martes, 30 de abril de 2013

El tigre y la perra manriqueña de Eduardo Lizalde.



Estudio del pintor (1954),
Diego Rivera


Ha caído en mis manos una reedición de El tigre en la casa del poeta mexicano Eduardo Lizalde (1929) que devoro con una mezcla de asco y de exaltación que son reflejo de uno y el mismo placer. Publicado por primera vez en 1970, hoy en día un libro así -no digamos si recibiese un premio como el Xavier Villaurrutia- levantaría protestas de cualquier Observatorio por la Igualdad de Género o Contra la Violencia Machista.

Supongo que para suavizar el impacto de su lectura, para positivar la carga de dinamita que contiene en su interior, el colaje de la nueva portada, brillante e inquietante, enmascara hábilmente la metralla subversiva de este borrascoso poemario. La fotografía clásica de Charles Baudelaire, bellamente enmarcada, descansa sobre una chimenea en claroscuro, ante un centro de azucenas y begonias que acostumbran a simbolizar la pureza y la cordialidad, domésticas, de la novia.  

Ocurre, sin embargo, que los novios en Lizalde son tigres y perras. Los tigres que asaltan las noches de insomnio y las pesadillas vigilantes del poeta no pueden ser encerrados en la cautividad de un zoológico poético, ni las perras que excavan sus entrañas llevar un delicado bozal. Estos poemas terribles, que huelen a flor excremental, se resisten a vagar por el mausoleo de las blasfemias santificadas.

Lizalde, fascinado y horrorizado por el amor de la mujer, perra, ramera, bajo la sombra del ángel siniestro, le escupe toda su ternura con la romántica violencia desaforada de un surrealismo que sólo los mexicanos supieron captar, en toda su profundidad, para la lengua española. Revolucionario autofragmentado en multitud de escisiones, Lizalde vibra inútilmente con Trotsky tanto como con la hierba manchada de sangre de Breton (“Sólo siento esta vez / unas ganas dulcísimas, / ganas empalagosas / de matar un hombre / −pudiera ser yo mismo− / o una mujer, / por nada, sin motivo, / como un supremo lujo irrealizable”).

El odio, el resentimiento, la fiesta tejen un canto nocturno en que palabra y amor se desgarran la piel como amantes sadomasoquistas. Con dientes y con uñas copulan la perra y el tigre hasta dejar exhausta la voz poética que, exasperada, aúlla enroscada, como un doble, con el lector (“De pronto, se quiere escribir versos / que arranquen trozos de piel / al que los lea”).

El poema, lugar terrible, no libera, no exorciza. Al contrario, en un intercambio de roles autodestructivo, causa un dolor físico tan imparable “como el can caduco y ciego, / que desconoce al dueño por la noche, / o bien, el amo alcohólico / que muele a palos a su perra / mientras ella (¡oh tristes!) / lame / la dura sombra que la aplasta”. La palabra poética rasga la noche como el chasquido de un látigo que encuentra en la mutua degradación del amante y de la amada su pureza más íntegramente devastada.

En el prólogo Mario Bojórquez apunta los nombres de Ramón López Velarde o Antonio Plaza como sombras tutelares de la poesía de Lizalde. La contraportada cita el linaje francés de la poesía maldita, de Baudelaire a Antonin Artaud, mientras que en la solapa se mencionan a Borges, Horacio Quiroga, Rilke o Blake. ¿Qué nombres puedo añadir?

En la violencia a que a veces Lizalde somete la sintaxis creo percibir el eco de César Vallejo, como también en las imágenes y adjetivaciones alucinadas o en las enumeraciones hiperbólicas, como la del poema “Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses” que culmina en el desolado reconocimiento, en carne viva, de que de tanta pérdida “es esto, dioses, poderosos amigos, perros, / niños, animales domésticos, señores, / lo que duele”.

No puedo tampoco evitar percibir oscuros sonidos medievales en las intimaciones de Lizalde sobre la muerte, Dios y el amor. Observo en ellas una tendencia irrefrenable al “planto” que alcanza su cima en la última parte, de título dantesco, “La ciudad ha perdido su Beatriz”. El propio poeta parece querer anunciarlo al principio cuando se lamenta de “que nada quede, amigos, / de esos mares de amor, / de estas verduras pobres de las eras” que despiertan de inmediato en mi recuerdo dormido el verso 190 de las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique. 

En el pasaje post-apocalíptico de un Paraíso maldito veo reunirse los tópicos del memento mori (“Oh muerte, ¿qué ha de morir de ti, / qué carne dañarás de muerte, / qué has de matar si ella está muerta?), de la fama (“Ella murió, Dios mío, / ¿De qué manera han de vivir los otros?) y hasta del ubi sunt? (“¡Grandes hetairas, / qué pequeñas sois junto a ella!”). Todos ellos están atravesados por un nihilismo ultramoderno que, asumiendo una inversión de los valores, continúa haciendo del análisis amoroso una reflexión moral sobre la finitud. Sin poder sobrepasarla, el grito del poeta es su condenada redención.


“¡Murió la perra, oh Dios!
Su muerte ha sido la más sucia trampa;
late en redor, atmósfera de púas,
se cierra sobre mí.
Su muerte ajena,
su muerte a propias garras y colmillos,
frustró mi mano,
congeló estos odios hambrientos para siempre,
condenó esta daga a la inocencia.  


Murió la perra impune y nadie
la habrá de rescatar del césped blanco,
en que hoy retoza, 
y no despertará del sueño sin raíces
que ata su fronda infame al cuerpo.”  


Lizalde, incómodo, perro, ladra desesperado a la soledad lunar la pérdida de su sombra, de su amada.


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