sostuvo en sus primeros escritos contenían, aunque fuera reactivamente, todo el potencial revolucionario que su época padecía. Si no fuera así, tendría a la fuerza que resultar extraña su evolución hacia un democratismo republicano. En el ultramontano ya latía el demócrata y en el demócrata no dejaba de resonar el ultramontano. Si se me admitiese la descabellada comparación anacrónica, podría decirse que leer a Lamennais produce al mismo tiempo el efecto de un escrito de Leonardo Boff redactado a partir de las categorías de Charles Maurras y viceversa. Sobre un oxímoron tal, Lamennais era capaz de erguirse triunfante.

Desde mediados de los años 20 su pensamiento avanza, pues, imparable hacia una especie de democracia teocrática, en que la separación de la Iglesia y Estado queda muy definida, a fin de evitar la intromisión del segundo en el papel histórico, social y espiritual que corresponde a la primera. Lamennais se desilusiona pronto de la Monarquía y, a continuación, de la Iglesia que servía de soporte ideológico a un régimen obsoleto, corroído en su propia constitución. Buen lector de De Maistre, seguramente recordaría que el saboyano advirtió que los Borbones habían perdido su derecho a gobernar Francia, porque, con el triunfo de la Revolución, habrían traicionado su misión histórica.

Las soluciones que Lamennais va ensayando frente a estas aporías políticas y religiosas se dirigen hacia un radicalismo espiritual, vagamente comunitarista, de incipiente preocupación social, que se concreta en torno a las fechas del advenimiento de la Monarquía de Julio, a través de su actividad en L'Avenir en defensa de las garantías del ejercicio del derecho a la libertad religiosa

Roma observa cada vez con más preocupación el activismo periodístico y político de Lamennais. Gregorio XVI le da el primer toque de atención serio con la encíclica Mirari vos (1832), en la que se condenan, entre otros errores modernos, la libertad de conciencia, la libertad de imprenta, la rebelión contra el poder y... la petición del celibato opcional. Espoleado, Lamennais publica, en un anonimato bien visible, Palabras de un creyente (1834) –traducidas por Larra en 1836 al español−. La ruptura es inevitable. El Papa dedica su encíclica Singulari nos a reprobar esta obra de Lamennais, el cual da el paso definitivo de negarse a cualquier retractación. El resto es una etapa de creciente soledad y aislamiento, pasado ya el periodo esplendoroso de su influencia.

Decía al principio que de estos apologetas decimonónicos la Iglesia todavía no se ha repuesto. Por un lado, gracias a ellos, la Iglesia Católica en Francia, y, como consecuencia en toda Europa, conoció a lo largo del siglo XIX un resurgir impensable tras la destrucción material, moral, espiritual que le había infligido la Revolución y el periodo napoleónico. Su aliento y su ejemplo cristalizaron en multitud de iniciativas apostólicas, masculinas y femeninas, dedicadas a la enseñanza y a la atención social.

Por otra parte, a medida que el impulso inicial se fue agotando a lo largo del siglo XX, por inevitable ley histórica, los problemas dogmáticos, pastorales y espirituales con que la modernidad había retado a la Iglesia, y cuyas paradojas aquellos apóstoles se habían esforzado en plantear en los términos más rigurosos que podían, regresaron con nueva fuerza cristalizando, como era previsible, en torno al Concilio Vaticano II. 

Bajo los tonos agudos de un estilo grandielocuente como el de Lamennais, no puede evitarse la sensación de que la historia se repite, como analizaba Marx, con aire de farsa: obispos criptogalicanos, ultramontanos cismáticos, liberales apóstatas... Como ha vuelto a recordar Benedicto XVI, en todo error hay una parte de verdad; lo terrible es que cuanto más grande es el error, mayor porción de verdad contiene.

Basta hacerse una idea de este retorno diferente de las mismas, que no idénticas, preocupaciones recorriendo la actual oferta apolegética de un signo o de otro en los portales de internet, que representan para el publicismo posmoderno lo que la prensa en en el siglo XIX. En medio, se encuentra imparable el declive de Europa, agresivamente indiferente, ante la que los mejores apologetas se esfuerzan  en testimoniar que la vida y la muerte, aunque puedan ser tratadas como farsa, no dejan de ser igualmente trágicas en nuestras sociedades posmodernas.


Al pueblo.
Este libro ha sido especialmente compuesto para vosotros; a vosotros, pues, lo ofrezco. En medio de los males que son vuestro lote, en medio de las congojas que sin descanso os aquejan, séale dado prestaros animación y consuelo.
A vosotros que cargáis el peso de cada día, yo querría que pudiese ser para vuestra pobre alma fatigada lo que es, al mediodía, en un rincón del campo, la sombra de un árbol, por enclenque que sea, para aquel que ha trabajado toda la mañana bajo los ardientes rayos del sol.
Pésimos tiempos habéis conocido; pero esos tiempos pasarán […].
Esperad y amad. Todo lo endulza la esperanza, y todo lo hace el amor posible.
Hombres hay en este momento que sufren mucho, porque os han amado mucho. Yo, hermano suyo, he escrito el relato de lo que han hecho por vosotros, y de lo que por esta causa han hecho contra ellos; y cuando la violencia se haya usado, entonces lo publicaré, entonces lo leeréis con lágrimas menos amargas y amaréis también vosotros a esos hombres que tanto os han amado”.


Hasta como profeta Lamennais talló un modelo que los contestatarios posconciliares han repetido cada vez con menos convicción y con más irritación. “¿Dónde estás, Féli?”. Acaso en las perplejidades, y en los silencios, de unos y otros.



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